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**■ 



/^ 



EN EL SIGLO XXX. 



EDUARDO DE EZCURRA. 



EN EL SIGLO XXX. 



» Observad con atención y 
veréis que en la sonrisa hay 
una lágrima. 

VÍCTOR HUGO.» 



BUENOS AIRES. 

Imprenta de Juan A. Alsina, México 1422. 
1891. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://www.archive.org/details/enelsigloxxxOOezcu 



^/ Mo^^i ¿§,0,^ ^ 



C*7 



Oli 



^fi antipo iniie$ti;tt ü ¡tiiiigí. 



F' 



DE 



DOS PALABRAS 



Por oaiincntes que sean las cuali- 
dades intelectuales de un pueblo, si 
la, fuerza moral, la energía, la per- 
severancia le faltan, en esc pueblo 
jamás podrá prosperar el derecho. 

(Ihering. — Espíritu del Derecho Ro- 
mano, t. I, §, 24.) 



Este Uhro, que publico como un ensayo de críti- 
ca y de filosofía social, es el residtado de varios 
años de estudio y de observación. No le ha prece- 
dido, en consecuencia, un propósito esirecJw, per- 
sonal, ni malcpierente, sino un espirita de verdade- 
ra tristeza en presencia de los mcdes rjue todavía 
nos dominan y del pi'o fundo desaliento de deses- 
peranza que gravita sobre el ánimo de los hombres 
mejor templados. 

No dudo que mi débil esfuerzo por eochibir al 
desnudo todo aquello que vemos, sentimos y ¡^ñipa- 
mos, será recibido co7i benevolencia por los espíritus 



D0< PALABRAS. 



sinceros y observadores de mi país, porque analizo 
el fondo de los seres, de los fenómenos y de los vi- 
cios sociales, con la franqueza de la mejor de las 
intenciones. Mío, ci veces, no lo niego, pero es con 
un suspiro de dolor oculto entre los pliegues de los 
labios. 

Los errores de nuestros homhr es políticos — erro- 
res que yo llamaré de circunstancias y casi incons- 
cientes — han sido en ptarte la causa de nuestros 
vicios actuales, en conjunción íntima con las in- 
terpretaciones sofísticas de nuestra ecléctica legisla- 
ción, que se ha mistificado con las más absurdas 
ejecuciones en el orden constitucional. 

La educación, la instrucción y el ejempAo político 
que se ha dado á nuestro pueblo ha residtado débil, 
oprimente y relajante. El germen desquiciador 
ha bajado de las alturas y descompuesto el sano 
fondo de nuestras mayorías sociales y populares. 
El doctor Alberdi ha sido, á este respecto, un claro- 
vidente. Consúltese el tomo III de sus obras nota- 
bles, y se hallará en parte la verdad de este aserto. 

Nuestra sociedad ha sido administrada capri- 
cl 10 SU) lien te, no por teorías é ideales practicados en 
nuestro sistema federal, sino p)or hombres de ban- 
dería loccdista ó antilocalista, por hegemonías sin 
ideas definidas ó por plutócratas egoístas ó débiles 



DOS PALABRAS. 



j)or falta de espirita cívico y de conciencia eco- 
nómica. 

Por eso nuestro régimen administrativo y cons- 
titucional, ha sido una ironía de la ciencia políti- 
ca — cerno la llama Bluntscldi — que ha venido á 
Xwoducir larisa escéptica de la desconfianza social, 
de que nos hallan Ihering y Carie. De alú han 
nacido nuestros mcdes, nuestros vicios y nuestras 
desesperanzas, en medio del desenfreyío de progreso 
de verdad y de análisis del final de este pasmoso 
siglo, que ha puesto en excitación el espíritu im- 
hlico universal. 

Todo eso he tratado de reflejarlo en las páginas 
del libro que doy á luz, bajo una forma que, si no 
es nueva, llena, sin embargo, el proxjósito que me 
ha guiado y esfwmlculo á componerlo: la verdad 
(degórica, dura, cruda, desnuda, pero sincera y co7i 
intención patriótica. No estudio, ni fustigo indivi- 
ducdidades determinadas, sino males, vicios y erro- 
res encarnados en varios tipos ó caracteres que 
pueden concretar lo que es del dominio de muchos 
y no de unos cuantos hombres en la ey-cena de 
nuestra vida socicd y política. 

No sé si lo habré conseguido "burla burlando'', 
teniendo en cuenta mi modestia intelectual y la 
trascendencia del asunto. Me basta, para orgullo 



DOS PALABRAS. 



mío, que los homhres de buena vohintad vomprcn- 
dan el móoil sano y moral que domina en mi obra, 
porque ese serÍL el premio de mis afanes. Parafra- 
seando á Javenal creo que — "Sttdfa est demenfia, 
cuhi fot ubique vitiibus ocvurras. . ," Después de 
esta declaración, entretjo mi obra á su desfino, al 
públiio ¡I á la (r/tica. 

Eduardo de Ezcurra. 

Buenos Aires ISíKt. 



PERSONAJES. 



ANDROS C0SMO3, protagonista 

PaRELIA alma de cosmos, su esposa, 

ADaMIRO, y 

EVALINDA, sus hijos. 

FILOS S0F03, amigo fraternal de Andros. 

VENTURA FIN DE SIGLO, y 

VIRGINIA HONDURAS, aristócratas. 

DON PEDRO GOZALIAS, padre de 

HORACIO, (estudiante de Derecho), y de 

ANGÉLICA. 

DON SEVERO ALMA, (de quien solo se habla.) 

PRUDFiNCIO, y 

CONFIANZA, criados. 

El (íraii Mundo. — El Pueblo Soberano.— Académicos.— Sabios.— Esta- 
distas — Literatos. - Poetas.— Filósofos.— Políticos. — Médicos —Aboga- 
dos. — Periodistas.-— Reporters. — Artistas. — Músicos.— Genios. — Nulida- 
des. — Militares.— Emplendos.— Cómicos.- Damas.— Caballeros. — Pasean- 
tes.— Cariosos. — Vicentes.— Tenderos.— Peluqueros.— Vigilantes.— Bom- 
beros.— Autoraateros. — Cocheros. — .advenedizos. — Pilluelos — Vendedores 
de diarios. — Dulcamaras.- Avisadores. — Reclamistas. — Etc., etc. 

LA ESCENA FIGURA EN FISIÓCRATA. 
Comienza en la primavera del año 3000. 



EN EL SIGLO XXX. 



JORNADA PRIM'-RA. 



EL extraño edificio se levanta al final de la amplia ave- 
nida de «El Pasado». Su aspecto exterior es extraor- 
dinariamente misterioso. Seria difícil el designarle un 
orden" ó estilo arquitectónico definido. Pero, en medio 
del eclecticismo fantástico que domina en todo él, se 
descubre desde lejos esa original fisonomía de las sóli- 
•las y pesadas construcciones de los pueblos de los 
tiempos inmemoriales. Tiene en su forma pentagonal 
enorme, colosal, algo de magestuoso, algo de extraño 
é inexplicable, que mueve la imaginación y trasporta el 
pensamiento hacia los pasados siglos : á lo que debió 
existir, indudablemente, allá en las extinguidas socieda- 
des de las edades muertas. 

Contemplado y examinado con alguna detención el 
gigantesco edificio, se diría que la mano de los africanos 
y de los asiáticos, de los pelasgos y de los etruescos, de 
los celtas y de los druidas, de los griegos y de los ro- 
manos, de todas las edades y de todos los estilos, se 
halla estampada aquí y alli, en cada uno de los cinco 
pentágonos que presentan semi-borrados el golpe de 
vista más imaginativamente fantástico. Sus sólidos mu- 



EN^ EL SIGLO XXK. 



rallones, sosteniendo torres, cúpulas y monumentos, 
balfonajcs y columnajes colosales, figurando gigantes, 
pigmeos y pirámides, ya lisos ó labrados, dicen clara- 
mente que por el edificio han pasado sucesivamente los 
gustos varios arquitectónicos de todos los tiempos. 

Sobre el gran espacio donde se levanta altanero, como 
desafiando las ávidas é investigadoras miradas penetran- 
tes do nuestro siglo etnográfico, estadístico y antropoló- 
gico, parece apoyarse para hender las nubes y perderse 
en los cielos. A su alrededor, magnífico y encantador 
impera el capric-lio estético del arte de la jardinería y de 
la estatuaria, embelleciendo la inmensa área de tierra 
bajo la cual duermen insensil)le3 sus atléticos cimientos. 
Grutas semejantes á las de Pausílipo, de Fingal, de Etre- 
tat, de Adeisberg y de Guácharo ; cuevas, cavernas y 
catacumbas artificiales, se encuentran á cada paso, lo 
mismo que bos(}'ies y montes de mandragoras, banianos, 
dragos, cedros, baobabs, palmeras y árboles de la más 
lujosa vejetación tropical, que dan en conjunto el aspec- 
to más extraño al edificio que se confunde con ellos. 

Aquello parece un mundo de sueño de opio, rodeado 
de fuentes y de lagos, de saltos de agua y de cascadas, 
que murmuran un lenguaje desconocido, poético como 
las almas primitivas, respondiendo á los sordos gemidos 
de las gru:as y cavernas, y al zurrido de las hojas de 
aquel paraíso de todas las vejctaciones, desde la casi 
invisible matita hasta el árbol colosal que simula soste- 
ner con sus brazos la enorme techumbre de los cielos. 
¡Qué lenguaje, qué notas, qué sonidos los de semejante 
conjunto I Se creería que la misma naturaleza con todas 
sus perfecciones y aparentes ijuperfecciones, allí habitara. 



ÉÑ EL SIGILO XXX . 



Sin embargo, algo más imponente se muestra de dis- 
tancia en distancia, rodeando el colosal edificio. Según 
el capricho y el gusto estético de los jmtepasados de su 
actual poseedor, habían allí construido cadenas de monta- 
ñas, circundadas de mares y de ríos; volcanes que se 
ponían en violenta erupción por medios desconocidos en 
lo presente. Y montañas, mares, ríos y volcanes, cerca ó 
lejos de aquella sólida construcción pentagonal, le dan 
á ésta una fisonomía encantadora, como el ideal de la 
belleza que traían á la existencia las razas primitivas, es- 
pejado en las castas intimidades del alma. 

Sobre sus bosques y jardines, grutas y cavernas, arroyos 
y cascadas; en medio de aqueUas fuentes y estatuas, que 
parecen animadas por un soplo de vida misteriosa; ro- 
deado, en fin, por amplios parques y estensas avenidas, 
por bien imitados desiertos é ilimitadas pampas, creados 
y revelados por la mano de los siglos, — se eleva el gi- 
gantesco edificio pentagonal en la avenida de < El Pasa- 
do > que desemboca en el espléndido boulevard de «El 
Porvenir. > 

Cuando la mirada se posa en aquel mundo de la natu- 
raleza y del arte, del hombre y del tiempo, el espíritu se 
siente vivamente conmovido. Y como si se encontrase 
separado de nuestro organismo, empieza á vagar — ora es- 
e-dando una montaña que se figura es el Himalaya ó el 
Chimborazo; ora un volcan que le parece es el Antisana 
ó el Cotopaxi; aquí desciende á una caverna ó á una 
catacumba; allí navega un rio, un mar ó un océano; más 
allá penetra á un bosque, cuyos árboles con los brazos 
tendidos ó estrechándose con cariño los unos á los otros, 
le recuerdan á una legión de gigantes; ora admira en un 



fiÑ EL SIGLO XXX. 



estanque ó arroyuelo voltear un mundo de pececillos de 
los colores más vivos y atrayentes, mientras que pasan 
por su lado grupos de animales de todas las especies, 
bandadas de avecillas y enjambres de insectos que van á 
perderse en los bosques, jardines y plantas de perfumadas 
y matizadas flores. 

El espíritu, piensa, que todo aquello es la creación. 
Cediendo á las caprichosas exigencias de la fantasía, deja 
que la imaginación continúe en su viaje extraoixlinario, — 
que le conduzca á los sitios desconocidos, á las regiones 
misteriosas, sorprendiendo fenómenos, adivinando causas 
ó profetizando efectos, después de analizar un grano de 
tierra, una gota de agua, un gusano, una mariposa, una 
avecilla, un anima], un árbol, una flor, un hueso ó una 
piedra. Y unas veces, descomponiendo; otras, esperimen- 
tando, y, las más, reconstruyendo, — el viajero espiritual, 
va acercándoífe paulatinamente á la gran Naturaleza, á 
la armonía, de Leibnitz, que todo lo mueve y ordena, lo 
equilibra y perfecciona; que todo lo hace simpático y sin- 
cero en la naturaleza . . . que existe en aquel hermoso 
conjunto (|ue rodea el extraño edificio pentagonal. 

Nuestro viajero espiritual, como si no le fatigara esa 
odisea origina], continúa delirante, admirando y extasián- 
dose unas icces en los más insignificantes fenómenos, 
con los que fcrma toda una existencia pasada, un mundo 
zoológico, botánico ó geológico, que parece haberse extin- 
guido al presente por completo; otras veces, estudiando 
los conjuntos, funda pueblos, ciudades, naciones que han 
muerto, y, las más, observando un cráneo, un color, un 
instrumento, un arma, un monumento, un geroglífico, — 
descubre la indudable existencia de un pueblo ó el pro- 



EN EL SIGLO XXX. 



i bable origen de una raza, que ha desaparecido por com- 
I pleto ó variado paulatinamente hasta adquirir un desarro- 
I lio increíble por lo admirable. 

' Pero cuando nuestro espíritu, conmovido y extasiado, 

! llega y so detiene ante el edificio pentagonal que domina 

sobre aquel extraordinario conjunto, espenmenta algo 

indefinible é inexplicable: cierto teu.or, cierta pavura,como 

: si recordara las supersticiones que enjendraron los errores 

,( de algunas creencias, de las mitologías, del mismo cris- 

,1 tianismo en su funestos desbordes, del fanatismo, en fin, 

; al contemplar cada uno de los sombríos pentágonos del 

1 edificio, que no se aventura á penetrar. Y creciendo ese 

temor y esa pavura, cuando la noche es oscura ó de luna, 

nublada ó transparente, se vá apoderando de él cierto 

recelo misterioso, que le lleva, malgrado suyo, á donde 

menos lo pensaba. 

Desde luego le parece que el colosal edificio rueda, 
como el mundo, en el espacio . . . Pero, en seguida, desa- 
parece esa alucinación temeraria. ¡Qué aspecto maravillo- 
samente terrorífico cobra entonces, al través de las som- 
bras que lo envuelven ó de los perlados rayos de la luna ! 
A veces cree que ésta huye y esconde su disco de plata 
detrás de las montañas, como evitando la presencia de 
las apariciones que se agazapan ó salen de las torres y cú- 
pulas, de los columnajes y balconajes, que á su vez toman 
el aspecto de enjendros fantásticos, como les hiperboliza 
la poesía popular y las imaginaciones calenturientas á 
lo Poe, Vawen y Hoífmann. 

Así del mundo de la realidad pasa al de la imagina- 
ción, dominado el espíritu por esa pavura que se ha 
agigantado en un momento. Se diría que se halla bajo el 



EN EL SIGLO XXX. 



imperio de la fantasía de los pueblos primitivos contem- 
plando, como aquéllos, una legión de dioses extraordina- 
rios, una multitud de fantasmas y espectros siniestros, 
una muchedumbre de las aves del agorerismo ó de los 
animales deformes de las fábulas populares ó religiosas, 
como los monstruos de los asiáticos ó las bestias de la 
Apocalipsis. Pero la realidad vuelve á su centro de la 
razón y aquellas fantasías tornan al mundo de las supers- 
ticiones y de los sueños . . . profetices — que no se cum- 
plen ! 

Recién, entonces, el espíritu, que parece volver á su 
organismo, despuás de su viaje fantástico, hace fijar 
nuestros ojos en la espléndida luz que aparece en una de 
las amplias y hermosas ventanas ovales del cuarto pen- 
tágono del extraño y sombrío edificio de la avenida de 
«El Pasado >. Allí habitaba el Hombre, el rey de aquel 
mundo grandioso de la naturaleza y del arte, del tiempo 
y del progreso... — el sabio joven Andros, En la ciudad 
de Fisiócrata, donde existió en el siglo XIX, probable- 
mente, el estado de Buenos Aries, Andros pasaba por un 
ente raro, especie de salvaje y de moderno. Se le tenía 
por un misántropo amante de la ciencia antigua. lín una 
palabra, concretando, por un individuo nacido en el actual 
siglo XXX, — pero, cuyo espíritu, vivía en el mundo de 
los tiempos de las crisis de progreso . . . — cojiendo el rá- 
bano por las hojas ! 

Andros era, sin embargo, un hombre sencillo, dema- 
siado sincero para el actual siglo utilitarista y numérico. 
Era de un espíritu exajeradamente elevado y harto idea- 
lista para que se le comprendiera en nuestros días que 
han hiperbolizado, en el ajiotismo de la Bolsa, .. moral, 



EN KL SIGLO XXX. 



los sentimientos y las verdaderas inclinaciones del hom- 
bre de bien, traduciéndolos en el tanto por ciento de 
«cuanto tienes eso vales». Y Andros por ser sencillo, 
sincero, elevado é idealista, por eso era un ente raro, un 
neurótico, un misántropo. No había querido ingresar en 
ningún directorio de banco . . . social, á pesar de habérsele 
visto y salicitado de oficio, ni en ninguna sociedad edifi- 
cadora, — prefiriendo su vida honrada, intachable, sxi 
existencia tranquila y sin zozobras, su humilde posición 
en el mundo, con el patrimonio que le legaron sus ma- 
yores, con sus rarezas y su idealismo, á labrarse una 
fortuna, un nombre, una vida para el porvenir, consegui- 
da en los bancos, en las sociedades particulares y en 
las empresas anónimas, que son en el presente siglo XXX, 
de moda y do utiltdad para los intereses del Estado... 
(pecuniario de sus directores, entre paréntesis!) 

Como Andros no pertenecía á ningún directorio; ni 
formaba parte en los más altos poderes del Estado; ni se 
encontraba afiliado á éste ó aquél partido político; ni era 
amigo del presidente Reaccionario, hecho teniente gene- 
ral depués de la gloriosa campaña contra el imperio 
Adedo, por rencillas internacionales; ni del Ministro de 
Hacienda doctor Embrollas; ni amigo del camarista Cual 
y del senador Trufado, del diputado Negocioserio y del 
gobernador Del Cobre, ni siquiera proveedor de la Repú- 
blica, — por ser únicamente un amigo franco de la verdad, 
un creyente de la fé y un partidario sincero de la liber- 
"lad, Andros no alcanzó gloria, honores, aplausos ni lau- 
reles ! 

Vivía en su estraño y sombrío edificio, participando de 
la encantadora amistad que le prestaban sus libros, cerca 



EN EL SIGLO XXX. 



de su idolatrada consorte Parelia y de Filos su compa- 
ñero de estudio. Sin más vinculaciones cordiales, de fa- 
milia, que estos dos seres queridos, la existencia le pare- 
cía agradable, en medio de la tranquilidad y pureza de 
su conciencia. Entristecido por los extraordinarios pro- 
gresos de su siglo, que llevaba á cabo el genio inventivo 
del señor Negociacontodos, afiliado al partido oficial por 
creerlo de más sanos y ... productivos ^'íVíc?^^¿os, — evo- 
calia muchas veces la memoria de sus antepasados, de 
sus padres, muertos en la lucha por la libertad humana, y 
encontraba la fé alentadora, que animaba los grandes 
espíritus y templaba las almas nobles. Por eso era un ser 
raro, soñador de utopías, — un misántropo que {)ensaba 
en la verdad porque era antigua, combatía el error por 
que era moderno y amaba la virtud porque era el centro 
del gran civismo y del hogar de la familia humana. 

Puede que fuera demasiado optimista en su ideal de la 
admini.stración de la familia nacional. Pero, cuando se 
ha llegado á un siglo, cerno en el que vivía y en una 
zona que se creyó fuera «la tierra de promisión;» cuando 
imperaba la decadencia moral, en medio de la ajitación 
del utilitarismo y del guarismo, sobre la desorganización 
física, — no era de extrañarse entonces que el liombre que 
miraba más allá, se forjase un estado . . de cosas ordena- 
das y pasablemente sinceras, aunque más no hubiera 
sido. Los hombres sinceros eran los mencis en Ilsiocra- 
ta! En cambio, los falsos componían las mayorías. Eran 
los que tenían absorvidos todos los centros, donde los 
primeros, como las solicitudes de los proletarios, eran 
los últimos. Las familias patricias habían casi desapare- 
cido, pasando á ocupar sus puestos las advenedizas ! ¿ Sería 



EN EL SIGLO XXX. 



este, — se solía preguntar Andros,— el ideal de la República 
en el siglo XIX? ¿La igualdad ante la ley . . . del dinero? 
Quién fsabe! Solo tenía do aquel siglo noticias muy vagas. 
Pero todo desequilibrio se le perdonaba, teniendo pre- 
sente los tiempos, las instituciones j' las costumbres... 
en formación ! 

\ndros anhelaba la medianamente pasable armonía 
política y social en su patria, dividida por el entroniza- 
miento de una herencia política funesta y anti-republica- 
na. Los buenos elementos no habían desaparecido por 
completo. Exi.stían aún, pero disperses, alejados los míos 
de los otros por el infausto imperio de la fuerza, de la he- 
rencia.., de la túnica de la repíiblica que había queda- 
do en poder de unos cuantos, cuando pertenecía á todos. 
¿Quién reuniría á todos aquellos elementos? Ese eru 
el ideal de sus sueños, y, por eso le habían llamado vi- 
sionario! ¡ Ah, cómo hubiera resultado fecundo el gobier- 
no de aquella unión de los sinceros y de los falsos, en 
medio del pasmoso progreso que dominal)a en su raza, 
por otra parte, noble, grande, activa y creadora, como fué 
siempre la argentina! 

Andros, soñando ese vago ideal de equilibrio nacional 
y de armonía política, sonreía escuchando el colosal 
murmullo que le enviaba la gigantesca ciudad. Suspiraba 
contemplando, desde la ventana, la moderna Buenos 
Aries, cruzada de liilos telefonográficos; de ferro-carriles 
aéreos y tramvias de tracción eléctrica; iluminada por el 
asfalto luciente que revocaba los frentes de los grandes 
palacios de sus anchas avenidas bordeadas de árboles, 
y por los enormes focos de luz eléctrica que hacían 
palidecer los esjíléndidos rayos de la luna. Tenia Fi- 



10 EN EL SIGLO XXX. 



siocrata,- el aspecto de una ciudad fantástica, encan- 
tada, debajo de aquel cielo límpido, transparente, de 
primavera. 

Después, Andros, abandonó la ventana y continuó 
estudiando en el gabinete científico de aquel especie de 
feudo del siglo XXX. En seguida jiermaneció absorbido 
en su lectura, extraño á cuanto le rodeaba : al murmullo 
de la ciudad, que iba desapareciendo poco á poco; lejos 
de los espléndidos rayos de la luz eléctrica; ajeno al 
continuo pasar de los trenes y tramvías, y de los campa- 
nilleos de los teiefonógrafos. Dieron, muy luego, las dos 
de la mañana en el reloj del templo de <La Ciencia,» y la 
ciudad fué quedando silenciosa y tranquila. 

Aquella era la bora predilecta de Andros para dedi- 
carse al estudio, en medio del sueño en que reposf ba la 
gran ciudad 5' del religioso silencio que imperaba en el 
extraño edificio pentagonal. Hemos dicbo que, en el 
cuarto pentágono, tenía, Andros, su gabinete de estudio 
y agregaremos que también tenía en él su casa, hotel, 
])alacio ó como quiera llamársele, pero separado comj)le- 
tiunente del resto del edificio. Siguiendo una costumbre 
Icjendaria solo visitaba lo demás del edificio de cuando 
en cuando, y lo hacía como un paseo excepcional, de lujo, 
según él solía decir festivamente. 

Su gabinete afectaba la forma circular. Tenía una ven- 
tana que miraba hacia la ciudad y tres grandes puertas 
colocadas simétricamente de trecho en trecho, colgadas 
con unos lujosos cortinajes de un tejido de seda púrpura 
cordobesa, exquisita, del siglo XXV. Las sólidas pare- 
des se hallaban revestidas con una preciosa estantería 
de palo santo con incrustaciones de erable. Detrás de 



EN KL SIGLO XXX. 11 

sus convexos cristales, clasiflcadas por razas 3' especies se 
encontrüban en sus ordenados anaqueles preciosas colec- 
ciones de esqueletos, cráneos, costillas, fémures, tibias, 
etcétera, del hombre del siglo XIX, descubiertos en las 
cuevas, cavernas y catacumb<is del edificio, ó bailadas 
en las escava(;iones, en las ruinas y minas de oro, plata, 
cobn,' y carbón de los Andes y do, Arrecifes, en las ruin.as 
del Correo y en las cloacas de la antigua Buenos Aries. 
Pendía del teclio, de cristal galvanizado, completa- 
mente cóncavo, como para centralizar los rayos de la 
luz, un poderoso foco eléctrico, que bañaba con su lum- 
bre de plata fundida aquel museo de antropología y 
de algunos animales cordobeses, extinguidos yn,del famo- 
so siglo XIX, clasificados y numerados con sus corres • 
pondientes rótulos. Tenía Andros verdaderas é ina])recia- 
bles curiosidades en aquellos restos de las razas antiguas. 
Eran de notarse las diferencias notables que existían entre 
un cráneo del siglo XIX y otro del XXX, tanto en su 
conformación general, como en las líneas y protuberan- 
cias especiales del frontal, parietal, oxipital y maxilar 
inferior examinados en d^ítalle. En el largo de las falan- 
ges de los dedos y sobre todo eñ el largo de las uñas, 
habían diferencias pasmosas. El cráneo del hombre del 
año 1890, ofrecía una abrumadora decadencia política y 
económica, mientras que el cráneo del individuo del año 
3000, revelaba que en todo le había... adelantado al 
hombre del siglo XIX: en la decadencia y en el pro- 
greso, por más que esto parezca una ironía ó una sátira 
á los filósofos, fisiólogos y antropólogos de nuestros 
días. 

Desde el asiento mecánico, automático, de su escrito- 



12 EN EL SIGLO XXX. 

rio, Andros solía conteiuplar con arrobamiento aquellos 
documentos de hueso de su precioso museo antropológi- 
co y zoológico que tenía estudiado concienzudamente y 
de cuyas piezas había conseguido sacar conclusiones y 
consecuencias increíbles, extraordinarias, casi fantásticas, 
dejado llevar por los arranques de entusiasmo de sus 
veinte y ocho años, de sus análisis profundos y de SU3 
experiencias de sabio metódico y paciente. Su rostro 
sereno, apenas cnbieito por una Ijarba castaña, sedosa y 
crespa, como sus cabellos, adquiría, entonces, una expre- 
sión indefinible de animación y de felicidad, cuando 
llegaba á fijar sus grandes y melancólicos ojos verdosos, 
en aquel imiverso, como éi decía, de la historia natural 
de los tieTupos pasados. 

Se despejaba entonces su frente ancha, serena, notable 
por sus dos grandes entradas y las abultadas protube- 
rancias que partían su entrecejo, — -y su dulcísimo con- 
junto facial cobraba una lucidez y una expresión tal 
de intelectuabilidad, que seducía y atraía. No eran muy 
suaves las líneas de su óvalo, ni muy correcta su tina 
nariz aguileña, ni muy proporcionada su boca; pero, en 
conjunto, aquella cabe^za, — sostenida por mi tronco y 
unas estremidades esbeltas, casi atléticas, era melancó- 
licamente varonil, hermosa, y reñejaba claramente la 
grandeza y nobleza de su alma, lo mismo que la sensi- 
bilidad y voluntad de su bien definido temperamento 
bilioso — nervioso. 

Huérfano había quedado durante la lactancia. Casó á 
los veinte años y recién cumplidos los veinte y dos, ya 
administraba sus bienes, entonces en manos de un ancia- 
no pariente suyo^ que murió al año siguiente, víctima de 



EN EL SIGLO XXX. 13 

una apoplejía que le causaron unas malas operaciones en 
la rned.i déla Bolsa — esc pozo artesiano de los lírandes. . . 
capitales. Pero, educado Andros en la escuela de la orfan- 
dad y de la desgracia, inclinado desde mu}^ niño á los 
estudios serios, guiado por sabios profesores y dotado 
de una inteligencia precoz, de una memoria de hierro y 
de nna voluntad de acero^ — bien pronto adquirió un de- 
sarrollo intelectual pasmoso y una experiencia asaz pre- 
matura. Concentradas todas sus afecciones en Parelia, 
que entonces era una niña, en Filos su i'inico amigo y 
en sus estudios, era feliz y solo le entristecía la des- 
unión de sus contemporáneC'S y las tendencias materialis- 
tas de su siglo. Hubiera deseado ver unidos en el ónlen y 
la paz á los unos en la práctica de las instituciones repu- 
blicanas, y panteista en sus inclinaciones al otro. Pero su 
ideal no se ajustaba á las aspiraciones ó ambiciones de 
sus compatriotas, ni al excepticismo descon.>-'olador de su 
siglo, ¡(¿iierían la verdad, é iban tras de la mentira! 

Dueño, una vez, del extraño edificio, que había heredado 
de sus padres que, como ya lo dijimos, fueron víctimas 
en la lucha por la libertad humana, Andros lo visitó 
todo en compañía de Paielia y de Filos. Qu'jdaron 
asombrados de los cinco departamentos, no solo por la 
riqueza y el esplendor que jior doquiera imperaba, sino 
porque creyeron descubrir nna alegoría en cada uno de 
ellos. Euroi)a, Asia, África, Améric;a y Oceania, estaban 
representadas en cada uno de Ins departamentos, que 
justamente correspondían á cada uno de los cinco pen- 
tágonos dei edificio, de «su pequeño mundo, » como le 
llamó Andros desde entonces. 

Elijieron, para habitarlo, el cuarto departamento, que 



14 EN EL SIGLO XXX. . 

fni el que correspondía al pentágono ¡le la América. No 
tenía éste, como los demás, ese aspecto de vejez, de 
polvo eterno, de majestad de tumba heráldica, ni lagra- 
vt apariencia que coora todo aquello en que se lia ido 
l)0sandu la pesada y ruda mano <le lus tiempos, ni 
niuclio menos esa ñsonomía saturniana de los esplendo- 
res y de las decadencias, de las ruinas y de la muerte, 
de la soledad y de la tristeza, de los pueblos de los pasa- 
dos siglos, que habían contemplado en los otros cuatro 
departamentos del extraño ediflcio pentagonal. 

En cambio, el departamento del cuarto pentágono, les 
ofrecía una vida más nueva, más pura, más tranquila y 
un porvenir, si cabe la palabra, más en armonía con 
sus esperanzas y más de conformidad con sus ideales y 
sus ensueños. Y como una disposición tes'amentaria, se- 
guida fielmente de generación en generación, de siglo í-n 
siglo, prohibía ter uinantomente que se variara ¡a cons- 
trucción del edificio — -lo que solo podía hacer el tiempo 
ó las imprevistas catástrofes humanas — Andros, respetan 
do aquella disposición misteriosa para to<los, se fué á 
ocupar el departamento más moderno. Algún tiempo le 
preocupó el misterio que rodeaba é imperaba en su pose 
sión; buscó el origen y no le halló. La fantástica leyenda 
del edificio, de su creación, y de sus dueños primeros, 
como la de Adám y Eva, le pareció ridicula, imposible y 
fantástica. Concluyó, después, por no pensar más en ella. 
Desde entonces se dedicó á Parelia, á Filos y á sus libros 
por completo, en el departamento del cuarto pentágo- 
no del extraño y sombrío edificio — en su gabinete antro- 
pológico y zoológico, y díjnde ahora le encontramos es- 
tudiando en su hora favorita. 



ÉN EL SIGLO XXX. 15 



Sonó en aquel momento la campanilla telefonográfica 
que tenía cerca, en el mismo cHcritorio, y al propio tiem- 
po, una voz clara, argentina, le interrumpió en su lectura. 
Era Filos, que, desde su aposento, le anunciaba que iba á 
bajar al gabinete. Había terminado, añadió, el plan de 
un libro que ambos escribirían y que debía despertar 
alguna curiosidad y sensación en Fisiócrata, no solo por 
lo original del asunto, sino también por el modo que 
había imaginado para tratarlo. Una alegoría de buen 
gusto, talvéz un poco cáustica y nn tanto satírica, pero 
nada más. Y, agregó: 

—¿Oyes..? 

— Si, Filos, — contestó And ros. 

—¿Puedo bajar . . ? 

— Ven inmediatamente. 

— Ah... Me olvidaba. Corre el resorte del torno... 
Suéltale! 

— Ya está. Desciende, amigo mió. 

Suavemente crujieron las dentrinas y las rodajas del 
torno mecánico, neumático, que se hallaba como empo- 
trado en un gran cóncavo construido, al efecto, en la 
pared cuyo final daba á una de las puertas del gabine- 
te ; — y cayó, luego, la plataforma sobre las detentas 
elásticas, sin producir el menor ruido, ni el más leve 
choque. Filos, empujó la puerta, penetró al gabinete, y, 
tras de él, aquélla, sola, volvió á cerrarse automática- 
mente. Los vivos rayos de la luz bañaron, entonces, su 
pálido rostro, poblado por una naciente y sedosa barba 
rubia, como sus ensortijados cabellos. Sus ojos pardos, 
penetrantes, se entornaron un momento. Luego una bon- 
dadosa sonrisa plegó sus .finos labios, que dio á su sem- 



16 EN EL SIGLO XXX. 

blantc tranquilo é inlelectua], un aspecto dulce y ver- 
daderamente infantil. Y po.sando la mano derecha soljre 
el hombro de su amigo, le dijo: 

— Andros, resulta nuestro libro — resulta! Aquí, en mi 
ardososa frente lo siento y lo concibe mi imaginación. No 
puedes figurarte, cuánto espero de él, ni cn.ántas esperan- 
zas é ilusiones ha enjendrado en el fondo de irá alma, 
i Volver al siglo XIX..! ¿Entiendes..? Es decir, retro- 
ceder nada menos que mil cien años, once siglos! ¿Qué 
te parece, amigo mió? ¿No es extraordinario? ¿Quién 
se lo imagina en Fisiócrata! 

— Nadie, seguramente, — le contestó Andros. — Pero, ten- 
go entendido, Filos, que algo parecido se hizo ó se escri- 
bió en aquel remoto siglo, aunque en lugar de retrocedei-, 
avanzaron á nuestros tiempos... imaginativamente. 

— Lo que no es lo mismo. 

— Por supuesto. Solamente á tí se te inicde ocurrir 
una idea semejante. De lo cual colijo que no has acepta- 
do ni mi argumento, ni mi plan. ¿No convinimos anoche 
que escribiríamos un libro de historia antigua? 

—Sí. 

— Pero aún sin fijar una época y un punto absoluto 
de partida. ¿No quedaste encargado tú de lo luio y de lo 
otro ? 

— Efectivamente. 

— Veamos, pues, lo que has pensado, combinado y re 
suelto . . . 

- Lo más sencillo . . . 

— Pero siéntate. Filos. 

Dicho y hecho. El joven hundió un botón del escritorio, 
y, luego, apareció un asiento en el frente opuesto al que 



EN EL SIGLO XXX 17 



I se encontraba Andros. Desdobló los brazos de aquel 

¡ cómodo sillón y ajnstó los pasadores de seguridad. Se 
ari'ellenó, en él, con cierto abandono, mientras su ami.iío 

I cerraba la obra que había estado estudiando, y que no 
era otra que la « Contribución al estudio del hombre fósil 
de la Argentina, > después de marcar la página con una 
fina cinta de acero. P'ilos apoyó la frente entre los deilos 
de la mano izquierda, con la otra se retorció su bigote 
rubio de veinte y seis años, y con simulada gravedad, 

' le preguntó á su amigo : 

' — Me dirás ¿quién lee historia entre nosotros? 

I — Las personas que desean instruirse.. Vaya una pre- 
gunta ! 

— Pues, esas, son las excepciones. Las demás, estoy 
j seguro, que no se toman esa molestia, ni ese trabajo. Y si 
li nosotros la escribimos, menos aiin, porque se quedaría la 
' edición en los estantes de las librerías ó en las hojaa fo- 
» nográficas. ¿ Comprendes . . ? 

— Tú exajeras .. ! 
' — ¿Qué hacer, enton(;es, para que un libro sea leido en 
|1 Fisiócrata? Dos cosas esenciales. La primera está en la 
(materia de que trate y la segunda en el medio donde se 
i la desarrolle. Se cuida el estilo, se agregan algunas obser- 
ívaciones y se le adicionan picantes comentarios. ¿Me 
comprendes, Andros? 

— Veamos la materia ó argumento. 
— El espíritu que domina, del actual siglo XXX, en 
muestro país. 

— Comprendo. ¿Y el medio de desarrollo? 
;■ —El siglo XIX. 



18 EN EL SIGLO XXX. 



— Lo dicho. El nuestro tran.sportado á aquél. ¿Y las 
observaciones? 

— La crítica, 

— ¿Y los comentarios ó reflexiones? 

— Decir que en aquellos tiempos todo andaba al revés, 
indirectamente refiriéndonos á los nuestros, que relativa- 
mente no andan mejor. 

— Desgraciadamente ! 

— De todo lo cual resulta, en conclusión, que luiestro 
libro será literario, social, histórico y crítico. No me cabe 
la menor duda que, así, despertará curiosidad, con ésta 
la sensación y con la sensación la venta. ¿Qué ganaremos 
con él? Cuando se haj'a leido, lo sabrás. Todo en él, 
como naturalmente se desprende, será indirecto, figura- 
dOj alegórico, para no herir directamente á este ó aquel 
que quiera ponerse el sayo. Seguiremos el precepto lati- 
no Sine ira et studio — sin pasión, francos, galantes, si 
cabe. Cargaremos, eso sí, la mano contra «las grandes 
mentiras pul )licas> y elevaremos bien alto las virtudes y 
las cualidades de los buenos, por la misma razón de que 
son los menos y los más olvidados. He ahí, amigo mió, 
lo que he pensado, combinado y resuelto. 

Durante, Filos, hablaba con entusiasmo del plan, móvi- 
les y procedimientos de la proyectada obra,— Andros, en 
silencio, se había poco á poco ido quedando pensativo. 
¿Qué meditaba? Fuese paulatinamente animando su sim- 
pático semblante ; vagó en sus labios severos una sonrisa 
indefinible y amarga; se iluminaron de pv< uto sus gran- 
des ojos soñadores, y después de fijarlos con cariño en 
Filos, que á su vez le contemplaba con ansiedad, le dijo 
brevemente : 



EN EL SIGLO XXX. 19 

— ¡Resulta, Filos, resulta! 
— ¿ Con que aceptas mi plau ? 
—Sí . . . 
— ¿Te agrada? 

— ¡Sobre manera! 

Esclamó Andros con viveza, y volvió á quedar pensa- 
tivo, como reconcentrado en sí mismo, extasiado en una 
idea íntima, impenetrable. Dieron en aquel momento las 
tres de la mañana en el monumental reloj eléctrico del 
templo de < La Ciencia. » Ya comenzaba á tamizarle el 
cielo con las primeras, vagas y lejanas claridades inma- 
culadas del alba. La luna se hundía en el horizonte pesa- 
damente y detrás de las blanquísimas cumbres de las 
montañas, parecía un panto fantástico de admiración. La 
ciudad aún dormía profundamente. Frescas brisas llega- 
ban de cuando en cuando, trayendo en sus alas al gabi- 
nete el balsámico perfume de las primeras flores de la 
primavera. Andros, volvió de su éxtasis, se puso de pié, 
y dijo con entusiasmo: 

— Filos, desde mañana á la obra, sin descanso, con 
ardor ! 

— No esperaba menos de tí. Pero, ¿ en qué pensabas . . ? 

— jMuy grandes cosas..! — y, luego, añadió paseándo- 
se:— Se titulará la obra: i En el siglo XIX.* 

— «-En el siglo XZX>— repitió Filos. 
— Tu empezarás la jornada primera . . . 
— Por hecha. 

— Cuando Vespucio descubrió la América . . . 
• Y Colón hizo la primera carta geográfica de ella! 
—Justamente. Todo en tono de sátira, todo ! ¿ En- 
tiendes . . ? 



20 EN EL SIGLO XXX 

Andros, deliraba de entusiasmo, exitado, nervioso, y, 
Filos, de alegría, arrastrado por el estado de ánimo de 
su amigo y por el suyo propio. Por fin se consolarían, 
á manera del Dante, de los desdenes del mundo y ven 
garían los ratos de honda amargura que habían tenido 
que soportar, hacía mucho tiempo. Esta era la temeraria 
idea que bullía en el febriciente cerebro vle vindros y 
que le había tenido extasiado. En seguida, se abrazaron 
como dos hermanos antes de entrar á la lucha, y después, 
cada cual, pasó á su aposento en busca de descanso, en 
circunstancias que el i'elój del templo de «La Cliencia, » 
lanzaba al espacio cuatro sonoi-as campanadas metálicas. 
Empezaba á amanecer y la enorme ciudad á despertar 
de su sueño. 



JORNADA II, 



CfANPo, Filos, ocupó la maquinita do escribir, las ideas 
hervían en su mente. Se hubiera dicho, por la inquietud 
que le dominaba, que deseaba comenzar y (toncluir inme- 
diatamente lo que pensaba y sentía latir dentro de su 
ardorosa frente. ¡Qué perezosa nos suele parecería in- 
teligencia en algunos instantes y cómo se niega otras 
veces á dar libre salida, franca corriente al inmenso mar 
de ideas que se agita dentro de nuestro cerebro! Hay 
momentos de una verdadera esterilidad intelectual que 
nos apena, que nos hace padecer y que no podemos ex- 
plicarnos, en medio del mundo de pensamientos que 
sentimos moverse -en el espíritu. Empieza este estado 
síquico por una simplísima inquietud y termina en la 
desesperación. Nace, entonces, la duda, y lo que pensá- 
bamos escribir ni surje, ni resulta. Todo, desde luego, es 
malo, pálido, incoloro. Volvemos á comenzar y es en 
vano. Falta el reposo que debe dominar cuando escribi- 
mos. Aparece la fiebre, y la incertidumbre nos hace im- 
potentes. 

Las manos de Filos cayeron sobre el teclado de la ma- 
quinita ; pero, de pronto, sus dedos se detuvieron. No ac- 



22 EN EL SIGLO XXX. 

cionaban sobre las marfilinas piezas del aparato. A pesar 
de la nuiltitud de ideas que llenaba su mente, no supo 
cómo empezar. Sin embargo, sabía de dónde debía arran- 
car, dominaba la materia, el asunto, por completo ; pero, 
sus dedos no se movían. ¿ 8ería posible ? ¡ No ! Y sonriendo 
de aquel vago temor que le asaltaba, imprimió los dedos 
rápidamente en esta y en aquella tocia. Después las fué 
recorriendo todas durante algunos segundos, basta que 
de improviso se detuvo. Sacó, entonces, la impresa tira 
de papel y leyó ansioso su contenido. ¡ Sarcasmo borri- 
ble! ¡Cómo había podido pensar semejantes cosas! En el 
fondo existían las ideas, pero no había fuerza, colorido 
vivo, ni vida en ellas. No era aquello lo que él quería. 
Anlielaba algo más grande, uiia forma mejor, más fluida, 
más correcta. 

— Veamos si de esta manera . . . 

No. Iba á incurrir en un deplorable anacronismo. 
Por fortuna no vivía en el siglo XIX, en el que era fus- 
tigado un desatino histórico ó cientíñco aunque luibiera 
sido de Fulano de Tal, que pasaba por un genio! De lo 
contrario, qué le importaba un anacronismo más ó menos, 
ó una apreciación más ó menos apasionada y ante-histó- 
rica ? ¡ Por el alma de . . ! Se había olvidado que tenía que 
escribir todo al revés! Pues haría como si estuviera en 
el siglo XIX . . . Empezaría de nuevo. 

El joven rompió con impaciencia la tira de jiapel en 
mil pedazos, arrojándolos con ira en el canasto de mimbra; 
que tenía á su lado. Después dejó correr los dedo.s por el 
teclado de la máquina, deteniéndose de momento en mo- 
mento, mientras pensaba lo que iba imprimiendo en el 
papel. Cuando la tira estuvo completamente llena, la 



EN EL SKiLO XXX. 23 



arrancó y la leyó una ó dos veces. Pero aún no estaba 
satisfecho de sn contenido. Algo le faltaba. Indudable- 
mente, pensaba Filos moviendo la cabeza, aquello se 
aju.stabf más á lo que había imaginado. Sin embargo, en 
el conjunto de los párrafos, bien nutridos como á él le 
agradaban, se desprendía cierta divagación y en los 
detalles encontraba muchas incorrecciones. 

Cada vez más inquieto, poco á poco se fué impacien- 
tando más. A medida que sus ojos recorrían los caracté- 
les impresos, su rostro tomaba un aspecto de desespera- 
ción indeñnible. ¿Qué era lo que motivaba aquella 
esterilidad? ¿No tenía en su cerebro ideas, muchas más 
de aquellas que necesitaba para comenzar? Pues, enton 
ees ¿qué era lo que detenía el pensamiento y por qué no 
podía coordinarlos, asociarlos, los unos con los otros? — 
Eso era espantoso! exclamaba Filos, fraccionando la nue- 
va tira de papel en muchísimos peda/os, volviendo otra 
vez á la tarea. 

Pero como había perdido, por completo, la tranquilidad, 
paulatinamente sus ideas se fueron oscureciendo, liasta 
el i^unto de no poder mover los dedos en el teclado del 
aparato. Cada concepto le parecía malo, cada pensamiento 
vago, nebuloso ó en manera sencillo y casi pueril. Cuan- 
do se hubo convencido de que toda su voluntad era inútil 
en aquel instante, cubrió la maquinita con su tapa de 
ébano, la colocó en el sitio donde tenía costumbre de de- 
jarla y se puso á leer. ¡Qué disparate ! ¿Cómo podía leer 
él? En semejantes circunstancias ningún libro, ni aún el 
de su autor favorito, le habría entretenido. Tenia dema- 
siado ocupada la mente para semejante cosa ! Y arrojó 
coa ira el libro encima de la mesa. 



24 EN EL SIGLO XXX. 

Entonces, como distraído, se lauso A contemplar los 
cuadros y retratos que adornaban su aposento. Era éste 
un cubo espacioso. Sus altas paredes estaban sencilla- 
mente tapizadas con un género blanco, tableado, hasta 
el zócalo y recojido en el centro del techo por un círculo 
bullonado, de cuyo centro pendía el foco eléctrico que 
alumbraba la estancia por la noche. Dos grandes roperos 
de Jacaranda con lunas azogadas, el uno en frente del 
otro, multiplicaban su imagen en aquel momento. Su 
lecho de bronce, colgado con cortinajes de terciopelo 
carmesí y de muselina floreada, ocupaba el centro del 
aposento. Y aquí, un estante de libros; allí, un lavatorio; 
más allá, una percha; á Ja cabecera de la cama, una me- 
sita, y las sillas esparcidas al rededor, formaban el conjun- 
to de su mueblaje. 

De los grandes maestros del pensamiento humano, que 
inmóviles en sus marcos de ébano hacían 2)endant los 
unos á los otros, pasó los ojos á los retratos de su fa- 
milia. Largo rato estuvo extasiado contemplando el retra- 
to de la que fuera su amada madre. ¡Qué rostro sereno 
y hermoso el de aquella santa mujer, que él apenas 
había conocido! Muy niño le dejó al cuidado de su jiadre, 
uno de esos cai'actéres raros por su sencillez y por su 
cariñosa rectitud para con los propios y los extraños. 
Parecía que le sonreía y le animaba! Pero cuando miró 
el retrato de su anciano padre^ que á la sazón concluía su 
existencia feliz, al lado de su hija, la única hermana de 
Filos, en una de las ciudades cercanas de Fisioci'ata, de 
pronto se animó, sus mejillas se colorearon y un suspiro 
dulcísimo exhalaron sus labios. 

— i Eureka ! . . . Eureka ! — esclaraó trasportado. 



EN EL SIGLO \XX. 25 

Cojió, entonces, la maqninita y comenzó á escribir 
vertiginosamente. El recuerdo do los que tanto amó 3' 
amal)a, le inspiró en nn momento. ¡Extraño fenóme- 
no simpático aquél, que nos dicta con su mutismo, lo 
que en vano habíamos buscado desesperadamente ! Sus 
dedos se deslizaban i)or el teclado sin entorpecimiento 
alguno y la asociación de sus ideas era verdaderamente 
pasmosa. Bien pronto llenó tiras y tiras de papel ¡Qué 
colorido, qué exuberancia de vida, qué claridad y qué 
sencillez en el contenido, en el fondo, en el conjunto, en 
jos detalles y en la forma de lo que iba pensando é im- 
primiendo ! 

— ¡Ahora soy feliz! — dijo, deteniéndose un instante. 

Y agradecido volvió á contemplar las imágenes de los 
que tanto amaba. Cuando dieron las once de la mañana, 
después de cerca de dos horas de continuada labor, había 
concluido de escribir la jornada primera del libro y co- 
menzado la segunda. Numeró las tiras de aquélla y des- 
pués de leerlas, casi desconociendo lo mismo que había 
pensado un instante antes, no pudo contener una exela- 
ción arrebatada de gozo — de íntima alegría. ¡Surgía indu- 
dablemente lo que había imaginado, surgía y mejor, 
mucho mejor de lo que creía ! Conmovido y contento, reía 
como un niño. Después escribió el sumario de la jornada 
cimcluida, abrochó las tiras impresas, dentro de una car- 
peta, en circunstancias que subía la trampa, se habría la 
puerta y penetraba Andi'os al aposento. 

— Buenos dias, hermano mió, — le dijo abrazándole. 

— ¡Sublimes, habrás querido decir Andros! Mira y lee. 

—¡Cómo! ¿Concluida ya la jornada primera? 

— Y empezada la segunda. Hela aquí. 



26 EN EL SIGLO XXX. 



— Eres el mismo demonio, como hubiera dicho un hijo 
del siglo XIX ! De seguro que habrás pasado una noche . . . 

— ¿De perros? Al contrario! Nunca be dormido mejor: 
de un tirón, desde las cuatro, que nos separamos, liasta 
las nueve. Y tú . .? 

— No, amigo mió, porque se me indispuso Parelia. 

—¿Qué..? 

— No te alarmes. La tormenta ha pasado y la acabo de 
dejar profundamente dormida. Sin embaigo, no estoy 
muy tranquilo. Las manifestaciones agudas, al desapare- 
cer, han dejado un no se qué, un algo que no me agrada. 
Tú sabes lo delicada, lo nerviosa que es ella. Pues, 
bien, ha emi:)alidecido mucho y de cuando en cuando me 
parece que delira. He llamado varias veces por el telefo- 
nógrafo al doctor Espes y no me ba respondido. Temo que 
la línea se encuentre mal. En consecuencia, ¿ querrías tú 
ir en un momento á su palacio? Se halla cerca y en el au- 
tómata estarás de vuelta con el doctor, inmediatamente. 

— Andros, ya estoy de vuelta, — dijo Filos, vistiendo su 
frac gris y desdoblando su clac plomo. — Voy y vuelvo. 
Espero que será una indisposición pasagera. Me lo dice 
el corazón. 

— Entre tanto nos preparan el medio dia y ponen la 
mesa, me distraeré leyendo lo que has escrito. Así armo- 
nizaremos después nuestras comunes ideas. Vé, amigo mió, 
inmediatamente. 

Desapareció Filos y Andros subió al aposento de su 
consorte. Aún no se había despertado. En la estancia im- 
peraba una dulce semi-oscuridad y una atmósfera tibia 
y perfumada, tranquila y agradable de cuento imaginario. 
Parecía el nido purísimo de una hada de sueño de opio. 



EN EL SIGLO XXX. 2? 

Cuando Andros entreabrió uno délos postigos, la esplén- 
dida luz del dia iluminó el rostro de la dormida suave- 
mente, como si temiera besar demasiado aquella tez 
transparente y fina. La tapicería violeta de los cortinajes 
de la ventana ogival y del tálamo, que era de palo rosa, 
como los demás muebles, cubiertos algunos de ellos con 
seda de un suave sonrosado; las colgaduras blancas y la 
alfombra de un tinte agradable rosa claro, — herido todo 
dulcemente por la luz del dia y reflejado en los espejos 
ó en los cristales de los cuadros, hacía de aquello el con- 
junto más extraño y fantástico. 

Los frescos de las paredes y los grupos de ángeles y de 
amorcillos del dorado techo, parecían que se animaban, 
que tenían existencia propia. Aquella luz impregnada 
de los colores que allí se veían, daba a! rostro de Parelia 
un encanto y una atracción irresistibles. La más espléndi- 
da armonía de líneas se notaba en aquella cabeza hermo- 
sa, cuyos negros cabellos la hacían destacar aún más bella, 
como la imagen de una virgen se desprende de un fondo 
oscuro. Grandes pestañas velaban sus ojos pardos, cerra- 
dos en aquel momento. Su fina nariz y su diminuta boca, 
concluían aquel conjunto facial puro, arrobador. 

Veinte y tres años contaría entonces la hermosa con- 
sorte de Andros. Huérfana, como éste, que era primo su- 
yo, se había educado al lado del joven. Sonriéndose des- 
de muy niños, cuando el alma y el corazón parecen no 
existir sino para aquello que es inocente y virginal, fue- 
ron poco á poco comprendiéndose, acercándose simpáti- 
camente, hasta que un dia cambiaron las primeras pro- 
mesas y los primeros juramentos, que sellaron con el 
beso más casto y sincero. Sorprendido aquel amor inma- 



á8 EN EL SIGLO XXX. 

calado por don Severo, el padre de Parelia, los dos jóve- 
nes no trepidaron un momento en revelárselo, inmediata- 
mente. Soñando y sonriendo esperaban el día del enlace, 
cuando el anciano tio de Andros falleció. La desgracia 
fué para Ambos terrible. Don Severo fuera de la Bolsa, 
era el Iiombre más cariñoso y más expansivo. Pero los 
dias pasaron y la unión tan ahelada por el anciano y por 
ellos, por fin se verificó. Fueron los padrinos el padre y 
la hermana de Filos, antiguos amigos de la familia del 
novio. El cariño, el amor, la armonía de sus caracteres y 
el tiempo les dieron los dos hijos que idolatraban. 

Se hubiera dicho que todos estos recuredos encantado- 
res y tristes al mismo tiemj)o, pasaban por la mente de 
Andros, que contemplaba extasiado á su consorte amada. 
ÍAiego besó su alta y despejada frente y se sentó á la ca- 
bezera de su lecho. Pocos segundos después tintinabuleó 
la campanilla telofonográfica. Filos le couiunicaba que se 
dirigía allí con el doctor Espe.s^ que recién había vuelto de 
una consulta en casa del Excmo. Señor Ministro de Tele- 
fonógrafos y Ferro -Carriles, quien tenía un niño graví- 
simo de una afección hereditaria. Se esperaba salvarle 
jxir medio de un tratamiento profiláctico. 

— Y decir que en el siglo XIX no creyeron los sabios 
en el tratamiento profilácti(;o de las enfermedades heredi- 
tarias! Cuánta oscuridad imperaba en aquellos altivos é 
ignorantes tiempos! — esclamó Andros pensativo. — Cómo la 
luz se abre camino al través de las edades y las utopías, 
los sueños de los locos, llegan á ser verdades indiscuti- 
bles ! 

Por fin llegó Filos acompañado deldoctorEspes. Cuando 
éste hubo examinado á Parelia, que ya había vuelto de 



EN EL SIGLO XXX. 29 

su sueño, y hecho algunas muy breves preguntas, que la 
enferma contestó iuineiliatamente, aseguró á Aiidros que 
aquello no tendría consecuencias. Era una ligera alteración 
de nervios que pasaría con algunas olfaciones de ignatia 
amara, y, si continuaba el delirio por la noche, le suminis- 
traría, de la D^isnia manera, belladona. Y se despidió, di- 
ciendo que en .seguida mandaría los medicamentos. Solo 
la presencia del doctor Espes ])areció calmar á la joven. 
— No volveré á apenarme otra vez, amigo mió, — dijo 
l'arelia á su consorte. — Bien sabes que no he sido nunca 
supersticiosa. Pero anoche, cuando penetró aquel pájaro 
negro, funeral, que luego desapareció no sé por dónde, un 
nuil presentimiento hizo latir fuertemente mi corazón. 
Momentos después perdí el sentido, justamente cuando 
tú entrabas. Padecí mucho! 

—Vamos, querida mía, no te entristezcas. ¿Qué mal 
puede traer consigo un inofensivo pájaro? Reposa tran- 
quilamente que Filos y yo velaremos tu sueño. ¿Verdad, 
amigo mío ? 

— Sí, Parelia, descansa, — contestó el interi^elado, — que 
' esas sensaciones pueriles no deben existir en un espíritu 
I como el tuyo. ¡Esto sí que no se creería ! 

La joven fuese quedando dormida insensiblemente. En 
t seguida los dos amigos pasaron al comedor á hacer el me- 
I dio dia, comentando los temores de Parelia. ¿Qué era lo 
I que podía suceder ? En el siglo XIX, la sola idea de la 
I disgracia, la enjendraba al fin, la hacía verdadera. Pero en 
I el XXX, el miedo era solo de las mujeres y de los ni- 
! ños. Por consiguiente, nada enjendraba, ni nada hacía 
verdadero. Podían estar tranquilos.Y los dos jóvenes rieron 
expansivamente de haber podido ocupar la mente con 



so KN EL SIGLO XXX. 



esas cosas imaginarias de cuento fantástico. Al levan- 
tarse de la mesa, Filos, le dijo: 

— \'oy á continuar escribiendo. Bajaré de cuando en 
cuando á acompañarte algunos momentos. ¿Prefieres que 
esté á tu lado? Con franqueza. 

— ¿Por qué motivo? No lo creo necesario. Por el contra- 
rio,te ordeno, se me lo permites, que esplotes bien la ins- 
piración y no la abandones, que no siempre se nos pre- 
senta cuando la llamamos. ¿Hoy estás inspirado? ¿ Sí ? 
Pues entonces á la labor, que ya me darás cuenta de lo 
que habrás producido. Mucho entusiasmo, amigo mió, — 
mucho entusiasmo! Nuestro libro debe resultar. Vé ahora 
á mi gabinete. Allí estarás más tranquilo. Yo vuelvo al 
lado de Parelia. 

— Hasta cada momento, Andros, — le contestó Filos. 

Cuando las agujas del reloj eléctrico marcaron las seis 
de la tarde, Parelia se oncontraba dominada por esa ani- 
mación y alegría que siguen á todo restablecimiento com- 
pleto. Se entretenía en aquellas circunstancias con sus dos 
pequeñuelos, que Andros hacía saltar en las rodillas. So- 
bre la cubierta del lecho, había una multitud de figuras 
de papelj — las unas de la mujercita y las otras del varon- 
cito, — que animaban los ojos y las lenguas de aquellos dos 
niños hermosísimos, que hablaban y reían al mismo 
tiempo de lo que eran ó llegarían á ser, en el mundo, las 
grandes figuras de papel! Qué espléndida inocencia! ¡Qué 
lujo de ironía infantil ! Cinco años tendría el niño y tres 
su hermanita. Ambos llevaban los nombres de sus abue- 
los paternos: Adamiro y Evalinda. 

Cuando Filos -lenetró al aposento, las rojizas tintas del 
sol dibujadas en el horizonte de aquella tarde serena, que 



EN EL SrOLO XXX. 31 

penetraban al ti aves de los cristales, tiñeron suavemente 
suanimadísimo rostro. ¡Qué expansiva alegría le dominaba 
— dominándoles á todos! Nunca se había sentido más fe- 
liz! ¿Por qué? ¡ Cómo no serlo, si conjuntamente con el 
restablecimiento de Parelia, dijo: 

—He concluido la jornada segunda. 

Y en medio del contento de Parelia, déla infantil alga- 
zara de los dos niños,bañados por los tibios rayos de aquella 
inimitable luz crepuscular y del colosal murmullo que lle- 
gaba desde la gran ciudad, los dos jóvenes cambiaron un 
fuerte apretón de manos. ¡Cuánta animación y vida ha- 
bía en aquel cuadro familiar, íntimo y tierno ! 



JORNADA III. 



LA colosal Fisiócrata se eleva justamente donde existió 
la ciudad de Buenos Aires ó Buenos Aries, según la 
opinión de los más sabios, capital federal entonces de la 
Eepública de La Plata Argentina. Sin embargo, aquella 
opinión ha ofrecido sus dudas serias y se la ha discutido 
y comentado bastante en estos últimos tiempos. Hasta no 
hace mucho el distinguido etnógrafo doctor don Modesto 
Buenas Fuentes, afirmaba en uno de sus libros agotados 
('), que debió ser Buenos Aires, dadas las condiciones de 
su purísima atmósfera y los buenos aires (-) que se in- 
filiaban sus habitantes en todos los ramos del saber liu- 
mano, entonces en formación. Pero, el año pasado, el 
sabio arqueólogo y bibliólogo Excmo. señor doctor don 
Fructuoso Apariencias, aseguran, que destruyó completa- 
mente la afirmación de Buenas Fuentes. 

El doctor Apariencias, secundado por varios notables 



(1) «Historia de algunos pueblos de la antigüedad de la Repú- 
blica Argentina.» 

(2) «Atribuida á Sancho García, cuñado do don Pedro de Men- 
doza, su fundador.» Véase la obra citada, página 1.321, tomo 18, 
capítulo 201 «Origen y clima del Vireinato de Buenos Aires.» 

3 



34 EN EL SIGLO XXX. 



filólogos, etiiiiólogos y arqueólogos, probaba que existia 
un lamentable error en la pedantesca interpretación y 
falsa opinión del origen de la palabra de aquella ciudad, 
manifestada ])or Buenas Fuentes. 'No se trata, diñe aquel 
sabio (' 3, de condiciones climatéricas ó atmosféricas, ni 
del carácter moral de sus habitantes, más ó menos altivos 
ó infatuados, sino de buscar el origen verdadero del nom- 
bre de la ciudad para ilustrar el elevado criterio de la 
ciencia y del público. Buenos Aires, es un nombre ima- 
ginario creado por esa raza improductiva que se apellidó 
de los poetas (-), y que ya va desapareciendo por querer 
imitar á los vates de aquellos siglos soñadores, patonia- 
nos ("*) y poco utilitaristas. 

fLos nombres poéticos C") serán muy bellos para re- 
crear la faiitasia infantil, si se quiere, en las horas de 
cansancio; pero, como dice un eminente erudito, 
jamás revelan la índole ni el sello de lo que dominara en 
una época. ¿Qué había sido lo que más imperara en la 
antigua capital de la Repiíblica de La Plata Argentina? 
¿Los aires buenos? Ahí están en contra nuestros astróno- 
mos (^), higienistas y físicos, los actuales tiempos y ba- 
rómetros, que nos hablan fuertemente de la variabilidad 
de los aires de entonces, que enjendraron un sinnúmero 



(1) Apariencias, «El siglo XIX, • t"mo 35, capítulo 321, página 
232 j' siguientes. 

(2) Sabido es que hoj solo los niños cultivan la poesía. 

'3) Patonianos.de —aO¿; enfermedad, y no platonianos, de Platón. 

(4) Véanse «Las memorias del doctor Freno», citando á su colega 
Patos, acápite 12, página 600. 

(5) Consúltese "La adinósfera animada», del doctor Pneumático, 
capítulo 213, página 3 y siguiente. 



ÉN EL SIGLO XXX. 35 

de enferuieda<les y afecciones endémicas, epidémicas, in- 
fecciosas, etc., que existieron y aún existen. Buenas Fuen- 
tes, su colega, negaba que esos malen fueran nacionales, 
como él creía, sino importados en los niateo-huzzos de 
las inmigraciones fomentadas, subsidiarias, lo cual era 
incierto y maligno á la luz de. . .las oficinas de propa- 
ganda (1). 

«Eso demostraba suficientemente que no habían sido 
los aires buenos los que dominaran en la vieja ciudad. ¿Fué 
el carácter de sus habitantes? ¡Sarcasmo amargo! Si no 
hubo en los pasados siglos gentes más desunidas, ni más 
enemigas de lo propio; más enamoradas de lo malo ajeno, 
ni más amantes de imitar lo peor de afuera ; gentes que 
dividieron su sociedad en varios partidos imposibles para 
sostener un régimen de orden y de equilibrio nacional, 
dominadas por una hostilidad y ambición recíprocas impo- 
sibles, fatales; pasionistas y peroradoras de una farsa 
política que apellidaron «Pueblo Soberano»; en fin, gentes 
más inconsecuentes y versátiles, jamás las hubo ni bus- 
cándolas con la linterna de Diócanes, el filósofo gringo! (-) 
En consecuencia, ¿qué aire de bondad podía existir en la 
amalgama de semejantes elementos humanos, que apenas 
si tenían noción de su propia nacionalidad, advenedizos 
los unos, extraños los otros, indiferentes los más? Podía 
tal carácter servir de origen para el nombre de una ciudad 
medianamente pasable? ¡ Nunca, jamás! ¡ Cómo se había 
equivocado Buenas Fuentesl 



(1) Véase la obra «Los bohemios» del doctor Lama de Oros, en 
el capítulo «La mojor inmigración.» 

(2) (j riego, de Sinope, según Buenas Fuentes. 



36 EN EL SÍGLO XXX. 

«Sin embargo, en medio de aquel espíritu estraño, do- 
minaba una gran pasión (i), que era la que, á su elevado 
modo de pensar, había dado el origen al nombre de la 
vieja ciudad porteña. Esa pasión era la hacienda. Todo 
el mundo poseía grandes majadas de ovejas y rebaños de 
bellísimos carneros, los cuales por causas, que eran un 
misterio impenetrable, se propagaban y procreaban en 
aquel suelo de la manera más pasmosa, provechosa y es- 
tupenda. En el hogar, en el Congreso, en los acuerdos 
de Gobierno, en la Bolsa, en las calles, en los mercados, 
en los cafés, en los clubs, en los paseos, el anciano, el 
joven, la mujer, todo el mundo, hasta eso que llamaban 
Pueblo Soberano, con menosprecio del sentido común, 
hablaban de las ventajas y riquezas que ofrecían los carne- 
rosjjuros y mestizos de esta ó de aquella raza. ...de porve- 
nir. ¡Pobre porvenir si hubiera sucedido! ¡Lo que eran los 
errores de los tiempos! 

<La bondad de las lanas <le aquellos seres animados, la 
calidad y nutritivilidad de sus carnes, la utilidad que se 
daba á sus cueros, lo mismo que ásus huesos y sobre todo á 
sus cuernos (-).... fué una de las grandes fuentes de riqueza 
y uno de los elementos más poderosos con que concur- 
rieron á fomentar la industria, el arte, la ciencia y el pro- 
greso del país. Se unió, entonces, la calidad adjetiva 



(1) Véanse sus «Apuntes sobre Ins pasiones antiguas," 12 tomos 
en S." m. 

(2) Doctor ilcl Moial; «Ventajas del cuerno para las imlustrins 
actuales»,— 5 tomos en formato menor, tipo 4 li2 sin interlineas. Ubra 
agotada . 



EN EL SIGLO XXX. 37 

de buenos á su nombre de nrics, en latín por ser más 
suave y explicativo el sustantivo, y resultó, como una con- 
secuencia lógica, el nombre compuesto, propio, de aque- 
lla antigua ciudad: Buenos Aries, cuya r, pospuesta por 
error de imprenta, tipográfico, sin duda alguna, había con- 
fundido ciertamente al doctor Buenas Fuentes. Esto era 
evidente.» 

La acepción, pues, aquella del nombre propio Buenos 
Aries, era la más natural, verdadera, y que ofrecía menos 
dudas, según el Excmo. señor doctor don Fructuoso Apa- 
riencias. En seguida, mucho se discutió y comentó en 
todos ¡os diarios y revistas, en semanarios y folletos no- 
tables, la genial interpretación del eruditísimo Aparien- 
cias. Como la encontraron ajustada al sobrio y deductivo 
criterio de la época, fué la que prevaleció y se sancionó 
universalmente en Fisiócrata. Varias academias y sacie- 
dades científicas, históricas y literarias de Vespucio del 
Sur, le nombraron socio de número correspondiente, las 
unas, y las otras Presidente honorario, vitalicio, por un 
tan piramidal descubrimiento. Como es natural, hubieron 
algunos despechados y descontentos que, después de hacer 
del punto etimolójico una necia cuestión personal, fué- 
ronse calmando y conformando, respetaron luego á Ap^i- 
riencias, le admiraron en seguida, se dijeron sus discí- 
pulos y concluyeron por hacerle un genio! Hasta le 
quisieron erijir un monumento, que su modesita y gran 
talento rehusaron, exclamando, que era la po.steridad la 
que debía juzgarle y monumentarie por sus actas y sus 
obras. El entusiasmo y el cariño del presente, podía 
enfriarse más tarde y derrumbar su estatua. . . el porve- 
nir. Y concluyó con la siguiente frase latina, según él, y 



38 EN EL SIGLO XXX. 



que nadie entendió, pero que sin embargo se admiró y se 
aplaudió mucho: — « ¡ Eureka, filos!» 

Solo el doctor Buenas Fuentes se mantuvo firme en su 
racional opinión. Era Buenos Aires, y su origen se halla- 
ba en la exclamación — «Qué buenos aires son los de este 
suelo» — del capitán Sancho García, el dia 2 de FeVjrero 
del año 1535, al pisar tierra en la costa sud del Riachue- 
lo (*). Desgraciadamente esa actitud le valió el desprecio, 
el aislamiento de todos, que dijeron que se había enlo- 
quecido. ¡Cómo se cuecen habas en todos los tiempos! 
No se vaya á creer que el más sabio, el más sincero en 
su juicio, es el más apreciado en Fisiócrata, en 

nuestros tiempos ¡Qué amarga ironía! Por el 

contrario. El que más esplota la ignorancia con el char- 
latanismo rimbombante teórico y práctico; el que deslum- 
hra á los tontos, raza que jamás se extinguirá, con figuras 
de retórica ó con formas y teorías de derecho... (con 
fuerza de ley) que, como nadie las entiende, pasan por 
admirables; el que sacrifica su conciencia negociando con 
los dineros de la comunidad en favor y provecho de su... 
Patria; en fin, el que por su audacia llega hasta hacer 
creer que sabe, ese, es el que se granjea el aprecio y las 
simpatías de los demás. ¿Por qué? Porque unas veces les 
inciensa y otras les adula, elevando sus cualidades físico- 
morales á la quinta esencia de la perfección. De aquí 
ha resultado que todos en Fisiócrata sean genios, personas 
eminentes, sabios profundos. Este adelanto no era cono- 



cí) Dondo hoy se h.alian el Ministerio do Artes y Cienci.is, el 
Observatorio Astronómico, la Fundición Nacional de Oro, el Palacio 
del Presidente, el Congreso y el Asilo de Atorrantes. 



EN EL SIGLO XXX 39 

ciclo en el siglo XIX, en Buenos Aries, — la cuna de Fisió- 
crata, la colosal ciudad de los pasmosos progresos y de 
las supinas banalidades. 

La superficie actual de Fisiócrata, — cosa que ni se soñó 
en la antigüedad,— es de veinte y cinco leguas cuadradas, 
cinco por cinco. Según el último censo hecho levantar 
por el Gobernador Municipal por mandato ejecutivo del 
Gobierno General (*), la población asciende á quince mi- 
llones de habitantes de las edades legales (-) para ser con- 
sideradas ¡)ersonas censables, como antes se decía jícrsoíírts 
juridicaft. Por el artículo 983 é incisos 85, 401 y 643, de 
la misma, los extranjeros valen dos por ?(;ío, supuesto 
que emigran, aunque la Constitución les declara naciona- 
les (para los impuestos personales) después de dos años 
de residencia en la Nación, con ó sin domicilio legal, lo 

que ha causado serios trastornos en la legislación 

nacional. 

El municipio de Fisiócrata se divide en cuatro cuarteles 
y cada uno de éstos en diez y seis parroquias. Cada cuar- 
tel tiene una Prefectura General, de quien dependen las 
diez y seis Sub- Prefecturas parroquiales, encargadas de la 
vigilancia, de la hijiene y de la percepción de la renta, 
por medio de reglamentos, tarifas, aranceles y otras 
leyes especiales dictadas por el Gobierno General y san- 
cionadas por el Congreso! Las cuatro Prefecturas y las 
sesenta y ci?atro Sub-Prefecturas, dependen á su vez del 
Concejo General del Municipio, cuyo Presidente nato, 



(1) Decreto de Noviembre del año 2S88. 

(2) Véase la «Ley de censos de la llepública' del año 3874, en el 
capitulo «Edad ( ivil.» 



40 EN EL SIGLO XXX. 



por tiempo indeterminado, es el Gobernador, dependiente 
á su vez del Ministerio del Interior y Obras Públicas. 

Las dos grandes avenidas de «El pasado y de <E1 Por- 
venir» dividen de Este á Oeste y de Norte á Sud, en 
partes iguales, la ciudad en los cuatro cuarteles citados. 
En el mismo centro del cruce de las avenidas, se halla la 
suntuosa plaza de «Los Monumentos,» sin arboledas, ni 
jardinería alguna, simulando un óvalo, cuyo diámetro es 
de cinco cuadras ó sean setecientos cincuenta n^etros 
lineales. Desde un principio esta plaza fué destinada ex- 
clusivamente á conmemorar en mármol ó en l)ronce las 
glorias de la República de La Plata Argentina. Al propio 
tiempo, cada cuartel tiene sus plazas, parques y paseos 
respectivos, donde la jardinería y la estatuaria han hecho 
cosas espléndidas y admirables, estimulando solamente 
el amor propio y el cariño de cada cuartel, de lo que ha 
nacido una rivalidad provechosa. 

Los principales boule vares están techados. Parecen 
grandes corredores de cristal esmerilado, que se pierden 
á la distancia en una arcada colosal, con sus medias na- 
ranjas ó rotondas en las boca-calles. ¡Qué espléndido golj'e 
de vista ofrecen por la noche! Debajo de ellos, en las 
plantas inferiores de los edificios que, en tales sitios son 
de diez pisos, edificados según el gusto arquitectónico mo- 
derno, se puede contemplar un mundo de tiendas y alma- 
cenes lujosísimos. De dia, con los toldos de colores 
corridos, el panorama es encantador. A la noche ilumi- 
nados por el asfalto de las fachadas y el inmenso número 
de grandes y pequeñitos focos eléctricos, se diría que en 
los boulevares las sombras no se conocen y que impera 
la claridad de un perpetuo dia. ¿Y la concurrencia que 






EN EL SIGLO XXX. 41 

los recorre á pié, en veliíeulos automáticos de todas for- 
mas, en velocípedos, en ferro-carriles grandes y pequeños, 
como los tramvias de otros tiempos, los unos por encima 
de los edificios y los otros por los afirmados de goma 
elástica que pavimentan las vias? ¡ Qué muchedumbres 
pasmosas, qué aglomeraciones sorprendentes, en medio 
del ruido y de una agitación, de ir y venir, casi incesantes! 

Pero, sobre todo, las que ofrecen el golpe de vista 
más encantador, son las dos amplias avenidas de «El 
Pasado» y de « El Porvenir», donde se revuelva toda 
una existencia, — que jamás se soñó en los olvidados si- 
glos, — de establecimientos públicos, de edificios y palacios 
suntuosos de las familias más aristocráticas, de al- 
macenes de novedades, de bazares de obras de arte, de 
cuadros y pinturas notables, de joyerías, librerías, con- 
fiterías, de todo, en una palabra, lo que la inteligencia 
y la industria puede imajinar, exajerando, y de todas las 
superficialidades é insignificancias que tiene cada pueblo, 
cada ciudad en la efervescencia de un progreso que asom- 
bra y de una decadencia moral que espanta y hace tem- 
blar al hombre observador, por sus consecuencias futuras. 

Aquello es una exuberancia de lujo, de esplendor 
que ciega durante el día, y por la noche despierta un 
paraíso de deseos y anhelos irresistibles, ante una mujer, 
una estatua cincelada en inmaculado mármol, ante una 
joya, un cuadro, una pintura; ante las fachadas de los 
palacios colgados con las sedas y géneros de la estación 
y de los colores más sensuales; ante los grandes es- 
caparates de la bisutería, de la lencería, de la tapicería, 
de la mercería y hasta de la juguetería, que en con- 
junto hacen que el ser humano viva en un paraíso de 



42 EN EL SIGLO XXX. 



lujo, de esplendor que exita y enardece, que satisface 
y que degrada. 

— Y, bien ¿cuándo concluirás de contemplarla ciudad? 
Filos, cierra esa ventana y ven á mi lado. 

En efecto, era Filos que hacía largo rato estay)a ob- 
servando la ciudad y se hacía mil reflexiones, que no 
eran otras que las que dejamos apuntadas. La tarde 
empezaba á declinar suavemente, cuando los dos amigos 
se hallaban en el gabinete de trabajo. Andros, con- 
tinuaba estudiando y sacando apuntes para la obra que 
estaban escribiendo, mientras que Filos, como buscando 
algo que en vano se le presentaba á la memoria, tenía 
clavados los ojos en la intranquila Fisiócrata. De cuando 
en cuando, se animaba el rostro del joven ; pero, en 
seguida, volvía á su contemplación. Así, inclinado 
sobre el quicio de la ventana, había permanecido distraído, 
ensimismado, hasta que la voz de Andros vino á arran- 
carle de su éxtasis, de sus íntimas reflexiones. 

— ¡]So acabarás! — agregó Andros levantándose. 
■ Mira, amigo mió, aquel lejos. ¿Cuál será la causa 
de semejante coloración? Se diría que los espacios están 
incendiados. 

— No había reparado ! — observó Au'Jros, fijando los ojos 
en aquel hermoso cielo rojo. 

— ¿Crees tú que pueda ser un enrarecimiento de la 
atmósfera solar..? 

— Sin embargo, la coloración es escarlata hacia el norte. 

— Y de un rosa suave al sur. 

— Mientras, que, hacia acá, las medias tintas no han 
perdido su estado de las demás tardes. Verdaderamente, 
es un fenómeno raro. 



EN EL SIGLO XXX. 43 



— Paede también que sea una alteración insignificante 
en el éter. 
— No lo sabría. Pero es algo que sorprende. 

—Algo imaginativamente hermoso, — concluyó por de- 
cir Filos. 

Y los dos jóvenes continuaron con la mirada fija en los 
coloreados espacios. Comenzaban las sombras de la noche 
á invadir los cielos, y aún en el lejano, encorvado, hori- 
zonte se percibía un vago color amarillo en extremo bello. 
Momentos después, fue suavizándose poco á poco hasta 
reducirse á un feble sonrosado, que nmy luego quedó con- 
vertido en una imperceptible parelia. Cuando abandona- 
ron la ventana, solo reinaba en los ámbitos, de extremo 
á extremo, la diafanidad de una transparente y hermosa 
noche, con su tupida y lujosa cabellera de estrellas y pla- 
netas. En aquel momento, la ciudad se iluminó de pron- 
to y ardió el foco de luz del gabinete. 

— Y, bien ¿para qué me querías, Andros? — le preguntó 
Filos, 

— Sentémonos. 

— ¿Tienes algunas dudas? 

—Sí. 

— ¿Respecto de qué? Sepamos. 

— Vas á saberlo. Después de la jornada III, que hemos 
escrito esta mañana, en la que hacemos algunas descrip- 
ciones, y revelamos las opiniones acerca del origen de 
algunos pueblos de la antigüedad, ¿debemos entrar de 
lleno á considerar las causas de sus engrandecimientos 
y decadencias? ¿Te parece que empecemos por los adve- 
nedizos, los extraños ó los indiferentes ? — Comprendido 
que les relacionaremos con los que hoy imperan en núes- 



44 EN EL SIGLO XXX. 



tro país. — ¿Ó continnaremos el hilo de la narración tal 
como viene después de la jornada III? 

— Me parece mej(jr esto último. No debemos precipi- 
tarnos. 

— Entonces, tú escribirás la Jornada IV^. De acuerdo 
ya nuestras ideas, podrás significar sin obstáculo alguno 
lo que ambos pensamos 3' sentimos. Sobre todo, desearía 
que fueras más cáustico, que todo lo que se diga del si- 
glo XXX y de sus costumbres en general, es pálido y en 
manera suave. Carga la mano, amigo mió. Haz lo que 
yo, que la crítica de los demás jamás nos tendrá compa- 
ción! 

— Perfectamente. Esta noche, después que vengamos 
del teatro, la empezaré y mañana la concluiré. Debería- 
mos escribir igual número de jornadas. . . 

— ¿Sí? ¿ Deseas que yo la escriba. .? 

— Ni por pienso! Esta vez me pertenece. Hemos con- 
cluido. 



I 



JORNADA IV. 



FUERON inútiles todas las razones que le dieron á Pa- 
relia. Después de sentiise completamente restablecida 
de su enfermedad, más que necesario, era forzoso que se 
distrajera y jíor eso la querían llevar al teatro. No acce- 
dió, aunque la dijeron que la obra que se cantaba aquella 
noche era de un reputado autor francés. Subía á la esce- 
na por primera vez en la Capital. Los grandes anuncios 
la ponderaban sobre manera, sin que esto quisiera decir 
que no fuera en beneficio del empresario. Por otra parte, 
la imparcialidad de los diarios más serios de Fisiócrata, 
amique no conocían la música ni la letra, aseguraban que 
la ópera era realmente notable, no solo por la moral del 
argumento, sino por la originalidad de los dibujos meló- 
dicos de la música y el extraño contrai)unto de las voces 
corales é instrumentales. 

¡Qué animación en el conjunto ; qué adorable intención 
de picaresca truhanería en algunas peripecias; qué ca- 
racteres tan maestramente sostenidos; qué amenidad en 
el aria del iH'imer acto y qué armonía melódico-sinfónica 
tan arrebatadora la del jjezzicato del segundo; qué escenas 
conmovedoras, como aquellas... (que ya verían loses- 



46 EN Eíi SIGLO XX3Í. 

pectadoresl) en fin, qué crítica tan mordaz y á propó- 
sito de las costumbres modernas! Recomendaban la esce- 
na del sabio que se moría de hambre y la del político que 
se salvaba de una grita espantosa, merced á su audacia y 
talento. . . blondinista. Seguramente la ópera del maestro 
Sopera, iba á llamar la atención y á hacer época en el 
mundo artístico. Y concluían las hojas diarias, principal- 
mente «La de los Dobleces», por felicitar al empresario 
señor comendador Farsanti, no solo por la acertada elec- 
ción de la pieza, sino por el escojido y notable elenco de 
la compañía, que había traído del Polo. 

— i Cuánta farsa ! — dijo Filos á su amigo, casi al oido. 

Sin embargo, Parelia persistía en no concurrir. Temía 
el estreno de la obra y de la compañía, por las aglomera- 
ciones y los tumultos de la concurrencia, que siempre 
atraían semejantes espectáculos... de novedad! Sobre to- 
do, estaba bien segura, á pesar de la opinión de los anun- 
cios y de los diarios — imparcialmente manifestada! — que 
el argumento de la obra era un disparate draniático de 
un subido cclor de hoja de parra y la música una alegre 
mamarrachada para deleitar oidos... sordos! Al llegar 
aquí Parelia, los dos jóvenes no pudieron contener una 
expansiva carcajada. Justificaron la tenacidad de ella y 
concluyeron por pensar que no carecía de razones su 
argumentación. Andros, la dijo: 

— No queríamos dejarte sola, Parelia. 

— ¡Sola! — exclamó. — Vamos, ustedes desean divertirse. . . 

— Que te divirtieras, nuijer, es lo que deseábamos,-agre- 
gó Filos. 

— Pues, con mis hijos, tengo compañía, y con eí'tos 
dos vestiditos, que me he empeñado en concluir mañana, 



ÉN EL SIGLO XliX. 4^ 

tengo más diversión y más entretenimiento, que con to- 
das las piezas francesas jnntas }• todos los teatros del 
mnndo. ¿No es verdad..? 

En este momento dieron las siete y media. L'^'S dos jó- 
venes, en segnida abandonaron el aposento de Parelia. La 
dejaron con la vieja Confianza, mnjer que les había casi 
criado, 5' con los dos niños qne jugaban tranquilamente 
con un gatito del Chaco, muy manso, á los pies de su 
madre. Después de ordenar que les fueran á buscar con 
ei autómata de dos ruedas, pasadas las once, los dos ami- 
gos emprendieron á pié el camino hacia el teatro de < La 
Primavera,» justamente construido en un ángulo fícente 
á la plaza de < Los Monumentos» y al suntuoso palacio 
del Gobierno, últimamente refaccionado para establecer 
en él la «Oficina de Warrans,» institución desconocida 
eu el siglo XIX, y que hoy es una de las grandes fuentes 
de riqueza del Estado. 

Se encaminaron, desde luego, por la avenida de «El 
Porvenir,» hacia el magnífico coliseo que, en aquellos 
momentos, ei"a el centro de reunión de lo más distingui- 
do, de la élite de la sociedad fisiocratense. Nunca habían 
notado tanta profusión de luces, ni tanta animación en la 
aristocrática avenida. Casi imposible se hacía el transitar- 
la, tal era la afluencia de gente. Dominaba aquel mundo, 
\in incesante movimiento y un sordo murmullo, que no 
tenía parecido. Las tiendas, almacenes y bazares del im- 
perante lujo, — frecuentados por las personas más pudien- 
tes de la good society, — eran un verdadero hervidero: un 
ent'-ar y salir inusitado. 

Filas compactas de jóvenes, de esos qne toda la inteli- 
gencia la manifiestan y emplean en el corte del frac, en 



EN ÉL SIGLO XXX. 



la forma de los zapatos de charol de bien aguda punta, 
en la hechura del pantalón bien ancho, á lo siglo XIX, 
en el lustre de los cuellos volcados, escotados, de las ta- 
bleadas camisas, en el nudo de la corbata blanca de espu- 
milla, en el chaleco de cachemira floreada, de cordoné, y, 
en fin, en los sombreros, en los guantes, etc., — grupos de 
esos Jóvenes, recorrían la avenida fumando y haciendo 
pedazos las reputaciones y las honras agenas, como un 
entretenimiento inofensivo y de buen gusto! 

Parejas de las más hermosas niñas y giujios de las mu- 
jeres más lindas de la Capital, acompañadas las unas y 
solas las otras, codeándose con las de vida alegre y libre, 
paseaban contentas por la amplia avenida, embellecién- 
dola y perfumándola. Entraban á las tiendas y almacenes, 
y salían riendo á carcajadas de las guasadas de los gomo- 
sos ó de las cuchufletas de los dependientes, que también 
querían divertirse á costa de las lijerezas de sus clienta.s. .. 
de tmiestras! Pero, en medio de aquellas muchedumbres 
de carne humana jierfumada, fresca, rosada, — reinaba el 
orden más franco y la alegría más expansiva. Los rayos 
de la blanca luz eléctrica, caían sobre aquella concurrencia 
enorme, como rayos tamizados de sol. ¡Qué fresca y 
espléndida noche! Todos los palacios estaban ilumina- 
dos, é inclinados sus moradores sobre los parapetos de 
los balcones, contemplaban el soberbio desfile de aquella 
bizarra concurrencia. 

Andros, varias veces, tuvo que buscar á su amigo, per- 
dido en un grupo de niñas; entretenido por algunos co7io- 
ciclos de la infancia o del colegio, ó sejiarados por una olea- 
da de gente. Llegó, otras veces, hasta arrancarle de la 
arrobada contemplación ante un lujoso escaparate ó ante 



I 



EN EL SIGLO XXX. 49 

una vidriera de objetos de arte ó de pinturas de la escuela 
del maestro Sensualángel. Pero lo que llamó más la aten- 
ción del joven y permaneció contemplándola largo rato, 
fué una Venus cordobesa, obra del eminente escultor 
Marmoldeltandil, que había muerto el año pasado de... 
hambre, según decían los enemigos del Presidente Reac- 
cionario. 

— Vamos, Filos. Llegaremos tarde, — le decía Andros. 

— Esto de que no pueda haber arte nacional es una 
cosa, de las muchas, que no me explico en un país como 
el nuestro en la efervescencia del progreso! — murmuraba 
Filos. 

— És que el utilitarismo y el lujo lo han monopolizado 
todo. Aquí solo se hace. .. política... personal. 

— En esto no nos parecemos al siglo XIX, Andros. 

— Verdadero siglo aquel de amor al arte. Vé cuántos 
artistas insignes nos ha legado Buenos Aries. .. ¡cuántos 
genios ! 

— Felices tiempos, que comprendieron á sus contem- 
poráneos ! 

— Funesta suelte vivir en las actuales! 

—Mientras que hoy nos vendemos en laúblico mer- 
cado ! — concluyó por decir Filos suspirando, en circuns- 
tancias que se llevaba por delante, distraído, á una an- 
ciana, y pisaba á una de sus niñas, hermosa y muy 
escotada. 

— Escusen ustedes la torpeza, — las dijo, conteniendo 
una carcajada. 

— Ese joven no debe pertenecer á la alta sociedad . . ! — 
se alejó murmurando la señora ofendida. 

• — Pero es muy buen mozo,- — objetó una de las niñas. 

á 



50 EN EL SIGLO XXX. 

— Mejor es el que le acompaña, — agregó la segunda. 
— De la sociedad «Protectora de los Animales, > segu- 
ramente, — añadió la última, una niñita de once años. 
Los dos amigos se sonrieron de aquella inocente pre- 
cocidad. ¿No pertenecían todos los elegantes á tan bené- 
fica asociación? Por desgracia, los últimos adelantos de 
la ciencia, habían casi extinguido cierta clase de animales. 
Solo quedaban los monos pruebistas y exMbidores de 
linternas mágicas, caballos de carrera, tigres domados, 
perros sabios y pavos reales, uno de los adornos más 
de moda en la actualidad. Como es consiguiente la pro- 
tección de esa sociedad jamás llegaba basta ellos. Sus 
ilustres presidentes. Parra y Nitro, tenían ya ganados 
(fuera del lanar y del vacuno!) sus puestos en el, aún 
no lleno, templo de los benefactores de la humanidad. 

Al llegar al boulevard de < El Progreso, » los dos jóve- 
nes se vieron obligados á detenerse. La calle se hallaVja 
completamente obstruida. Vano era que los guardianes 
del orden público liicieran por darla franca. ¡Imposible! 
Las gentes más y más se aglomeraban. Algunas veces, 
en medio de semejante aglomeración, se oía ladrar un 
perro, llorar desconsoladamente un niño ó aplaudir por 
mirar. Con la confusión una niña abofeteaba á un gua- 
so, una vieja se desmayaba sofocada, una joven viuda 
dejándose oprimir protestaba contra la libertad... de 
manos, en una palabra, aquello era una Bnbel: los autó- 
matas no transitaban y los pequeños fer^o-carriles se 
detenían, blafemando los conductores. ¡Paso. .. paso. .! 
Pero, nada., No había paso. 

— ¿A quién han asesinado? — preguntaban los unos. 

— ¿Qué sucede? — decían los otros. 



EN EL SIGLO XXX. 51 

— Acerquémonos á ver... — murmuraban estos. 

— ¡Dejen pasar á las gente! —gritaban otros, luchando 
por pasar. 

— ¡ Bien . . ! i Bravo . . ! ¡ Bis . . . bis . . ! — aplaudían los de 
más allá. 

Todos querían cerciorarse de lo que pasaba. Por ñu, 
aquello se apaciguó un tanto, como el mar después de 
una borrasca y de una sacudida fuerte. Cuando, Filos, 
descubrió la causa de tal curiosidad y de semejante gen- 
tío, grande y expansiva fué su risa. Era un dulcamara á 
la moderna, trepado en un autómata cubierto de espejos 
y de relumbrones de todas las formas, las más exajeradas 
y fantásticas. Le acompañaban varios dependientes lujosa- 
mente vestidos con trajes de generales y de tenientes idem 
■del siglo XIX, graciosamente montados en cuatro elefan- 
tes... blancos, de los últimamente hallados en el Polo 
Sur, según aseguraba el dulcamara, por él mismo, en una 
expedición cientííica con el capitán Bobo y el sabio Laino- 
cenoiatevalga. 

Vendía aquel sujeto variados objetos de útil é higiéni- 
ca aplicación, que de paso se complacía en elevar á las 
nubes y á la quinta esencia ... de la ponderación. Su anhe- 
lo, decía, ora instruir al pueblo. . . (aquí grandes aplausos) 
y ser más útil, que sus artículos mismos, á la humanidad 
que marchaba á pasos agigantados hacia su completo per- 
feccionamiento. ¿Qué era el hombre? Un átomo de etér... 
sin el libro que era la nutrición de las almas! (Bien!.. 
Bravo!.. Muy l)ien!..) Y^ en seguida^ ofrecía en venta no- 
velas pornográficas y tomos de poesías lírico-clásicas de 
los mejores Bardos del siglo XIX, que él había arrancado 
al mar del olvido — el Plata, nombre así definido por el 



52 EN EL SIGLO XXX. 

Escoliasta de la Apocalipsis, tomado de una leyenda qui- 
chua! 

— ¡Ese hombre es un sabio! — decían los unos. 

— ¡Qué bueno pava Ministro de Cultos é Instrucción Pú- 
blical^exclamaban los otros. 

Los demás callaban y compraban entusiasmados. Pero 
lo que aún más ponderaba el dulcamara, era una obra 
de genio titulada <E1 Cornudo», sobre la cual se perdió 
en mil reflexiones morales, acerca del poder que tenía 
aquel libro en los organismos sociales de los modernos 
pueblos. ¿Quién no deseaba quedar bien con un Minis- 
tro? Pues la obra era á propósito. ¿Quién no buscaba la 
fortuna, el gran medio de tranquilidad, de alegría y de 
felicidad en la vida contemporánea? Pues «El Cornudo» 
daba el medio natural é inmortal para conseguirle. El, 
no mentía: conocía muchos casos jjrách'cos de personas 
que se habían enriquecido por ese medio y que gozaban de 
la existencia en santa paz y en cariñoso consorcio, ad- 
miradas y estimadas! Aquel libro no tenía rival. Era úni- 
co! «Compradle, — decía.-compradle!» — Y todo el mundo 
quei'ía adquirir «El Cornudo». 

— Aquí, uno ..! 

— Dos, aquí .!! 

— Aquí, tres !!! 

En un momento la suma de tomos que expendió el dul- 
camara, ascendió á más de .cinco mil. ¡Qué horror! Cuán- 
tos se iban á enriquecer y á ser felices! Después siguió 
ofreciendo al público aguas para hacer caer el cabello, 
crecer las uñas; elixires de amores y para mantener fres- 
cas las ideas; pomadas y tinturas para rejuvenecer; los 
mejores aperitivos para mantener fuerte la paternidad^ y. 



I 



ÉN EL SIGLO XXX. 53 

concluía^ por regalar un tomito original de composiciones 
en verso... libre, escrito por un distinguido poeta y filó- 
sofo inglés antiguo, llamado Quewedho. 

A cada palabra del dulcamara, doctor Bombochato, la 
concurrencia aplaudía frenéticamente. La banda de mú- 
sica movida por medio de la electricidad, sonaba, enton- 
ces, un vertiginoso vals. En medio del delirio de los 
espectadores, que llegaba á su colmo, se tragaba presu - 
puestos,., dé espadas; escribía con los pies un borrador de 
solicitud pidiendo la libre introducción de < Cornudos», 
de afeites y pomadas, de tomos de poesías y de elixii-es. 
Luego levantaba el busto de una celebridad con un fusil 
apoyado en una prensa, y por medio de su ameno é ins- 
tructivo charlatanismo, le elevaba á la presidencia... de su 
popular autómata, soberano de diez ruedas. Con la carto- 
mancia, probaba que no hubo en los tiempos antiguos, 
ni en el siglo XIX, una persona más modesta, ni más sa- 
bia que él, que jamás había aspirado á ser Ministro, Di- 
rector de Escuelas, de Rentas Municipales, ni concesio- 
nario, director de banco, ni secretario de esto ó de aquello. 
Por no tener las requeridas (!) condiciones — por eso se 
liabía dedicado á la venta, propagandista, de artículos no- 
bles y sin falsificaciones de marcas, las que eran inven- 
ción do los políticos de á tanto el montón. El era una 
persona honrada! 

— Vamos, que esto no acabará nunca! — dijo Andros. 

— Lo cierto es, que hace dinero yes popular. Sería un 
buen caudillo! — añadió Filos. 

— Así va el mundo, amigo mió. Los grandes charlata- 
nes <le la alta prosapia, lo mismo que los del saber, ha- 
cen fortuna , como ese insensato que roba á los ne- 



54 EN EL SIGLO XXX. 

cios y á los incautos, dándoles mú.sica celestial, hacién- 
doles pruebas de maros y escamoteos de bolsillo. ¿Soña- 
rían estas cosas los antiguos? 

No fué este solo dulcamara el que encontraron por el 
camino los dos amigos. Después les había en cada esqui- 
na. Los unos, hablaban de revoluciones, en griego, para 
mejor darse á comprender de los concurrentes; los otros, 
en idioma nacional, y, los más, en verso para despertar 
la afición y el estímulo por la poesía, género tan estima- 
do en otros tiempos... porque era el lenguaje del alma y 
del corazón! Estos dulcamaras, eran vendedores de dia- 
rios y se titulaban periodistas; aquéllos, se decían narra- 
dores de cuentos y leyendas ó historiadores, y, los de - 
más, se llamaban literatos, porque pregonaban el lenguaje 
de las flores... sin acordarse de la violeta. 

Por fin, después, de haber tenido que escuchar forzo- 
samente todas aquellas jerigonzas ridiculas y declama- 
torias, recordó, Andros, que ese dia, hasta las doce de 
la noche, era el que se había designado para los dulca- 
maras ó bramnrhas, por ser el aniversario de la Capital 
y de la fundación de las industrias libres, según el mo- 
derno sistema misto, libre- cambio-proteccionista, del 
sabio economista doctor Proyectómenos. He ahí, pensa- 
ron los dos jóvenes, la causa de tanta animación, de la 
profusión de luces, de la músicas y de la iluminación de 
la plaza de «Los Monumentos ». 

La columna de la Libertad y el colosal obelisco de las 
«Glorias Patrias >, ofrecían el golpe de vista más encanta- 
dor y artístico. Pero, donde la concurrencia más se agru- 
paba, era al rededor de la estatua ecuestre del capitán 
general don Próspero Argento, de unas dimensiones coló- 



EN EL SIGLO XXX. 55 

sales y de una perfección estatuaria soberbia, — héroe que 
había cimentado la paz y el progreso en el siglo XXVIII, 
en la floreciente Nación de La Plata Argentina, la pri- 
mera de Vespucio del Sur, antiguamente América del 
Sud. 



i 



JORNADA V. 



Daban las nueve en el reloj de la torre de la (,^asa de 
Jnstioia. ¡Cómo se había pasado y perdido el tiempo! 
¡Malditos charlatanes! Cuando, Andros y Filos, contem- 
plaron desiertos los corredores del elegante coliseo de la 
moda, pensaron, inmediatamente, qtie habían llegado tarde 
y la ópera se había empezado, indudablemente. ¡Qué de- 
plorable error! Tomaron sus localidades y penetraron á la 
sala. La escena representaba un cementerio ! Solo una ó 
dos personas ancianas dormitaban en la gran platea, y 
uno que otro palco de la sesta fila se encontraba ocupado 
por cronistas. . . oficiosos, según creyeron. 

Abandonaron el recinto y fueron á situarse en el am- 
plio vestíbulo central, lujoso por su sencillez. Recién 
entonces repararon en el contenido de los grandes table- 
ros de los anuncios. La obra que debía actuarse^ se ha- 
bía tenido que suspender, por la indisposición impre- 
vista de la damalijera y por no haber llegado aún el bajo 
profundo de Patagonópolis. Subiría á la escena, en bu 
defecto, la grandiosa opera bufa « Hamlet ó el Príncipe 
loco de Doñaviarlx-n, del eminente maestro Wors I. 
Wors. 



58 EN EL SIGLO XJÍX. 



Sería imposible describir el hondo efecto que causó 
en el ánimo délos jóvenes aquel anuncio y menos to- 
davía expresar lo que sintieron. iHasta qué punto había 
descendido el arte! gPor qué? ¿Por aquello que de lo subli- 
me alo ridículo solo mediaba un paso? Soberbio argumento 
el de los actuales libretistas que, por carecer de una chispa 
de injenio, hacían bufonerías sin talento y despedaza])an 
sin piedad los más bellos monumentos del intelecto hu- 
mano! 

— iHamlet, ópera bufa! — exclamó Andros indignado. 

— ¡Qué profanación ! .. ¡qué vergüenza! — añadió Filos. 

— ¿En qué tiempos estamos? 

— La obra maestra de Shakespeare convertida en sainete 
musical! 

— ¡Eso es imperdonable! ¿ Y tú tendrás valor para oír 
semejante cosa . . .? 

— ¿No estamos en el teatro ? Pues hagamos un esfuerzo 
supremo. Bueno es conocer lo sublime y lo ridículo. Tú 
siempre me lo has dicho. 

— Tienes razón, — concluyó por decir Andros, — co- 
nozcámosla! 

Empezaba á afluir la concurrencia. No muy satisfecha 
por la suspensión, penetraba poco á poco, ocupando sus 
localidades. En un principio, ésta fué insignificante. Mo- 
mentos después, llegaba en oleadas nutridas y compac- 
tas. ¡Qué elegancia y qué escándalo de lujo! Todos los 
hombres de frac, á lo siglo XIX, y la mayoría de las 
mujeres de blanco, escotadas demasiado, los vestidos di- 
bujando las formas y en extremo cortos; algunas con som- 
breros enormes de tul ó de iñnmas, y, las más, en ca- 
beza, los cabellos muy cortos, que era de rigurosa moda. 



EN EL SIGLO XXX. 59 

Así era que las niñas parecían muchachos traviesos y hís 
señoras pilhielos con cra-as arrugadas. 

— ¡Qué desenfreno por parecer ridiculas! — exclamó 
Andros. 

— Ahí verás ... Lo que es la moda! — ^observó Filos, 

Como era natural la atmósfera agradable, quedó desde 
luego perfumada y saturada de polvos de arroz. Aquel 
desfile de carne humana duraría unos quince minutos. 
Paulatinamente los corredores, vestíbulos y pasillos que- 
daron desiertos y silenciosos. Solo se escuchaba el con- 
fuso murmullo de las animadas avenidas 5' boulevares, 
y la sinfonía alegre y juguetona de la orquesta. Enton- 
ces los dos amigos, que se habían quedado recostados en 
el pedestal de la estatua de Wagner, se miraron fijamente 
y sonrieron. Habían llegado de los primeros y penetraban 
los últimos. 

- -Vamos, Filos, — dijo Andros. 

— Sí, entremos, — le contestó. 

Se iba á levantar el telón, cuando pasaron á la sala. 
No es creíble la batalla que tuvieron que librar para po- 
der llegar hasta sus aposentadurías. La distancia que me- 
diaba de butaca á butaca, era tan reducida, que casi se 
hacía imposible el pasar, y^ ésto, incomodando á las se- 
ñoras, molestando y fastidiando á los caballeros. Fué 
aquel un pasaje penoso para los dos jóvenes, que mal- 
dijeron al empresario y al Gobernador Municipal, por no 
haber puesto ya coto á semejante abuso inconcebible. 
Pero, cf>mo el empresario siempre había contratado 
fresca y nueva mercadería para los aficionados á la vida 
de trampas, rompimientos y escotillones, nunca faltaba 
algún pariente ó amigo íntimo del Gobernador, que de- 



'30 EN EL SIGLO XXX. 

jara de recomendarle. Hé ahí, por qué los concurrentes 
eran los que sufrían las consecuencias, los verdaderos 
paganos, que soportaban las incomodidades y los fas- 
tidios. 

— Nos veremos obligados A no salir en toda la noche. 

— Sí, — le contestó Filos. — Estamos rodeados de se- 
ñoras. 

Efectivamente. Sentado.s en sus aposentadurías, se halla- 
ban sitiados por los cuatro costados. Iban á ser testigos 
audientes de la crítica, la tijera y la murmuración de 
aquellas boqxiitas sonrosadas y fresquitas. ¡Suerte funesta! 
Felizmente ahora callaban, esperando impacientes que se 
levantara el telón, el cual representaba la aurora, des- 
nuda, en carnecitas vivas, opulentas y sensuales, per- 
siguiendo á la noche, una vieja amarilla envuelta en 
negros crespones, en un cielo rojo, hiriente y oscuro 
de cola y negro de humo! Por fin, el artístico-alegórico 
telón subió pesadamente, presentando la escena solita- 
ria, ocupada únicamente por un castillo á la derecha y un 
rompimiento de montañas á la izquierda. El acto empe- 
zaba con un coro de soldados, en el que decían cosas 
admirables! 

En segni<la a]iareció Hamlet acompañado de su amigo 
Horacio, armados de grandes macanas de cedro del Lí- 
bano. Ambos acudían á calmar la soldadesca, alborota- 
da, que ebria de pavura, aseguraba haber visto, á 

la hora que canta el gallo, vagar por aquellos sitios á 
la sombra del viejo rey de Doñamarka, pasar por cima del 
puente levadizo del castillo y desaparecer luego entre los 
desfiladeros de las montañas, montado en un cisne, seguido 
por una legión de vaporosos seres, como los ángeles de la 



EN EL SIGLO XXX. 



mitología cristiana. Su aspecto era desconsolador y 
tristísimo. Llevaba calada la visera del yelmo y la misma 
armadura de acero, de cabeza á pies, que lucía justa- 
mente ol dia que murió de apoplegía! 

Hamlet, hizo una graciosísima pirueta cancanesca, 
que causó mucha hilaridad entre los espectadores, se 
echó el gorro á un lado de la cara, con corte, y cantó un;i 
romanza pictaresca sobre el amor filial, que mereció los 
honores del bis. Aún no la había terminado, cuando por 
el opuesto lado del castillo, apareció la querida sombra 
del monarca, caballero en su cisne. Fué, entonces, tal la 
canfusión del coro que, Horacio, para calmar el espanto, 
se vio obligado á romper la macana en las costillas de 
aquellos cobardes, que huían, las caras descompuestas y 
los pelos de punta, llevándose por delante los unos á 
los otros y en el mayor desorden. La concurrencia pro- 
rumpió en grandes carcajadas y en nutridos aplausos, 
entusiasmada. 

— ¡Qué cosa tan admirable! — exclamaban los unos. 

— ¡Escena verdaderamente maestra! — aseguraban los 
otros. 

— ¡ Bis. . . . ! i bis. . . . ! ¡ bis . . . ! — pedían los más. 
Largamente se lamentó el espíritu del anciano rey, de 

la infidelidad de su amada consorte Gertrudis y de la 
ninguna consideración que le tuviera su hermano Clau- 
dio, que le había asesinado en una noche de lluvia 
mientras él dormía, soñando en el matrimonio civil, — 
para subirse al trono de Doñamarka que le venía dispu- 
tando Fortímbras, un ingrato que criaba cuervos para 
que le sacaran los ojos. ¡Tras de cuernos palos! Nadie 
sabía aquel crimen sino él — su espíritu que vagaba amar- 



62 EN EL SIGLO XXX. 



gado y entristecido por aquellos lugares todas las noches, 
buscando la ocasión de pedirle á su querido hijo, Hainlet^ 
le vengara bajo parole d'honneurl 

—¡Lo juro, amada sombra! — gritó Hamlet, trasportado. 

Y cruzó su macana de cedro con el látigo con que el 
monarca castigaba á su manso cisne. . .(de guarda-ropía). 
Después cantaron un dúo, salpicado de mil indirectas 
chistosas y picantes, — el dúo del incesto y del divorcio 
aconsejado por el derecho natural francés. . . de Naquet. 
Aquí el teatro se vino abajo (!) de aplausos. ¡Nunca ha- 
bían oído un trozo más sublime, ni una letra más genial! 
¡Qué situación dramática, cómica, más en armonía con la 
historia, el derecho y la filosofía de todos los tiempos! 

— Sí, de todos los tiempos! — repetían los más inteli- 
gentes. 

— Esta obra no morirá jamás! — decían los más cal- 
vos. 

De resultas delentusiasmo, una joven soltera alumbró... 
un fósforo en el paraíso, un anciano se desmayó en la 
cazuela y una nifiita de tres años, por aplaudir, dejó 
caer los anteojos sobre la cabeza calva de un caballero; 
pero felizmente la peluca de éste, que era estadista, salvó 
á los padres de la pequeña de un incidente desagradable. 
Momentos después se restablecía el silencio, apenas in- 
terrumpido por algunos apagados sollozos de alegre risa, 
de los más expansivos. Filos y Andros, se miraban á 
cada momento; al principio entristecidos, después, son- 
riendo con amargura. Como no aplaudían, cosa que ha- 
cían hasta las señoras que les rodeaban, éstas empezaron 
á fijar la atención en ellos y á murmurar en voz baja. 

— Son dos necios ó dos sordos! — dijeron unas. 



EN EL SKiLO XXX. 63 

— Tal vez sean extranjeros del Polo! — afirmaron otras. 

Hamlet, quiso luego acercarse al fantasma; pero, Ho- 
racio, que durante la escena había permanecido retirado 
leyendo algunas poesías sendo-clásicas (^), — se le inter- 
puso y le contuvo. La sombra del viejo monarca, apro- 
vechando esta oportunidad, desapareció por escotillón en 
medio de una nube de pez y pólvora, encendida. Se su- 
cedió una ligera pausa, que fué iuterrumpida por el 
aleteo y el cauto del gallo^iábilmente imitados por el 
bombo y el clarinete de la orquesta, invisible para los es- 
pectadores, según las últimas reformas teatrales de la caja 
armónica. Hamlet, que había permanecido de pié sobre 
el escotillón y apoyado en el hombro de Horacio, (como 
previendo un descuido de los tramoyistas) exclamó: 

— ¡Venganza..! ¡ venganza..! 

—¡Júralo..! ¡júralo..! — respondió el espíritu debajo... 
del escenario, con voz honda, cavernosa. 

Entra en seguida el coro. Llevan al Príncipe desmaya- 
do á palacio, y se cambia la decoración. Cuando vuelve 
en sí, el desgraciado vengador de su padre, está loco. 
Dlaudio, ni Gertrudis, aunque algo temen, ni el mismo 
Pilonio, saben á qué atribuir la demencia de Hamlet. Sin 
embargo, los palaciegos muruiuran en voz baja que es de 
resultas del abuso del ajenjo. La presencia de Ofelia, que 
pasa cantando un Cielito, ilumina al viejo servidor. ¡El 
amor! Ahí el enigma — la causa de la locura del joven, 
que le dá por hacerse em[>resario de teatro, que al decir 
de Polonio es un oficio inuj' malo para un Príncipe, si 
bien muy lucrativo para un particular. Y el acto termi- 

(1) Antiguamento se les llamaba sendo— dánicas. 



64 EN EL SIGLO XXX. 



na con un terceto coreado, en el que se dice ser necesa- 
rio mandar á Hamlet á Inglaterra á negociar un emprés- 
tito... para curarle completamente. Cae el telón. 

Durante el entre-acto, lo que jamás sucedía, la crítica 
de todo el mundo en el recinto de la platea, en los co- 
rredores y foyeres, fué unánime. La ópera era maravillosa 
no solo ])or la intención del libreto, sino por lo ajustado 
que se encontraba á la música. ¡ Con qué paciencia, aun- 
(jue no liabía más remedio, escuchaban los dos amigos 
los elojios de sus vecinas ! Pero, entre éstas, la conver- 
sación sobre arte, fué descendiendo rápidamente basta 
concretarse á la conciurrencia. Nunca había asistido tanta 
ni tan selecta. Lo más opulento y distinguido do Fisió- 
crata te encontraba allí, en aquel enorme teatro de ocho 
pisos. Hasta en los corredores la había. Bien era cierto 
que la compañía era do jrrimo carfello y la ópera encan- 
tadora. Lo uno era relativo de lo otro. La ley del equili- 
brio . . . 

— Justamente, — dijo una joven de la izquierda, — 
en los « Muchos Usos» va á debutar, próximamente, una 
compañía de equilibristas notables. 

— ¿La que dirijo el prestidijitador Uepúblico Polí- 
tico? — preguntó una vieja con voz de flauta. 

— Sí, tía, — la contestó otra de las niñas. — Yo me mue- 
ro por ese género. Está tan de moda . . ! 

\'amos, — pensaron Andros y Filos, — la ley del equili- 
brio era interpretada á las mil maravillas por aquellas 
damas. Las vecinas de la derecha hacía tiempo que ha- 
blaban muy bajo. El cuchicheo era bastante animad o. 
Conversaban del origen de la fortuna de Este, aumentada 
CjU una gran concesión para la edificación de palacios eu 



i 



EN EL SIGLO XXX. 65 



lá nueva ciudad « Del Cobre »j donde ya se habían sepul- 
tado sendos millones de nacionales; del lujo inusitado 
que gastaba la familia de Empleado, que se había an-ui- 
nado en una especulación de tierras fiscales en el Polo 
Sur, el año pasado; del espléndido hotel que había edi- 
ficado últimamente don Noinventélapólvora en el boule- 
vavd de «El Banco». He unu-muraba, además, de la desapa- 
rición de la mujer del doctor Guerra con un novelista por- 
nográfico, todo un tipo degradado y que no valía un 
comino, y, en fin, se criticaba el escote de la señora y 
de las niñas del diputado fueguino doctor Advenedizo. 

— ¡Eso es escandaloso ! Si sólo les falta mostrar ... — 
y se interrumpía una de aquellas . . . picaronas lenguas, 
de la derecha de los jóvenes. 

— JSÍosotras, si quiera, lo moderamos... — agregó la 
más pequeña, una linda rubia de quince años, muy ajus- 
tada y que suspiraba mirando á un palco de la izquierda. 

— ¡Qué les importa á ustetles! — dijo la mamá de las ni- 
ñas, una señora avejentada, más empolvada y compuesta 
que sus hijas, y más escotada que las criticadas. 

— ¿Conoce usted, mamá, — dijo la primera, — á aquella 
señora del tercer palco izquierdo... esa que tiene los geme- 
los asestados continuamente en el avancé del doctor 
Cínico I. Nopinado? 

— Es la señora del sabio italiano doctor Cornivilani. 

—Bien hermosa y joven, por cierto, — agregó la rubia. 

— ¿ Y la que conversa con ese joven pálido y flaco, del 
lado? 

— ¿La que me acaba de saludar? Es la viuda del doc- 
tor Galeno, un poco descocada, pero de buen fondo y en 
extremo rica . . . 



EN EL SIGLO XXX. 



— No . . . La conozco. Mire usted ... La que le digo, es 
aquélla. .. 

— ¡No apuntes con el dedo... niña! 

— ¿La ve ahora. .? 

— Ah... Sí... ¿La vecina..? 

— Justíimente. 

—Es una antigua amiga mío, condiscípula de colegio: 
la mujer del valiente general Zapallada. ¡Qué mujer 
espléndida! Decían que se me parecía mucho. .. 

— ¿A usted..'? ¡Mamá'.. — exclamó la rubia como es- 
pantada. 

— Vamos, INIaría! No seas exajerada... Tu madre no es 
un monstruo..! — -se aventuró á decir la señora algo pica- 
da de aíiuclla extrañeza de la niña. 

— Y el j('»ven ¿quién es? — continuó la llamada María. 

— No le conozco. Pertenece ala nueva generación — res- 
pondió scvoramente. 

— ¿Dice usted mamá, que no le conoce..? — observó 
Luisr, otra de las niñas. 

— i No! ¡Pues estaría fresca, si debiera conocer á todo el 
mundo ! 

— i Pero si es Alberto Cerebroehato, el más elegante de 
los dandys! 

— jSu apellido lo dice ! . . Pero, silencio . . . Me parece que 
se va á levantar el telón,— concln3'ó por decir la mamá, 
aun incomodada porque su hija María hubiera puesto en 
duda su ex hermosura. 

En efecto. La orquesta invisible, comenzaba la .sinfo- 
nía. Después de diez minutos de una música siempre so- 
bre un mismo motivo, de armonía igual y de melodía 
idéntica, confundido todo y sin pies ni cabeza, — pero, que 



I 



ÉN EL SIGLO XXX. 67 

areció encanta &.ora á la concurrencia, — se levantó el te / 
^ón. Varios tramoyistas que se hallaban en la escena fu- 
mando, distraídos, corrieron á ocultarse entre bastidores; 
dos coristas que boxeaban tranquilamente, huyeron aver- 
gonzados, en circunstancias que un enorme gato negro 
cruzalia maullando, seguido por un perro de Terranova. 
Todo esto pasó desapercibido á los ojos de la concurren- 
cia, que se ocupabii on admirar la sala egipcia que repre- 
sentaba la escena, á falta de una más apropiada ó doña- 
marquesa. 

— Cuestión de detalle. Nóvale la pena... — dijeron. 

En el fondo del escenario se veían dos grandes corti- 
nas, colgadas, de damasco de lana punzó. Detrás, oculto, 
un pequeño escenario En primer término, á la derecha, 
el entarimado de un trono lujosamente C'ilgado, y á la iz- 
quierda, en segundo término, una ventana ogival con vi- 
drios de colores. Sillas y grandes volterianas de cuero 
y de terciopelo, di!^eminadas por todo el recinto. Se su- 
¡ntso fuera de noche, porque del techo pendía una gran 
lámpara de aceite En el teatro imperaba el más profun- 
do silencio, sólo interrumpido por el crugido de los gran- 
des abanicos de las damas, por la tos contagiada, repri- 
mida, y por el comienzo de un aria de tantans y 
sofocadas notas de bombo. 

Entra Horacio. Por la letra del aria da á comprender 
muchas cosas: entre otras, que el Príncipe ha vuelto de 
Inglaterra. No ha podido llevar á cabo el empréstito, 
porque nadie tenía fe en el crédito, ni en el servicio de 
la deuda que haría el Gobierno de su patria. Aquí 
Horacio, como buen economista, da la razón á los pres- 
tamistas ingleses, fundándose en razones poderosísi- 



EN EL SIGLO XXX. 



mas ( ^ ). En consecuencia, el Príncipe para desenfurecer 
los ánimos contra aquel vergonzoso rechazo, va á dar una 
rei3rescntación teatral con una compañía de zarzuela, que 
ha contratado por vil precio. La obra se titula «La ratone- 
ra». Concluye el aria y hace mutis. 

Desjniés entran Claudio, Gertrudis y Poionio. Este 
asegura á los augustos monarcas, que el empréstito se 
llevará á cabo. Para el efecto, les rocomionda un pariente 
suyo, sujeto do muy altas condiciones intelectuales: un 
sabio en economía política, que va 4 partir al dia siguiente 
para Fi-ancia. Claudio dice que lo pensará. Pero Gertru- 
dis le garantiza á Poionio el nombramiento. En seguida, 
hablan de la locura de Hamlet, de su amor por Ofelia y 
de la representación de «La ratonera». Gertrudis pre- 
gunta si la obra es de Aristófanes; pero, Poionio le 
dice que pertenece á Esquilo y Sófocles, según un co- 
mentador de dramas antiguos. 

En este momento, vestida de blanco, el cabello suelto 
y desencajado el semblante, liega la íliermosa Ofelia». 
Dice que Hamlet la ha despreciado, aconsejándola que 
«entro á un convento», porque no debe engendrar peca- 
dores — y, ella, quiere tener uno, varoncito! ¡Cómo ha 
tenido que sufrir ! Sobre todo, cuando la aseguró que 
no habría ya uuis matrimonios! ¿Y la ley divina, la natural 
y la civil? ¡Oh, el Principe decía cosas imposibles! Ella 
quería casarse.... aunque fuera con Horacio! Y en- 
tonó una barcarola dedicada á San Valentín, en el día 
de sus hermosas fiestas. 



(]) Véase la juiciosa obra «Kl Presupue.sto Nacional» y se lo 
dará la razón. 



EN EL SIGLO XXX. <59 

— ¡Desgraciiula! — exclamaron los monarcas. 

— ¡Pobre hija. .! — dijo Polonio enjugándose nn ojo con 
un pañuelo enorme, de colores. 

La joven desaparece. Después de hablar los mo- 
narcas con Polonio de temas diversos y de consolarle di- 
ciéndole que la vida tiene sus amarguras y alegrías, según 
las circunstancias, se van por la izquierda y Polonio 
por el foro. Vuelve á quedar sola la escena. Luego apa- 
rece Laertes disputando acaloradamente con Hamlet. La 
ira de Laertes proviene de la locura de su hermana Ofe- 
lia, que ha huido en ese momento con uno de los co- 
cheros del monarca, por vengarse de los desdenes del 
Príncipe! 

— ¡Tú tienes la culpa..! — dice furioso Laertes. 

— ¡Déjate de cantar jilguero no me estés atormen- 
tando. . . ! — grita, Hamlet, con desprecio. 

— Mejor es que te saqués lo que te va caminando.. .! — 
replica, Laertes, en el colmo de la rabia. 

El público aplaude frenéticamente. El lenguaje, ori- 
llero del dúo, les parece á todos intencionadísimo y 
muy ático. Ninguno más apropiado á las circunstancias 
y á la música, que, al llegar aquí, casi ahoga la voz 
potente de los cantantes... Cimbra el teatro, y los 
espectadores se creen trasportados al paraíso de las 
armonías supremas é inmortales. Este entusiasmo de 
la concurrencia produce en el ánimo de los artistas un 
efecto tal, que para dejarse oir, gritan y accionan como 
energúmenos á más no poder. 

— ¡Qué imaginación la del libretista...! — exclaman 
los unos. 



70 EN EL SIGLO XXX. 



— i Y qué poder intelectual de asimilación . . ! — asegu- 
ran los otros. 

— ¡Es un genio...! ¡es un genio. . .! —gritan los más. 

La presencia de Horacio calma la disputa. Se trata 
de divertirse con la compañía de zarzuela, dice, y no de 
armar pendencias inútiles. Después de la representación 
se arreglarán y pondrán de acuerdo para el duelo con- 
siguiente. En seguida se presentan los monarcas. Ocupan 
el trono j' esperan á la corte para empezar la repre- 
sentación. Pero, nadie llega. Hamlet se impacienta y 
corre á la ventana. ¡Qué error! Sí ahí viene y de gala! 
El coro entra cantando una espléndida marcha. Los mo- 
narcas se ponen de pió y agradecen á la corte su 
puntual, su inglesa asistencia. Cuando cada cual ha ocu- 
pado su puesto, se da la señal para comenzar. Las 
cortinas del fondo se descorren, torpemente, y aparece 
el pequeño escenario. Este no representa nada; pero, 
se ve en él, sin embargo, un banco de piedra y una 
higuei'a ó manzano, cargado de frutos. 

—¿La pieza es moral? — pregunta Claudio, enfática- 
mente. 

— El asunto es histórico, — contesta Hamlet, con indi- 
ferencia. 

— «¿La ratonera?» Entonces no es inmoral, — añade Ger- 
trudis. 

— ¡Aquí se va á armar la de Julio!^dice, aparte, Ho- 
racio. 

— ¡Nos vamos á morir de sueño. ..! — murmura, por lo 
bajo, el coro. ' 

— ¡Está loco de remate! — concluye por decir, para sí, 
Laertes. 



EN EL SIGLO XXX. 71 

Empieza la representación. Aparece nn anciano de 
aspecto venerable cantando unas alegres seguidillas, y 
va á reco.staise en el banco, debajo del manzano. Des- 
pués de admirar las manzanas, su fruta favorita de la 
juventud, se queda dormido insensiblemente, soñando con 
aquellas deliciosas frutas, que cree aún estar saboreando. 
¡Ab, si la vejez pudiera. .! Se oyen, luego, unos truenos 
sordos á la distancia. . . Empieza á llover. . . Se ve á la 
luz fugaz de un relámpago, acercársele una nuijer jo- 
ven y bermosa aún; después un hombre de aspecto 
repelente; volcar la primera en el oído del anciano un 
pomito de ácido prúsico, y desaparecer ambos inmedia- 
tamente: la mujer por la derecba y el hombre por la 
izquierda. ¡Se sacude el anciano. .. . y muere! 

Cae un cohete, que simula un rayo, precedido de un 
relámpago vivísimo, y se oye el estampido de un trueno, 
— en momentos que el manzano se derrumba, y es arras- 
trado entre bastidores por los tramoyistas. La corte 
aplaude, sin ver ai principio que la reina se ha des- 
mayado. Cuando lo nota se avergüenza j' sobrecoje. Pero 
ya es tarde, pues el rey, conteniendo su indignación so- 
berana, manda suspender la representación y salir á la 
corte inmediatamente. Se unen las cortinas del pequeño 
escenario y váse el coro cantando la misma marcha de 
momentos antes, al presentarse. 

— ¡ Se ha descubierto nuestro crimen ! — murmura 
Claudio, aparte. 

— ¡Por fin vengaré á mi noble padre! — exclama, para 
sí, Hanilet. 

Llevan á Gei'trudis aun desmayada á su regia alcoba. 
Claudio, pretextando la indisposición de su consorte y 



72 EN EL SIGLO XXX. 



un agudo dolor de cabeza, liace mutis, seguido de Laer- 
tes, hacia sus hal)itaciones. Que algo iban á tramar, fué 
el pensamiento de Horacio. El Príncipe .se arroja en lo.s 
brazos de su amigo, y entona una romanza calcada sobre 
el tema «¡Corred lágrima.s á mares!» He sncede una larga 
pausa, que luego es interrumpida por los primeros com- 
pases de la entrada de Polonio. Este se presenta y le dice 
que la reina, su madre, le desea hablar y con urgencia. 
Horacio, entonces, le anima y le aconseja que a.si.sta. 
Váse Polonio, y después Hamiet por la derecha y Horacio 
por el foro. 

— ¿Qué me (pierrá la cómplice? — se pregunta Hamiet, 
al salir. 

Cambia, en seguida, la decoración. Aparece Gertrudis 
en su aposento llorando, como acosada por los remordi- 
mientos. La desesperación de la reina mueve á piedad. 
Algunas damas de los palcos, la defienden diciendo que su 
crimen no es tan grande, como parecía. ¿Podía, acaso, su 
primer esposo, viejo, caduco, satisfacer sus menores ca- 
prichos... de reina? Desde luego la misma naturaleza 
justificaba lo que en realidad no había sido lui crimen. 
¡Qué diablos! ¿Era, por ventura, la primera que envene- 
naba á su marido para casarse con otro — el cómplice? 
Varios casos habían sucedido en Fisiócrata, iguales ó pa- 
recidos. ¿No habían quedado impunes? ¡Desventurada 
mujer, desgraciada Gertrudis! — concluían por pensar, 
perdonándola de veras... porqne no sabía lo que hizo! 

Cuando entra Hamiet, está agarrotada por los sollozos. 
El dúo entre la madre y el hijo, es considerado magis- 
tral . . . por lo cómico! El joven recrimina agridulcemen- 
te á la que le diera el ser, que no le había pedido, por 



EN EL SIGLO XXX. 73 



haber asesinado al más noble y santo de los esposos y de 
los padres, para contraer segundas nupcias con un indi- 
viduo tan insignificante y despreciable como era Claudio, 
á quien la tierra debió tragarle al nacer. . . aleve y traidor! 
¡Qué! ¿No se ruborizaba de dormir en un lecho incestuo- 
so? ¿ó la vergüenza y los remordimientos habían desapa- 
recido del mundo? ¡Cómo la juzgaría el porvenir! 

— ¡Perdón, perdón! — murmura la reina desfalleciente. 

— « i Más abajo del infierno ! . .> ¡ Ahí . . ! — grita Hamlet. 

— ¡Qué bárbaro! — exclaman en el teatro las unas. 

— ¡Debía tener presente que es su madre!— dicen las 
más. 

Hamlet, entonces, saca una fotogntfín de su amado pa- 
dre y se la presenta á la reina. ¡ Qué noble es éste y qué 
villano el otro. . . con su cara de traidor, de advenedizo! 
«¿uiere hacérsela besar á Gertrudis por la fuerza; pero, 
ella, desesperada pide socorro! Hamlet, en este momento, 
observa que una de las cortinas se agita con violencia. 
¡ Ah, con que le estaban espiando. . ! ¡Miserables! Saca la 
espada, furioso arremete á la cortina y la traspasa de 
\ una estocada. Se oye inmediatamente un gemido de ago- 
nía, como el quejido de un perro enfermo, y el ruido sor- 
do de un cuerpo que cae. Descorre, entonces, las cortinas. .. 
¡Qué horror..! Polonio, en el pavimento, yace muerto 
boca abajo, como besando la tierra. Le contemplan algu- 
nos segundos, y después de reírse á carcajadas, que mue- 
ven la hilaridad en el público, que tiene noticias de ase- 
sinatos más atroces, canta un largo nocturno. 

— ¡Ved — exclama, — el fin de los curiosos y adulones! 

— ¡Desgraciado . . ! ¡ desgraciado ! . . — murmura llorando 
la reina 



74 EN EL SIGLO XXX. 



— ¡Es un perro menop..! — añade Hamlet, con despre- 
cio. 

(iertrudis, ante aquel crimen que la espanta, se niega 
terminantemente á manifestar á su hijo el motivo para 
que le había mandado llamar. Son vanos todos los ruegos 
de Hamlet. Ella no cede. Pero, como se ve obligada á ha- 
cerlo por las amenazas del Príncipe, vuelve á desmayarse 
presa de horribles convulsiones. «¿Serán ó no serán fingi- 
das? Ahí está su duda». Después de hesitar algunos mo- 
mentos, huye del aposento, seguido del espíritu de su 
amado padre que, en aquellas circunstancias, vagaba por 
las galerías del castillo, siempre montado en su bello y 
manso cisne. 

Cae rápidamente el telón. En este acto se suprimieron 
varias escenas y monólogos, innecesarios para la escena 
moderna, según el práctico criterio del Director. La en- 
cantadora escena entre Hamlet y Ofelia, lo mismo que el 
famoso monólogo del «Ser ó no ser», se tacharon en el li- 
breto y en la partitura, por creer que no interesarían al 
ilustrado é inteligente público, por largos y fastidiosos. 
Serían muy bellos esos trozos en la tragedia original; 
pero, no, en la reducción de la ópera bufa del eminente 
maestro Wors I. Wors. 

— ¡Ah, cuánto hemos cambiado! — exclamó Andros 
tristemente. 

— ¡Estamos, amigo, en plena crisis de progreso..! — agre- 
gó Filos, sonriendo con melancolía. 

Escusado sería el decir que el telón fué levantado unas 
doce ó quince veces consecutivas. El público delirante, 
frenético, llamaba á los actores para cubrirles de flores, 
que llovían de todas partes^ y de francos y merecidos 



EN EL SIGLO XXX. 75 



aplausos, con gran satisfacción de los fabricantes de 
guantes. Sólo Andros y Filos, ante aquella espontánea ma- 
nifestación, permanecieron silenciosos, sin mira''se, sin 
articular palabra alguna, pensativos, y con los ojos dis 
traídos. No esperaban lo que habían tenido que escuchar 
y presenciar, no sólo en la escena, sino en aquel público 
que se la? daba de inteligente y de sensato. 

Cuando el telón cayó la líltima vez, y aun seguían los 
aplausos, la concurrencia empezó á salir á los vestíbulos 
y galerías, elogiando y i)onderando á los artistas que se 
habían desempeñado á las mil maravillas. Nunca una 
compañía parecida se había distinguido tanto. Bien era 
en verdad que la ópera les resultaba propicia, como de 
molde. Pero, sin la potencia de sus pastosas voces y la 
delicadeza de sus talentos, la obra no habría sido tan bien 
compí-endida, ni aplaudida. De esto estaban perfecta- 
mente seguros. Los unos, decían : 

— Han creado verdaderos caracteres. 

— Nadie les negará lo que valen, — aseguraban los 
otros 

— ¡ Cóm'-> se nota el progreso en el teatro actual ! — 
observaban muchos. 

Las más entusiastas eran las señoras y las niñas. Si 
bien no entendían mucho del arte dramático y menos del 
musical, no obstante, la sensibilidad y la intuición salva- 
ban aquellas dotes de apreciación, necesarias, para juzgar, 
opinar y aplaudir. Así, pues, las vecinas de Andros y de 
Filos, que eran el verdadero eco de aquel mundo elegante 
y no muy dotado de sentido . . . estético, — no era de extra- 
ñar que hicieran sus comentarios y que aprobaran las 
tendencias del teatro moderno. Pero, como estos asuntos 



I 



EN EL SIGLO XXX. 



bastaba un momento para tratarlos, bien pronto siguieron 
ocupándose de lo que conocían y sabían perfectamente. 

— ¿Cómo te diviertes, amigo mío? 

— ¿Y tií? — le contestó Filos. 

— Río de esta comedia y de los demás que ríen. Nada 
más. 

— ¡Calla! que nos observan... — terminó por decir Filos. 
Efectivamente. Las hermosas vecinas de la izquierda. 

bacía rato que les miraban con insistencia, cuchicheando 
muy bajo y dirigiéndoles sonrisitas provocantes y bur- 
lonas. ¿Quiénes serían esos dos jóvenes tan serios y si- 
lenciosos, que ni una sola vez habían abandonado las 
aposentadurías? ¿ Extranjeros del Polo Norte ó provin- 
cianos de la Tierra del Fuego? Sus vestidos acusaban 
un aspecto distinguido y una posición desahogada. Sólo 
en sus fisonomías notaban un algo de melancolía y de 
profunda amargura, que no se explicaban. Viudo pare- 
cía el uno (Andros) y enamorado el otro (Filos). Lo úni- 
co que advertían era que no se divertían, y que^ hasta 
entonces, ni á nadie habían mirado, sino á la escena con 
desdén, ni aplaudido una sola vez, y que hablaban muj^ 
Ijajo. . . en contra de la moda. 

— ¡Pobres originales! Nadie les hará caso, — murmura 
ron. 

Después asestaron los anteojos en esta ó en aquella 
persona de la platea, en este ó en el palco de más allá, 
en circunstancias que un joven vestido rigurosamente á 
la siempre última moda, llegaba á saludarlas, y « una 
vez más á ser uno de sus más fervientes adoradores », no 
sólo de sus típicas bellezas, sino del talento que en toda 
ocasión se complacía en reconocerles. Hacía mucho tiem- 



ÉN EL SIGLO XXX 11 

po que no tenía el placer y la satisfacción de verlas en 
el teatro. En cuanto á no haber podido asistir á sus re- 
cibos del invierno, • lo que sintiera francamente en el 
alma, había sido por cansas y motivos inipi'e vistos, ineludi- 
bles Pero esperaba rehabilitarse, por otra parte, concu- 
rriendo á las matines que ofrecían ellas á sus numerosas 
y distinguidas relaciones. 

— Ya sabemos que es usted el míiandoáel gran mundo! 
dijo una. 

— ¡Cómo cumplir con todos... ! — agregó soricndo la otra. 
— Sin embai-go, debió acordarse de nosotras, . . — pro- 
testó la tercera. 

— ¿Con que se casa usted, señor Cerebrochato ? — pre- 
gnntó la tía. — Hace usted perfectamente. Yo soy parti- 
daria del matrimonio, entendido por amor, como en el 
siglo XIX. Porque, mire usted, esos casamientos de hoy 
por el dinero, sólo dan resultados desastrosos, y me hacen 
muy mal efecto. Se especula en la Bolsa, pero no en la 
familia. Sino, vea usted cuánto hogar hay entre nosotros 
desierto, frío ! Eso amarga y desconsuela. ¿ No es cierto? 
Felizmente usted, señor Cerebrochato, es una persona in- 
teligente, de alma, que me comprende. Fué por eso que 
yo no me quise casar nunca, y, le aseguro, que no me fal- 
taron huoios partidos. Pero yo me he educado ala an- 
tigua, y no entro por las reformas nuevas, de la vida mo- 
derna, que no entiendo. ¿Con que se casa, entonces? 
iVaya ! Me alegro mucho, — concluyó por decir, satisfecha 
del efecto de sus palabras. 

— ¿Yo, señora..? — balbuceó el joven. 

— Se dice, que. . . 

— Usted está de novio. . . 



ÍS EN Eii SIGLO IXX. 



— Con María Luisa Fortunas, — añadieron las tres niñas 
interrumpiéndose. 

— ¿Yo... ? ¡Qué locura ! Si es una joven insignificante 
y más altiva que hermosa. Y sobre todo, jamás recojo 
sobras. Se duda de lo más sagrado de la mujer, en esa 
joven. Soy enemigo de murmurar; pero es bueno, algunas 
veces, lial)lar claro y que no se nos crea ciegos. Sin em- 
))argo, se casará. El oro seduce y hace siempre, entre 
nosotros, aparecer lo negro blanco. No faltará quien 
desee hacerla de editor responsable. Así, pues, no lo 
crea usted Lucrecia, ni usted IVIatilde, ni menos usted An- 
gélica. Siempre he opinado como la señora xiurora: — 
amor con amor se paga, ó no me casaré imnca ! 

El diálogo, sobre este tema obligado de la vida social 
contemporánea, duraría algunos minutos. El joven se de- 
fendía y las niñas le atacaban sin piedad. Solo la señora 
Aurora estaba de su parte. Por fin, después de habiar 
de la función, de murmurar y de hacer pedazos la repu- 
tación y el honor de muchos sores, de ponderar lo selec- 
to de la concurrencia y la animación de las avenidas, 
— el joven pálido, macilento, señor Cerebrochato, que 
corría de palco en palco para no pagar asiento, se re- 
tiró prometiéndolas una p'-óxima visita. ¡Qué criaturas 
tan superficiales aquéllas ! Y así riéndose interiormente 
de ellas, fué á estrechar la mano á un sujeto joven aún, 
que gozaba de una fama de hombre de estado. . . (¡no 
matrimonial!) envidiable. 

Se apellidaba este gran estadista, el doctor don Ven- 
tura Ruborinútil. Era íntimo amigo del señor Picodeoro, 
una persona delgada en extremo, de ojos pequeños y 
dormidos, cuyo rostro revelaba toda una vida licenciosa, 



I EN EL SIGLO tXlí. 19 

lustroso en su palidez de muerto y prematuramente 
calvo. Parecía un viejo, conservado á fuerza de tinturas 
y cuidados. Paes^ bien, el señor Picodeoro, conversaba 
en aquellos momentos, del doctor Ruborinútil, con dos 
señoras provocativamente escotadas, arrellanadas con 
descaro en sus butacas, dando la espalda á Andros y á 
Filos. Éstos, sin gran esfuerzo, alcanzaban á ver los hora- 
In-os y el cuello de aquellas dos mujeres, espléndida- 
mente blanca la una, pálida, linfática; y la otra, tenta- 
doramente sonrosada, fresca, revelando una naturaleza 
sanguínea, lujosa, en su pleno desarrollo. 

Ambas rebosaban vida y deseos en los ojos, en las 
ventanas de la nariz, en el semblante y en los pliegues 
búmedos de sus pequeñas y rosadas bocas. Escuchaban 
al señor Picodeoro, su mejor amigo como le llamaban, 
con verdadero placer . . . (si no lo simulaban, que las mu- 
jeres fingen á las mil maravillas). Sobre todo, la sanguí- 
nea, — joven, viuda y hermosa, — prestaba más aten- 
ción á las referencias de Picodeoro, que sudaba á mares 
á su lado, y se le alteraban los nervios de una manera 
penosa, cuando la miraba fijamente ó bajaba los ojos 
á las espléndidas líneas del busto de su encantadora 
amiga Flora. La otra, Blanca, solía distraerse... ¡Quién 
sabe en lo que pensaba ! 

Picodeoro, continuaba diciéndolas que, el doctor Rubor- 
inútil, había saneado su fortuna en compañía de un 
concesionario de ferrocarriles aéreos nominales. , . para 
el porvenir, á fuerza de voluntad, influencia y talento. 
Cuando casó, su mujer, de un origen dudoso, le trajo á 
la sociedad conyugal algunos millones, que él había em- 
pleado en diversas empresas: las unas para ser congre- 



80 ÉN EL SIGLO XXX. 



sal y las otras para ocupar envidiables puestos en el Es- 
tado. . . con el universal apoyo del gran Pueblo Soberano! 

No siendo hombre de carácter. . . (altivo) ... su debi- 
lidad y modestia supinas, le obligaron — para no dar 
pábulo á la envidia y la murmuración — á poner una parte 
de su fortuna en las seguras cajas de un Banco en el ex- 
tranjero. La otra parte la administraba un joven á quien 
había hecho casar con la hija de nn amigo suyo, íntimo, 
después de unos amores furiosos de la niña con nn ]iata- 
gonés, que murió ahogado en una de las cloacas de las 
Obras de Salubridad. Sin embargo, otros decían que había 
muerto intoxicado, una mañana, después de haber comido 
carne con .. , cuero saturado de veneno contraía polilla. 
Nada había en ello de extraño. Hechos parecidos se 
creían . .. obi'a de la casualidad. Lo ciei'to era que la joven, 
á pesar de eso, se casó y era feliz, lo mismo que el bueno 
de su marido, A quien le llamaba su querido monfón! 

— Conocemos esa historia, — dijo la viuda, de un fa- 
moso médico que había fallecido en la expedición al Polo 
Sur, cuando la epidemia de las fiebres palúdicas, que arra- 
saron aquellas comarcas. Según la opinión de la murmu- 
ración, su marido había sido devorado por un oso blanco. 
Lo cierto era que había muerto hacía dos años^ durante 
los cuales había ella mantenido relaciones íntimas con el 
sabio doctor Antístenes : hoy su favorito, según decían 
las malas lenguas. 

— Lo mismo que los amores furiosos del doctor Ru- 
borinútil con la consorte de su protejido. Son historias 
antiguas. Las sabemos hace mucho, señor Picodeoro, — 
agregó Blanca, esposa de un fabricante de franelas paten- 
tadas, especiales, por ser las mejoi'es del mundo. 



EN EL SIGLO XXX. 81 



¡Es una vergüenza! La sociedad del siglo XIX jamás 
permitió hechos y abusos. . . de confianza semejantes. 
¡Aquellos, sí, que eran tiempos! Qué fortaleza de espí- 
ritu, qué moral y qué costumbres I ¡ Ah, si los imitáse- 
mos, ¡cuan felictes seríamos ! ¿Verdad, amigas mías? — 
concluyó por preguntarlas Picodeoro. 

— ¡Son inauditas eiei'tas cosas! — aseguró Flora, enfá- 
ticamente. 

— Lastiman el pudor délas personas honradas i — aña- 
dió Blanca, uaentras miraba con insistencia con los jeme- 
Ios al gerente de la casa de franelas de su marido, que 
se hallaba en un palco. Un joven adorable por su carác- 
ter y su laboriosidad, que amaba como á un hermano — 
según sus propias palabras. Nunca Cornelio, su consorte, 
había tenido una queja de él. En fin, valía lo que pesaba 
el señor Teodoro. 

—Ese ha de ser tu amante, descarada ! — pensó Pico- 
deoro para su coleto. — Lo mismo que el doctor Antíste- 
nes, lo será de tu prima Flora. ¡ Vaya con las mujeres 
honradas, y que se espantan de ver la paja en el ojo 
ajeno ! Todas son iguales. . . « ¡Qué difícil es ser casa- 
do y vivir tranquilo ! » Y eso que la sociedad tiene ge- 
neralmente la culpa ... ¡ Cómo cunde la degradación i 
¡ Qué siglo ! 

Picodeoro se quedó pensativo, fijos sus ojitos dormi- 
dos en los contornos estatuarios y magníficos de su 
amiga Flora. ¡Con mil amores la hubiera abrazado... 
para llevarla por la senda del bien, á donde los goces 
eran infinitos, inmortales; allí donde cesaba el recuerdo 
de la ingrata tierra y se vivía de un idealismo que enlo- 
quecía y que trasportaba el alma — como en en los pri- 



82 EN EL SIGLO XXX. 

meros sueños de la florida adolescencia — á un mundo 
desconocido, á un paraíso delicioso, impenetrable para 
las ávidas y curiosas miradas indiscretas de las huma- 
nas criaturas! Flora, Flora. . . la amaba! Se había equi- 
vocado: ella era buena angelical . . . . ! 

— ¿Por qué se ha quedado usced tan pensativo, señor 
Picodeoro? — le preguntó Flora, sonriendo con beatitud. 

Se sentía feliz la hermosa viuda, y satisfecha del 
efecto que había producido al joven aquél, con el lujo 
de sus formas frescas y macizas, hasta inyectarle la 
sangre en las arterias, cuando le abandonó uno de sus 
diminutos pies, escondido dentro de un zapatito esco- 
tado de cabritilla blanca, como una alhaja dentro un 
estuche. Volvió á sonreír de una manera inexplicable, 
dulcísima, y añadió : 

— ¡Se diría que usted es poeta! Vamos, no pienso tanto, 
amigo mío, — acabó por decirle cariñosamente, dándole 
un golpecito con el codo, cuyo redondo brazo tenía en- 
guantado hasta el hombro y sobre el cual temblaba un 
pensamiento de brillantes y topacios. 

— ¡Ah, bi estuviéramos solos...! — pensaba Picodeoro, 
intranquilo, febi'iciente. 

— Déjale, Flora. ¿No ves que sueña...? — dijo Blanca, 
que bajaba los jemelos del palco donde estaba el señor 
Teodoro, al parecer discutiendo con los tres más fuertes 
accionistas del empréstito «doctor Manolarga». — ¡No le 
interrumpas, prima mía, no le interrumprs. . ,! — y vol- 
viendo á mirar hacia el palco, agregó suspirando:— ¡ Fe- 
lices los que sueñan con un ideal! 

— ¡No estar solos. . solos. . . ! — volvió á pensar Picodeoro, 
cada vez más inquieto por el pie divino que oprimía 



EN EL SIGLO XXX. 83 

entre los suyos, pálido como el crimen, la boca seca^ 
anudada la garganta, y los labios quemantes por el fuego 
implacable que le devoraba las entrañas. Precipitado por 
lo que íntimamente estaba sintiendo, en una explosión 
de amor. . . audaz, la mui'muró apenas al oído: 

— ¡Flora, Flora, yo te amo...! 

La última nota estentórea de un crescendo de la sin- 
fonía, que en ese momento comenzaba, ahogó, feliz- 
mente, una espontánea carcajada de la hermosa vinda, 
que se había estado divirtiendo con aquel imbécil, de- 
clamador de amores pasajeros. ¡Vaya un nene! Siempre, 
despreciable y vicioso, carnicero de las honras ajenas y 
galanteador inmundo! ¡Já. . . já. .. já . . .! Bien era cierto 
que ella había tenido la culpa, pero se guardaría mejor 
otra vez de ser amable con los que juzgaba sus sinceros 
amigos. 8i no hubiera sido por la orquesta. . .¡qué 
vergüenza! Se confundía sólo al pensarlo. ¿Qué habría 
dicho la gente? ¡Dios Poderoso, qué escapada! Y las dos 
damas se sonrieron. 

Picodeoro se mordió los labios hasta hacerse sangre, 
saludó y abandonó confundido la butaca para no ocu- 
parla más en toda la noche. Herido en su amor... pro- 
pio, juró vengar algún dia aquel fracaso, aquel san- 
griento desairCj que pedía á gritos una reparación. ¡Tiempo 
al tiempo! Tenía sobrada experiencia para cometer un 
acto primo. Esa mujer sería suya! (¡Y decían las malas 
lenguas que lo fué. .. casándose con ella!) 

Entre tanto el joven Cerebrochato, que había estre- 
chado la mano del doctor Ruborinútil, le dejaba tam- 
bién en aqiel momento, después de un rato de amena 
charla. Fué á buscar un asiento en el palco de los mu- 



84 EN EL SIGLO XXX. 



chachos, que se habían entretenido, durante el entre- 
acto, en criticar y murmurar de todo el mundo, ha- 
blando en voz alta 3' riendo á carcajadas de cada ocu- 
rrencia ó de cada lonja de pellejo arrancada á la virtud 
de la mujer del hombre más puritano, porque viajaba 
por la ruinosa Europa, y ella lo pasaba en Fisiócrata 
al lado de su. . . . familia! T>e Flora, acababan de decir 
que era una real... mujer, descocada, y que había te- 
nido amores con más de un vicioso advenedizo, prin- 
cipalmente con uno, que era un verdadero saco de hu- 
mores heredados, y que pasaba por ser el hombre más 
satírico y chispeante de Fisiócrata, sobre todo cuando 
bebía espumante... arribeño! 



JORNADA VI. 



CoxcLT'iDA la sinfonía, bastante larga por cierto, se 
levantó el telón. El público se recogió, guardó silencio j' 
dirigió sus miradas á la escena. Esta representaba un espa- 
cioso cementerio. Sepulcros y panteones magníficos, recién 
blanqueados, lo adornaban, poblándolo además grandes 
sauces, ciprés y plantas trepadoras, verdes los unos y car- 
gadas de Mores las otras. Sin embargo de imperar el dia, el 
Director para dar mayor aspecto funeral al local, había or- 
denado á los tramoyistas que lanzaran por entre las tum- 
bas algun(>s i'¿o/«seos fuegos fatuos... (de esponjitas sa- 
turadas de f.lcohol). No fué encendida la luna por no 
exagerar ! No faltó, sin embargo, en el público quien 
preguntara por qué no la había. Esa «melancólica lá- 
grima de plata» .... hacía tan buen efecto en el campo 
santo . . . ! 

Un grupo de sepultureros vestidos con trajes saca- 
dos á licitación por la Municipalidad, abrían en el cen- 
tro del escenario una fosa para sepultar el cuerpo del 
anciano y querido Polonio, muerto la noche pasada de 
una violenta gastritis, según decían las defunciones 
publicadas en los diarios de la mañana. Aquellas buenas 



86 ÉN EL SIGLO XXX. 

gentes se divertían y reían, cuando, en una paletada de 
tierra, sacaban una tibia, un fémur, una costilla, una man- 
díbula ó un cráneo, con el cual jugaban á las bochas, 
cantando: 

« La edad callada en la luief-a 
' Me hundió cdii mnno cruel, 
" Y toda se destruyera 
« La existencia que gocé!» 

La música de este coro, acompañado de castañuelas 
y del ruido de los huesos humanos al entrechocarse, 
fué considerada, sin excepción, por todos, como un trozo 
de verdadera música clásica. Felizmente la letra pareció 
admirable, original, jamás tratada de aquella manera, 
en temas análogos, por ninguno délos muchos genios 
de Buenos Aries del siglo XIX, — jpobres gentes que 
equivocaron los fines y tendencias del drama y la mú- 
sica, que titulaban del porvenir! Sin embargo, afirmaban 
que hubieron en la cuna de Fisiócrata por aquellos tiem- 
pos, algunos ingenios notables y bien reputados, que no 
pasaban por sendoclásicos ó neos... á la divina vio- 
leta ! 

Llega Hamlet, acompañado de Horacio, en una elegante 
iñctoria arrastrada por un caballo moro, que había ga- 
nado varias carreras al t'-ote, á pesar de la mala confor- 
mación de una de sus patas. (Los cortesanos, aseguraban, 
que le alimentaba conpfMs/ Por eso era tan veloz, como 
el alado Pegaso). Hamlet ha querido adelantarse al 
fúnebre cortejo de los restos del viejo adulador Polonio. 
Descienden del carruaje, y se encaminan hacia la que 
juzga el Príncipe que es la fosa para el curioso y es- 



EN EL SIGLO XXX. 87 



carmentado exhumano. Al llegar, Hamlet que camina 
extasiado contemplando un monumejito. . . (de pino pin 
tado de blanco... mármol) tropieza en una pila de 
huesos, y cae sobre unos cráneos. Se levanta, haciendo 
algunas morisquetas de dolor, se sacude, y, luego, pre- 
gunta á los sepultureros para quién están cavando esa 
huesa tan pequeña y miserable. Ellos sonríen y pro- 
siguen cantando: 

" Una piqueta 

" Con una azada, 

« l'n lienzo donde 

" Revuelto vaya, 

" Y un hoyo en tierra 

« Que le preparan; 

• Para tal huésped 

« liso le basta! ■ 

Se sucedió una ligera pausa, durante la cual Hamlet 
estuvo meditando y haciendo comentarios íntimos sobre 
el sentido de aquellos versos. En un aparte dijo que los 
había oído recitar á alguna persona que no recordaba 
quién era. ¿No serían de aquel loco de Shakespeare 
que, en edades mu}' remotas, había escrito dramas trá- 
gicos para la posteridad ... — ■ á pesar de la ingratitud 
con que le premió la Inglaterra? Seguramente eran de 
él, no le cabía la menor duda. ¿Pero á quién se los ha- 
brían aprendido aquellas buenas piezas que los cantaban? 
«¡Ahí el enigma!» Al llegar aquí, la concurrencia aplau- 
dió calurosamente... la idea peregrina del ingenioso 
libretista que hacía á Hamlet hablar de Shakespeare! 

— ¡Qué cosa tan divina! — exclamaron los unos. 

— ¡Eso es lo mejor de la pieza I — atirmaron los otros. 



EN EL SIGLO XXX. 



— ¡Qué chistoso. . .! ¡qué encantador. . ! — dijeron varias 
damas. 

Andros miró á Filos, que sonrió melancólicamente. 
i Hasta muerto se encarnecía al genio! Necios y torpes 
zoilos vulgares aquellos que escribí? n bufonerías sin 
talento para la escena contemporánea! Nazcan genios para 
que mañana se les olvide por una payasada. . . para iiacer 
reir, como sucede en Fisiócrata, donde se comercia hasta 
con los colosos del pensamiento, ó se aplaude al igno- 
rajite que se llama literato porque ha escrito cuatro ar- 
tículos, dos sueltos contra el gobierno, un par de cuentos, 
ó un folleto sobre el origen de los tontos de Vespucio 
del Sur! 

— ¡Estudie, piense y produzca el hombre...! — mur- 
muró Andros. 

— No todos los tiempos son iguales, amigo mío, — dijo 
Filos. 

— ¡Desgraciadamente! — acabó por exclamar Andros. 

Horacio, mientras tanto, por no interrumpir á su Prín- 
cipe, se entretem'a eiv hacer rodar un cráneo con la punta 
del pié. Notar Hauílet la actitud de su amigo y recoger 
el cráneo, fué cosa de un segundo. Aquella vez no le 
reconvino, como solía hacerlo. Se concretó á decirle que 
dentro de ese cráneo hubo una lengua de abogado pi- 
llastre, de ministro, de sabio ó de un adulador mezquino, 
á quien él se la hubiera mandado cortar. ,. por larga. 
i Qué pensamientos, qué planes y qué convicciones habría 
en(!errado en otros días mejores! Tal vez una revolución 
descubierta, una defensa y una capitulación tontas, una 
federalización por negocio y la edificación de una nueva 
cuidad, con la, plata... del Pueblo Soberano, hábilmente 



EN EL SIGLO XXX. 



engañado por unos cuantos comerciantes en política. 
¡Qué no habría imaginado el pensamiento de aquel 
cráneo, que olía mal y que arrojaba con desprecio ! Y 
volvió á preguntar á los sepultureros para quién abrían 
esa fosa tan pequeña y miserable. 

— ¡Miserable! ¡Y es para un genio! — le contestó uno. 

— ¡Pequeña ! ¡Si su dueño podía caber en el cráneo de 
uu diputado I — agregó otro. 

— En ese que fué del ministro Jorik,^ — afirmó el ter- 
cero. 

— Porque con la muerte se acaban las pequeneces, las 
miserias y todos somos iguales. Esperamos al que ya no 
es Polonio. ..-- repuso el primero. 

Y el tercer sepulturero arrojó con desdén un cráneo 
á los pies de Hamlet, que se precipitó á recogerlo, ¿Con 
que ese era el del querido mini.stro del rey, su difunto 
padre? ¡El cráneo de Jorik. . ! ¡ Cuántos recuerdos agra- 
dables de la infancia, le traía á su memoria ! Jorik había 
sido el primero que le hiciera saltar sobre las rodillas, 
cuando niño, reir y dudar de las genuflexiones de los 
palaciegos adulones. ¡Pobre Jorik! ¡Tan condescendien- 
te, tan jocoso y bondadoso, reducido actualmente á un 
hueso sucio, frío, húmedo ! ¿Dónde estaba aquella lengua 
vivaz é hiriente, y aquel pensamiento rápido, ingenioso, 
sutil, que, en presencia del viejo Hamlet, confundía á los 
cortesanos con la simple enunciación de un problema 
de economía política, con un chiste financiero que les 
ponía en claro todos sus negocios con los proveedores del 
Estado, y les descubría toilas s\is especulaciones secre- 
tas? ¿Dónde estaba ese pensamiento benéfico? 

--¡Qué ingenio tan admirable, Horacio! — ■ le dijo. 



90 EN ÉL SIGLO XXX. 

— Mnj' admirable, señor — le contestó, aunque no le 
había conocido. 

i Decir que aquel sepulturero imbécil arrojaba despre- 
ciativamente el cráneo que había guardado el pensamien- 
to de un ingenio semejante! Sí, Jorik, resucitase no lo 
creería! Pero tuvo que dejar el cráneo, porque en aquel 
momento llegaba el fúnebre cortejo del que en mejor 
vida se había llamado Polonio. En consecuencia, Ham- 
let y Horacio se hicieron á un lado de la escena. Ocultos 
detrás de un sepulci'o ruinoso cubierto de yedra comple- 
tamente, permanecían cuando llegó el acompañamiento. 
Lo precedía un batallón con las lanzas á la funerala y 
la banda de música, que había enviado para el acto el 
Ministro de la Guerra por orden y decreto de su Soberano, 
con las cajas enlutadas, flojos los parches y tocando una 
sentida marcha fúnebre, escrita expresamente por un 
amigo del tinado. 

Acompañaban á los restos mortales del ex Ministro, 
los monarcas, Laertes, gran parte de la corte, damas de 
honor, pajes, sus amigos íntimos, comerciantes de la 
plaza, protegidos, gran número de Vicentes, adondevás y 
etcéteras del distinguido y eminente, ilustre y benemérito 
muerto. Un mojnento después, como era natural, la es- 
cena se vio invadida completamente. Cada cual, según 
era moda en Doñamarka ó Dinamarca en los actos de 
jirofnndo duelo, venía munido de un pañuelo en una 
mano, varios en la escarcela, _y en la otra un cirio en- 
cendido. 

El ataúd del que cariñosamente llamaron Polonio, era 
de ébano con grandes manijas labradas de bronce, y se 
hallaba cubierto de flores de la estación y de coronas 



EN EL SIGLO XXX. &1 



de los gustos más exquisitos, con las tarjetas de las per- 
sonas donantes. Cuatro horubres fornidos, vestidos de 
librea y con las caras tiznadas de negro, traían el féretro 
en una angarilla, cubierta con un pafio de terciopelo 
oscuro con fleco de gusanillo de oro }• cráneos }' fému- 
res bordados de realce en cada una de las extremida- 
des. Claudio y Gertrudis, llorosos y abatidos, se encon- 
traban ai lado del cajón, con las vestiduras reales, - 
las mismas con las que habían acompañado al finado 
rey Hamlet, y luego desposádose. Laertes, haciendo 
esfuerzos supremos por llorar (su padre le dejaba una 
gran fortuna) se mojaba los ojos con saliva, que en- 
jugaba con el pañuelo de cuando en cuando. 

— ¡Pobre Laertes!... Cómo sufre! — decían unos pala- 
ciegos. 

— Perder una persona tan querida, como su padre, es 
una verdadera desgracia! — agregaban otros. — Sobre todo 
pai-a los proveedores del Estado!... 

— Debe dejarle algunos millones .. . ¡Era tan vivo!... — 
añadían por lo bajo otros. 

— ¡Dios le tenga en su santa gracia! — exclamaban los 
más. 

— Amén, — decía el sacerdote á «rada momento al con- 
cluir una sagrada jerigonza. — « Reqiiiescat in ])ace...-i> 

— Amén — respondían algunos devotos, las mujeres y 
el monaguillo. 

Por fin cesó la marcha, callaron las murmuraciones 
y los agudos sollozos, que parecían cínicas carcajadas 
más que explosiones de verdadero dolor. Imperó el si- 
lencio, y el sacerdote bendijo la fosa y el ataiíd. Luego 
los sepultureros se apoderaron de éste, mientras des- 



92 EN EL SIGLO XXX. 

aparecían los cuatro hombres fornidos con las caras 
tiznadas de negro. Dejaron caer suavemente el féretro 
en la huesa. Después del último cántico sagrado y de 
la rociada de agua bendita, los sepultureros iban á 
cerrarla, cuando Laertes se precipita llorando á gritos 
é impídelo imperiosamente. Es tal el escándalo que 
promueve, secándose la saliva de los ojos y sollozando, 
que la mayoría de la corte y los concurrentes huyen 
entristecidos del espectáculo hacia la puerta del cemen- 
terio . . . á esperar á los deudos para despedirse. 

Hamlet, impacientado y fuera de sí ante la farsa de 
aquel necio, cómico^ declamador de sentimientos filia- 
les, abandona su escondite, llega á la fosa y saca de 
allí á Laertes de un brazo. ¡Dos mil padres como ese, no 
igualaban al que él ha perdido! ¿Por qué no guardaba 
aquellos aspavientos para cuando estuviera solo, en su 
aposento, en medio del imperio «de la fúnebre noche 
solitaria?» ¡Cómico de la legua, que decía y expresaba lo 
que jamás había sentido! Tenor de zarzuela, que única- 
mente sabía cantar la palinodia de las lágrimas . . . 
del reptil del Nilo ! Consternación general. Todos ha- 
cen mutis, cantandí): 

— i El loco . . ! ¡el loco.. . ! ¡Le va á matar! ¡Pobre 
Laertes ! 

— ¡Cobardes! — exclama éste, en presencia de la huida 
g-iueral. — ¡ Estúpidos! 

Sólo permanecen en la escena los dos monarcas, 
Haudet furioso, Laertes teniblando de miedo, á su pe- 
sar, y, Horacio, riendo á una conveniente distancia. 
¡Qué saínete aquel! pensaba, aplaudiendo interiormente 
á su amigo el Príncipe. Laertes recibía su merecido: él, 



r 



EN EL SIGLO XXX. 93 

que siemi^re se las echaba de matóyi en palacio y en- 
tre los pusilánimes y débiles cortesanos, que le tem- 
blaban. No le extrañaba, pues, aquella vergonzosa fuga. 
Había en Doñamarka tantos matones y valientes seme- 
jantes. . . ! Cómo se degradal)a la heroica raza doña- 
matkesa! 

Por ñn, Cludio, separando á los dos jóvenes, por de- 
cir algo, aunque no del caso, les manifiesta que aquel 
sitio sagrado no es propicio para el pugilato. Que les 
invita, como monarca, pariente y amigo, á hacerlo en 
palacio aquella misma noche, como para distraer 1(js 
ánimos afiigidos. ¿ Qné era lo que deseaban com(» 
premio? ¡Pues bien, él era generoso! Le asignaría al 
vencedor la plaza de ministro, que había dejado va- 
cante Polonio. Hamiet y Laertes, rehusan al principio 
por no encontrarse suficientemente preparados para el 
desempeño del puesto. Sin embargo, se lo agradecían 
íntimamente. Pero, Gertrudis, les anima á que acepten, 
diciéndoles que muy bien podían ser primeros ministros, 
desde el momento que era una carga sencillísima la que 
tendrían que soportar. De acuerdo ante las razones con- 
cluyentes de la reina, los monarcas se retiran, seguidos 
de Laertes que aun continúa enjugándose los ojos. Ham- 
iet, entonces, llama á Horacio y le pregunta: 

— Dime, Horacio, ¿qué cara tienen los cocodrilos? 

Horacio, que ha comprendido á quién va dirigida la 
indirecta de su amado Príncipe, guarda silencio y son- 
ríe maliciosamente. ¡Como había tantos en el mundo, 
^e dice ííamlet, — no se atrevía á señalarle uno! ¿Y Laertes? 
Pero, se interrumpe al observar que los sepultureros 
esperan una indicación suya para rellenar de tierra 



94 EN EL SIGLO XXX. 



aquella fosa desgraciada. Hamlet, busca á su alrededor 
al anciano ministro de Dios en la tierra; pero, éste 
había desaparecido también, no de miedo, sino para re- 
cibir una limosna, destinada al embellecimiento de al- 
gunas casitas de propiedad suya, que el modesto sacer- 
dote tiene ubicadas en la ciudad para dar alimentos y 
asilo á los muchos páuperos que lo necesitasen! Sin em- 
bargo de este contratiempo, Hamlet manda cerrar la 
huesa. Después de darles á los sepultureros una buena 
propina, para que beban por el descanso eterno de 
Polonio, abandona el cementerio acompañado de Hora- 
cio. Pausa. Luego. . . cambia la escena. 

La misma decoración del primer cuadro del acto se- 
gundo, sin el pequeño escenario en el foro, reemplazado 
por una gran portada gótica y dos ventanas ojivales, 
una á cada lado. Es á la caída de la tarde. Los resplan- 
dores sonrosados del crepúsculo, penetran dulcemente 
por entre los cristales de las ventanas, tiñendo los blan 
eos cortinajes suavemente. Lijeras brisas parcícen llegar 
de los campos, tibias y perfumadas, que sacuden de 
una manera débil los tapices del trono, que se ve á la 
derecha, en segundo término. La escena se halla soli- 
taria, preparada por orden de la superioridad para el 
asalto que tendrá lugar dentro de algunas horas (las 
horas vertiginosas del teatro). 

El bombo y ei clarinete de la orquesta vuelven á 
imitar el aleteo y el canto del gallo del pi'imer cuadro 
del acto primero, y ent.a el espíritu del viejo rey Ham- 
let. Hace mutis, en seguida, por la derecha, sin decir 
una palabra. Inmediatamente aparecen Claudio y Laer- 
tes por la puerta de la izquierda, sexto término, como 



EN EL SIGLO XXX. 



continuando un animado diálogo. Se prometen aniljos 
una vengan/a sabrosa, en un dúo bellísimo, que el pú- 
blico liizo repetir cinco veces, aplaudiendo estrepitosa- 
mente. Habían convenido en envenenar uno de los pu- 
ños de h erro de Laertes, que boxearía con Ilamlet, bajo 
las condiciones establecidas por Claudio en el cementerio 
aquella mañana. En un descuido del Príncipe, — des- 
cuido que provocaría el monarca, — le lieriríacon el puño, 
cosa que pasaría como una casualidad, sin ninguna in- 
tención de maldad ó de sorpresa. ¡Cómo iban á gozar 
desijués del triunfo! ¡Oh, la venganza, era el plato del 
día de los dioses! Y, á una señal de Claudio, Laertes 
se va por donde ha venido. 

Una vez solo, Claudio, que es un hipócrita infame, 
canta un aria hermosísima por la originalidad de la letra 
y de la música, en la cual se queja de su suerte y de no 
poder dormir acosado por los remordimientos. El, que 
jamás había tenido temores ni pesares, desde algunos 
días á esa parte vivía intranquilo, anhelante, sorprendido 
en sus insomnios por fantasmas y espectros, que le 
horrorizaban y le hacían pedazos el corazón, ¿Por qué 
había cometido aquel crimen nefando • . . ? En este mo- 
mento sale Hanilet de entre los bastidores del primer 
término. Al ver orando al asesino de su amado padre, 
siente agolpársele la sangre en la cabeza, saca la espada 
y va á matarle como un perro; pero, aparece el espíritu 
del anciano monarca, que vuelve por la derecha, le detie- 
ne y se lo lleva. ¿Dónde...? Este mutis no se justifica 
en la ¡aieza por ser innecesario y porque el espectador 
puede suponerlo. 

Claudio permanece de rodillas, orando, algunos según- 



9f) EN EL SIGLO XXX. 



dos más. Después se levanta más fortificado el espíritu 
y más calmada su conciencia negra, como las sombras 
del abismo. ¡Oh, cómo edifica la oración á los malvados! 
En seguida se presenta la reina. Al encontrarse con su 
consorte, lo que no esperaba, se sobreccje. Claudio, la 
pregunta la causa de su honda tristeza y de la palidez 
mortal de su hermoso rostro. La estrecha fuertemente 
entre sus brazos, diciéndola que siempre la ama, que 
jamás la olvidará. Mediaban fuertes razones para que así 
fuera. La reina apenas le contesta y le deja hacer. Se 
hubiera dicho que era un cuerpo inerte. Claudio la besa 
repetidas veces en ia boca. Gertrudis permanece fría. 

— Ptro ¿qué tienes, amada mía? — vuelve á pregun 
tarla. 

La reina continúa guardando silencio. Se sucede una 
ligera pausa. ¡ Esa mujer debía tener sangre de pato en 
las venas ! — pensaron algunas señoras, enardecidas por 
Jas caricias del monarca. Por fin, Gertrudis rompe el 
silencio preguntándole á Claudio qué es lo que se pro 
pone con el desafío de Hamlet y Laertes en palacio. 
¿Qué beneficios le puede reportar una escena de pugilato, 
la cosa menos propia para dos personas decentes? Sen- 
cillamente, la contesta, conocer las fuerzas, la maestría y 
la agilidad de los (combatientes, para hacer en la elección 
un buen primer ministro. ¡ Extrañaba que se lo pre- 
guntase ! 

Convencida Gertrudis por las sanas razones de Claudio, 
se calma completamente. Le abraza con efusión, mien- 
tras le asegura que él es el marido más bondadoso y 
condescendiente. Le besa sensualmente en los labios. Va 
oscureciendo poco á poco. Después ambos se sientan en 



EN EL SÜGLO XXX. 97 

un mullido diván de teiviopelo rojo, j', en él, se entregan, 
fomo dos jóvenes en la alcoba de la luna de miel, á todo 
género de manifestaciones amorosas, de besos, abrazo? 
y suspiros. .. Queda la escena completamente á oscu- 
ras. . . INIedia una larga pansa. . . Es de noche. 

— ¡Magnífico dúo de amor! — exclaman los unos. 

— ¡Qué escena tan bella. . ! — murmuran las niñas. 

— ¡Qué pureza de... sentimientos! — dicen las señoras. 

Vánse, en seguida, del brazo los dos monarcas. por la 
izquierda, segundo término. Entran por el foro, derecho, 
varios criados vestidos de pantalón corto 3' de casacas 
entorchadas ala Federica.. . auténticas, como se dice en 
el lenguaje teatral. Los unos, traen grandes candelabros 
y palmatorias cargadi>s de engalanadas bujías que, desde 
la platea, parecen de parafina y de cera; los otros, vienen 
á encender las lámparas de la regia sala. <iPost nubila 
fsebus!» Desde luego, la escena queda espléndidamente 
alumbrada Se ha dado á las baterías altas, laterales y 
bajas, toda la fuerza. 

Mientras los criados terminan la tarea, cantan un pro- 
cicso coro, animado y vivaz, salpicado de mil encantado- 
ras picardías, que el público aprueba aplaudiendo y 
riendo á carcajadas. Se oyen en este momento algunos 
besos sonoros, fuertes. Sale uno de los criados, y á poco 
vuelve diciendo que son unos pajes que se entretienen 
con algunas damas de honor. . ¡Pro pudor! 

— Creíamos que fueran los pájaros... de su majestad 
la reina. . . — dijeron. 

Después se alejan por el foro izquierdo cantando otro 
hermoso coro sobre el conocido motivo popular cjYa se 
fué. . . I » Queda la escena sola un momento, y luego 

7 



98 EN EL SIGLO \XX. 



empiezan á llegar algunos cortesanos. En seguida los 
monarcas, y detrás de éstos, poco á poco, toda la corte 
cantando una gran marcha... á la fordina, sobre el inol- 
vidal)lc tenia «l'^l Pueblo tSoberano> ó «Las elecciones por 
el voto libre». Termina la marcha. Claudio, en un breve 
recitado, manifiesta el motivo para el cual les ha invitado, 
agradeciéndole i al mismo tiempo la ¡mutual asistencia. 
Aparece Laertes, é inmediatamente Hamlet j' Horacio, 
los dos inseparables. El asalto va á tener lugsr. 

Claudio da la señal para empezar, Lus padrinos de 
ambos combatientes se reúnen, hablan aparte algunos 
segundos, inspeccionan las armas y después colocan á 
sus ahijados á la conveniente distancia establecida. 
Laertes se precipita y logra cojer el puño envenenado, 
marcado con un punto de tiza, y Hamlet el otro, afec- 
tando gran serenidad, sin sospechar que va á caer en 
una trampa... (¡no escénica!) El monarca les exhorta 
y bebe á la buena suerte del vencedor. El asalto empieza. 
En los jiiimeros momentos Hamlet triunfa, y Laertes pa 
rece un lauto fatigado. Después de haber sido éste tocado 
varias vece.-^, según los padrinos, va á declararse vencido, 
cuando Claudio se levanta, ceje una copa é interrúmpeles 
ofreciéndosela á Hamlet. Laertes, que se apercibe de la 
distracción del Príncipe y que se halla descubierto, 
aprovecha la ocasión y le asesta un golpe en la frente. 

— ¡Herido. . . ! i Sangre. . . ! ¡ sangie. . . ! ¡ Qué casualidad ! 

— i Basta. . . ! ¡ basta. . . ! 

— No es nada. ¡Prosigamos! — dice Hamlet irritado. 

Ahora, en la lucha, parece encarnizado. De pronto un 
rayo de luz atraviesa su cerebro, donde siente agolpárse- 
le un mar de sangre. Mira á Laertes fijamente, le tira 



I 



EÑ líL SIGLO XXX. 99 

con una mano nn golpe en falso, una finta, y le asesta 
con la otra un rudo golpe en el puño á Laertes, que deja 
caer el arma. Hamlet la recoje, se la pone y le preséntala 
suya á Laertes. El asalto ahora toma proporciones 
alarmantes. Ambos luchan como valientes. Pero Hamlet, 
más ágil y más fornido, consigue, en un descuido de 
Laertes ajustarle una |)uñ:u!a feroz, bárbara, en la sien 
derecha, i^a sangre mana inmediatamente. El joven he- 
rido bambolea algunos segundos, y cae de espaldas. 

¡Muerto...! Aun no. Pero la herida es en mala parte, 
profunda, y morirá indudablemente. ¡ Qué desgracia. . . ! 
¡ qué desgracia. . . ! ¡ Qué va á decir la prensa cuando 
sepa este suceso! Ella, que tiene la lengua tan larga y que 
ni calla ciertos hechos por satisfacer la curiosidad del 
público á quien se debe ! Felizmente no se encuentra allí 
i\ingún pescador de noticias, ni un corresponsal de dia- 
rios extranjeros! De lo contrario, al día siguiente toda 
Doñamarka, sabría el suceso, el acontecimiento. ¡ Qué 
vergüenza! Pausa. Cesan los corrillos. Laertes se incor- 
pora, luego^ sostenido por los padrinos, que lloran amar- 
gamente. .. ¡Ellos que tenían esperanzas de que fuera 
primer ministro...! Con voz débil, desfalleciente, dice 
Laertes: 

— Hamlet, tú morirás también.. . 

— Amigo, poco apoco, no me trate con tanta familia- 
ridad! — le observa. 

— Bueno, — prosigue,^ el puño con que le he herido, 
alteza, está envenenado. Es el rey el verdadero culpa- 
ble. . . El nos tendió. . . esta... trampa. . . Per. . . don. 
A. . , dio. . . s . . ! 

Se estira, se encoje, se sacude y después de suspirar la 



lOÜ EN EL SIGLO XXX. 

última letra de su despedida, muere. ¿Si habrá hecho tes- 
tamento? ¡Pero si nadie le conocía herederos ! ¿Entonces 
sus bienes irían á parar al fondo permanente de escue- 
las ? i Qué despilfarro y qué lástima! Esa le}' se debía 
abolir por contrai)roducente. Harían, sigue el coro, tra- 
bajos al respecto. El pueblo debía ser soberano en las 
elecciones, pero no en las escuelas ! Em'iquecer el espí- 
ritu, valía á no tener votos libres. No se cumplía, pues, el 
precepto bíblico de «Bienaventurados los pobres de espí- 
ritu. . !» Felizmente tenían un Soberano, mejor dicho, un 
gobierno hereditario y sólo las cámaras las elegía... tam- 
bién el Soberano! Las cámaras eran en extremo necesa- 
rias. . . nombradas así. ¿Xo aprobaban ellas los presu- 
puestos, los aumentaban siempre y sancionaban toda clase 
de leyes y prebendas útilísimas, necesarias para sotener 
incólume el crédito nacional. . . el hambre y la sed del 
pueblo? Pero los comentarios de la corte cesan por fin. 

Ilamlet fuera de sí, por la revelación de J^aertes, coje 
una espada de la panoplia. Entretanto, Gertrudis, qne ha 
bebido la copa que CUaudio ¡e ofreciera momentos antes 
á Hamlet, y que éste le rehusó, — agoniza, envenenada 
por el líquido que aquélla contenía. Pálido de ira, los ca- 
bellos erizados, espada en nuino, Hamlet coje á Claudio 
por el cuello, y le sepulta el arma en el pecho hasta el 
pomo. El rey cae muerto á los pies del trono pidiendo 
perdón. El Príncipe, luego, toma una copa y le hace be- 
ber, por la fuerza, todo el líquido á su incestuosa madre, 
que rneda exánime encima del cuerpo de Claudio. La 
confusión y el espanto de la corte son indescribibles. 

Se abre estrepitosamente la portada gótica del foro, y 
aparece Fortimbras, montado á caballo. Contempla mu- 



EN EL SIGLO XXX. 101 



do, espantado aquel cuadro. Se desmonta y corre á soco- 
rrer á Hamlet. Ya es tarde. Ha muerto en los brazos de 
su fiel amigo Horacio. Galopa final sobre motivos de 
«¡Sálvese quien pueda! » Cae una gaza negra en la boca 
del proscenio. Al rato se levanta y aparece el cielo de 
un lado poblado de ángeles y blancas nubes, y del otro 
el infierno, habitado por seres extraños envueltos en lla- 
mas. . . de pintura roja. En el cielo, se ven á Claudio, 
Gertrudis y Laertes reunidos á Polonio. En el infierno á 
Hamlet. De Ofelia nada se dice. La sombra del viejo rey, 
por orden superior, aun tendrá que vagar muchos años 
antes de reunirse á su querido j' vengador hijo. Fuegos 
de Bengala. ¡av¿ eléctrica. Banda militar en la escena. 
¡Tablean! Cae el telón de una manera lenta. Fin. 

— rQué escenas tan chistosas! — exclamaron los unos. 

— ¡El asalto y la apoteosis han sido magníficos ! — agre- 
garon los otros. 

— ^¡Nos hemos divertido mucho I — dijeron las señoras. 

— Volveremos á la reprise. . . — pensaron los más. 

Comenzó el desfile de la concurrencia, que duró unos 
veinte minutos. Como todos querían salir primero, la 
confusión que se produjo fué terrible, bestial, según la 
opinión de un jovencito que venía detrás de Andros y de 
Filos, con algunos amigos fumando y echando el humo 
á la car? de unas señoras, disgustadas por semejante in- 
Svjlencia. Felizmente no hubo desgracia que lamentar, en 
favor de los médicos, sucediendo lo contrario en pro de 
los sastres y modistas. Fuera del teatro, en la avenida, 
la gritería, el desorden y la confusión fueron más terri- 
bles aún. Nadie daba con el número de su autómata. Los 
grandes y los pequeños trenes estaban llenos. Quien se 



102 EN EL SIGLO XXX. 



quejaba del Gobernador, quien de sus lacayos que pon- 
dría en la calle al día siguiente, quien de la Policía, y 
basta del Presidente Reaccionario y del Congreso, que 
no era tal, sino cangrejo ! Se murmuró, se gritó y se puso 
por los suelos á la Municipalidad. . . de impaciencia por 
lo que sucedía. 

Afortunadamente Andros y Filos, después de muclio 
luchar, consiguieron llegar hasta su vehículo mecánico, 
que les condujo en unos cuantos minutos á su morada. 
Parelia les esperaba. Ver á su amado (tonsorte y echársele 
al cuello, fué todo uno. Había concluido el vestidito para 
Evalinda. Se sentía feliz y satisfecha de su propia obra. 
Y aquella madre angelical mostraba á su compañero el 
vestidito, con gozo verdaderamente infantil. Andros la 
dejaba hacer, hencliido el seno de íntimo placer, mientras 
sonreía á Filos, que encontraba bellísima la obra de su 
amiga y hermana. 

— iNo dirán que he perdido mi tiempo... — continuó 
Parelia. 

— Y ¿quién la pregunta á usted nada, buena alhaja? — 
la respondió Andros, abrazándola con ternura. 

— Y" ¿ustedes se han divertido. . .?— añadió la hermosí- 
sima joven. 

— No mucho. . . — murmuró Filos. 

— ¡Quita! Si aquella ha sido insoportable! — agregó An- 
dros. — Puedes felicitarte de no haber concurrido. Maña- 
na te contará Filos lo que pasó. ¡Qué cosa tan estúpida ! 

Filos la prometió cumplir lo que la había ofrecido. 
Como daba la una, se retiró á su aposento, no ya con 
argumento para la jornada IV, sino pai-a la V y aun para 
la VI del libro. Su cerebro era un hervidero de ideas. 



i 



EN EL SIGLO XXX. 103 



Estaba seguro que al imprimirlas en el papel adquirirían 
una vida y colorido que agradarían indudablemente á su 
colaborador. En consecuencia, después de aligerar su ves- 
tido, cogió la maquinita y empezó la tarea. Momentos 
luego, la casa dormía profundamente. Sólo Andros en 
su gabinete y Filos en su aposento, velaban. Recién se 
acostaron llegado el día. Filos dejaba terminadas las jor- 
nadas IV, V y YI de la obra. 



JORNADA VIL 



HACIA las cinco de la tarde de aquel mismo día, domin- 
go por añadidura, Andros y Filos se encontraban en el 
gabinete de estudio. Algunas horas hacía que venían dis- 
cutiendo la materia que tratarían en la jornada VII, y 
aun no habían llegado á una conclusión, de común acuer 
do, que les satisfaciese completamente. Siempre quedaba 
un claro que llenar. Después de lo que escribiera Filos en 
la IV, V y VI, que halló de su pleno agrado, la continua- 
ción que le proponía Andros se alejaba un tanto del plan 
del libro y un tanto más le parecía violenta. 

Andros, que le había aconsejado que fuera bien sarcásti- 
00, ahora le pedía á su amigo que se moderara algo, pues 
pensaba que lo que pretendía decir era demasiado satírico. 
¡Ni tanto ni tan poco! Tara hablar del siglo XIX, criticán- 
doíe duramente en los hábitos, inclinaciones y sentimien- 
tos de la Eepública Argentina de aquel entonces, refirién- 
dose indirectamente á los de la Nación de La Plata 
Argentina del siglo XXX, opinaba Andros que era tratar 
con demasiada dureza al primero, del cual ni ellos mismos 
tenían datos seguros, fehacientes, ni fuentes reales, para 
asegurar que los antiguos argentinos habían sido tan su- 
perficiales como los contemporáneos. 



106 EN EL SIGLO XXX. 



Filos, por otra parte, aseguraba que esa no era una ra- 
zón concluyente. Por el contrario, se prestaba á mil comen- 
tarios. El no tener datos, ni fuentes, más abonaba en el 
propósito (le su idea. ¿Quién les iba á juzgar si llegaban á 
decir que en el siglo XIX liubo, aunque fuera cierto, más 
argentinos sin antecedentes, que en el actual, desconoci- 
do, individuos sin origen á carta cabal, advenedizos y 
hasta enemigos de su propio país? ¿Quién les podría des- 
mentir? Ninguno. De ello estaba seguro. En consecuencia, 
¿porqué causa no podían ensalzar á los hombres de en- 
tonces y demostrar, en el paralelo, indirectamente, la deje- 
neración en los individuos de ahora? ó ¿criticar duramen- 
te á aquéllos para poner por los cuernos de la luna á éstos, 
irónicamente? 

¿Porque no faltaría algún sabio historiador ó etnógrafo 
que les saliera á la palestra preguntándoles de dónde ha- 
bían sacado dat:!S para afirmar que los antiguos argentinos 
eran un pueblo compuesto de extraños, indiferentes y 
advenedizos, sin contar los aborígenes; que tenían estos 
ideales, aquellas costumbres y un mundo de sentimientos 
(jue jamás experimentaron, ni supieron definir? Pues, á 
ese que pretendiera, como le habría, ser conocedor de 
!os hombres de aquel siglo, — que valían un . . . Perú, — se le 
inventaba un archivo de libros, documentos, papeles y 
diarios, en poder de ellos y salvado de las llamas de un vo- 
raz incendio, de una invasión ó de un terremoto cual- 
quiera.. ! 

— Y seguramente nadie podrá negarnos la propiedad.. — 
dijo sonriendo. 

— ¡Quién sabe! Mira, Filos, que no son tayttos los profa- 
nos . . . — le observó Aiidros, 



EN EL SIGLO XXX. 107 



— ¡Como son nmchos los tontos! — agregó Filón, sarcásti- 
caniente. 

Continuó proponiéndole á su amigo que cscrihiera la 
jornada VII calcada sobre el sentimiento de la nacionali- 
dad entre los antiguos argentinos y ios contemporáneos. 
Tenía tema suficiente para un extenso estudio crítico- 
moral y para hacer espléndi<los, originales comentarios, 
comparándole con la noción de la patria que tenían aho- 
ra .. . (que ni siquiera iban á la inscripción del registro 
cívico nacional!) Pero, Andros, opinaba que eso equivalía 
á precipitar el asunto por demás. Debía, por el contrario, 
tratar primero el sentimiento de la maternidad, que se 
podía decir que era la cuna del otro, para en seguida estu- 
diar el amor de! hombre á su suelo, en una de las otras 
ornadas. 

Se debía empezar por conocer las inclinaciones y los 
sentimientos de la madre por las grandes verdades é 
ideales morales, para luego llegar hasta el hijo, el ciudada- 
no. Según las nociones que, a! respecto, aquélla le inculca- 
ra en la infancia, debían resultar las aspiraciones y creen- 
cias de éste, que la buena escuela se encargaría de 
robustecer con el trato diario de la amistad fecunda del 
libro. Después de la madre que educaba el alma del niño, 
estaba la escuela que fortificaba sus facultades, y luego 
aperecía el hombre ante la idea gigante de la patria, que 
honraba y dignificaba. Lo contrario, era comenzar por el 
fin, cosa que no sólo carecía de lógica sino de moral. Esa 
era su opinión. 

Sin embargo. Filos insistía Si no se trataba de niños, 
sino de hombres en el pleno desarrollo de sus facultades 
para pensar, sentir y ejecutar. ¿A qué hablar de los bien 



108 EN EL SIGLO XXX. 



escasos y vagos ideales y sentimientos maternos, forma- 
dos en el lujo, la ostentación y la molicie? ¿Para loner 
de manifiesto el desastroso hermafrodismo intelectual que 
se inculcaba al niño en el hogar? ¿que por consideración 
á la posición de sus padres, se estimulaba en la escuela, y 
que luego se desarrollaba en el hombre con el trato de sus 
idénticos semejantes? Por el contrario, debía tratar de los 
sentimientos y creencias del hombre que podía responder 
de sus acciones, y no del inocente niño víctima de una 
mala educación paterna y de una pésima instrucción es- 
colar. 

Le pedía que estudiase esa clase de hombres que rene- 
gaban de sus padres y especulaban con el sentimiento de 
la patria, cuando no la negaban, que era lo que sucedía 
con más frecuencia. ¿Qué podía esperar el hogar de hom- 
bres semejantes, ni qué el suelo donde habían nacido, sino 
una herencia de decadencia física y ]noral? ¿No era esa, 
pues, una de las causas de la degeneración material y sí- 
quica de los tipos fisiológicos argentinos contemporáneos ? 
Pues para dorar la pildora y para que no pareciera t-^n 
amarga la verdad, podía referirse á los argentinos del 
siglo XIX. Así ninguno se daría por aludido, ni recogería 
el sayo. Esa era su opinión. Empero, podía él hacer lo 
que le pareciese mejor. 

—Escucha, Andros. Voy á referirte una historia, — agre- 
gó, empezando así: 

«Hace cincuenta año.s, poco más ó menos, que llegaba 
á este suelo tradicional en el mundo por lo hospitalario y 
protector, en medio de sus muchos defectos, un matrimo- 
nio extranjero, bastante joven. Al decirte extranjero bien 
podía ser italiano, francés, español, alemán, inglés ó ves- 



ÉN EL SIGLO XXX. l0§ 



puciano (1), que para el caso es lo mismo, sea de allá ó 
de acá. Es para sintetizar en él la historia de mil matri- 
monios parecidos, qne llegaron y llegan aún á Fisiócrata, 
la Capital, en idénticas ó parecidas condiciones. Traían al 
país un fuerte capital de esperanzas, ganado en la amar- 
ga miseria de su t~uelo natal, y una coseclia intelectual de 
ilusiones asombrosa, las inás del color de un sueño encan- 
tador, en el que se ven palacios de oro, tenido en las horas 
nocturnas é interminables del hambre, estimulado por un 
lado y pésimamente satisfecho por el otro. 

«José, el marido, que apenas si conocía la letra más re- 
donda y mas fácil del alfabeto (por más que esto parezca 
extraño y raro en el siglo XXX) se había educado en las 
montañas de su patria picando piedra ó extrayéndola de 
las grandes canteras. Sus veinte y ocho años no apare- 
cían, sin embargo, en su rostro sano y rosado. Su natura- 
leza robusta y fornida acusaba un temperamento sanguí- 
neo completamente desarrollado. Ganaba un buen jornal, 
cuando se enamoró de la que, un año después, debía ser 
su compañera. José era huérfano y Adelina sólo tenía 
unos tíos que la tiranizaban bárbaramente en el cuidado 
de un pequeño rebaño de cabras y de ovejas, — trabajo 
que, á pesar de su naturaleza fuerte, aunque delgada y 
) nerviosa, la hacía padecer y llorar amargamente. Fué en 
\ uno de los días más tristes de la joven, cuando la cono- 
( ció José, y coTisolándola se enamoró de ella, — que pueden 
I mucho las lágrimas que vierte una mujer joven y her- 
1 mosa en el alma del hombre más burdo y groserr;. 

«Un domingo se presentó José en la ca^a de los tíos y 



(1) Americano. 



no ÉN ÉL SIGLO 3txX. 



les pidió la mano de Adelina. Se la negaron redondamen- 
te, pretextando que la muchacha era el único apoyo que 
tenían en su ancianidad j' que al casarse Adelina les 
?.l)andunaría para seguir á su Joisé, — una persona muy 
honrada y trabajadora, sin dada, pei'O que no era un 
partido que les llenara completamente. En vano fueron 
los ruegos de los dos amantes. Los ancianos, tercos como 
corsos, y especuladores como napolitanos, no quisieron 
ceder. Amaban demasiado á su sobrina ])ara separarse 
de ella así no más. A los ri.egos siguieron las súplicas 
de José y las. lágrimas d(! Adelina. ¡Nada! Los tíos 
tenían una dureza de corazón y de alma, parecida á la de 
las piedras que picaba el joven. A los ruegos siguieron, 
en fin, las amenazas. ¡ Peor! Esta vez mandaron á adentro 
á la muchacha y despidieron agriamente á José, que se 
retiró prometiéndose ana sabrosa venganza meridional. 

<La noticia del pedido de la mano de Adelina, corrió 
velozminte por el pueblo; pero, no así la déla negativa 
redonda. Pasaron algunas semanas. Una mañana amane- 
cieron muertos en su lecho los dos ancianos. ¿Cómo fué? 
Nadie lo supo, ni el médico que extendió el certificado en 
el que se decía haber ambos muerto de apoplejía, ni aun 
Adelina, que lo siguió ignorando toda su vida. Sólo José 
conocía la causa de aquella muerte repentina, causa que 
no reveló jamás, guardándola en lo más escondido de su 
ser. Aunque parezca extraño, Adelina, lloró largamente 
de alegría y de felicidad, porque ya nadie se opondría á 
f-u casamiento. En el fondo, como buena muchacha, sin- 
tió un poco á sus tíos, porque al fin ellos la habían reco- 
gido, el día que fallecieron sus padres, y mantenido 
durante muchos años. \ 



I 



EN ÉL SIGLO XXX. Ul 

<Conio los (los ancianos no dejaban más herederos del 
terrenito y del pequeño rebaño que Adelina, hija de la 
hermana del viejo tío, fué, pues, ella la que más tarde 
tomó posesión de todo. Esto se verificó ai día siguiente 
de su matrimonio con José, un año después. Seis rápidos 
meses vivieron los dos esposos disfrutando de una Unía 
de miel dulce y tranquila para Adelina, inalterable para 
José, que, sin end)arg'o, no parecía vivir mu}' á su gusto 
en aquella ca-a, como su compañera. A veces, la joven 
le preguntaba por qué estaba tan pensativo y triste. ¿Era 
ella la causa? José convenciéndola de que sólo existía 
nuis que nunca para adorarla, concluía por olvidar su 
tristeza, besándola en la boca con entusiasmo afectuoso. > 

- Pero, Filos, ¿me narras una novela?— le preguntó 
And ros, sonriendo. 

— ¡Sí ; histórica en el fondo. He conocido á los prota- 
gonistas, — le contestó. — Te ruego que no rae interrum- 
pas. Prosigo. 

«Despué.s, poco á poco el carácter de José se fué ha- 
ciendo más melancólico y taciturno. .Mgo existia en el 
fondo de su ser que lo martirizaba tenazmente. Solía 
pasar las noches sin pegarlos ])árpados, mientras Adelina 
á su lado sonriendo dormía tranquilamente, soñando con 
su querido compañero. Dejó éste de ir al trabajo una día; 
en seguida, muchos; luego, no fué más: le habían despe- 
dido. ¿Qué caiibio se había operado en su carácter, antes 
tan alegre y festivo, ahora tan reconcentrado y desconfia- 
do? Adelina, que siempre le encontraba cariñoso y aman:e, 
no alcanzábala respuesta. Como no trabajaba, la hacienda 
fué disminuyendo día á día, hasta quedar reducida á la 
pequeña lonja de tierra. Vinieron, en consecuencia, las 



I 



112 EN EL SIGLO XXX. 

privaciones y las duras escaseces. Hacia los dos años del 
matrimonio perdieron el primer niño y entró á la casa la 
desconsoladora silueta, pálida y descarnada del hambre ! 

«Fué entonces cuando concibió la idea de venir á tra- 
bajar á Fisiócrata, que á la sazón ensanchaba varios de 
sus más centrales Ijoulevares. Participó inmediatamente 
á su mujer el proyecto. Adelina, (jue siempre hallab'i 
bueno todo lo que él hacía, aprobó con entusiasmo la 
idea. Ella misma le dio poder para que vendiera el terre- 
nito y la pobre casa que habían salvado milagrosamente, 
para k;ostear con el líquiíio producto los gastos do viaje y 
de instalación en la ciudad á donde fueran á residir y tra- 
bajar. Dos meses después de la venta, se encontraban en 
la grandiosa capital de la República de La Plata Argen- 
tina: José, haciendo afirmados ae goma elástica, como 
mejor podía, 5' Adelina de mucama en el hotel de una fa- 
milia opulenta afecta al «iaí servicio con tal de qne fuera 
hecho por extranjeros. 

«Al año siguiente tuvieron un segundo m'ño hermoso 
y robusto, que bautizaron civilmente con el nombre de 
Carlos, como una memoria al padre de José. ¡ Cuánta 
alegría y felicidad les trajo al hogar el pequeño Carlos! 
Al poco tiempo se establecieron en el boulevard de «La 
Esperanza» con un diminuto comercio de comestibles y 
bebidas, á fuerza de labor doblada, de privaciones, d*^ 
economías, con el capitalito que habían traído 5' el afán 
de adelantar. Dos años después nacía Adelina, una 
preciosa criatura, que con el andar del tiempo debía 
ser una real belleza. Nunca los dos esposos se habían 
sentido más dichosos que entonces, pues hasta el carácter 
de José volvió á la alegría y festividad de otros días. 



EN EL SIGLO XXX. 113 



«Felizmente, salvo alguno que otro desorden político 
sin consecuencias ulteriores, Fisiócrata gozaba de mucha 
tranquilidad, la cual les fué propicia sobre manera para 
su pequeño negocio que empezaba á cobrar un desarrollo 
que encantaba á los dos esposos. Viendo José el notable 
adelanto de su comercio, una noche mientras hacía con 
sus dependientes el balance del día — prometiéndoles in- 
teresarles al año siguiente para estimularles al trabajo 
y alejar de ellos la idea del robo- -le dijo á Adelina al 
oído: 

— Si el negocio sigue como hasta aquí, seremos muy 
ricos dentro de diez años. ¡ Cómo podremos educar bien 
á nuestros queridos hijos, entonces ! No quiero que se me 
parezcan. ¿Comprendes, Adelina? 

— Si, José. Carlos será abogado y Adelinita una educa- 
da y linda señorita, que podiá casarse después con alguna 
persona notable. ¡Oh, qué bello porvenir nos espera! — 
exclamó transportada. 

«Desde entonces pareció que la suerte les perseguía y 
que la fortuna quería penetrar por todas las puertas de 
la casa Bien era cierto que ellos hacían esfuerzos de todo 
género para que así sucediese, no descansando día ni 
noche y llenándose de privaciones, las más insignificantes; 
pero, que, en seguida, fueron olvidando para darse una 
vida modestamente regalada, empezando por la mesa y 
concluyendo por el vestido. Se permitieron, desde luego, 
hacer algunos paseos, y, domingo por medio, el lujo de 
asistir á las diversiones teatrales más baratas. Pero un 
accidente que ellos mucho lamentaron, porque eran bue- 
nos en el fondo, vino á dar á su comercio un incremento 
que no esperaban^ ni nunca soñaron. El almacén que 

8 



I 



114 EN EL SIGLO XXX. 



hacía cruz con el de ellos, se incendió una noche por des- 
cuido de uno de los dependientes. Sus existencias ardie- 
ron como yesca á favor de un fuerte viento del Este, 
que hizo más voraz la quemazón. Cuando llegó el cuer- 
po de bombero.s, con sus máquinas de ásoe quince mi- 
nutos después, se habían ya desploniadu los techos de la 
casa, y su dueño chamuscado y herido lloraba su ruina, 
pues no hal)ía asegurado la.'! existencias, que avaluaba 
en cien mil argentinos oro. 

<En consecuencia la numerosa clientela de aquél se pasó 
al almacén de José, quien seis meses después le daba ma- 
j'ores proporciones, comodidad, lujo, y compraba el edi- 
ficio que alquilaba Al año siguiente adquiría en público 
remate las dos casas vecinas, las refaccionaba y estable- 
cía en una de ellas un magníficio almacén importador y 
exportador, el más conocido y de más crédito de aquel 
Cuartel. En seguida se lanzó en mil especulaciones de 
Bolsa, de tierras, casas, etc., con ardor, con ñebrc. Fué 
entonces cuando la suerte le hizo más caricias y la for- 
tuna penetrando de pronto á su casa, dejó en sus cajas 
algunos millones que siguió girando hasta adquirir el ca- 
pital suficiente para establecer una gran casa bancaria. 
El día que abrió las puertas de su establecimiento al 
alto comercio de Fisiócrata, cumplían cabalmente los diez 
años; sus hijos se educaban en los mejores colegios de 
la capital; ellos eran completamente felices, y sus depen- 
dientes seguían al frente del almacén import:; lor, que les 
había dejado en premio á la honradez y al trabajo de 
ellos, sus colaboradores, decía.» 

— ¡Vamos, Filos ! Ese es un cuento fantástico. . . — le 
observó Andros. 



EN EL SIGLO XXX. 115 



— Al contrario. Aun el Banco existe, — le replicó. 

cComo naturalmente se comprende, continuó el joven, 
la casa bancaria con sus diversas operaciones y las es- 
peculaciones que hacía el señor den José en otros ne- 
gocios privados, fueron aumentando poco á poco, cada 
vez más con el andar de los años, su colosal fortuna. 
Entonces las puertas de los más lujosos y aristocráti- 
cos palacios y hoteles de Fisiócrata se abrieron á su 
llegada , y como algo había estudiado y aprendido á 
fuerza de voluntad y de constancia, no le fué difícil esta- 
blecer relación y amistad con las familias más distin- 
guidas y opulentas. Durante ese tiempo nacieron Lucía 
y Julio, que tendrían ahora diez años la primera y 
ocho el segundo. Carlos había cumplido los veinte y 
cinco y Adelina dos menos que su hermano, una de las 
jóvenes más hermosas y de un supino orgiülo que co- 
rría pareja con su altivez.* 

— Pero aun no comprendo á dónde vas á parar con 
tu historia, — le dijo Andros interrumpiéndole. 

— No me di.straigas y lo sabrás, — le contestó son- 
riendo. 

«Dos años hacía que había muerto la distinguida y ejem- 
.plar matrona Adelina, cuya pérdida fué hondamente 
sentida por sus numerosí.s relaciones y por los diarios, 
que la hicieron mil lacrimosas necrologías, cuando una 
noche el viejo banquero, enfermo de melancolía por la 
muerte de su esposa, llamó á sus hijos á la cabecera 
del lecho donde se hallaba postrado. Sentía que había 
llegado su última hora, y quería despedirse de ellos. Les 
exhortó á que seguieran el mismo camino á que les había 
dirigido, que siempre se acordaran de él y de su amada 



I 



116 EN EL SIGLO XXX. 



madre, á la cual iba á reunirse, después de pedir per- 
dón al Criador para sus faltas terrenales. ¡Pobre Ade- 
lina, que no pudo sobrevivirle p?ra que gozara de la 
obra de su vida! El les había preparado un porvenir. 
Sólo fallaba que ellos lo alcanzasen como buenos. ¿Le 
prometían qne cumplirían su voluntad y último deseo? 
Entonces moría tranquilo y contento. Pocas horas de.s- 
pués expiraba.» 

— Ahora, bien,— prosiguió Filos, — ¿crees tú, Andros, 
que sus hijos, abogado el uno, ingeniero el otro y ca- 
sadas las otras cotí indiviiluos sin un céntimo cumplie- 
ron con lo prometido ó respetaron la voluntad de su 
padre? ¡Qué locura! Lo primero que hicieron, en medio 
de la opulencia en que les había dejado el almacenero 
de otros tiempos, fué variar el apellido, castellanizarlo 
por ser demasiado extranjero y tener un signiñcado in- 
decoroso en el habla nacional (!). Después negaron re- 
dondamente el origen del nacimiento de sus padres, lo 
mismo que la honrada procedencia de la fortuna. Muchas 
veces se ruborizaron, estúpidos, de la intachable pobreza 
de aquellas hormigas del trabajo y de sus humildes cunas. 
Siempre huían como del fuego de entrar en explica- 
ciones de antecedentes. . . Claro. ¡Ellos que hablaban de 
viejos pergaminos y blazones... en un país republi- 
cano! Vanidosos como ningunos y dominados por un im- 
pertinente orgullo pasmoso. Cuan mejor hubiera sido 
lo contrario: la sencillez y el reconocimiento, la fran- 
queza y la humildad i 

— Ahora comprendo tu propósito, tu idea. Pero, ¿y 
la casa bancaria . . . ? — le preguntó Andros, calcando las 
palabras. 



EN EL SIGLO XXX 117 

— No hace al caso. Supon que sea de ellos ó de una 
compañía cualquiera. Nada impoi'ta eso. Cuestión de 
detalle. Lo que deseo saber es, si me has compren- 
dido bien . ., 

— Sí. Perfectamente. 

— Pues, bien, — prosiguió Filos, ^dime g qué semilla 
moral de sentimientos y de creencias arrojarán en el 
hogar las dos hijas casadas del finado banquero y qué 
frutos darán más tarde ? Supongamos que éstos sean 
hombres. Esto por un lado. Veamos por el otro. ¿Qué 
frutos darán á la tierra donde nacieron Carlos y Julio 
que reniegan de su apellido y de sus honestos antece- 
dentes, sean como fueren ? Mañana en una guerra inter- 
nacional, serán de la nacionalidad de sus padres, ya que 
nuestras leyes avolieron la personería, que hace despre- 
ciables á los hombres de cualquier parte del mundo. 
Multiplica, amigo mío, haz la suma y dime ¿qué can- 
tidad de valores morales sacas en limpio? Contés- 
tame ! 

— El principio de una raza en decadencia, — respondió 
Andros. 

— Que no tiene una noción, ni un sentimiento de la 
nacionalidad fijos. ¿No es eso? Pues bien, ¿qué ne- 
cesidad hay de tocar los sentimientos de ios padres, que 
progresaron para sus hijos . . ? 

— Ninguno, ciertamente. 

— Luego tenía razón en aconsejarte que escribieras la 
jurnuda VII calcada sobre los sentimientos, creencias é 
ideales de semejantes hombres. Después escribirás los 
que corresponden á las hermanas, y, por iíltimo,la 
herencia y fenómenos síquicos y fisiológicos de los 



lis EN EL Siglo txx. 



hijos de éstas. ¿ Estás convencido ? Mira que mi novela 
es muy general I 

— ¡ Ah, demasiado lo se ! 

— Con que ¿ te resuelves . . ? Pero ¿ en qué piensas . . ? 
Sepamos . . . 

— ■ Se me ocui-re una idea. El material de la jornada 
VII, se compondrá de la factura de nuestro diálogo, de 
tu historia y de algunas reflexiones de mi cosecha, todo 
puesto en boca de los dos protagonistas de nuestro libro. 
¿ Qué opinas ahora ? 

— ¡Magnífico, perfectamente de acuerdo! Pero todo 
en el siglo XIX . . . ! 

— Sí, para dorar la pildora . . . 

— Y para que no parezca tan amarga la verdad . . 

— Así ninguno se dará por aludido . . . 

— Ni recogerá el saj'o. De acuerdo . . . 

— ■ De acuerdo, pues, — concluj'ó por decir Andros 
entusiasmado. 

En aquel momento bajaba por el descensor mecánico 
el pequeño Adamiro. Traía entre sus manecitas el her- 
moso niño varios diarios de la tarde que Parelia, su 
mamá, había estado leyendo desde muy temprano. El 
pequeñuelo, después de abrazar á su querido papá, fué 
á darle un beso á su padrino Filos. Cogió éste lo.s dia- 
rios y empezó á revisarlos, mientras Andros hacía saltar 
á su hijo sobre las rodillas. ¿Qué decían aquellos dianos 
de la función de la noche pasada? Eran todo un elo- 
gio para la más completa de las compañías, para la 
ópera, para los artistas, y un aplauso de felicitación 
para el inteligente empresario de « La Primavera >. Des- 
pués publicaban una larga lista de las familias más 



Eií EL SIGLO XXX. 119 

distinguidas y aristocráticas que habían asistido á la 
soirée del elegante coliseo de la avenida de « El Porve- 
nir >, rematando la crónica con un pedido de varias 
suscritoras para que el galante empresario repitiese la 
ópera. Muchas familias no habían concurrido por falta 
de localidades. 

— Me lo esperaba, — dijo Andros. 

— La misma gerigonza de siempre, — agregó Filos. 
Eecorriendo los avisos de las diversiones públicas, 

encontró Filos que la Academia de « La Mutua Admi- 
ración » ofrecía una espléndida y variada conferencia 
sobre temas escojidos, á beneficio del cuerpo de cronistas 
de los diarios de Fisiócrata. Tomarían parte distingui- 
dos literatos y reputados sabios. El programa de la 
conferencia se daría gratis á la persona que adquiriera 
su entrada en la boletería. Se haría música y un nota- 
ble prestidigitador, últimamente llegado á la Capital y 
que deseaba exhibirse ante una concurrencia sensata é 
inteligente, amenizaría los intermedios. Se llamaba la 
atención sobre la gran prueba política de escamoteo 
titulada < La platita». Se encarecía la más puntual asis- 
tencia. Las entradas remitidas á domicilio eran intrans- 
feribles, y no se recibían, en caso de devolución, á 
ninguna hora en la boletería de «La Academia >. 

— ¿ Deseas que asistamos . . . ? — le preguntó Filos. 

— Vamos. Siquiera allí habrá más seriedad, — le con- 
testó Andros. 



I 



JORNADA VIII. 



"Pl magnífico palacio de la Academia de <La Mutua 
-'-'Admiración», se elevaba en el boulevard del Von- 
vo, insigne publicista argentino del siglo XXIX, funda- 
dor de la Academia y maestro de una generación de 
genios jóvenes, que consiguieron más tarde cimentar la 
literatura nacional, apenas en embrión en el siglo XIX. 
El Excmo. señor doctor Vonvo, después de mil esfuerzos 
supremos, consiguió fundar la Acadenda por acciones 
especulables en la Bolsa, con el plausible fin de enca- 
minar la idea del arte por una senda l)enéfica para todos. 
Pero como en Fisiócrata ¡se encontraban aún muy arrai- 
gados los hábitos, ideales y creencias de la antigüe- 
dad, tuvo que luchar lieróicamente para salir triunfante 
en su propósito. Las más notables y verdaderas inteligen- 
cias, le hicieron entonces una guerra sorda y demoledora, 
que combatió valientemente con las armas de una pingüe 
subvención nacional, solicitada á nombre del Pueblo 
Soberano. Si no es, al mismo tiempo, por el poderoso con- 
tingente intelectual de un núcleo de jóvenes empleados 



122 EÑ Eli SIGLO XxX. 



llenos de aspiraciones y esperanzas, que él levantó de la 
nada, su colosal idea hubiera, sin duda alguna, fracasado. 

Hoy la Academia de «La Mutua Admiración> después de 
un siglo de existencia, de progreso en progreso, florecía y 
descollaba entre las demás de su género. Ninguna con'ta- 
ba con una nómina más numeroí^a de asociados, ni con 
inteligencias más fecundas, ni más robustas. Era el ver- 
dadero centro de los sabios y de los genios de la Repúbli- 
ca de La Plata Argentina. Allí, á la sombra de su funda- 
dor, el Exorno, señor doctor Vonvo á quien con justicia 
se le había erigido una estatua pedestre de bronce amari- 
llo en la plaza de cLos Monumentos», allí, concurrían los 
ignorantes, que sahan transformados, educados al principio, 
después inteligentes, luego genios pasmosos! Salvo raras 
excepciones, hasta los cerebros obtusos encaminados por 
las sanas teorías y los grandes libros de los discípulos del 
Excmo. señor doctor Vonvo, conseguían, poco después, 
vaciar su savia intelectual agigantada en todos los diarios 
y revistas de la Capital, que redactaban, dirigían, secreta- 
reaban ó colaboraban. ¡Cómo se instruía al Pueblo Sobe- 
rano con los frutos de aquellas imperecederas inteligen- 
cias! Cuánto autor escalando el templo de la gloria! Cuán- 
tos apóstoles de la idea, penetrando á la República de las 
letras ! 

IVIerced al poderoso elemento de la mayoría de aquellas 
inteligencias jóvenes, que cultivaban ventajosamente los 
más elevados ramos del arte y de la ciencia, la Academia 
de «La Mutua Admiración», pudo contar con un órgano 
propio. «El Vonvo de la Tarde», cuyo tiraje diario ascendía 
á más de 600,000 ejemplares, era el sonoro eco que repe- 
tía, en caracteres de diferentes cuerpos, según las seccio- 



EN EL SIGLO XXX. l23 

nes, las más avanzadas opiniones de la Academia. Y unas 
veces levantaba de la amarga oscuridad ó de la indiferen- 
cia pública á algún miembro de la asociación ó le presen- 
taba otras como un genio, que más tarde sería una de las 
muchas glorias del arte, de la ciencia, del derecho, del 
parlamento ó del foro. 

Sus opiniones avanzadas, llevaban impresas la galanura, 
la frescura y virilidad de sus ideas y estilo origii ales, 
como la ligereza del temperamento de sus autores ó la 
profundidad de los mismos, que con su savia intelectual 
engordaban ai Pueblo Soberano, que con frecuecia solía 
salir bien azotado en sus artículos. Pero el Pueblo Sobera- 
no, que se embriagaba con las sendas tiradas políticas, 
económicas y literarias de «El Gran Papel de la Mafiana>, 
sostenía con placer á <E1 Vonvo de la Tarde», más ligero 
que aquél y menos soporífero, más ajustado á su carác- 
ter, y sin la ostentación de una seriedad hasta cierto pun- 
to chocante y pedantesca á todas luces. Volvía después 
de su embriaguf z^ como el enfermo opiado con una taza 
de café, leyendo los articulillos del chispeante «Vonvo de 
la Tardo, que prefería siempre, aunque parezca ello 
por demás extraño. 

En consecuencia, no era intempestivo que se disputase 
la adquisición de uno de sus 500,000 ejemplares. Dirigido 
desde un principio, «El Vonvo de la Tarde», con esa ori- 
ginalidad, que rompió por completo con la monotonía de 
la distribución de los materiales que hacían pesados los 
diarios de entonces, tuvo forzosamente que abrirse cami- 
no. Después fué descaradamente plagiado por algunos de 
sus muchos colegas. No les bastó con imitar la forma de 
su cabeza, sino que copiaron hasta el cuerpo de sus titula- 



124 • EN EL SIGLO XXX. 

res. Pero estos pequeños detalles no los percibía el bueno 
del Pueblo Soberano, que, sin embargo, no dejaba de ob- 
servar ciertos cambios en algunos órganos del pensamien- 
to, que llegaban A «tomarse libertades basta con la misma 
libertad>... permitida á la prensa por la Constitución, 
desde el siglo XIX. 

Por eso era que se leían con agrado los artículos ligeros 
de «El Vonvo de la Tarde-, sus verídicas galeoterías ó 
reportajes sociales, sus apéndices escritos con cierta gra 
cia y animación, los que visiblemente contrastaban con los 
folletines, interrumpidos, opiadotrascendentales, los eter- 
nos artículos teóricoprácticos de la redacción y las inter- 
minables cuan insulsas correspondencias que incertaba 
en sus enormes columnas, vacías de interés general local, 
«El Gran Papel de la Mañana». Este diario, aseguraba un 
comentarista contemporáneo, arrojaba clárame te un es- 
píritu de indolencia linfática en todos sus materiales, de- 
bido á la marclia que le diera su fundador. Era éste un 
distinguido historiador patrio, hombre de reposadas dotes 
intelectuales, pero que jamás pudo corregir su pesado es 
tilo de trascendentalista. Tuvo la habilidad de hacerse del 
cariño del Pueblo Soberano, en medio de sus sucesivos 
errores, que le valieron por otra parte más estimación y 
más renombre. Era uno de los estadistas más distinguidos 
de su tiempo, de carácter retraído y poco abierto, pero 
consecuente á los principios de su vida, buen jefe de par- 
tido, pero dominado siempre por una indolencia y una 
indiferencia supinamente linfáticas. En consecuencia,, no 
carecía de verdad la afirmación del distinguido comenta- 
rista doctor S. de Junio. «El Gran Papel de la Mañana» 
se había heredado de padres á hijos y las inteligencias que 



EN EL SIGLO XXX. 125 



formaban parte de hu cuerpo de redactores, perdían en 
seguida su personalidad. 

8i algo se le podía aplaudir á la Academia de «La Mutua 
Admiración», sin duda alguna, era la fundación de su órga- 
no, «Fyl Vonvo de la Tarde». Solía é.sle apasionarse y hasta 
personalizarse en sus discusiones periodísticas, pero ello 
se le podía escusar teniendo presente la edad, el tempera- 
mento y las aspiraciones de sus redactores, siempre por el 
buen servicio del público, digno de los más valiosos sacri- 
ñcius. Si algunas veces se sahumaban los unos á los otros, 
teniendo eumenos á las demás inteligencias que no fue- 
ran de su temple, era únicamente por un sincero espíritu 
de cariño, de compañerismo, que no dañaba á nadie, ni 
ofendía á ninguno. Todo el mundo les conocía como á 
unos buenos chicos y nada más! 

INIiembros activísimos de la Academia de «La iMutua Ad- 
miración», hacían tod > lo posible por mantener la benéfi- 
ca asociación á la altura que ella se merecía y que dejó en 
bien alto el Excmo. señor doctor Vonvo. Las conferencias 
se sucedían las unas á las otras. Se educaba é instruía al 
Pueljlo Soberano, de la manera más notoria, abriéndole los 
ojos con las más grandes ideas de libertad y de progreso. 
No era extraño, pues, que éste concurriese y de buen gra- 
do abonase la entrada, que era destinada al engrandeci- 
miento de la Academia, de su órgano, y á socorrer á los 
más menest(frosos, que huían de los Asilos sostenidos por 
el Estado y sociedades de beneficencia, por ser inhabita- 
bles, descuidados y abandonados á la acción del tiempo 
y de la especulación, y lejos de la más insignificante no- 
ción de la limpieza y de la higiene. La aun no extinguida 
raza de los atorrantes y de los maugiacañas, prefería la 



126 KN EL SIGLO XXX. 



inclemencia del hambre^ que cobijarse debajo de sus te- 
chos, donde las arañas hacían admirables telas y rincone- 
ras, en los ángulos de las celdas. 

Así era que el espléndido salón de las conferencias, se 
encontraba completamente lleno de gente, cuando todavía 
no había sonado la hora marcada en los anuncios y en los 
programas. Andros y Filos se miraron asombrados, cor- 
tados, cuando penetraron á ocupar sus sillones, de marro- 
quí punsó con pequeños atriles de madera, á propósito 
como para sacar apuntes sol)re los puntos capitales de los 
temas de los conferenciantes. El magnífico cuadrante au- 
tomático marcaba en aquellos momentos las ocho y quin- 
ce minutos. Reinaba en la concurrencia un íntimo deseo 
de instrucción, que mantenía el más respetuoso silencio 
en sus labios, quietos, tranquilos. No imaginaban los dos 
amigos una puntualidad semejante, ni un recogimiento 
parecido. 

— Esta vez nos hemos engañado,^ dijo Filos, al ocu- 
par su sillón. 

— Completamente, — le contestó ylndros, haciendo lo 
mismo. 

Era el salón aquel, uno de los más espaciosos del pa- 
lacio de la Academia. Sus altas paredes, lisas completa- 
mente, sólo ofrecían á las miradas de los concurrentes 
los retratos de los académicos más antiguos: los hono- 
rarios de un costado y los corresponsales del otro. En el 
frente, donde se hallaba la gran tribuna tapizada de ter- 
ciopelo carmesí, lucía su semblante típico el fundador 
de la Academia, Excmo. señor doctor Vonvo, rodeado por 
un crecido número de retratos de los jóvenes que colabo- 
raron en su magnífica obra. En el frente opuesto, se 



EN EL SIGLO XXX. 127 

distinguía el escudo de las armas de la patria, debajo del 
gran cuadrante automático que señalaba las horas. Dise- 
minados aquí y allí, desde la entrada, se podían admirar 
en sus pedestales, bustos y estatuas de algunos genios y 
sabios antiguos y modernos. Aquellos bronces mudos, en 
distintas posiciones, parecían hablar una lengua desco- 
nocida, grande, inmortal, que admiraba y hacía recoger el 
ánimo. Los cinco mil sillones ocupados, ante la expresión 
de los bustos y de las estatuas, parecían vacíos, solitarios, 
sin animación, sin existencia. 

Los demás salones, dest nados á las sesiones, á los 
laboratorios, á las bibliotecas, á las antigüedades, á las 
artes y á las ciencias, ocupaban los pisos altos ó laterales 
del palacio. Sólo los académicos podían penetrar á ellos 
y á las horas del día ó de la noche fijadas por el i"egla- 
mento interno en el artículo 252 inciso 75. LTnicamente 
en los días de sesiones públicas, el Pueblo Soberano tenía 
entrada al salón de las conferencias, como se le llamaba. 
Se prohibía terminantemente la concurrencia de señoras 
y de jóvenes menores, porque así lo requería la seriedad 
de la institución, porque las señoras traían con su belleza 
la distracción y las jóvenes la confusión y el desorden. 
Sin embargo, se hacían algunas excepciones, mediante 
poderosas influencias, con las señoras solamente. 

— Pero hoy veo muchísimas, — dijo Andros. 

— Es porque se paga la entrada, — le contestó Filos 
muy al oído. 

— Influencia por demás poderosa, — acabó por decir 
Andros sonriendo. 

Del centro del salón, abovedado, según las leyes más 
severas de la acústica, pendía una colosal araña de muí- 



128 EN EL SIGLO XXX. 



tiplicados y pequeñísimos focos eléctricos, que despren- 
dían una luz viva y agradable. Así era que el salón de las 
conferencias abundaba en una espléndida iluminación. 
Sin embargo, sobre la gran tribuna de las conferencias, 
se veía un par de focos en unas lamparitas, cerca de 
las vecinas telefonográficas. Ante aquellos rayos de luz 
magnífica, se podían observar hasta los detalles y las 
líneas más imperceptibles del rostro de los concurren- 
tes, y sobre todo las bellezas de las señoras, que lejos de 
ocultarlas por pudor, más las ponían en exliibición. ¡ Y 
las había lujosamente hermosas ! Un sentimiento de cu- 
riosidad parecía tenerlas in(]uietas. ¿Qué era lo que más 
anlielaban ? Se oía el nervioso movimiento de los aba- 
nicos, el crugido de los corsés y hasta suspiros contra- 
riados de impaciencia. ¿Pero qué era lo que esperaban? 

— Seguramente la presencia del prestidigitador,^ ex- 
clamó Andros. 

— Nada tendría de extraño, — contestó Filos. 

ICn aquel momento dieron las ocho y media. Inmedia- 
tamente se oyó un sordo murmullo. Los abanicos funcio- 
naron con más franqueza, los suspiros fueron más expan- 
sivos, muchos tosieron abiertamente, contagiando á los 
demás, y cesaron los bostezos reprimidos. El movimiento 
de aquella animación fué general. Hasta las luces oscilaron 
en sus núcleos. ¡ Por fin iba á comenzar la conferencia ! 
Esta fué la exclamación general. En seguida la concu- 
rrencia se puso de pie, un tanto mal humorada por la 
incomodidad. La orquesta compuesta de los mejores 
profesores del Conservatorio, empezó á tocar el Hinmo 
Nacional. ¡ Qué larga, qué fastidiosa é intempestiva al 
actOj pareció entonces la valiente canción patria ! 



EN EL SIGLO XXX. 129 

— ¡ Quién toca hoj^ semejante cosa ! — dijeron los unos. 

— ¡Qué insensata ocurrencia ! — agregaron los otros. 

— ¡ Se debía no molestar á la gente con eso !— exclama- 
ron los más. 

Pero, como era una costumbre de la Academia abrir 
las conferencias con el Himno Nacional, la concurrencia 
tuvo que oirlo á su pesar. Los cinco minutos que duró 
parecieron interminables, y apenas algunos débiles aplau- 
sos de los amigos y académicos se manifestaron al tinal 
de la bien brillante ejecución, por otra parte. En seguida 
volvió á imperar el más religioso silencio. Momentos 
después apareció el secretario principal de la Academia. 
Manifestó, en breves palabras, que el distinguido pres- 
tidigitador que debía amenizar los intermedios, había 
caído enfermo aquella tarde. En consecuencia, los inter- 
medios serían puramente musicales. Se inclinó respetuo- 
samente en medio de una salva de aplausos sincei'os, 
y retiróse. Algunos concurrentes abandonaron el salón 
con sus señoras ó con sus niñas, visiblemente disgustados 
por la indisposición del prestidigitador. 

No deseaban dormirse durante las largas tiradas de 
prosa ó verso de los conferenciantes. Bien sabían que 
aquellas eran verdaderamente instructivas; pero, después 
de las grandes conmociones del ánimo, se hacía necesaria 
la presencia del prestidigitador para que les distrajese y 
les preparase suficientemente el espíritu para soportar 
las otras tiradas de la conferencia. Los intermedios de 
música clásica agradarían á algunos; pero á ellos les 
sacudía demasiado. Si se hubiera tratado de una mú- 
sica ligera, juguetona, como la de la ópera bufa «Hamlet», 
habría sido harina de otro costal, pero ¡clásica...! Eso 

9 



130 EÑ EL SIGLO XXíí. 



era tan fastidioso como el Himno Nacional en actos seme- 
jantes. Sin embargo, los descontentos fueron pocos. Do- 
minaba sobre los demás el espíritu de la instrucción y un 
íntimo deseo por ilustrarse. Así es que el vacío que deja- 
ron aquellos indiferentes á la luz de la inteligencia, pasó 
desapercibido. JSIo faltaron académicos que lo llenaran. 

Justamente á Andros y á Filos, les tocó tener por veci- 
nos á dos de ellos, jóvenes avín, lampiños, pálidos, gas- 
tando lentes, y las cabezas afeitadas en forma de calva 
para simular la caída del cabello ocasionada por el es- 
tudio jamás interrumpido ó por la fiebre del pensamiento. 
La gravedad afectada y el tono reposado de sus palabras, 
llamaron la atención de los dos amigos. Pero Filos reco- 
noció al uno, el más joven, y, Andros al otro, el más 
anciano. Entonces se miraron sonriendo. ¡Académicos 
semejantes individuos! ¡ "Vamos! No se explicaban aquel 
transformisno. 1 Quién lo diría ! ¡ El uno era poeta 
y el otro filósofo ! Clásico el primero y materialista el 
segundo. Filos había conocido al más joven en la tras- 
tienda de la zapatería de su padre, millonario y gran 
aristócrata después, y Andros al más anciano de depen- 
diente en una librería, cuyo dueño le interesó haciéndole 
rico más tarde. ¿Pero habrían estudiado? ¿Y dónde? En 
sus casas indudablemente. ¿Se les habría desarrollado la 
inteligencia á fuerza de dei'ramar dinero en el sosteni- 
miento de la Academia? 

Sea lo que fuere. Ellos eran académicos y autores de 
obras estimadísimas, que habían alcanzado á la sazón más 
de 500 ediciones. El gran libro del más anciano, titulado 
cTodo es materia», había hecho escuela, lo mismo que el 
volumen de poesías del más joven, «Ecuaciones Rítmi • 



EN EL SIGLO XXX. " Í31 

cas», había creado ó resucitado el estilo de los clásicos 
argentinos del siglo XIX. Decir la estimación que ambos 
volúmenes gozaban, no es ci'eible. Con ellos habían con- 
seguido romper la gran barrera de hielo del indiferentis- 
mo por el arte en Fisiócrata. En una palabra, eran los 
autores de la moda. Desde luego, los saludos que contes- 
taron, afectando protección, fueron innumerables. Pero 
se guardaron muy bien de reconocer á Andros y á Filos. 

— ¿No es el más joven, — preguntó uno, — el gran poeta 
clásico nacional Excmo. señor don Cándido Debarro? 

— Justamente. Y el otro el eminente filósofo Excmo. 
señor doctor don Granito de Adoquín. Ambos académicos 
honorarios y miembros activos de la Sociedad «Protectora 
de Animales», — contestó otro. 

Después de una larguísima sinfonía por la orquesta, 
sobre motivos de la popular ópera nacional <E1 Banco de 
la Providencia», apareció por segunda voz el secretario 
de la Academia. Con gran satisfacción anunció á la inte- 
ligente y distinguida concurrencia, que el sabio prestidi- 
gitador don Luis Manoligera había llegado en aquellos 
momentos suficientemente preparado para cumplir con 
lo anunciado en los diarios y programas. Su ligera indis- 
posición, ocasionada por las molestias inherentes á un 
largo viaje, había desaparecido completamente. Aquí, 
el público entusiasmado, batió palmas. Por fin tendrían 
intermedios animados y de gran utilidad para entretener 
y distraer el ánimo ! En seguida se dio comienzo á la 
conferencia, abierta por el presidente de la Academia el 
eminente enciclopedista Excmo. señor doctor don Saurio 
Orredonda, con algunas breves palabras alucivas al acto. 



JORNADA IX. 



FUÉ grande la sensación que despertó en el seno de lá 
impaciente concurrencia, el anuncio del primer tema 
de la conferencia. Sin duda alguna, aquella manifestación 
del ánimo, en presencia de lo imprevisto, debió ser á 
causa de que en los programas únicamente se fijaba el 
nombre del académico disertante, el título de los trozos 
musicales, los intermedios de prestidigitación, la hora pun- 
tual para comenzar, el precio de las entradas y la nota 
. avisando que las repartidas á domicilio, con circular, no 
: se recibían en la boletería á ninguna hora, en caso de no 
aceptarlas. Este olvido, involuntario del confeccionador 
' del programa, prudujo muy mal efecto. Sobre todo, las 
¡ señoras, como más accesibles á las sensaciones, exagera- 
: ron un gracioso mohín de disgusto. ¡No se debía sacudir 
I el ánimo de aquella manera! ¡Eso era un fenomenal dis- 
1 párate! ¿Porqué no habían revisado los programas para 
ver si les faltaba algo ? El que pagaba podía exigir las 
( cosas completas ! En realidad lo que había era una cu- 
1 riosidad verdaderamente de mujer, en todos los circuns- 
tantes. Nada más. 



13i EN EL SIGLO XXX. 



• — iSi es moda el murmurar de nada! — dijo Filos, sar- 
cásticamente. 

— ¡De algo se ha ocupar la gente ! — ^agregó Andros, en 
el mismo tono. 

El académico disertante, ei-a el Excmo. señor doctor 
don Patricio Camaleón. Alto en extremo, delgado, de cara 
larga, morena, sin esas líneas y protuberancias pronun- 
ciadas que hacen notables á los tipos de ideas elevadas. 
Su barba castítña, como sus cabellos, caía recortada en 
una punta agudísima, y sus ojos pardos, vivísimos, pa- 
recían espejar su inteligencia canallesca y la espléndida 
juventud de su dueño. En conjunto su fisonomía era de 
una de esas fealdades agradables y simpáticas, más do- 
minada por la bilis de su temperamento, que por su 
inteligencia limitadísima; pero de la cual el ilustrado aca- 
démico, solía sacar algún partido en sus polémicas, bri- 
llantes por lo personales, lo audaces y altaneras. Contra 
su modo de ser, emprendedor y arriesgado, ocupando en 
aquel momento la tribuna, parecía algo cortado é inde- 
ciso. Las carillas impresas que aprisionaba entre sus ma- 
nos, temblaban nerviosamente. 

—Es bastante elegante ese joven,— dijo una niña á su 
mamá. 

— Dicen que es un genio, — agregó la señora, dirigién- 
dose á su consorte. 

— ¡Vaya! ¿No ves que es de la Academia? — le contestó 
éste. 

— ¡Ah ! — murmuró únicamente aquélla, como conven- 
cida. 

El académico debia disertar sobre el periodismo en ge- 
neral, abrazando en su estudio los bellos fines que desem- 



i\ 



EN EL SKÍLO XXX. 135 



peñaba en las grandes colectividades humanas, educando 
á las masas, ilustrando á los gobiernos, combatiéndolos 
en sus errores ó difundiendo la idea multiplicada, que 
era «la luz regenerando las almas», en beneficio de la fa- 
milia, la sociedad y la patria. Pero, la premura del tiem- 
po, le había impedido hacerlo, como él íntimamente lo 
deseaba. Sólo se iba á ocupar somei'amente, en consecuen- 
cia, de la titulada carrera del Repórter en sus faces inte- 
lectual, moral y material, haciendo algunos paralelos lige- 
ros con los cronistas del siglo XIX, en relación á los esca- 
sísimos datos que había consiguido reunir sobre estos 
últimos. 

¿Cómo se podía considerar al cronista del siglo XIX? 
Sería harto difícil el ajustarle ó definirle una fisonomía 
ó un carácter descollantes. La mayoría absolutamente 
nada aiTojaba de notable, á estar conformes con los histo- 
riadores del periodismo en la antigüedad y á los mate- 
riales que producían paia los diarios de entonces^ mila- 
grosamente conservados en fragmentos después del horri- 
ble maremoto que destruyó gran parte de la ciudad de 
Buenos Aries, en el siglo XXII. El sabio anticuario doc- 
tor don Andrés Papelotes, aseguraba en una de sus 
obras (*), comentada y traducida al idioma guaraní por 
el doctor don Zacarías Provechos, que los antiguos cro- 
nistas ó revisteros eran jóvenes de oscuros antecedentes 
intelectuales, sin estudio gramatical, literario y científico 
de ninguna especie; que ignoraban el contenido de su 



(l) «Apuntes para una historia del periodismo», tomo 25, capítu- 
lo IV., página 296. 



136 EN EL SIGLO XXX. 



Carta Fundamental y las más ligeras nociones de derecho 
constitucional, de economía política y derecho de gentes. 
Sin embargo, solían hacer sus aplicaciones constitucio- 
nales, económicas y gentescas, sí valía la palabra. 

Les había dotados de una buena educación é ilustra- 
ción, verdaderas inteligencias apreciables; pero como 
éstas eran excepciones, no hacían regla. Eran reales 
excepciones, perdidas en la monotonía de una rutina, más 
fácil de conseguir por medio de la práctica, que por medio 
de la inteligencia. Así era que un cerebro fácil para la 
concepción de una idea bella y original, se destruía e:i 
medio de aquella inalterable rutina, que comenzaba por 
sacar datos de noticias en los Ministerios y concluía por las 
oficinas de segundo ó tercer orden de la Administración. 

Siempre eran unos buenos chicos, que soportaban la 
pesada carga de su suerte con paciencia y resignación, 
pobres, muy pobres, generalmente, pero de una honradez 
reconocida á todas luces. Solían marearse dándose aires 
de inteligencias, de literatos; pero, como todo el mundo 
sabía la savia que arrojaban en la prensa diaria, no les 
hacía el menor caso y ellos continuaban cre^'endo que 
les creían y que eran lo que no eran! 

Hasta aquí llegaban las apreciaciones, al respecto, del 
sabio anticuario, Excmo. señor doctor don Andrés Pape- 
lotes. INIás allá iba el eminente coleccionista y primer 
bibliotecario Excmo. señor doctor don Inocencio Hurtado 
de Reojo. Consideraba, en su obra «El Génesis de los 
Cronistas», (') á estos seudoperiodistas como especie 



(1) Tomo XXVIII, oarútulo 285, página 1578 y siguientes. 



EN ELSIGLO XXX. 137 



de autómatas ó copistas de decretos ó de chismografías de 
las rudimentarias administraciones gubernamentales y de 
la sociedad, en el siglo XIX, de la República Argentina (i). 

Creer que aquellos cronistas aguzaban en la adquisición 
de las noticias un ingenio que no tenían, era un algo 
inexplicable. Nada que no fuera fácil, casi llano, claro 
como la luz del día, aunque fuera de noche; nada que 
demandara inteligencia y sagacidad, penetración y cono- 
cimientos, que estuviera rodeado de algún misterio; en 
fin, nada que les reportara trabajo, constancia, y que no 
se encontrara á la mano, á la vista y al oído, eso segura- 
mente jamás lo llevarían al órgano á que pertenecieran. 
Pero hacían todo lo pofJble por conseguir poco y sin 
interés, para quejarse de sus fatigas, de la asidua labor y 
del miserable sueldo que gozaban con paciencia y 
resignación ! 

En cuanto á las revistas teatrales, las crónicas parla- 
mentarias, reportajes científicos, sociales, etc., eran el 
asinamiento más extraño, incomprensible y ridículo de pa- 
labras ensartadas ó hiladas bajo la forma de una redac- 
ción estupenda, divertida y casi sublime. ¡ Qué ilustración, 
qué conocimientos, qué oídos, qué apreciaciones y qué 
críticas más bellas y sabrosas! ¡qué encanto y qué gran- 
deza intelectual ! Y concluía diciendo el eminente colec- 



(1) Tomo XVIII, capítulo 67, página 1247; véanse los formula- 
rios: (n, Decreto, (i, Elkccionrs, (c. Nombramientos, {d. Robos 
ó PUNOAS, (c, Suicidio, (/, Violación, (¡7, Fuga, {h, Perro ra- 
bioso, (i, CoMiTA, (y. Escándalo, [k, Divokcio, (J, Incendio, (m, 
Asesinato, (», Dekunciones, etc. 



138 EN EL SIGLO \XX. 



cionista y bibliotecario, que si las pruebas que liabía 
tenido, de lo que aseguraba, eran ciertas, el siglo XIX 
ofrecía á la era conteini)oráaea, el estado más lasti- 
moso en materias periodísticas, que desbarraban en 
ciencias, se equivocaban en derecho y especulaban con el 
Pueblo Soberano, que pagaba para que lo educasen é 
ilustrasen. 

— Sin embargo, no era tanto, — añadi(j el joven aca- 
démico. 

Después de beberse un vaso de agua de un sorbo, con- 
tinuó defendiendo con razones convincentes á los cro- 
nistas del siglo XIX. ¿Qué se podía esperar de pueblos 
nuevos, casi formados con elementos extraños é intro- 
ductores de los hábitos y costumbres de la ruino.sa 
Europa? «Si al niño, decía, se le educa, instruye y arraiga 
creencias en una atmósfera viciada por las miasmas de 
las afueras, claro está que su constitución, si sigue en 
el mismo medio, tendrá que desarrollarse débil, pobre 
de sangre, anémico... moralmente (^). Este ejemplo 
aplicado á los pueblos vírgenes, daría el mismo resultado 
naciones enfermizas, con una aparente exuberancia de 
vida. También existían niños gruesos, de cabeza grande, 
sonrosados que parecían vender salud, y que, sin embargo, 
estaban minados latentemente por la más espantosa es- 
crof ulosis! 

Para las enfermedades heredadas de los pueblos, con- 
tinuaba, existían tratamientos profilácticos que comenza- 



(1) Doctor don E. Iluiílde, — «La herencia > el medio en la cri- 
minalidad actual». 



EN EL SIGLO XXX. 13) 



ban por mejorarlos y concluían por curarlos. El tiempo, la 
experiencia, la escuela y la moral, eran los grandes reme- 
dios para semejantes grandes males. ¿Dónde encontrar la 
decadencia de los pueblos antiguos y la reorganización, 
civilización y progreso de los contemporáneos? Demos 
con la causa, estudiemos el efecto y de éste saquemos al 
cronista. ¡ Tal vez el ser más insignificante y más noble 
también de aquellns sociedades gobernadas por funciona- 
rios que no se habían elegido ellas, sino la imposición 
fraudulenta, en contra de los principios más sagrados; 
compuestas de asociados de hábitos, costumbres y creen- 
cias opuestas, dominadas por pasiones encontradas, di- 
vididas en bandos políticos, una palabra, mal organizadas 
y pésimamente administradas. En aquel medio se habían 
formado los cronistas. ¿Cuál podía ser el resultado. . .? 

— Pero en el siglo XXX, sucede lo contrario,- — con- 
tinuó. 

Al llegar aquí el orador se vio forzado á hacer una 
ligera pausa. La concurrencia entusiasmada batió palmas 
estrepitosamente. El franco, espontáneo y unísono aplau- 
so, que resonó gigante en todos los ángulos de la gran 
sala, duró algunos minutos. ¡ Qué facilidad en la palabra, 
qué galano y sencillo en el estilo, qué dotes intelectuales 
tan notables, qué exactitud en los juicios, apreciaciones 
y ejemplos, qué erudición, en fin, más encantadora ! No 
cabía la menor duda, era un genio. . . ! ¡ era un genio. . . ! 
Y mientras la concurrencia seguía aplaudiendo, el diser- 
tante bebió otro vaso de agua y ordenó las carillas de papel 
que se le habían mezclado, confundido. Cuando el silencio 
se liizo en la sala, continuó pausadamente, como oyén- 
dose una á una sus enfáticas palabras. 



140 Eíí EL SlfíLO XXX. 



— El Repórter contemporáneo es muy distinto, — dijo 
entonces. 

El periodismo sensacional, requería personalidades, y á 
fuerza de estimular y de alentar poderosamente las inclina- 
ciones intelectuales de los jóvenes capaces, las había conse - 
guido. Ahí estaba esa falanje de reporters que diaria- 
mente mantenían la ávida curiosidad y el capricho de 
esa enorme mujer que se llamaba el público, que se 
devoraba las columnas de las hojas impresas que apa- 
recían por la mañana, por ia tarde y por la noche: 
siempre al corriente de los actos más insignificantes 
del Gobierno, de la sociedad y de los hechos diversos 
del día Dotados de una educación é ilustración cienti- 
fica y literaria, los cronistas contemporáneos, aprecia- 
ban, comentaban, amenizaban y redactaban sus seccio- 
nes de una manera seria, á la par que amena é ins- 
tructiva. 

¡Cuántos notables periodistas no habían surgido de 
aquella juventud inteligente! La mayoría fueron en un 
tiempo cronistas. Después de estar á la cabeza de la 
redacción de un diario, el Pueblo Soberano, les eligió 
para que formaran parte de los parlamentos ó de los 
más altos poderes del Estado. Aquélla había su volun- 
tad, no el efecto del fraude, como lo pretendían algunos 
ignorantes despachados ó sobre manera obtimistas, seres 
que soñaban con una república fantástica, gobernada 
sólo por hombres buenos é inteligentes! Si se hubiera 
tratado del siglo XIX, el mismo rubor moral, de que 
no tenían noción alguna los Gobiernos, habría aconse- 
jado silenciar aquello que era meritorio y digno del 
aplauso de todos en el siglo XXX. 



EÑ EL SIGLO XXX. 14Í 

— ¡Yo mismo he tenido la gloria de ser cronista! — 
dijo entonces, emocionado. 

¡Crónical ¿No era la «historia escrita con arreglo á la 
cronología ó al orden y sucesión de los tiempos ?> (') 
¡Cronistas! ¿No eran los que escribían sobre cualquier 
punto de la historia? Y continuó diciendo cada vez más 
entusiasmado:' — «¡Buscad el origen de aquellas palabras, 
esencialmente contemporáneas, y encontrareis que arran- 
ca de la precisión y veracidad de las inteligencias 
que desde el siglo anterior, se han dedicado á aquella 
carrera! > De ahí nació el origen: crónica de cronista ó 
viceversa! Con su inteligencia y estudios habían conse- 
guido ampliar la ciencia histórica, preparando datos, 
sucesos, hechos y acontecimientos notables ó pueriles para 
el porvenir. ¡Cuan grande era la misión del repórter 
contemporáneo, del actual cronista! Lástima grande que 
no fueran personas pudientes, para cimentar mejor tan 
benéfica carrera! ¡Qué distancia enorme mediaba entre 
éstos y los cronistas del siglo XIX! ¡Cómo cambiaban 
los pueblos al través del tiempo, la experiencia 5' la sa- 
biduría! 

— ¡Así se dice la verdad! — dijo Andros, al oído de 
su amigo. 

—¡Y I06 chatos, son genios! — agregó Filos, burlona- 
mente. 

El académico, después de interiorizar á la concurrencia 
de la sencillísima manera cómo los reporters conseguían 



(1) Véase el «Diccionario de la Academia», comentado por el 
señor don Antonio de Valbuena. 



142 EN EL SIGLO XXX. 



en los ministerios, en las aduanas, en las direcciones 
de rentas, en los consejos de escuelas, en los salones, 
en lus teatros, en las conferencias y en las calles los 
datos exactos, fehacientes para confeccionar sus cróni- 
cas, rogó que depositasen, durante el primer interme- 
dio en la boletería de la Academia, una pequeña canti- 
dad de dinero. Esta conseguiría engrosar la suma, pi'o- 
ducto de las entradas, con que se fundaría un diario 
esencialmente noticioso, cuya renta la percibirían los 
cronistas más pobres y con la cual podrían mantener 
á sus indigentes familias. Esperando en la proverbial 
filantropía y reconocida generosidad de los circunstan- 
tes, teiminó el ilustrado académico Excmo. señor doctor 
don Patricio Camaleón, saludando á la concurrencia, y en 
los cronistas, á los futuros periodistas, y más tarde á los 
primeros hombres del Estado. 

— He dicho, — agregó, después de beberse un tercer 
vaso de agua. 

Entonces la salase estremeció de extremo á extremo, 
bajo el peso de un colosal y solo aplauso, que la con- 
currencia tributó al orador, que abandonaba la tribuna, 
satisfecho y orgulloso de aquella espontánea y general 
manifestación, dedicada á su soberbio talento. En ante- 
salas fué muy felicitado. Los reporters encargados de 
redactar la crónica, concluían ésta, al día siguiente, di- 
ciendo, que «fué sacado en andas de la tribuna, abra- 
zado aún por las mismas señoras, hasta sofocarle; que 
su genio sin igual estuvo como nunca; que su fá- 
cil y espontánea palabra salía sonora de sus labios 
como torrentes de líquido cristal, y que jamás un ora- 
dor, ni el mismo Teniente General Nitro, había sido 



fiM EL SÍGLO XXt. 143 



objeto de una manifestación semejante. ¡La mai-...de 
cosas espléndidas y ciertas! 

— ¡Tiene mucho talento Camaleón ! — dijo el acadé- 
mico Granito de Adoquín. 

— ¡Es un poeta hablando! — agregó su compañero, Cán- 
dido Debarro. 



JORNADA X. 



LE sucedió en el uso de la palabra y de la tribuna el 
eminente moralista, académico honorario Excmo. señor 
doctor don Diógenes Cómeles. No sorpresa, sino asom- 
bro fué el que produjo con su sola presencia en el 
ánimo de los circunstantes. Tiempo hacía que no apa- 
recía en público, ni dejaba oir su palabra fácil, chispeante, 
juguetona, ática, que producía una sonrisa en los labios 
de los más graves y que arrancaba una franca y sonora 
carcajada á los más alegres y expansivos. No era, pues, 
de extrañarse que todas las ir-iradas le devorasen, que 
se hiciera inmediatamente el más religioso silencio y 
que todos los oídos se aguzasen para escucharle. Su pá- 
lido y transparente rostro, sus patillas y cabellos rubios, 
como las de los ángeles ... de confitería, sus ojos inco- 
loros, indiferentes, detrás de sus gafas aumadas y sus 
desaliñados vestidos de filósofo pesimista, en nada casi 
hal3Ían cambiado. Sólo una que otra línea en su faz, más ó 
menos pronunciada, denotaba la acción del tiempo, no 
sólo sobre lo físico, sino también sobre lo moral, que, 
á estar á lo que decía la gente, la cai'a ha sido siempre 
el espejo del alma, así pura como villana. 

10 



146 EN EL SIGLO XXX. 



— Voy á haceros perder el tiempo hablando sobre la 
mujer, — dijo tranquilamente. — Ella, será el tema de 
mi conferencia. Lo voy á hacer porque la conozco pro- 
fundamente. Seré breve cuanto me sea posible. No de- 
searía que más tarde tuvierais una pesadilla, ni mi 
ánimo es fastidiaros con palabras rimbombantes en este 
momento, ni con figuras de retórica, ni mucho menos 
con más palabras de las necesarias. Quiero ser conciso 
y olvidar la costumbre de nuestros eminentes oradores, 
largueros en demasía, como eran los (liscurscadoreff del 
siglo XIX. Desde luego, comienzo. 

Después de un exordio de filosofía personal, propia 
y muy original, á pesar de su ab.soluta falta de novedad, 
hizo á grandes rasgos el génesis de la mujer desde los 
más remotos tiempos, apoyando sus juicios en citas 
concluyentes, de algunos sociólogos é historiadores con- 
temporáneos, traídas á colación, no por los cabellos, 
sino de la manera más natural y .'rencilla, racional y 
precisa. Disidía completamente, — fundado en razones 
científicas, — con la opinión que aseguraba que la mujer 
era obra de Dios, porque éste no existía, y menos for- 
mada de la costilla ( cartílago ) del hombre. Si bien era 
cierto que el cartílago, extraído de dentro del periostio 
podía desarrollarse nuevamente con el tiempo, la fisio- 
logía demostraba que la mujer descendía del hombre, 
pero por otros medios y funciones más lógicos, más 
naturales y menos quirúrgicos. ¿Quién h;.!>ía sido la 
primera mujer? Sobre este punto pedía que le dejasen 
guardar un prudente silencio. Aquel no era un recrinto 
aproiñado para decirlo. Poderosos motivos morales y 
científicos le obligaban á callarlo severamente. Por otra 



EN EL SIGLO XXX. 147 



parte, no era á él á quien le incumbía el manifestarlo. 

Después continuó historiando el papel que desem- 
peñara en el drama de la existencia, que se represen- 
taba en el reducido y mezquino escenario del siglo XIX. 
La mujer de entonces en el hogar, la familia y la so- 
ciedad, no era la mujer de ahora. Mediaba entre ambas 
una distancia enorme, como la que existía entre el gas 
y la luz eléctrica, las fangosas calles estrechas de 
Buenos Aries, empedradas por empresas judías, y las 
avenidas, galerías y boule vares de Fisiócrata ; en fin, 
entre los genios de aquella bárbara época y los genios 
de la actual. No cabía la menor di ida que, ya en el 
siglo citado, la mujer comenzaba á comprender su valía, 
las poderosas inflíiencias que, por ciertos medios, ejer- 
cía sobre el hombre, y soñaba ya con el imperio del lujo 
y la riqueza, que lejos de degradar los tipos morales 
y fisiológicos, les transformaba. En el siglo XIX, aquel 
fué nada más que un instinto del sexo y un deseo de 
la imaginación, una ilusión acariciada en sueños y no 
una realidad en el porvenir . . . que anhelara de fausto 
y de pompa. Era la luz del gas ante la eléctrica, — luces 
ambas, al fin y al cabo, pero de muy distinta valía y 
esplendor. 

Era un principio de moral, continuó diciendo, y co- 
nocidísimo aquel de que la humana criatura se debía 
á la colectividad, á la masa general, y no á las insig- 
nificantes minorías. Pues, bien, semejante principio 
contemporáneo, grandioso por sus consecuencias, era 
completamente desconocido en el siglo XIX. La mujer 
que se debe por completo á la sociedad, al gran mundo 
en cuerpo y alma, entonces se debía al hogar, á la 



148 EN EL SIGLO XXX. 

familia: uno de los fenómenos que no alcanzaba á com- 
prender cómo era que imperaba en aquellos tiempos . . . 
ae casos concretos ! Pero él los escusaba, porque 
tenía presente la desorganización de las sociedades, la 
corrupción que minaba á sus miembros y las tenden- 
cias pampas, caudillescas y primitivas del siglo. ¡Hacer 
de la mujer el ángel del hogar y no el ángel del mundo ! 
i Comparar las obligaciones de la criatura con el uno 
y las que tenía con el otro! ¡Igualar el hogar al mun- 
do, — el átomo á la montaña! ¡Eso no se explical^a! 
¡ < Oh, tiempos, ¡ oh, costumbres . . ! » 

— i Muy bien . . ! ¡ Bravo . . ! ¡ bravo . . ! — exclamó 
la concurrencia, aplaudiendo. 

— ¡ Qué moral . . ! — añadía. 

— ¡Qué enseñanza. . . ! — se oía decir por todas partes. 

El académico honorario hizo entonces una ligera pau.sa. 
Designes de beber un v.iso de agua con azucarillo, se 
sonrió, como demostrando que agradecía aquella explo- 
sión espontánea de entusiasmo. Pero, íntimamente, pen- 
saba, al mismo tiemj^o, de muy distinta manera. ;Qué le 
importaba aquel aplauso, si decía la verdad! ¡Ni qué de 
la crítica de los concurrentes, si les conocía uno á uno, 
lo mismo que á algunas mujeres que allí alardeaban 
ó dragoneaban de pudorosas ó de honradas, cuando ni 
lo eran los brillantes que empedraban sus cabezas, sus 
gargantas y sus pechos! ¡ El, que no creyera ni en la i 
virtud de su propia madre. . . ! ¡ Pues estaba fresco! Sin 
embargo, era necesario cumplir con la comisión que se 
le había encomendado. Oomo tenía palabra hacía por J 
salir airoso. Después, que hablaran bien ó mal de su ' 
conferencia, esa era piedra de otra cantera. Seguramente 



I 



EN EL SIfíLO XXX, 149 



sucedería lo contrario á esto último. Conocía perfecta- 
mente el ventrículo flaco del corazón humano. . . ! Con 
lialagar «la hermosa vanidad» acontecería lo que de- 
seaba: las pulsaciones de la crítica serias, regulares y 
ordenadas. 

— Pnes, bien, señoras y señores, — continuó el acadé- 
mico sonriendo. 

Si en aquellos tiempos la mujer se debía al hogar, 
y velaba por mantenerle en la más exagerada pureza, 
no cabía la menor duda que era por la educación y las 
costumbre que había recibido y aprendido de sus pa- 
dres, en la escuela y en la familia. Entonces se incul- 
caba á la mujer esas teorías morales de la mitología 
cristiana, que en los tiempos contemporáneos se admira- 
ban, no por lo que en sí enseñaban, sino por la esplén- 
dida y poética imaginación de sus autores. Considerada 
la mujer antigua, como el centro de todas las virtudes, 
y como la verdadera maestra de sus hijos, éstos forzo- 
samente tuvieron que salirles idénticos", con las mismas 
tendencias, ideales y costumbres, exagerando la idea de 
la virtud, del honor y de la patria. Pero en realidad ¿qué 
era la mujer del siglo XIX? La criatura más desgraciada, 
porque ignoraba su misión respecto del gran mundo á 
quien se debía ; la que más sufría, porque se la había 
convertido en máquina de partos y procreos. Y criando 
y educando á sus hijos pasaba la época más florida de su 
vida, para presentarse más tarde, donde tanto tiempo 
la habían esperado, marchita, ajada, con ese amargo vacío 
que se llamaba la vejez. ¿Por qaé? Porque primero es- 
taba el hogar, el deber de dar ala patria ciudadanos 
honrados, que la sociedad, el gran mundo I 



l5Ó EN EL SIGLO XXX. 



— ¡ Quinieras, sueños, de los pueblos mal constituidos ! 
— exclamó el académico. 

Pero vino el imperio del tiempo que todo lo equili- 
braba y ordenaba, y le dio á la mujer el puesto que le 
correspondía, tronchando los nudos gordianos que la 
mantenían atada á un yugo penoso y antinatural. De- 
bíase la mujer contemporánea, como lo dejaba dicho, al 
gran mundo. El hogar y la familia eran centros secun- 
darios y relativos, el nido del descanso y del embelleci- 
miento, que proporcionaba la vida cómoda y sin cuidados 
materiales y morales exagerados, i Claro estaba que la 
mujer debía tener hijos ! Pero éstos se debían criar en 
los establecimientos de amas, que el adelanto y la civili- 
zación contemporáneos habían fundado al efecto. ¡ Qué 
previsor era el progreso ! ¡ Cuántas molestias y padeci- 
mientos físicos y morales se ahorraba la mujer con 
aquellos humanitarios establecimientos de ciüanza ! 

Desde luego, la mujer contemporánea se libraba de 
una costumbre demasiado primitiva. Sus hijos se desa- 
rrollaban insensiblemente en aquellos establecimientos, 
y ella gozaba de las primicias del mundo ; se mostraba 
hermosa, espléndida en los salones, perfumándolos con 
su aliento, deslumhrándolos con su lujo y su elegancia, 
siempre alegre, siempre feliz, jamás denunciando en su 
frente ceñida de brillantes, la más ligera sombra de tris- 
teza, de sufrimientos físicos, ni moiales! Más tarde sus 
hijos se educaban é ilustraban en los grandes colegios 
particulares ó del Estado. Y cuando abandonaban aquel 
internado beneficiador, ellos, agradecían á sus padres los 
sacrificios, profesándoles el más íntimo y sincero cariño. 
En seguida, las hijas mujeres traspasaban los dinteles 



EN EL SIGLO XXX. 151 



de] gran mundo, conseguían un consorte, un año después 
se desposaban jiara inmediatamente seguir las teorías 
ideales y costumbres heredadas y continuar rolando en 
los aristocráticos centros. 

Los hijos varones pasaban de los grandes colegios á las 
universidades. Más que necesario, era forzoso que ad- 
quirieran una carrera honrosa, distinguida, á la moda: las 
ciencias sociales, médicas ó ingenierianas. ¿ No debían 
ser ellos los representantes y aiministradores del Pueblo 
Soberano? Pues entonces, la jurisprudencia. ¡Qué impor- 
taba el número de abogados ! Nadie se moría de hambre 
en Fisiócrata. Eso estaba bueno para Buenos Aries, en el 
siglo XIX, en el que había más legistas que pleitos! «La 
instrucción superior en nuestras repúblicas, decía un sa- 
ino del siglo XIX, no fué menos estéril é inadecuada á 
nuestras necesidades. ¡Qué han sido nuestros institutos 
y universidades de Sud América, sino fábricas de char- 
latanismo, de ociosidad, de demagogia y de presunción 
titulada ! » (') ¡Había mucha diferencia de época á época I 
Los empleos ¿no eran una poderosa fuente de recursos? 
¿El Presupuesto de la República de La Plata Argentina, 
no se había aumentado considerablemente, aun más allá 
de las entradas de la Nación, y no se le había sancionado 
por el Congreso con tal objeto ? 

— He aquí nuestra actual organización. ¡Ninguna más 
moral ! — continuó. 



H) J. B. Alberdi. «Obriis Completas». Tomo III — «Bases y 
puntos de partida para la organización política de la República Ar- 
gentina», Capítulo XIII, página 417, imprenta de «La Tribuna 
Nacional» año 1886. 



152 EN EL SIGLO XXX. 



Con tan grandiosa organización, los tipos fisiológicos 
se robustecían moral y físicamente, sin degradarse, ni 
perder en lo más mínimo. Era una opinión insensata y 
un juicio temerario el decir que la ausencia de los hijos 
enfriaba el cariño por los padres ó viceversa. No era él del 
mismo parecer, teniendo presente que los hijos más eran 
los cuidados qne daban y los sacrificios que ocasionaban, 
que los beneficios que reportaban. Productos, no temía 
el decirlo, de un instinto de la materia, del egoísmo de 
las sensaciones, más que de esa risible quimera qne ape- 
llidaron los antiguos soñadores — el amor — los hijos 
debían formarse muy lejos de sus padres, evitándoles así 
las molestias de la educación y el deber de reñirles por lo 
contraproducente, de escuchar sus quejas y sus lágrimas 
de pichones de cocodrilo. Ahí estaban, para eso, las aínas 
y los colegios. 

Con tal método los tipos fisiológicos se fortalecían, y, 
con las cruzas, adquirían un temple moral y una gran- 
deza de alma viriles y robustos. De aquella manera nin- 
guna familia se extinguía. Por el contrario, se ensancha- 
ba y su árbol genealógico conseguía cada día nuevas 
y poderosas ramas, desaparecían los advenedizos y los 
orígenes eran más claros que la luz eléctrica. Ninguno se 
abrogaba ó apoderaba de un apellido ajeno, para cubrir 
las manchas del suyo. Con el anhelo por la riqueza, por 
la vida cómoda, por el esplendor, por la magnificencia, 
por el deslumbramiento y por la «hermosa vanidad», los 
tipos fisiológicos de nuestra raza despertaban y ensan- 
chaban el comercio y las industrias, pi'otegían al artista y 
mantenían al obrero, una vez adquiridos aquellos cau- 
dales. 



EN EL SIGLO XXX. l5á 



— ¡Y todo por la mujer moderna! — exclamó, entu- 
siasmado. 

¡Qué importaba el sentimiento déla maternidad, el 
cariño filial, la idea de la patria, si la mujer lo centrali- 
zaba todo en su ser: sentimiento, cariño, patria y mundo, 
aunque ella misma no se diera cuenta de todo ello, ni 
lo alcanzase ó discerniese vaga, ni oscuramente ! ¡ Qué 
iuiportaba! Inculcarle aquellas ideas era temerario. Sólo 
debía conocer la mujer, la belleza, su gran influencia; la 
conservación, su gran valia; la elegancia, su gran resorte, 
y la riqueza, su gran poder. Nada más. Pretender lo 
contrario, en nuestra organización social, la más perfecta 
y acabada del mundo contemporáneo, era una de las 
teorías de los soñadores optimistas y de los envidiosos. 
La mujer se debía á la colectividad, á la masa general . . . 
en razón inversa al cuadro de la dietancia moral. 

— i Ese cínico se está mofando de todos ! — dijo Andros 
á su amigo. 

— Y á nosotros ¿qué nos importa? — le contestó son- 
riendo. 

— Por ese lado tienes razón, — acabó por decir Andros. 

El conferenciante volvió á hacer una ligera pausa. Se- 
ría imposible decir el sentimiento de hondo entusiasmo 
que produjeron sus iiltiuias palabras. Todo el mundo 
opinaba como él. Sobre todo, las señoras no se cansaban 
de ponderarlas y de elevarlas á la quinta esencia de la 
verdad. ¡Si parecía mujer! Ningún hombre la conocía 
mejor que el académico honorario. ¡ Cómo se advertía 
que él también había tenido mujer ! i Una santa y vir- 
tuosísima matrona, que llegó á ser la reina de los salo- 
nes por su elegancia y su distinguido trato, que tanto la 



154 EN EL SIGLO XXX. 



hicieron simpática y atrayente ! Y, entre tanto, el diser- 
tante complacido observaba el efecto que había prodn- 
cido. <No híiy como lialagar la vanidad de los tontos, 
pensaba, para qne se les aparezca el difunto de la 
moral, y aplaudan lo que están muy lejos de comprender 
en su verdadero sentido >. 

— Dos palabras más y termino de molestaros, — conti- 
nuó diciendo. 

La inteligencia de la mujer contemporánea, de confor- 
midad al centro ó medio donde existía, se podía asegurar 
sin pecar de parciales que era sobresaliente. La sola idea 
del matrimonio civil, llevada á la práctica por su influen- 
cia, demostraba palmariamente el perfeccionamiento y 
cultivo de sus facultades intelectuales. La vida de los 
salones actuales, daba un ejemplo latente, inequívoco, de 
la exuberancia de sus pensamientos, que hasta el Gobierno 
había llevado, salvándole de muchas crisis económicas 
y de desaciertos internacionales. ¡Si las había que pare- 
cían hombres ! Por algo usaban los cabellos tan cortos y 
los vestidos tan bien puestos y ajustados ! No se fueran 
á figurar que las quemaba incienso. ¡Qué locura! .Sólo 
cumplía con rendir homenaje, admiración y respeto á la 
verdad desnuda, que él tanto amaba, como moralista. 
Eso era todo. 

La idea de una religión, de una creencia, tan arraigada 
en la conciencia, como dirían los españoles, de la mujer 
argentina del siglo XIX, se había valientemente transfor- 
mado. No rendía ya culto á una idea engendrada por los 
especuladores y trancantes de la moral, que no profesa- 
ban. Adoraba ala naturaleza inmuta1)le, que embellecía, 
enaltecía, equilibraba y armonizaba los seres y las cosas 



ÉN EL SIGLO XXX 155 

humanas. Aquello de creer en lo que no comprendía, 
era digno del siglo de las peticiones hI Congreso y de la 
escuela religiosa, de la ignorancia y de la explotación 
moral que se perpetrabíJ en aquellos tiempos por los 
sectarios del error y las tinieblas de la inteligencia, que 
hoy desplegaba sus alas por las esferas de la razón, bus- 
cando más amplios horizontes. 

En el siglo XXX la iglesia y la mitología cristianas ya 
no dominaban «á los pobres de espíritu», ni había pro- 
mesas de un cielo celeste, mansión del descanso y de la 
gloria eterna. Aquel segundo poder del Estado era un 
cadáver. Por eso la mujer había adquirido un gran temple 
moral, y el adulterio caído en el abismo del olvido. Por 
eso nuestras mujeres eran honradas, viituosas, y se per- 
tenecían sólo á uno, á su marido, lo que no sucediera 
en la época de las apariencias, de una religión que se 
profesaba por seguir la moda de las más distinguidas y 
opulentas familias del siglo XIX, minadas por la deca- 
dencia y la degeneración de los tipos fisiológicos. 

Separada la iglesia del Estado, como lo estaba, la colo- 
sal partida del presapuesto destinada á sostener la ociosi- 
dad de sus vulgares é ignorantes representantes, se había 
invertido en el engrandecimiento y difusión de la idea 
en las escuelas, donde la mujer educaba sus inclinaciones, 
y se ilustraba con los libros de la verdad y de la moral, 
sin perder su tiempo con los astetes de la mentira y del 
oscurantismo, y sin llevar en el alma la perpetua duda 
de un castigo ó de un perdón en la vida eterna. La mujer 
liberal de nuestro siglo, por estas colosales razones, esta- 
ba muy por encima de la mujer del siglo XIX, que se 
embrutecía con las oraciones que no comprendía y se en- 



156 EN EL SIGLO XXX. 



Vejecía en el hogar, contemplando las imágenes de los 
santos qne tapizaban las paredes, de aquellos que vivie- 
ron en los estercoleros, se hicieron curar las llagas por 
los perros }' se purificaron en el arrepentimiento. . . «para 
mayor gloria de Dios!» 

— ¡Qué usos y qué costumbi'es! — exclamó, sarcástica- 
mente. 

Era por eso que él admiral)a á la mujer de su tiempo y 
compadecía ala antigua, una esclava indirectamente. Y, 
por último, concluyó diciendo qne no había hablado del 
demoniosuegra, por no extenderse demasiado y no 
molestar el ánimo de la distinguida concurrencia, con 
juicios }' observaciones que apenas sise relacionaban con 
su tema. Prometió estudiar á la mujer contemporánea 
comparándola á la antigua; pero, en general, sin particu- 
larizarse COI) ciertos tipos femeninos, que debían estar 
muy lejos siempre de la vista y del oído. Sin embargo^ el 
demoniosuegra del siglo XIX, era la mujer más bonda- 
dosa y complaciente. Siempre dispuesta para acompañar 
á su nuera á los salones, amiga de murmurar de todo el 
mundo, buenos ó malos, de dormirse en aquéllos y de 
jamás estar unas horas durante el día en su palacio, hotel 
ó casa. 

— Señoras y señores, muy buenas noches, — acabó por 
decir el eminente moralista, académico lionorario Exce- 
lentísimo señor doctor don Diógenes Cómeles, haciendo 
una caricaturada genuflexión de despedida y ganando las 
antesalas. 

Allí le esperaba una comisión de señoras, delegada de 
la sociedad de la «Propia Beneficencia» para presentar- 
le un magnífico álbum, que ésta le ofrecía en testimo- 



EN EL SIGLO XXX. 157 

nio de fina admiración y respeto. Su valiente apología 
de la mujer, le había hecho acreedor á esa demostra- 
ción entusiasta. Y la comisión, al despedirse, lo recomen- 
dó que activara en lo más posible el asunto de la sub- 
vención que les había prometido hacía algún tiempo, 
para engrosar las entradas de la sociedad, destinada á 
vestir á los desgraciados (á la moda) y proporcionarles 
alimentos. Mientras tanto, en la sala de las conferen- 
cias, los concurrentes reventaban sus guantes á fuerza de 
aplaudir estrei^itosamente. 

— ¡Qué talento! — decían los unos. 

— ¡ Es un genio ! — agregaban los otros. 

— i Es una gloria nacional ¡—aseguraban los más. 

Y los dos académicos vecinos de Andros y de FiloSj 
no cesaban de ponderar la moral y la enseñanza teórica 
y práctica de Cómeles, en su brillante conferencia que, 
sin duda alguna, iba á hacer época. Sólo Andros y Filos se 
comunicaban en voz baja sus impresiones, grave el uno 
y riendo el otro. Ciertamente no mentía el académico, 
pero exageraba y denigraba por demás á la mujer del 
siglo XIX, muy lejos de parecerse en lo más mínimo á 
la que había pintado á la brocha gorda. En cuanto á la 
actual, la fotoelectrotipó con bastante semejanza. Un 
poco hiriente, pero halagando su «hermosa vanidad», lo 
mismo que la de las hijas y de los maridos. 

— ¿Qué habría dicho Parelia, si le hubiese oido? — dijo 
Filos. 

— Seguramente nada consolador, x^ara el disertante, — le 
contestó Andros. 



JORNADA XI. 



MIENTRAS felioitaban en antesalas al eminente moralis- 
ta por su brillante disertación y por la demostración 
de que había sido objeto por parte déla sociedad de la 
«Propia Beneficencia», ocupaba la tribuna el gran esta- 
dista y académico, Excmo. doctor don Narciso Cbin<íado. 
Después de un aislamiento voluntario, ocasionado por las 
desilusiones y las esperanzas perdidas ( á la presidencia 
de la República) había permanecido lejos de los grandes 
centros, dedicando su tiempo al estudio de las institucio- 
nes libres, al perfeccionamiento de la oratoria, al pro- 
greso del arte de vestir y á la ciencia del tocador. Nadie 
le había, hasta entonces, aventajado en estos dos últimos 
ramos del saber humano, que él había conseguido elevar 
al cuadrado de lo lítil por lo agradable. Sus numerosas 
obras así lo atestiguaban. 

Su presencia distinguida y amanerada no produjo el 
efecto que, indudablemente, él esperaba. La ilustrada con- 
currencia se manifestó únicamente guardando un respe- 
tuoso silencio, en tanto que las miradas recorrían su aca- 
bado tocado, desde sus cabellos grises hasta sus zapatos de 
charol. ¡ Qué elegante se mostraba y qué satisfecho de sí 



160 EN EL SIGLO XXX. 



mismo, por otra parte! Parecía que la acción del tiempo 
y del aislamiento voluntario le habían probado á las mil 
maravillas. Se hubiera dicho que por su rostro los años 
y los desencantos pasaban sin dejar más huella que una 
que otra arruguilla insignificante : siempre inalterable y 
enseñando su indiferencia de pavo real , siempre blanca 
su mirada, sin expresión, sin vida.. . sino para su perso- 
nalidad exterior y para su ser interior ambicioso, jamás 
satisfecho. 

¡Cuántos sueños de gloria desvanecidos, cuántas ilusio- 
nes marchitas, cuántas esperanzas acariciadas en la sole- 
dad, entre los libros, delante de los cristales azogados se 
mostraban por siempre muertas en su frente, en la iro- 
nía de sus labios y en toda su personalidad de cohete 
chingado, por habérsele apagado la guía antes de tiempo, 
para luego caer en las aguas heladas del olvido popular! 
¡Surgir un día de la pirotécnica de la suerte, mostranse á 
todos propicio para la gran fiesta de la República y no 
explotar cuando las circunstancias lo requirieron, no 
podía dársele á un pobre cohete mayor desventura, ni 
más enorme fiasco! ¡ Ah, la terrible humedad de las pa- 
siones superfinas, había inutilizado á más de un cohete 
y á más de un hombre inteligente y notable! 

— En la vida de los pueblos no todas son llores, — dijo 
Andros. 

— Ni retórica parlamentaria, — agregó Filos. 

Sin embargo, ni aquella glacial acogida, ni las miradas 
indiscretas y picarescas, ni las sonrisas irónicas y mal 
intencionadas, ni algunas palabras sueltas agrias ó sarcás- 
ticas que casualmente llegaron á su oído, — nada, en una 
palabra, le tomó desprevenido, ni le causó la menor impre- 



EN EL SIGLO XXX. 161 



sión desagradable. Estaba tan acostumbrado á los desaires 
y tan curtido á los golpes más rudos, que todo aque- 
llo le supo á flores y á pau del cielo! Así fué que sin alte- 
rarse en lo más mínimo, esperó un momento propicio 
para improvisar su conferencia, apropósito de la influen- 
cia de la moda, como motor estético del progreso, en las 
costumbres y creencias de los pueblos del siglo XXX. 

La sola enunciaciíjn del tema, fué lo bastante para li- 
quidar la barrera de liielo que la concurrencia le había 
levantado, lo suficiente para destruir la indiferencia de 
todos. Y que el hielo se liquidaba y la indiferencia se 
convertía en atención, lo demostró un espontáneo aplauso, 
un murmullo en seguida de aprobación, y después un 
franco silencio, sin sonrisas irónicas, ni miradas picares- 
cas, ni palabras sueltas de un sentido sarcástico y amargo. 
Entonces el conferenciante sonrió á la concurrencia, como 
queriéndola decir que no era tonto á tal extremo que no 
comprendiese el lado débil de los circunstantes y dónde 
les apretaba el zapato.. . á la última moda! 

Desde luego, comenzó preguntando, ¿dónde se mani- 
festaba más el adelanto y la cultura de una sociedad? 
La nuestra, por ejemplo. En sus instituciones (más ó 
menos libres á que debían sujetarse). Pues, bien, ¿cuál de 
aquellas instituciones era la que más dominaba en nues- 
tra sociedad, organizada y gobernada según la ciencia 
política más acabada? ¿Cuál la que la elevara al rango 
de primera nación? ¿Cuál la que había despertado el gusto 
exquisito por lo bello, lo verdadero y lo bueno? ¿Cuál la 
que había mantenido en la colectividad ese espíritu de 
moral y armonía — hasta cierto punto — entre las clases su- 
periores é inferiores? En fin, ¿cuál era aquella que ha- 
ll 



162 ÉN EL SrULO XXX. 



bía arraigado el amor á la patria, al progreso, á la paz y 
al bienestar de todos? 

— No trepidaré en decirlo: esa institución es la moda,— 
agregó triunfante. 

Y, en efecto, la moda era una de las instituciones de 
nuestro país, más liberal y capricliosa, pues todo, en su 
manifestación activa lo dominaba, lo reglamentaba, lo go- 
bernaba y lo imponía bajo la presión de sus caricias dul- 
císimas. La le}', en todas sus formas, le pertenecía por 
completo, basta imponer la Fundamental al pueblo, aca- 
riciándole con promesas constitucionales á cumplirse, ó 
considerándole como el Soberano.. . aunque nunca lo fue- 
ra sino de nombre. Ningún miembro de la colectividad 
podía tener más prerogativas que otro: todos eran igua- 
les ante If ley.. . escrita. Poco importaba que no lo fue- 
ra llegado el caso de su aplicación. Entonces la ley es- 
taba de parte de la libre institución de la moda, con ó sin 
razón, con ó sin derecho, que razón y derecho no tenía 
aquel miembro que no gozaba do los pingües beneficios 
de esa libre institución indestructible, especie de consti- 
tución universal y única. 

Asi, pues, no tenía nada de extraño, y sí de benéfico, 
que los poderes encargados de legislar, ejecutar y admi- 
nistrar la justicia, fueran compuestos de aquellos hom- 
bres que la moda había elevado hasta donde más se 
podía ambicionar en un país republicano. En consecuen- 
cia, era más qufc lógico que todos sus actos respondieran 
á mantener en lo más alto aquella institución. La inteli- 
gencia, el saber, el patriotismo )' la honradez, eran cosas 
tan solo dignas de los antiguos pueblos, que jamás alcan- 
;zaron á comprender el verdadero ideal de la ciencia po- 



EN Eii sraLo xxx. les 



i 



lítica: la moda. Para los pueblos, im hombre que había 
llegado á ser de moda, debía hacer carrera, y si su cere- 
bro, afectaba la forma redonda, ya podía contar con una 
presidencia, un ministerio, un juzgado ó una butaca en 
el Congreso ó Cangrejo, como decían los argentinos del 
siglo XIX, con muchísiüía razón. 

De lo contrario, ¿qué otros títulos podían ofrecer á la 
consideración pública nuestros hombres actuales, ilustres 
desconocidos encumbrados en los más altos poderes, 
como una ironía de la casualidad, que solía ser muchas 
veces funesta? ¿Qué títulos? La moda únicamente de la 
imposición oficial, la moda más productiva, que enjendra- 
se ciudades y enriqueciese á unos cuantos desconocidos, 
que mañana ostentarían hoteles, palacios y suntuosos sa- 
lones. ¡ Hasta dónde alcanzaba la moda en la maquinaria 
de los poderes del Estado, premiando los servicios de 
los más patriotas! ¿Y qué decía el Pueblo Soberano? 
Aplaudía, porque hasta el aplauso por lo malo y lo irre- 
gular, siendo á los hombres de la moda, era una manifesta- 
ción viva de educación, de progreso y de gusto refinado, 
que le colocaba en el número de los más civilizados y 
accesibles al adelanto... para el bienestar de la patria. 

Las mismas revoluciones que se habían producido en 
el país, hijas de una oposición sistemada y terca, ¿de 
tlónde habían nacido ? De la moda ... de encontrar todo 
malo aquello que no surgiera del partido — ese partido 
que de puro viejo é inservible se venía abajo, como la 
fruta podrida caía de la rama que la sostenía, para no 
servir más ni á los hambrientos ni á los animales. ¿ Ó 
acaso aquellas revoluciones habían nacido del Pueblo So- 
berano? i Qué disparate! El Pueblo Soberano buscaba 



164 EN EL SIGLO XXX. 



la paz y no el desorden, la armonía y no la rnina, el equi- 
librio y no el caos. Era solamente por la moda de hacer 
revoluciones, para ver si á río revuelto podían ganar algo 
esos sempiternos pescadores del presupuesto! Nada más. 

— Ved, cómo la moda alcanza hasta la política, — dijo 
entonces. 

En seguida, continuó preguntando ¿por qué nuestra so- 
ciedad se distinguía tanto y había llegado á un desarrollo 
que jamás soñaron los pueblos incultos del siglo XIX? 
¿Quién había protegido al comercio, á las industrias, á 
las artes, á las ciencias, ala educación? La moda. Por 
ella la mujer había conseguido su puesto verdadero en 
el mundo, los salones adquirieron el esplendor actual, y 
el hogar y la familia el ideal contemporáneo, muy <lis- 
tante de parecerse al ideal incomprensible de nuestros 
antepasados. ¡Quién no admiraba la confortabilidad de 
los centros actuales, donde sólo llegaban los privilegiados 
ó los sacerdotes de la moda! Los mismos advenedizos, 
almaceneros, porteros ó lavaplatos de ayer, parecían 
hoy las personas más distinguidas. . . á fuerza de seguir 
la moda gastando sus enormes rentas ó comprometiendo 
el porvenir de sus hijos al hacer descuentos ruinosos en 
cualquier Banco de Provincia, que sostenía el Pueblo 
Soberano con el sudor de la frente. Pero el importe 
de aquellas rentas y de aquellos descuentos, muchas 
veces gu'ado por un suegro condescendiente, era invertido 
en todas aquellas cosas que la moda aplaudía, que imitaban 
los unos, criticaban lo 3 otros ó despreciaban los optimis- 
tas y los descontentadizos. 

La moda era el verdadero barómetro de la cultura, del 
reíinamiento y del progreso de una sociedad. Los que 



EN EL SIGLO XXX 165 

aseguraban que ella marcaba el sello de la decadencia 
de un pueblo, comprometiendo lo que se tenía y lo que 
no se tenía, hacía mucho tiempo que vivían con los ojos 
vendados por la mano de la envidia. Nada había como 
la moda para poner de manifiesto el estado moral y eco- 
nómico de una bien administrada nación. ¿Quién sino ella 
había aumentado las rentas y las entradas del país, gra- 
vando muchas veces al Pueblo Soberano con impuestos 
imposibles. .. para los economistas de pega? ¿Quién sino 
ella había aumentado el valor de la propiedad, subido el 
precio de los alquileres y contribuido al engrandeci- 
miento del país? ¿ Quién sino ella aumentó los presu- 
puestos de la Nación y dio á los empleados más 
insigniñcantes esas apariencias hermosis de personas 
pudientes? ¿Quién, en fin, sino ella dio t.abajo al pueblo, 
creo las huelgas y señaló á los industriales salarios es- 
pléndidos, que bastaban para pagar los impuestos y con- 
tribuciones, y que apenas les alcanzaba para comprar 
un pedazo de pan y de carne para su manutención? 

Por eso, nuestro Pueblo Sobei"ano era el más viril, no- 
ble y moral del mundo. Por eso, la felicidad y la tran- 
quilidad general eran hechos inequívocos. Que se 
advirtieran ciertos males, no significaba que fueran cau- 
sados por una latente decadencia, — como aseguraban 
algunos pesimistas, — que se venía acentuando desde al- 
gunos años á esta parte. ¿ No tenían en contra, esos 
murmuradores, el colosal y pasmoso adelanto del país? 
¿ Qué más querían ? Algo debía quedar por hacerse siem- 
pre, en el porvenir. ¿ Dónde existía, ni cuál era el ideal 
del perfeccionamiento absoluto? Tan perjudicial era la 
mentira, como la verdad única en el complicado orga- 



166 EN EL SIGLO XXX. 



nisino de las sociedades contemporáneas. Debía existir 
siempre la ley del contraste: de nn lado la verdad y del 
otro la mentira. ¿Qué pretendían entonces? ¿La sinceri- 
dad? No era de moda. El antifaz de carne ei'a el que 
aconsejaba la moda. Nada más. Pretender lo contrario, 
era no sólo absurdo, sino ridículo y temerario. 

— Por eso sigo la moda y la venero, — agregó, haciendo 
una pausa. 

Aquello del ^antifaz de carne» aconsejado por la moda, 
le valió al orador un estrepitoso aplauso. Todos los cir- 
cunstantes apoyaron el pensamiento. Era ello la pura 
verdad. ¿Qué ei'a la cara del hombre en todos los mo- 
mentos sino un antifaz espléndido, que manifestaba á 
voluntad las pasiones del alma simuladas ó fingidas, 
para engendrar las más verdaderas ? El amor, el odio, el 
cariño, la ira, el desprecio, la simpatía, la amistad, todos 
á una, no se manifestaban en la cara ? ¿ Quién se mos- 
traba sincero en el día, sin pasar por tonto ó por loco? 
Fuerza era entonces poner en juego los músculos de la 
cara y sus distintos órganos, para demostrar lo que se 
deseaba ó lo que se sentía. El resto lo arreglaba la 
lengua. 

— ¡Qué penetración la de este hombre! — dijeron los 
unos. 

— i Encanta con sus palabras ! — agregaron los otros. 

— ¡ Cómo conoce la moda! Lo que ésta puede.. . ! — afir- 
maron los más. 

Cuando se hizo nuevamente el silencio en la concu- 
rrencia, el conferenciante prosiguió diciendo que si el 
siglo XIX hubiera comprendido la influencia de la insti- 
tución de la moda en los destinos de los países, — los de 



I 



EN EL SIGLO XXX. Ifi7 

entonces no habrían tenido que soportar los desbordes del 
caudillaje y de los pordioseros de levita, el dominio del 
sable y la imposición oñcial en aquellos actos que eran 
de la exclusiva pertenencia de las mayorías populares. 

Era que los pueblos de entonces vivían en una completa 
y lastimosa ignorancia de sus prerrogativas y deberes, 
careciendo, por completo, de una noción exacta de lo 
que valía su voto en la elección do sus mandatarios ó 
administradores. Así, pues, no era extraño que uno^ 
cuantos especuladores de aquella ignorancia sacaran 
gran partido falsificando votos y registros, para entroni- 
zarse en el poder, olvidar al pueblo y sus intereses, para 
garantir una vida espléndidamente cómoda á sus parcia- 
les ó miembros del partido, especie de esponjas de los 
dineros públicos. 

Si el siglo XIX hubiera comprendido lo que valía la 
moda en la vida general de los pueblos, — su desarrollo 
y su cultura, su saber y su ilustración habrían sido más 
consoladores, legándonos una herencia pingüe de pro- 
greso, que desgraciadamente no recibiéramos. Ese progre- 
so habíamos tenido que formarle nosotros, nuestro siglo, 
por medio de la moda, para legarle á nuestros hijos del 
porvenir. Para entonces, los pueblos no podrían negar en 
manera alguna, el interés y el patriotismo, la honradez 
y la sinceridad con que habían procedido nuestros hom- 
bres actuales en el Gobierno y en la administración de 
los intereses generales, de los suyos propios y de los de 
sus partidarios, que ayer mendigaban una caricia del pre- 
supuesto y hoy vivían de los banquetes que les servía la 
gran confitería de «Las Concesiones», en tanto que el 
Pueblo Soberano dormía el sueño del hambre dentro de 



161 EN EL SIGLO XXX. 

algún caño maestra de los hilos telefonográficos ó de las 
aguas corrientes ! 

Era por eso que nuestras sociedades se engrandecian 
más y más cada día, reinando entre ellas la armonía más 
satisfactoria. ¿Por qué? Porque habían seguido siempre la 
sentencia de nuestro gran historiador nacional Excmo. 
señor Nitro, que decía: que «la peor de las elecciones 
valía más que la mejor de las revoluciones.» Era porque 
nuestros pueblos del siglo XXX conocían sus derechos y 
prerrogativas, no se dejaban entusiasmar con figuras de 
retórica, ni concurrían incondicionalmente á las vicenfa- 
dns politiqueras, y hacía mucho tiempo que dejaran de 
servir de instrumentos alas pasiones mezquinas de unos 
cuantos intransigentes ó negociantes del país. Todo este 
cambio — la muerte de las revoluciones y la desaparición 
de la carne de cañón para la tranquilidad de todos — se 
debía á la libre institución de la moda, que daba lustre 
y esplendor, atracción y magnificencia á las sociedades, 
estimulaba las industrias y el comercio, daba fuerzas á 
los individuos y vitalizaba á las razas, encumbraba á los 
desconocidos y levantaba á los ignorantes, creaba un 
culto necesario de turiferarios y folicularios, daba alas al 
socialismo y nutría la miseria. .. 

— Como dicen los que no conocen la moda, — agregó 
sonriendo. 

La moda lo alcanzaba todo: desde las ciencias hasta las 
industrias, que unidas contribuían á mantener la vida en 
un estado satisfactorio, privando al cuerpo de lo dañino 
y dándole vestidos y ropas que las artes cortaban y ma- 
nufacturaban de conformidad con lo útil y lo agradable, 
lo distinguido y lo elegante . . . aunque fuera debiendo á 



EN EL SIiíLO XXX. 169 



medio mundo. Si las artes con sus perfumes y tinturas, 
sus polvos y sus telas, sus vinos y licores, sus muebles 
y tapices, por cualquier motivo llegaban á atacar la salud 
de los individuos, éstos tenían á la mano los médicos y 
los específicos de u\oda para volverla á su estado pri- 
mitivo de robustez. 

Merced a las ciencias, los viejos conseguían aparien- 
cias de jóvenes, éstos de viejos, las mujeres adquirían el 
esplendor de las grandes bellezas, los atractivos más ad- 
mirables en sus formas, en la finura y suavidad de la piel, 
en el encrespado coqueto de sus cabellos y en la blan- 
cura de sus dientes. . . que el arte del dentista los babía 
imitado hasta el perfeccionamiento. Lo mismo que el 
progreso de las otras varias artes para concluir y dar 
turgencia á lo que estaba vedado á los ojos, en lo interior 
de los vestidos ágenos. . . ajustados y cortos, lo debían 
á la última moda. Por eso era que, entre nosotros, se lia- 
bían desarrollado tantas afecciones insignificanies, que 
la medicina extirpaba con sus medicamentos apropiados. 
Por eso era que babía tanto médico y farmacéutico — 
verdaderas enfermedades crónicas de los pueblos á la 
moda. 

— ¡Calculad abora si es útil la moda! — exclamó el 
orador entusiasmado. 

¿Y dónde más se encontraba ella? En el arte, pro- 
piamente dicho: «en esa inmensa abertura donde 
cabía todo lo posible>, — segiin afirmaba un antiguo 
poeta francés, — «en esa excepción singular entre las 
cosas humanas>. Pues en aquella abertura y en esta 
excepción singular, era donde la moda más entraba á for- 
mar escuela. En el arte nacional, así llamado desde 



170 EN EL SIGLO XXX. 



tierapo inmemorial, poco ó nada entraba á formar parte 
la inteligencia genial, ni la verdaderamente creadora y 
original. Para serlo, era suficiente imitar á tal ó cual clá- 
sico argentino ó gringo del siglo XIX, seguir las huellas 
de este romántico ó de aquel naturalista, lo mismo en 
la novela que en el drama, en la poesía que en la fan- 
tasía. Con tal de continuar la moda de Ins escuelas do- 
minantes, ahí se tendría un laureado, una inteligencia, 
un talento^ un genio — ¡ nn genio sol)re todo, aunque no 
hubiera inventado la pólvora, ni los alfileres! 

— ¡Por fin ha dicho una ])asable verdad! — exclamó 
Andros. 

— Sin embargo, la concurrencia ha de creer que está 
hablando del siglo XIX, — repuso Filos. 

— ¡Y cuan lejos se halla de aquellos tiempos !— agregó 
el primero. 

— Para comprender, así son los nuestros. . . 

— ¡ Silencio, señores ! 

— ¡Silencio. . ! — se dejó oir en la concurrencia, que en- 
tusiasmada acababa de aplaudir al ilustre estadista. 

— Pues, como il:)a diciendo... — prosiguió el conferen- 
ciante. 

La moda en el arte, no debían extrañar que hubiera 
dado tan buenos resultados. Entre nosotros la libertad 
del pensamiento había creado autores á millares. Ellos 
ilustraban, educaban y perfeccionaban el gusto del pue- 
blo con sus notables y conocidas, soberbias y admirables 
obras... (á publicarse algún día) tanto en prosa como 
en verso, en forma de Correspondencias ó de Viajes, de 
novelas ó de poemas. Esta exuberancia de inteligen- 
cias. . . (^del jíorvenir) no existía entre los antiguos 



EN EL SIGLO XXX. 171 



I 



argentinos, que carecieron hasta de una noción exacta 
de la estética en el arte, por no seguir la moda de la 
imitación, y ser originales, según decían nuestros más 
reputados comentaristas de los autores clásicos. 

¿Quién elevara al pináculo de la gloria á nuestros 
actuales genios argentinos? ¿La opinión de todos, ante 
lo descollante y lo original, lo bello y lo útil, lo agradable 
y lo verdadero? ¡Qué amarga ironía! Entonces ¿era la 
suerte, la casualidad, las circunstancias? Algo habían in 
fluido éstas aunque no del todo. ¿ Quién en definitiva? 
El bombo y la farsa, — según los envidiosos. Nada más. 
Porque la elevación intelectual, la idea creadora, la imagi- 
nación fecunda, el gran pensamiento extraño á la imita- 
ción ó al plagio disimulado, jamás habían alcanzado entre 
nosotros el puesto que se merecían en el hogar del arte, 
invadido por unos cuantos folicularios y turiferarios, que 
se prodigaban mil caricias impundentes en el casto tála- 
mo del Genio y de la Gloria! 

— ¡Bien.. ! ¡muy bien., ¡-exclamaron los unos. 

— ¡Bravo. . .'' ¡bravo ! — agregaron Andros y Eilos, aplau- 
diendo. 

—¡Viva el Excmo. seííor doctor don Narciso Chinga- 
do!. . j Viva. . ! —gritaron los más . 

^¡Qué espléndida dialéctica! — dijo el filósofo Granito 
de Adoquín. 

— ¡Qué hermosas figuras! — añadió el poeta Cándido 
Debarro. 

Y aquel unísono aplauso duró algunos segundos. Cuan- 
do cesaron los vítores, las batidas de palmas y las excla- 
maciones de entusiasmo, — el disertante concluyó dicien- 
do que era su intención continuar sobre el tema de la 



172 EN EL SIGLO XXX. 



moda, estudiando algunas otras cuestiones que se había 
olvidado de apuntar, lo mismo que la influencia que ha- 
bía ejercido en las creencias y costumbres de nuestro 
país, en el hogar opulento ó en el miserable tugurio, — 
pero se veía imposibilitado de hacerlo por hallarse fatiga- 
do en demasía, por lo cual pedía mil escusas á la atenta 
é ilustrada concurrencia. Saludó y se retiró, diciendo 
para sus adentros: 

— 1 Así se escribe la historia ! . . 



JORNADA XII. 



No había aun desaparecido, por completo, la distinguida 
y elegante ¡personalidad del ilustradísimo académico 
detrás de los j)ortiers que guiaban á las antesalas de la 
Academia, cuando de pronto la concurrencia se sintió 
conmovida por un sentimiento de horror indefinible. 
¿Qué había sucedido? Fué ésta la pregunta que inme- 
diatamente se hicieron los más valientes poniéndose de 
pie, al mismo tiempo que los demás circunstantes inmu- 
tados y despavoridos. Las señoras y las niñas, que en ma- 
cho estimaban sus vidas, fueron las que más tumulto 
formaron en aquel supremo momento, cuando la con- 
ferencia recién comenzaba á cobrar algunas proporciones 
de interés palpitante. 

Pero aquella natural pregunta no consiguió su res- 
puesta; y, entre tanto, la alarma cundía de una manera 
verdaderamente penosa. Fué inútil, para calmar los áni- 
mos, que la orquesta tocara el Himno Nacional. Nadie 
oía en circunstancias semejantes. Por el contrario, la 
música de la canción patria sólo i:onsiguió aumentar el 
desorden, que amenazaba tomar proporciones peligrosí- 
simas, pues todos empujándose, llevándose por delante, 



i 



Í74 EN ÉL SIGLO :ÍXX. 



rompiendo sillones, derrumbando estatuas y op'"imién- 
dose los unos contra los otros — sin miramientos, ni dis- 
tinción alguna de sexo^ — -buscaban las dos puertas de 
salida — las dos únicas puertas que daban al boulevard. 

En un momento el grandioso salón de la Academia, 
que minutos antes presentaba el golpe de vista más her- 
moso y risueño, quedó convertido en un campo de pugi- 
lato y de indecencias indecibles, en una masa de gente 
que vociferaba, suspiraba, lloraba, se desmayaba, sin 
conseguir nada con todas esas manifestaciones, sino 
aumentar la desesperación de ios unos }' la pavura de los 
más. 

Sólo Andros y Filos, que ocupaban unos sillones que 
justamente se encontraban cerca de las puertas de salida, 
consiguieron ponerse en salvo de los primeros y averi- 
guar la causa que iiabía motivado el tumulto, el desor- 
den, la desesperación y e\ pánico. Una vez en el boule- 
vard, recién recordaron los dos amigos, que uno de los 
porteros de la Academia penetró alarmado al salón, gri- 
tando: — «¡Fuego.. . ! > — sin valorar ni considerar aquel 
desgraciado ignorante, las consecuencias que con seme- 
jante voz podía ocasionar entre la concurrencia, que 
desde un principio se alarmó sobremanera^ en lugar de 
acallar un tanto el instinto de la conservación^ para con 
el orden poderla conseguir, en caso de verdadero é inmi- 
nente peligro. 

Aquella ola desenfrenada de carne humana, se apelma- 
zaba más y más. Con el violento y salvaje empuje déla 
desesperación, sólo consiguió cerrar completamente las 
puertas del salón, las de salida al boulevard y quedar en- 
cerrada, sin salvación ni para los primeros (aplastados 



fíN EL SÍGtiO XXX. I7é 



1 

I 



contra las puertas) ni mucho menos["para los últimos, que 
contribuíiin al aglomeramicnto empujando brutalmente. 

En aquel caos, que llegaba hasta lo fantástico, lo inve- 
rosímil, más (le un una mujer se encontró casi desnuda, 
más de una vieja sin peluca, más de una niña se tragó 
sus dientes postizos, más de un hombre perdió los fal- 
dones de su frac, más de un anciano maldijo las confe- 
rencias y más de un gomoso se sintió desfallecer. Y aquí 
un desmayado, allí un herido, acullá una Magdalena, más 
allá una asfixiada y do quiera gritos, ayes y sollozos, 
todos y todo bañados por los espléndidos y tranquilos 
rayos de los focos de luz eléctrica que iluminaban el 
salón, presentaban el cuadro más extraño, original y triste. 

— Y dónde, ¿dónde está el fuego? — gritaban las mu- 
jeres. 

— ¡Sálvese quien i^ueda!. . ¡Tenemos revolución! — voci- 
feraban los más. 

— ¡Calma...! ¡Calma... ! — pedían algunos académicos 
azorados. 

Pero, ni nadie sabía dónde se había producido el ele- 
mento- destructor, ni conseguía ganar la pública vía y 
mucho menos calmarse, i Cómo sería el desorden ! ¡Y aun 
había algunos que pensaban en una revolución! ¡Sino 
ha))ía nada como el miedo para engendrar fantasmas y 
visiones! Entretanto, el fuego, el fuego devorador, no 
asomaba por ninguna parte, no obstante que algunas per- 
sonas sentían un cierto calor que no era inherente ó per- 
teneciente á la situación. ¿Dónde, pues, se había produ- 
cido el incendio ó en qué punto había estallado la revo- 
lución? ¿En contra del Gobierno constituido? ¿Si sería 
producida por el Gobernador Excmo. señor don Madeja 



176 EN EL SIGLO XXX. 



de Araña? ¡Qué hombre funesto! Mas nadie contestaba 
á nadie, todos preguntaban y ninguno respondía. 

Aquel número de voces y de gritos en todos los tonos 
del diai^asón de la desesperación, formaba una sola onda 
sonora colosal, imposible de cojiparar, sino con la mar 
durante la tempestad ó con el ladrido fároz de la turba 
desenfrenada de los vientos, como dijera un poeta, en las 
enormes concavidades, huecos y cavernas de las montañas 
durante la calma y la soledad de las noches de invierno, 
cernida sobre las ruinas de las ciudades muertas ! 

— Con efecto, el fuego puede comunicar... — dijo 
Andrés, en el boulevard. 

— Principalmente con la Academia, — agregó Filos. 
Fuera del salón, del centro del tomulto y de la aglome- 
ración de aquella gente espantada, el boulevard presen- 
taba el cuadro más extraño. Los autómatas, los vehículos 
de alquiler, los tramvías eléctricos, los pequeños ferro- 
carriles, los Vicentes que concurrían á escape á satisfacer 
su curiosidad, las máquinas apagadoras, las bombas auxi- 
liares, los soldados y bomberos, todo en el mayor desor- 
den, confundido y aglomerado, en medio del tintinabuleo 
de las campanillas telefonográficas y de los toques de cla- 
rín, ofrecía al frío espectador la escena más ridicula y 
penosa al mismo tiempo. 

Todos á una, maldecían ó reían, criticaban ó gritaban 
en contra de la administración general de las Aguas Co- 
ntentes. Justamente, pocos momentos antes del incendio 
del edificio más próximo al de la Academia por el lado 
derecho, — se habían reventado varias calderas y bom- 
bas de alta presión en la Usina, ocasionando, quién sabe 
cómo, la rotura de inñnidad de caños maestros y meno- 



EN EL SIGLO XXX. 177 

res en la ciudad. Por consiguiente, se notó en el acto la 
carencia completa de agua, necesaria para el consumo de 
aquel cuartel y para extinguir el incendio, que comenzó 
á cobrar proporciones enormes y fatales para losediñcios 
circunvecinos. 

— ¡Casualidades funestas...! — se oia decir por todas 
partes. 

Dentro del gran salón de la Academia de «La Mutua Ad- 
miración», la concurrencia, pasados algunos momentos, co- 
menzó á tranquilizarse, merced á las influencias poderosí- 
simas de los académicos. Varios de ellos, por turno, aren- 
garon á los alarmados concurrentes, de una manera 
tan elocuente y persuasiva, que la calma empezó á ha- 
cerse, el pavor á desaparecer y á reinar la tranquilidad 
en los ánimos, aún en los de los más exaltados. Como 
era consiguiente, con el orden las puertas todas se abrie- 
ron de par en par. Entonces la concurrencia pudo ganar 
el boulevard y cerciorarse oculus videncli de lo que acon- 
tecía en aquella acera. 

La conferencia, como era natural, quedó suspendida, 
terminada de hecho, desgraciadamente, cuando recién 
había espezado á cobrar interés, — cuando iban á diser- 
tar varios conocidos académicos, literatos, sabios y poe- 
tas renombradísimos, que sólo esperaban sus turnos res- 
pectivos en la primera y segunda parte. Felizmente no 
hubo desgracia que lamentar. Mucho se sintió no poder 
ver al eminente prestidigitador, que según decían algunos 
inteligentes en el arte del escamoteo, el sujeto aquel 
era una verdadera nota'^úhdad. Si hubiera sido gobierno, 
habría escamoteado los dineros del pueblo, con tanta fi- 
nura y limpieza, que éste no se habría apercibido en lo 

i 



178 EN líL SIGLO XXX. 



más mínimo de ello. ¡Qué hombre de talento! Pero ¿quién 
podía adivinar ó prever aquel incendio? Habían perdi- 
do, sin duda alguna, un encantador entretenimiento. 

Los cronistas, mientras averiguaban las causas que 
produjeran el incendio, como partes interesadas malde- 
cían las funestas casualidades y el incidente que les iba 
á privar de la suscrición para fundar nn diario, de estilo 
sensacional puramente, que desde tiempo atrás venían 
ambicionando. ¡ Ya no tendrían el óbolo de los con- 
currentes! La idea del patriótico académico Excmo. señor 
doctor don Patricio Camaleón, quedaba, desde luego, 
para otro momento, — que quién sabe cuándo llegaría ! 
Así, pues, los únicos que verdaderamente perdieron 
con aquel fuego maldito, fueron los cronistas — los que 
nutrían con su actividad y su talento la ávida curio- 
sidad del público, con los incidentes, los hechos y los 
acontecimientos del día. 

Una vez fuera la concurrencia del salón de la Aca- 
demia, cada cual, después de satisfacer su curiosidad y 
volver completamente del susto, comenzó á encaminarse 
á su domicilio, no sin antes girar la cabeza varias ve- 
ces para contemplar el panorama que el fuego desde 
lejos les ofrecía. Cerca los demás, mezclados con los vi- 
cenicB que llenaban las aceras, las caras teñidas con 
los resplandores de las colosales llamaradas, hacían mil 
comentarios del suceso de la noche, que todos los dia- 
rios registrarían al siguiente día, narrado pj'/ los cronis- 
tas beneficiados, que perdieron más de una ihisióu, 
más de mía esperanza en aquel «río revuelto de fuego 
voraz» ¡Pobres cronistas! Después de tanta y tan asidua 
labor, para llevar concurrencia á la conferencia y obte- 



EN EL SIGLO XXX. I7i) 



Í3 

I 



ner una buena entrada, sólo consiguieron aumentar iin 
desencanto más á los que ya tenían recibidos, en su 
vida de periodistas sensacionales. 

Entretanto, el incendio asumía proporciones colo- 
sales amenazando derrumbar el gran techo del edificio 
que , con sus existencias interiores nutría el elemento des- 
tructor, que no cedía á la influencia de las máquinas 
apagadoras, á causa de faltar el agua que las auxiliaba 
tan poderosamente. Era de ver la desesperación de los 
soldados y bomberos al salir chamusqueados y casi as- 
fixiados, después de voltear un techo, una pared, un ta- 
bique y un estante, blafemando y jurando en conti'a 
de las casualidades que les privaba del agua tan nece- 
saria en aquellas circunstancias. Fué en vano buscar 
el restablecimiento del orden para maniobrar mejor, coa 
más seguridad: nadie atinaba en semejantes momentos, 
sino á huir del fuego, dejándolo, por consiguiente, que 
tomara mayores proporciones. 

La alarma, en la vecindad, era espantosa. Cada cual 
con ó sin ayuda de algunos comedidos, trataba de sal- 
var lo que mejor podía de sus hoteles, tiendas ó alma- 
cenes. Sólo la Academia de «La Mutua Admiración> quedó 
desierta, sin preocuparse ninguno de sus miembros, ni 
los empleados, y uiucho menos 1 os sirvientes, de poner 
en salvo los valores que en máquinas, aparatos, libros y 
obras de arte existían guardados en los estantes y ana- 
queles de sus salas, laboratorios y bibliotecas. 

— Esto promete durar, — dijo Andros. 

— Vamonos. Es lo más acertado, — le contestó Filos. 

Pero en aquel mismo momento que los dos jóvenes 
se disponían á retirarse, el techo del edificio se derrumbó 



180 EN EL 8IGL0 XXX. 



de pronto, produciendo un ruido sordo, estremecedor. 
Lengüetearon miles de enormes llamaradas, 3' millones 
de chispas se elevaron por los espacios envueltas en 
gigantescas y fantásticas nubes de humo denso. Pareció 
aquello la erupción de un volcán. Un grito de asombro 
y de miedo se levantó de entre los ciícunstantes. Re- 
cién entonces el orden comenzó á restablecerse. El incen- 
dio solo se aijagaba. 

Después, cuando los dos jóvenes volvieron la mirada, 
á las tantas cuadras, — caminando tranquilamente por 
el boulevard, — el incendio se extinguía pausadamente. 
La caída del techo, lo había sofocado ca.si por com- 
pleto sin consecuencias fatales para la vecindad. Pero 
al llegar Filos y Andros á su palacio^ llamóles mucho 
la atención que, á aquellas horas, muy cerca de las once, 
se quemaran bombas y petardos, que ruidosamente esta- 
llaban en el espacio. En seguida, una legióu de pihue- 
los gritando con todas las fuerzas de sus pulmones, 
acertaron á pasar pregonando un boletín de <E1 Vónvo 
de la Tai'de», en el cual se daban noticias y detalles 
del incendio^ que acababan de presenciar. 

— ¡El boletín de cEl Vonvo de la Tarde...!» i Gran 
incendio ! . . . ¡ Ultima hora! — gritaban. 

Compró Andros una de aquellas pequeñas hojas, y, 
junto con su amigo, penetró á su casa. Subieron por uno 
de los ascensores á la sala de comer. En ella encontraron 
á Parelia y á los dos niñitos, alarmada la joven por el 
contenido del boletín. El lacayo, cuidador del autómata, 
se lo había proporcionado, guardando un prudente si- 
lencio respecto del incendio, para no hacer entrar en 
cuidado á la señora, según le dijo después á Andros. 



EN ÉL SÍGLÓ XXX. 181 

Pero, en verdad, el sirviente tirado de la lengua por 
Parelia, se lo había ya narrado todo. Por supuesto, ase- 
gurándola que los dos señores se hallaban bien distantes 
del peligro. No tenía nada que temer. Sin embargo, Pa- 
relia, mientras no llegaba su amado consorte, sentía cierta 
vaga inquietud, que desapareció al echarse en los brazos 
do aquél, y de estrechar efusivamente la mano de Filos. 

— Mi pai)á no tiene miedo al fuego, — exclamó Adamiro. 

— Mamá quería ir á buscarles, — agregó Evalinda. 

En seguida los dos pequeñuelos ^e quedaron dormi- 
dos. Era un caso excepcional que estuvieran levantados 
hasta aquellas horas. Después que les acostaron, los dos 
consortes y el amigo permanecieron en la sala de comer 
hasta las doce, recordando y comentando el suceso, la 
alarma y el tumulto en el salón de la Academia. Pero, lo 
que aseguraba el boletín, era falso en su mayor parte — 
completamente falso. El incendio no había sido extin- 
guido por el cuerpo de bomberos. Bien lo sabían. Ni las 
bombas funcionaron, ni mucho menos hubo agua. Lo 
único cierto del boletín era que el incendio tuvo lugar en 
la «Fábrica do polisones y de pantorrillas postizas>. En 
cuanto á Lis causas que lo produjeran y á las pérdidas 
calculadas, ellos no estaban interiorizados. Podían no 
ser perfectamente verídicos. .. los cálculos y las deduc- 
ciones. 

— -Van á lagrimear muchas damas de la Capital, — dijo 
Parelia, sonriendo. 

— ¡Ojalase incendiaran todas las del mismo género! — 
contestó Andros. 

— Nadie debe parecer, sino ser. ¡ Cuidado con el en- 
gaño! — agregó Filos. 



1á2 EN EL SIGLO XXX. 

— ¡ Se falsifica hasta la apariencia de la opulencia.. .! — 
repuso la joven. 

— ¡No es extraño, pues, que se imiten ]a.s faltas! — 
concluyó por decir Andros. 

Con la última campanada de las doce, después del cho- 
colate que acostumbraban á tomar, — aquel íntimo 
terceto quedó disuelto, ganando cada cual su dormitorio. 
Continuarían escribiendo al día siguiente, domingo. En 
efecto, hacia las cinco de la tarde, Andros le leia á Filos 
el contenido de cinco jornadas, así divididas para no 
fatigar al lector con una sola fragmentada en i^equeños 
capítulos. En ellas se concentraba todo lo que habían 
visto y oído, hasta el incendio, la partida y la llegada al 
edificio, como si hubiera pasado en el siglo XIX. Filos no 
le hizo la menor observación, pues en todo ello no decía 
sino la más pura y sincera verdad. Después de comer sa- 
lieron á hacer una gira, acompañados de Parelia y de los 
niños. Como la tarde era encantadora, se dirigieron al 
«Gran Bcsque». La alegría y la felicidad se adivinaba en 
el rostro de aquellos seres que se amaban y estimaban, 
como los ángeles de la mitología cristiana. ¡ Felices, por 
siempre, los que se comprenden, los que no fingen ni 
gastan convencionalidades para quererse! 



JORNADA XIII. 



LA tarde no podía ser más espléndida. Bajo un cielo 
de imaginación de poeta, despejado, tranquilo, trans- 
parente, mostrando allá, en la dulce línea del horizonte 
los últimos y suaves resplandores del sol, las tintas son- 
rosadas más puras, y l)ajo la agradable caricia aterciope- 
lada de las perfumadas brisas, — las amplias avenidas 
que conducían al aristocrático <Bosque», en medio del 
hervidero de los rodados y vehículos de todas las formas 
y gustos, parecían animadas por una voluntad superior, 
invisible, por el encanto de la estación, por las emana- 
ciones de las flores, por la vista de los panoramas de los 
multiplicados jardines, por tanto rostro de mujer bellí- 
simo 3' por tanta apariencia de alegría y de felicidad. 
¡ Quién sabe cuántos de aquellos tiesos y satisfechos pa- 
seantes, no habrían comido esa tarde ! Pero iban contentos 
y repartiendo saludos y sonrisas. Eso les bastaba para 
ser felices. Querían sólo aparentar, — y aparentaban una 
opulencia ¿ganada? En ninguna parte. ¿Heredada? De 
ningún pariente ! ¡Oh, sí, «la elegancia era la virtud del 
vicio ! » 

— ¡ Filos, no moralicemos. Contentémonos con obser- 
var, — dijo Andros. 



184 EN EL SIGLO XXX. 

— Justamente, — le contestó,— saco consecuencias de 
lo que observo. 

— ¿Vas á cambiar vicios de organización? — le pre- 
guntó Parelia. 

— No, seguramente, pero los apunto. Es material que 
necesitamos para nuestro libro. ¿ Serán al parecer los más 
insignificantes? No los estimo así fin el fondo. Es por ahí 
donde las sociedades comienzan á podrirse: por los 
pequeños vicios. Eso de mezquinar al estómago lo más 
necesario, para emplearlo en moños ó cintas, corbatas ó 
bastones, en vestidos ó rodados, es atentatorio, — es infa- 
me. ¡Vicios de organización... ! 

— ¡Calla, hombre! Te pueden oir. . . — le dijo Andros, 
sonriendo. 

—Pero ¿tengo ó no razón?— le replicó Filos. 

— Desde luego te la concedemos, — concluj'ó por decir 
Parelia. 

Nunca tanta ni tan elegante concurrencia había afluido 
alas avenidas. Principalmente la del centro, con sus 
dos magnificas hileras de palmas y de plantas escogidas, 
parapetando mil jardines caprichosos y de un gusto ar- 
tístico refinadísimo, presentaba el golpe de vista más 
hermoso, desde el arco monumental de la entrada. ¡Qué 
ambiente tan exquisitamente balsámico se respiraba por 
donde quiera ! Aquello más que un paseo público era un 
paraíso soñado, un sueño dentro de un sueño, como diría 
Poe. Algo había de oriental, del oriental antiguo, en 
semejante conjunto de belleza y de gusto, — algo fantás- 
tico que se sentía, pero que era un imposible definir. 
Miles de autómatas, de carruajes al estilo del siglo XIX 
y de velocípedos de una ó dos personas, pasaban y repa- 



EN EL SIGLO XXX. 185 



saban á cual más veloz, se mezclaban y confundían, todo 
en el ma3'or urden. Cientos de personas á pie paseando 
ó refrescándose en los lujosos establecimientos apropia- 
dos, recorrían las calles de la avenida ó contemplaban 
sentados aquel mundo extraordinario en incesante movi- 
miento. 

Los grandes y pequeños juegos de agua, de las fuentes 
y cascadas, imitando tal ó cual salto caprichoso, las esta- 
tuas en bronce ó mármol, los obeliscos, los arcos, los 
monumentos que el arte clásico nacional y el gusto refi- 
nado de los argentinos había allí reunido desde tiempos 
inmemoriales, ó actualmente, — todo aquel conjunto ofre- 
cía á la mirada una animación que simpatizaba con los 
ánimos contentos, que daba vida hasta á lo inanimado. 
Si el fundador del «Bosque» hubiera existido, y existido 
también el que mandó construir las primitivas avenidas, 
y hubieran contemplado lo que hoy tenían á su alrededor, 
seguramente iiabrían desconocido sus respectivas obras. 
¡ Lo que podía la acción de los años, del progreso y 
de la civilización ! 

¡ Cuál de los grandes escultores ó cinceladores argen- 
tinos no había donado una estatua ó un bronce para 
embellecer el gran paseo ! Ni qué jardinero (ingenieros 
todos ellos) no se había disputado una vara cuadrada 
para formar un jardín de combinaciones las más bellas 
y originales ! Ni qué gobierno dejó de propender con 
las rentas y el estímulo al adorno y mejoramiento de 
aquel centro distinguido de Ja sociedad flsiocratense I 
Cuántas novelas, de un alto mérito y. valor artístico, es- 
critas por los más afamados literatos, no habían allí 
comenzado su trama ó desarrollado su argumento 1 Fuerza, 



I 



186 EN EL SIGLO XXX. 



era, pues, que los hijos del país tuviesen por el espléndido 
paseo, más que cariño, amor, más que amor, delirio ! Si 
hasta se llegó á concurrir á él, mientras agonizaba un 
hermano, se daba sepultura á una esposa ó al día si- 
guiente del fallecimiento de un padre ó de una madre ! 
¡ Cómo se le quería al encantado «Bosque» ! 

— Conoces, Andros, de quién es esa estatua, recién 
erigida al parecer ? 

— Sí, Parelia. Es de uno de los gerreros de la inde- 
pendencia argentina : del eminente publicista antiguo, 
General Zar-Miento, — le contes:ó Andros. 

— ¡Qué arrogante! ¡qué noble figura! — agregó Filos. 

— ¡ Se parece á mi maestro ! — exclamó Adamko gol- 
peando sus manecitas. 

— ¡ Cállese ! i Qué entiende usted de parecidos !— le dijo 
su padre besándole. 

Desde la entrada á la avenida central del «Bosque», no- 
taron que la mayoría de los concurrentes les observaba 
con detención, mejor dicho, con insistente curiosidad. 
Filé Parelia la que, primero, se apercibió de ello. En un 
principio no le llamó la atención; pero, después de haber 
dado algunas vueltas, la misjna atención le picó la curio- 
sidad. Por cierto que á sus preguntas íntimas, no pudo 
encontrarles una respuesta satisfactoria. ¿Porqué las 
gentes le miraban con tanta insistencia? Y consultaba 
sil tocado, bien sencillo por cierto comparado con el lujo 
que allí imperaba, el vestido de su consorte, el de su 
amigo y hasta el de los niños ! Pero nada le daba qué 
sospechar, ni que fuera motivo paia aquellas miradas, 
esas sonrisas picarescas y aquellos cuchicheos. ¡ Nada ! 



ÉN EL SIGLO XXX. l87 



Sin embargo, en una de las vueltas le oyó decir apenas á 
una elegante y encopetada dama, que acertó á pasar en su 
autómata, cerca del suyo, estas vagas palabras dirigidas á 
un gomoso flaco y anémico que iba á su lado: 

— Siempre les veo juntos en el «Bosque». ¿Y esos... 
niños ? 

Pero la joven no alcanzó á comprender el significado 
de aquellas palabras cobardes. Cuando se las repitió á 
Andros, sonriendo de que se prohibiera á las madres 
llevar sus hijos á paseo, aquel no pudo contener una ex- 
clamación que espontáneamente apareció en sus labios. 
¡Infame! Guardóse muy bien de explicársela. Por el 
contrario, mostróse más animado. ¡ Qué importaba el 
dicho de una lengua de vívora, oculta dentro de una boca 
de mujer I ¿ No era costumbre murmurar de todo el mun- 
do, aunque los murmuradores fueran la única encarnación 
del vicio y del pecado ? Y despreció interiormente á 
aquella mujer que se dejaba cortejar en público p(»r un 
advenedizo, heredero de una fortuna de vicios y de 
trampas. Les conocía á los dos. 

Y continuaron su paseo. Sin embargo, las miradas cu- 
riosas no cesaron. Recién entonces, Andros, se apercibió 
de ello. Siempre creyó que los ojos eran para usados y no 
para guardados. Aquellas personas miraban, lo mismo 
que ellos. La cosa más natural. Pero no sucedía así. 
Entre mirar y fijar la vista en un objeto cualquiera^ me- 
diaba alguna distancia. Confundido, en un pi-incipio, 
recordando las palabras de la dama, se sentía un tanto 
embarazado. Pero cuando se convenció plenamente de 
que las miradas pasaban de sus hijos á Parelia, compren- 
dió inmediatamente lo que pasaba y lo que, por otra parte, 



188 EN EL SIGLO XXX. 

le había sacedido varias otras veces, justamente en cir- 
cunstancias que Filos le decia: 

— Nos miran porque venimos con niños, ¿Lo has ob- 
servado? 

— Sí, amigo mío. Dicen que la moda y la costumbre lo 
prohibe. 

— Lo sabía, — dijo Filos. — Vicios de organización, i Los 
niños incomodan ! 

— ¡ Así educan esas madres á sus liijos !— agregó Parelia, 
abrazando á los suyos. 

^¿Por qué no les traen? Ya lo sabemos. Inútil es de- 
cir que tales modas y costumbres jamás dominarán en 
mis creencias, sentimientos y afecciones. Cada uno manda 
en su hogar. En el mío sólo mando yo. Lo demás única- 
mente despierta en mi alma el más hondo desprecio ! — 
concluyó por decir Andros. 

Después bajaron del autómata y se encaminaron á 
beber un refresco en una de las braserías del cBosque». 
Casualmente se sentaron bastante cerca de un grupo de 
damas y caballeros que mojaban la garganta con vino 
«De la vuelta de arriba». El diálogo que seguían parecía 
animadísimo, á juzgar por las risas de las unas y las car- 
cajadas de los otros. Entre aquellas pf-rsonas, de lo más 
distinguido de la sociedad, se hablaba y murmuraba, 
como la cosa más natural, de todo y de todos. Aquello 
era una mesa de disección moral. Nadie era honrado, ni 
existía mujer virtuosa, ni joven que no fuera un disipado 
ó un vicioso hasta la médula délos huesos! Solo ellos eran 
los intactos y los puritanos. Sin embargo^ no dejaban por 
eso de saladar afectuosamente á los mismos criticados 
cuando pasaban cerca de ellos. Al propio tiempo asegu- 



EN EL SIGLO XXX. 1S9 



rabaii que nuestra sociedad se descomponía, se venía 
agusanando desde algunos años. 

— i Hay tanto desconocido opulento !. . — dijo una de las 
damas. 

^Las familias históricas van desapareciendo, — agregó 
otra. 

— ¡Nos hemos metalizado de una manera.. ! — se aven- 
turó á decir la tercera. 

Luego afirmaban que la moda, la elegancia, la distin- 
ción y la libertad jamás presentaron, en ningún siglo, un 
reinado ni más espléndido, ni más hermoso. Bien era 
cierto que la fortuna ganada ó heredada, principalmente, 
se encontraba muy repartida ó se aparentaba el tenerla. 
¿No marcaba ello un signo de progreso é imprimía un 
sello de bienestar encantador? ¿No tenía todo el mundo 
hotel ó palacio, daba recibos ó matmées aunque estuviera 
cargado de deudas? ¿No paseaba en autómata, carruaje 
ó velocípedo hasta el verdulero, el almacenero y el sas- 
tre, orgullosos y envanecidos de mezclarse con sus deudo- 
res y de apuntarles con el dedo? Y eso que no descendían, 
por decencia, hasta la mujeres de vida alegre, que al res- 
pecto había mucho que decir, cuando hasta ellas llegaba 
el progreso ! 

— ¡Por eso es que soy partidario de la república reaccio- 
naria!— á\io uno. 

— Como que somos amigos del Presidente, — agregó otro 
de los sujetos. 

— Por mi parte, soy liberal. Opino como se me da la 
gana, critico ó demuelo, lo mismo me da. Lo bueno del 
gobierno, siempre me parece malo y lo malo de mi parti- 
do, me sabe á lo mejor. Si en los poderes públicos no 



190 EN EL SIGLO XXX. 



hubiera tanto advenedizo, venido quién sabe de dónde, 
nuestra sociedad no habría descendido tanto! ¿Y es eso 
lo que tar.to admiran ustedes? Una sociedad de aparien- 
cias, compuesta de fortunas ganadas con el sudor de la 
frente... del favoritismo? ¡Vamos! Ustedes se están 
chanceando. . ! — dijo uno de los jóvenes del grupo, muy 
satisfecho de su perorata. 

— Amigo Liberto, usted exagera. No es tan malo el león 
como le pintan, — añadió otro. 

— La prueba la tiene usted, que le han elegido dipu- 
tado, — murmuró un tercero. 

— Eso pertenece á los intereses privados, — contestó 
Liberto. — Y hablando claramente, skvo al pueblo y no 
á partido alguno. ¡Pongamos las cosas en su lugar! 

Y les encareció que cambiaran de conversación. Aque- 
llas damas de pelo corto, sombreros monumentales, vesti- 
dos dibujando provocativamente las formas, no espera- 
ron que lo repitiera. Justamente era lo que buscaban. 
La política les parecía algo en extremo árido, si bien sus 
consortes que andaban paseando, quién sabe por dónde, 
no hacían otra cosa: siempre fuera de sus casas, donde 
los ministros concurrían á formar tertulia, entre diputa- 
dos y senadores, aunque éstos eran los menos. No impor- 
taba que este ministro fuera un cínico ó aquel otro un sin 
vergüenza : eran ministros y carta blanca tenían en todas 
partes. Antiguamente, decían, que se calentaba el agua 
para que otros tomasen el mate. Y así acontecía, en. las 
barba* de todo el mundo. La libertad. . .era constitucional. 
Al derecho de conquista,., ¿que derecho de gentes lo 
había desterrado? lúa. propiedad, ¿no era un robo? ¡Po- 
bres mujeres! 



EN EL SIGLO XXX. 191 



I 



- ¡Liberto, usted exagera siempre..! — le dijo una de 
las damafs, pisándole el pie. 

— En efecto.. . algunas veces.. . — le contestó sonriendo. 

Y guardóse bien, como de escupirse los zapatos, de 
volver sobre el asunto. En aquel momento, el pequeño 
Adamiro que jugaba con su hermanita, mientras sus pa- 
dres hacían comentarios á lo que habían oído, se 
acercó á una de las damas del grupo y entusiasmado co- 
menzó á jugar con las bellotas de peluche que adornaban 
el vestido de ella, hasta arrancarle una, inocentemente. 
Creyendo la dama que era un perro, volvióse encoleriza- 
da. Pero al encontrarse con el niño que, entre temeroso y 
risueño, la presentaba la bellota, su cólera se trocó en un 
vivo disgusto. En otro tiempo hubiera una dama abraza- 
do y cubierto de besos la hermosa y pura cabecita del 
niño. Pero, eso, ho}' no se estilaba, porque encontrar un 
niño en cualquier parte era una cosa rara, fenomenal ! 
Y deí?pidió á Adamiro con un gesto imperioso, tan des- 
preciativo, que le atemorizó de tal manera que corrió á 
esconderse en el seno de su mamá, que todo lo había ob- 
servado. 

La mirada de aquellas dos mujeres de sentimientos 
encontrados, puros y sublimes los de la una, y degrada- 
dos y mezquinos los de la otra, se cruzó, viva como la 
luz de un relámpago. En seguida, Parelia compadeció á 
aauella desgraciada envuelta en una cárcel de encajes, 
mientras la dama volvía el rostro, contraídos sus labios 
por una sonrisa de desprecio. Parelia reconoció en la 
aristocrática dama á la hija de un panadero enriquecido 
al lado de la máquina de amasar y del mostrador, casada 
después con un joven, un pedante, que buscara bu dinero 



192 EN EL SIGLO XXX. 



y no su cariño. Muchos enlaces se conocían como aquél. 
Así marchaba la complicada maquinaria social. 

Momentos después, mientras el autómata dirigía sus 
ruedas delanteras hacia la ciudad, Parelia, Andros 5^ Filos 
no pudieron hacer menos que reir — reír mucho del inci- 
dente. ¡Pobre Adamiro! Conociendo como conocían y 
comprendiendo como comprendían las costumbres y la 
educación imperantes, sin embargo, no podían explicarse 
cómo se hiciera acción semejante con un inocente niño! 
Ni una caricia, ni una demostración de humanidad. . . 
¡Aquello era tiránico! ¿Dónde estaba el sentimiento de 
la maternidad, siquiera por el sufrimiento que causaba 
la concepción? El siglo XIX compadecería al nuestro, á 
este respecto. Y eso que aquel siglo no fué muy trigo lim- 
pio! Pero su organización social era más pura, más armó- 
nica en ciertos sentimientos y afecciones. 

— ¡Si es este el perfeccionamiento de las razas. . ! — dijo 
Andros, 

-■ i Cómo será en el porvenir! — lo interrumpió Filos. 
— ¡Un luievo mundo! Pero qué mundo! — agregó Parelia. 

— ¡Quien sabe! — exclamó Andros. — Ha mucho tienjpo 
que impera el reinado de la mentira. Por ahí comienza el 
desmoronamiento de los pueblos, mientras la naturaleza 
se enriquece y no degenera nunca — «porque la naturaleza 
no miente.» La raza del pájaro del siglo XIX, el ruiseñor, 
existe aun hoy: no ha variado ni de plumaje ni canto; 
pero el hombre, su raza, no es ni una sombra de lo que 
fué, según afirmaba nuestro sabio maestro (.*). ¿Recuer- 
das, Filos, sus lecciones? 



(1) Edgardo Quinet— «El Espíritu Nuevo*. 



KN EL SIGLO XXX. 193 



— ¡Oh, sí! Su «espíritu era siempre nuevo». ¡Qué 
genio ! . . 

Entretanto, el autómata volaba por la avenida de la 
izquierda La avenida de la derecha se encontraba en 
reparaciones. Pero el desfile de la concurrencia, de los 
autómatas, de los carruajes, bañados por los torrentes 
do la luz eléctrica, que parecía hacer de la noche día, 
se mostraba espléndido, sin igual hasta entonces. Los 
veliículos rodando por el pavimento de goma elástica, 
con sus farolas encendidas, sin producir el menor ruido, 
parecían, desde lejos, exhalaciones ó fuegos fatuos arras- 
trados vertiginosamente. Por encima de aquel mundo 
en movimiento, se elevaba un colosal murmullo, efecto 
de las miles de voces de los paseantes, que se reunían 
al zurrido de las hojas agitadas en sus ramajes por las 
fresquísimas y balsámicas brisas que llegabau del po- 
niente. 

Era un espléndido corso. La anchura de la avenida 
permitía, cómodamente, veinte filas de vehículos. Los 
que se dirigían á la ciudad, ganaban los costados, el 
derecho y el izquirdo, y los demás, los que recién iban 
al «Bosque», elegían el centro de la pública vía. Dema- 
ñera que los paseantes podían perfectamente mirarse, 
conocerse, saludarse y criticarse, siempre con la sonrisa 
en los labios y sin la menor intención de lastimarse 
moralmente, sino con el intento de seguir una conver- 
sación entretenida hasta la ciudad ó en el « Bosque ». 

¿Qué había de malo ó de impertinente en aquello? 
Necesario era tener un tema para matar el tiempo, 
hacer ))uena compañía ó ganar honradamente plaza de 
buen cronista social. Así lo mandaba la moda. Era 

13 



19t EN EL SIGLO XXX. 



necesario saber quién se casaba y con quién, cómo 
sería el ajuar ó la canastilla de bodas, cuánto tenía de 
dote la prometida, si el divorcio de éste y de aquella 
se realizaba, cuánto había heredado Venturita, si el 
suicidio de Magdalena era cierto, si aquella dama de 
marras seguía en amores, entre gallos y media noche, 
con Fulanito, en fin, lo que se decía, lo que corría, 
lo que se aseguraba y lo que se murmuraba. ¡Con tanta 
noticia, bien podían pasar el tiempo! 

— ¡He, ahí, lo que se selecciona en los salones! — ex- 
clamó Andros, sarcásticamente. 

— Vanidad, frivolidad, chichisveo, mentira y aparien- 
cia: moda!... Nada más, — agregó Filos. — ¡Valiente con- 
tingente moral para formar espíritus varoniles, inteli- 
gentes, y mujeres sensatas, buenas hijas y mejores ma- 
dres! P^l salón de hoy, saturado de i^erfumes y de in- 
diferencia lleva á las aguas del olvido la arnionía del 
hombre en la humanidad, y, si la desgracia azota al 
hombre algún día, permanece solitario como la palma 
del desierto, ó sin valor moral para soportar aquel peso, 
se suicida. ¡Cuan amargo es esto y cuan desconsola- 
dor ! 

— Y, sin embargo, nos creemos una sociedad bien 
organizada; y, en consecuencia, esperamos un porvenir de 
color de rosa. ¡Cómo vivimos soñando! — concluyó por 
decir Parelia, en momentos que llegaban á su hogar 
amado. 

Dos horas después, Andros escribía en su gabinete la 
jornada XIII del libro, basada sobre las impresiones y 
reflexiones de todo lo que había oído y visto. No omitió el 
más insignificante detalle. Se hubiera dicho que escribía 



EN EL SIGLO XXX. 195 



amargado. Mientras, Filos sentado á su frente, conti- 
nuaba leyendo una gran obra de sociología, según se de- 
cía escrita en el siglo XIX, por un H. Espencer ó Spen- 
cer, no se estaba seguro. Varias veces se detuvo para 
contemplar á su amigo, casi su hermano; pero Andros 
febriciente, seguía escribiendo en la maqainita, comple- 
tamente sumido en su laljor. Era de ver cómo corrían 
sus finos dedos por el teclado del aparato! A cada mo- 
mento sacaba una tira de papel impresa, la leía, pensaba 
un segundo, y luego volvía de nuevo á su trabajo, cada 
vez con más ánimo, con más anhelo de concluir. Cuando 
hubo terminado de escribir, dijo trasportado de gozo : 
— Filos, he concluido la jornada XIII ! 



JORNADA XIV. 



Al día siguiente, como á las dos pasado meridiano, 
Parelia se entretenía y gozaba enseñando á leer á sus 
dos liermosos pequeñuelos, que atendían sus materna- 
les lecciones con angelical recogimiento. Era extraor- 
dinaria la precocidad de los dos niños. Nadie lo hubier? 
creído, como que ya nadie educaba á los hijos en sus 
casas, evitándose así una incomodidad y una tarea por 
demás fastidiosas ó aburridas. ¿Ni qué ganaban les niños 
con semejantes rudimentarias é incompletas lecciones? 
Nada, absolutamente nada, y sí perder su tiempo mise- 
rablemente el discípulo y el maestro. Bien se sabía 
que, el actual hogar doméstico, — llamado así por pura 
antonomasia — ei-a única y exclusivamente destinado para 
la comida, el tocado y el sueño; pero jamás para hacer 
escuela, por más cariño que en él existiese. ¡Pues vaya 
una soberana locura! ¡No faltaba más. . . ! 

No lo comprendía así Parelia, esa mujer que debía 
servir de modelo á muchas madres que se enervaban 
con los adormecedores chichisveos de los salones. Por 
eso era la maestra de sus hijos. Solía á veces detener 
su cariñoso curso de pedagogía, largo rato contemplar 



I 



198 EN EL SIGLO XXX. 



á sus amados vastagos, y concluir por quedarse extasiada, 
silenciosa, muda, encantada de aquellas claras inteligen- 
cias y de aquellas fáciles memorias, que todo lo retenían 
y lo recordaban sin esfuerzo. Entonces eran ellos quie- 
nes la llamal:)an al orden y la hacían que tuviera más 
cuidado y más atención. ¿Por qué se distraía? Y ante 
aquella encantadora é inocente pregunta, Parelia con- 
cluía por abrazarles y besarles íntimamente conmovida, 
con locura! 

Pues bien, en aquel luomento, que Parelia jamás que- 
ría interrum]iir, vino justamente á distraerla el prolon- 
gado tintinabuleo de uno de los timbres eléctricos de 
la casa. Seguramente el que daba á la avenida. En con- 
secuencia alguien llamaba. Su pensamiento vino á con- 
firmarlo la presencia de la vieja criada Confianza. Bus- 
caban á la señora, segiui la dijo, dos damas ricamente 
vestidas, muy perfumadas y por demás elegantes. Pare- 
cían bien hermosas en medio de sus encajes y con sus 
enormes sombreros; pero, en los ojos de aquellas dos 
señoras, se notaba un algo extraño, como el que pre- 
sentan las que recién se acaban de levantar después de 
una noche de jaleo ó por un exceso de pinturas y de 
afeites. Y la presentó la dorada esquela que le había 
entregado la de más edad, que se decía amiga de la 
señora. Con gran pesar tuvo Parelia que abandonar 
su entretenida tarea para ir á recibirá aquellas dos damas, 
que no acertaba á imaginar qué sería lo que deseaban. 
Cuando se hubo interiorizado del contenido de la tar- 
jeta, al llegar al pie reconoció el nombre y el apellido 
de su dueña. ¡Por qué la vendrían á incomodar! — pensó 
contrariada. 



EN EL SKÍLO XXX. 199 



— ¿Las has hecho pasar á mi gabinete de recibo? — 
la preguntó. 

— Sí, señora; allí esperan, — la contestó Confianza. 

Y Parcha, sin cuidarse del estado de sus vestidos 
ni del traje de sus niños, precedida de éstos se dirigió 
al saloncito. Cuando penetró, las dos aristocráticas da- 
mas, se ocupaban, desde sus butacas de peluche, en ha- 
cer el crítico inventario del mueblaje^ tapicerías y cor- 
tinajes que lo adornaban y confortaban. Nada había allí, 
paraellas, que valiera un comino. Todo era vulgar, de poco 
gusto, antigui', fuera de moda y de lugar, en semejante 
melange de cosas sin mérito de ninguna especie. Lo 
único que se podía mirar era un bronce imitando una 
«Guaranga del XIX> }' unas estatuitas de nicármol ó por- 
celana de Pantagonópolis que, según creían, representa- 
ban el grupo sentimental del «Pavo de Virginia», ver- 
daderas obras de arte dignas de figurar en sus esplén- 
didos y distinguidos salones. Pero cuando notaron la 
presencia de Parelia, guardaron silencio, y se pusieron de 
pie. La que más había criticado aquel hermoso y sen- 
cillo gabinete, avanzó hacía ella con la sonrisa en los 
labios y los brazos abiertos, la estrechó fuertemente, la 
besó repetidas veces y luego le presentó á su compa- 
ñera, su amiga íntima, la señorita Virginia Honduras. 

Después de mil exagerados cumplidos de la quinta esen- 
cia de la galantería moderna, de las preguntas más afec- 
tuosas, de los ofrecimientC'S más sinceros y de las vagas 
ó indiferentes contestaciones de Parelia, — recién enton- 
ces, la dama que se titulaba su amiga querida de la 
infancia, se fijó en la presencia de los dos niños. ¡Por 
Dios ! tenerlos en casa y no en la escuela ! Era ese un 



200 E^í EL SKJLO XXX. 



pecado imperdonable. ¡Oímo la molestai-ían ! Y eran muy 
hermosos ! Y estas exclamaciones y aquellas ponderacio- 
nes las manifestaba desde su butaca, sin hacerles una 
caricia, ni darles un beso. (Temía que la pisasen ó arru- 
gasen el vestido, los encajes, los adornos, que se ajustaban 
á su cuerpo, como un chaleco do fuerzo: ni aun los brazos 
podía mover.) La señorita de Honduras, ataviada de 
igual manera, se mantenía silenciosa, dignándose sólo mi- 
rar y apenas soni'eir á los dos niños. Aquello era una 
prueba de alta educación j»^ déla mayor cultiu'a. Así lo 
aconsejaba la moda. 

— ¡ Pero cuánto tiempo hace Parelia que no nos veía- 
mos! ¡Siglos, por lo menos! Parece increíble (pie tú, 
una de mis mejores amigas de la adolescencia, no te 
hayas acordado de mí, como yo de ti ! listo mismo le decía, 
poco lia á Virginia. ¿No es verdad, amiga mía? 

— Efectivamente, Ventura, — contestó la interpelada, — 
y te agregaba que era imposible, iiicreible li> que me 
asegurarías, pues es fuerza confesar que usted, señora, 
por sus atractivos físicos y morales, haría gran papel en 
el gran mundo. Muchas de su belleza y talento, asaz pon- 
derado por nuestra común amiga, son las que necesita- 
mos. ¡ Cómo me honraría usted si frecuentara los salones 
de mi hotel ! 

— Estimo de veras su oferta de usted, señorita, — la 
manifestó Parelia, llamando los dos hijos á su regazo, — 
pero estos peqneñuelos, que son mi sólo encanto, con- 
juntamente con mi marido, me toman todo el tiempo, que 
tampoco deseo disfrutar sino con ellos. Por otra parte, — 
agregó inclinándose cortesmente, — créame que le agra- 
dezco su espontáneo ofrecimiento. 



EN EL SIGLO XXX. 201 

— ¡Como si yo no tuviera marido, hijos. . . y parientes! 
y Virginia, padres, liermauos. . , y amigos ! Los niños 
creo que están mejor en la escuela. Para lo demás sobra 
el tiempo. ¿Acaso yo no me divierto? Pero no pienso en 
llorisqueos ni en cuidados. ¡ Vamos ! Tú siempre la misma 
Parelin, antigua, fuera de moda.. . En fin, bien sabes lo 
que te haces. ¡ No calculas lo que es la vejez! Sin em- 
bargo, la tuya no es vida, sino una esclavitud disimulada, 
en medio de cariños y de cuidados. La mujer de hoy, 
necesita completa libertad, como aire puro los pulmones. 
De lo contrario ¿de qué serviría el matrimonio? ¿Qué 
mujer se querría casar? ¿Para vivir como en los tiempos 
primitivos? Confiesa Parelia que no estás en el buen 
terreno. 

— Será, Ventura, como tú di(;es. No es mi intento re- 
batirte; pero, ciertas cosas, no todos las comprenden ó 
las conciben por igual manera ¿Porqué? Por que siguen 
la corriente de un siglo enfermizo, minado de histerismo, 
que más tarde nos Jlevará al abismo. p]sos carecen de un 
ideal para la humanidad, no tienden una mirada hacia 
el lejano porvenir, viven para gozar, enervándose física 
y moralmente en los clubs ó casas de juego, en los sa- 
lones ó centros de decadencia humana, con su forma 
actual. 

— ¿Humanidad, acabas de decir? Pues, bien, — añadió 
Ventiira, — por ella venimos á molestarte. Te perdonamos 
tu arranque científico, porque nos has quitado la palabra 
de los labios. ¡ Si eres la criatura más encantadora ! 
Mira, temíamos el introito, y tu misma nos lo has dado. 
¡ Humanidad ! ¿ Quieres tú una cosa mejor que la humani- 
dad? ¿socorrer al enfermo, dar de comer al hambriento, 



202 EN EL SIGLO XXX. 



vestir al desnudo? — exclamó Ventura, visiblemente 
entusiasmada. 

— Si así debo entender á la humanidad. .. manifiesta lo 
que deseas, Ventura, — repuso Parelia, sonriendo. 

— ¿No molestaremos á usted, señora Parelia? — agregó 
Virginia, entornando los ojos. 

— De ninguna manera, señorita,— replicó aquella. 

— Pues, bien, amiga mía, — continuó Ventura, — como es 
conocida tu proverbial filantropía, lo humanitaria que 
eres, — la sociedad de beneficencia «Las Hijas de Man- 
diuga>, de la cual soy Presidenta y Virginia Secretaria- 
Tesorera, nos ha comisionado para recolectar fondos 
para dar un espléndido baile en los dorados salones del 
Club de "El Progreso», á favor del Plospicio de «Los 
Sordos, Mudos y Ciegos». En consecuencia, vinimos en 
comisión, — agregó presentándole un libro con tapas de 
cuero oloroso de Misiones, — para que te suscribas con la 
cantidad que te dicte tu humanidad^— y soiu'ió picaresca- 
mente. 

^Si yo no concurro á baile alguno, — murmuró Pa- 
relia. 

— ¡Por humanidad, señora! — agregó Virginia son- 
riendo. 

— Pero esto se llama dar dinero para que unos rían, 
en tanto que otros lloran. 

— i Vamos, Parelia ! Esas lágrimas se enjugarán con el 
producto del baile. ¡ Qué! ¿No lo comprendes ? Todo tiene 
sus compensaciones. ¿Conque te suscribes? 
—Está bien.. . 

— ¡Qué gran corazón tiene usted, señora.. .! ¡Qué alma 
caritativa . . ! 



EN EL SIGLO XXX. 203 



— Pero, — continuó Parelia, — sin qne figure mi nombre 
en la lista de los contribuyentes. 

— iQué modestia meritoria! — exclamó Virginia. 

— Es un rasgo digno de que aparezca en «El Vonvo de 
la Tarde», — afirmó Ventura. 

— ¡ Por favor no hagáis cumplidos ! . . . 

— ¿Cumplidos, nosotras. .. y con tigo ? ¡Qué disparate ! 

— Nada de eso, señora. Rendimos culto á la verdad. 
Nada más. 

— ^i Y á la humanidad ! — exclamó Ventura. 

— ¿Con qué me .suscribo? — les preguntó Parelia 
riendo interiormente de aquel saínete y contenta de 
quedar libre de las dos damas, firmando anónimamente. 

— De la manera y con la cantidad que gustes. Firma, 
pues. 

En un descuido de la joven, la Presidenta y la Secre- 
taria-Tesorera se hicieron un guiño de inteligencia. Toda 
la perfidia y la mofa, la maldad y el escarnio, pareció 
ir envuelto en aquel guiño, contenido muchas veces 
ante las penetrantes y previsoras miradas de Parelia, que 
hasta adivinaba sus pensamientos internos. Sin embargo, 
el pequeño Adamiro que no las quitaba sus ojitos, 
como si las damas fueran dos cosas extrañas, se apercibió 
del guiño. Entonces, le preguntó á su mamá, por qué 
aquellas dos señoras cerraban un ojo, torcían los 
labios y suspiraban cuando ella no las veía? Parelia 
que comprendió inmediatamente por el sonrojo de las 
damas, lo que pasaba, besó á su hijo y le ordenó qne 
guardara silencio. Después pidiólas jDermiso, se levantó, 
trajo ima pluma automática, firmó, y entregó cerrado el 
libro oloroso á Ventura. Sin embargo, ésta lo abrió y leyó. 



204 EN EL SIGLO XXX. 



— Te corresponden dos tarjetas por esta cantidad, — la 
dijo, poniéndose de pie, para despedirse. 

— Mañana pasará el cobrador. ¿ A qué liora señora ? — 
la preguntó Virginia. 

— Si jamás salgo de casa. A cualquiera, seilorita,— le 
contestó. 

Al despedirse, los cumplidos y los ofrecimientos, las 
protestas de cariño y de amistad se volvieron á repetir 
por parte de aquellas dos damas que se lo hablaban todo, 
sin dejar tiempo á Parelia para contestarlas. Violas ésta 
alejarse y subir á su autómata, con la sonrisa de la com- 
pasión y del sentimiento de la lástima más profundos! 
Pobres mujeres, enchalecadas por la locura de la moda! 
Entretanto, ellas, una vez en el autómata, rompieron á 
reir á carcajadas de Parelia, haciéndola pedazos en lomas 
íntimo y despreciándola por tonta é insignificante. Pero 
habían salido con la suya: sacarle dinero para el gran 
baile. ¡ Qué criatura tan superficial, qué antipática! 

— i Y qué prosopopeya de reina ! — exclamó Virginia. 

— ¡Seguramente el amante la está imbecilizando ! Pobre 
marido ! — agregó Virginia, riendo hasta reventar sus re- 
fajos. 

— ¡ Yo no sé cómo me he podido contener ! 

— Hija, ni yo tampoco. Eso prueba la educación y la 
prosapia de las personas. A esa mujer la mata el roman- 
ticismo.. .! 

—De todas maneras, hemos conseguido la que buscá- 
bamos. 

— ¡Qué no es poco! Tener que rebajarnos.. . ¿y ante 
quién ? 

Aquella crítica que demostraba espléndidamente el 



EÑ ÉL SIGLO XXX. 2Ü5 

poder de sus lenguas y su temple de alma, la prodigaban 
en momentos en que Parelia ya olvidada de la entrevista, 
continuaba su tarea interrumpida, con gran contento y 
alegría de los dos pequeñuelos. Después de una hora, — 
justamente en momentos que terminaba su curso ele- 
mental de pedagogía, — entraban Andros y Filos. Volvían 
de una comisión de la hermana de este líltimo, pedida 
por el telefonógrafo aquella mañana. Sus rostros rebosaban 
contento y felicidad, pues la comisión les había salido á 
las mil maravillas, cosa que, por otra parte, no espe- 
raban. En seguida, Evalinda, que comía una golosina de 
las que les había traído su papá, le dijo que dos señoras 
muy bonitas habían estado con su mamá hacía poco 
rato. 

— Si, papá, dos señoras que se guiñaban el ojo cuando 
mamá no las miraba, — agregó Adamiro, chupándose los 
dedos, gustando su parte de confitura. 

Entonces Parelia les narró la entrevista con todos 
sus incidentes. La llamada Ventura la conocían. Era 
aquella hijita del almacenero que en otro tiempo les 
proveía de comestibles, — aquella niña que solía pedir 
permiso para cortar algunas flores^ que jugó algunas veces 
con ella y más de una la rompió sus juguetes, de envidia, 
con sus manecitas de hierro, siempre sucias. ¿ Cómo no 
se iban á acordar? Pero que con el andar de los 
años había llegado á ser una rica heredera. Su padre 
habría sido director de Banco y quién sabe si diputado 
ó senador, si no bubiera muerto,. . ! ¡ Niña ayer, conver- 
tida ahora en mujer, en dama casada con uno de los su- 
jetos de la moda, — soñador de puestos espectables á 
cualquier precio, — señora aristocrática, Presidenta de la 



206 EN EL SIGLO XXX. 



sociedad <Las Hijas de Mandinga» (i), y quién adivinaba 
que más, — era el prototipo de la presunción, la altanería 
y la soberbia! 

— Con efecto, ahora recuerdo. La macbacba prometía 
entonces, — dijo Andros. 

— Como que Ventura tenía todas las trazas de un varon- 
cito, — agregó Filos. 

— En cuanto á la otra no la conozco. Dijo bamarse Vir- 
ginia Honduras. 

— ¿Honduras?... Es un apellido nuevo para mí. ¿Y 
para ti, Andros ? 

— íyO mismo. Sin embargo, puede ser muy distinguido. 
Como desde algunos años acá vienen apareciendo apelli- 
dos y fortunas nuevas todos los días, no es extraño que 
no lo conozcamos. ¡Si es asombroso el número de familias 
opulentas que en la actualidad figuran, y que figuran 
bien. . .! No faltan diarios que, á propósito de cualquier 
cosa ó de la publicación de una colosal lista de regalos de 
boda, h?gan á sus miembros novísimos, hombres ó mu- 
jeres de alta prosapia, adjudicándoles inteligencia, talen- 
to, aun cuando sean dichos sujetos más chatos que un 
diplwma de ignorante. «¿Entiendes Fabio lo que voy di- 
ciendo ?» 

— En resumidas cuentas, Parelia, has contribuido para 
el baile. . . ? 

— ¿Qué hacer, amigo mío? ¡Si ha.y gente tan fastidiosa! 

— ¿Y deseas concurrir á ese baile de beneficencia.. .? 



(1) De man, hombre, y diiiga, embarcación- 



EN EL SIGLO XXX 20? 

— i Andros ! 

— Entonces,- — continuó éste, — ¿las romperemos ? 

— No, asistiremos nosotros dos. Bueno es dar fe. ¿Qué 
opinas ? 

— ¡Hombre, malditas las ganas que tengo, . . ! 

^Pero tendrás tema para una jonrada del libro. . . — 
dijo Parelia. 

— ¡Por supuesto ! — afirmó Filos. 

— De aquí al jueves, día de moda, media algún tiem- 
po. Allá veremos. Lo que es la jornada XIV, la conclui- 
rá.'^ tú. Con lo que nos ha referido Parelia, nuestras ob- 
servaciones y comentarios, bien puedes llenar algunas 
tiras de papel. ¡ Cuidado con agregar mucho de tu coseclia, 
pues sueles ser demasiado amargo y por añadidura sar 
cástico ! ¿ Estamos ? 

— Luego la escribiré. Puedes, desde ya, darla por con- 
cluida. 

— Ahora, vamos á comer, «á hacer por la vida, que ya 
harán por nuestra muerte. Vamos», — acabó por decir 
Parelia, con las mismas palabras del dramaturgo anti- 
guo. 

Y se dirigieron á la sala destinada á aquel objeto. 
Daban justamente en aquellas circunstancias las seis pa- 
sado meridiano. Como el apetito les empujaba, si vale 
la palabra, penetraron al comedor inmediatamente rien- 
do con franqueza de todo lo sucedido en ese día. Mo- 
mentos después comían tranquilamente, en medio de la 
a'egre algazara de los dos chiquitines, que por ejercitar la 
lengua, más de una vez metieron las manecitas en un 
plato ó se embadurnaron las frescas, sanas y rosadas ca- 
ritas con las salsas ó con el almíbar de los dulces. Nada 



20S EiS EL SIGLO XXX. 

de esto omitió Filos en la jornada XIV, que concluyó 
de escribir aquella misraa noche, y que leyó á Parelia y á 
Andros al día siguiente. Ninguno hizo la menor observa- 
ción. Era la pura verdad con todas sus desnudeces. 



JORNADA XV. 



LA noche del jueves llegó por fin. Desde el día ante- 
rior, muy de madrugada, un sinnúmero de tapiceros, 
muebleros, jardineros, pintores, electricistas j' artistas lle- 
naban los zaguanes, vestíbulos, corredores, galerías, sa- 
lones, salas y tocadores del Club, disponiendo, arreglando, 
adornando y confortando suntuosamente con lo más es- 
cogido, elegante y lujoso, aquel gran centro de reunión 
de la crema de la aristocracia y del buen tono de la socie- 
dad fisiocratense. Las más espléndidas tapicerías, los 
cristales azogados combinados de distintas maneras, los 
dorados en profusión por donde iquiera, las plantas 3' las 
flores más raras y fragantes^ los saltos y cascadas de agua 
mezclados con infinidad de luces de colores^ las estatuas, 
los bronces, las pinturas colgadas por todas partes, los 
caprichos más hermosos del arte del electricista y de la 
ornamentación, todo se encontraba allí confundido, am- 
plio, cómodo, agradable, en un armonioso desorden y 
todo perfumado por pequeñas fuentes ó corrientes de 
aguas olorosas, que surgían de una caverna ó de una 
gruta artificial. 

Cuando á la tarde quedó terminado el arreglo del 

U 



210 EN EL SIGLO XXX. 



Club, sus salones, todo, ofrecía el o:olpe de vista más es- 
pléndido. Recordaba al panorama de nn palacio encan- 
tado de cuento de hadas. Pocas veces el histórico Club de 
«El Progreso» — llamado así desde- el siglo XIX — había 
recibido una transformación semejante, ni jamás sus ci- 
mientos soportaron el peso de tanto esplendor, ni de tanta 
riqueza. Se hubiera dicho que, por todo su enorme ediíicio, 
flotalmuna ráfaga gigante de ostentación, empujando hasta 
sus más pequeños ángulos el gusto refinado y despil- 
farrador de nuestro siglo, á fuer/a de derramar el oro 
á paladas, afeminando los espíritus y gangrenando los 
cuerpos insensiblemente. De cuando en cuando pene- 
traba de transeúnte ó de mosquetero, alguna racha de 
viento. Su voz era sorda, profunda, como la voz del 
abismo oída á larga distancia, que sobrecoge el espí- 
ritu y mueve la mente hacia lo desconocido que se 
siente íntimamente, pero que no se i^uede definir. 

Cubierto por la innundación de semejante hijo colo- 
sal, casi fantástico, — el descarnado esqueleto de aquel 
centro social, presentaba una fisonomía moral y mate- 
rial completamente distinta á la de los días generales. 
Las mesas y los tapetes tentadores, habían caído, como 
ciertos ídolos, de sus pedestales, en el prudente olvido 
de algunas pocas horas, acallando y reservando, así, las 
sensaciones y los sentimientos que despertaban, para 
dar liljre expansión al gozo, á la felicidad y á la men- 
tira — que movía á la sociedad moderna — -c;i una noche 
de esplendor, de encages, de brillantes, de hombrea y 
mujeres oprimidos en un franco y cariñoso abrazo. 

Ya los o})ulentos, con las fortunas agenas, no forma- 
ban círculos con los filósofos especuladores ó con los 



EN EL SIGLO XXX. 211 

historiadores de la violeta, con los ignorantes ó con 
los indiferentes, para lanzar con su segnnda intención 
la cahirania galante, el lodo refinado ó la infamia di- 
simulada á la frente inmaculada de las excepciones 
honradas que llevaban el alma tan pura, como ellos las 
conciencias negras. En las portadas, corrillos ó grupos 
del Club, ciertos advenedizos ya no hacían la disección 
intelectual de éste, la moral de aquél, la física del otro, 
ni comentaban las costumbres ó la vida privada del pa- 
riente, del amigo ó del vecino. Todo había desapare- 
cido. Sólo el edificio mostraba su cara lavada á los tran- 
seúntes y el viento seguía su monólogo sordo, arrojando 
al boulevard oleadas de perfumes. Nada más. 

— No se puede negar que el adorno es regio, — dijeron 
los unos. 

— ¿Y la mesa? ¡Qué cosa magnífica! — agregaron los 
otros. 

— ¡Vamos á pasar una noche divina! — se prometían 
las damas. 

— ¡Cómo se advierte el gusto de «Las Hijas de Man- 
dinga» — ^afirmaron los demás. 

Todos á una, se deshacían en elogios. Nadie hablaba 
sino del suntuoso baile de beneficencia. Los diarios todos 
ocu])aban dos columnas describiendo el arreglo y el ador- 
no del Club y en felicitar á las distinguidas é inteligentes 
damas promotoras de aquella fiesta que, sin duda algu- 
na, iba á hacer época y á recordarse por mucho tiempo. 
Los más entusiastas eran los diarios de la tarde, luchan- 
do á cuál sabía más si el varonil «Vonvo de la Tarde», «El 
Viejo Parche», «El Eco del País» ó «El Papelito», y todos 
juntos aplaudían y elogiaban, convertidos en turiferarios 



I 



212 EN EL SIGLO XXX. 



de las autoras de la idea. ¡ Cuánto incien.so perdido en 
pro de goces pasajeros, y qué poco en favor de los 
intereses generales del pobre Pueblo Soberano, olvidado 
en un caño de los telefonógrafoa ó enlodándose en las 
calles de las afueras! 

— Sin embargo, es necesario que concurramos, — dijo 
Filos. 

— Y concurriremos, sin duda. Estoy picado de curiosi- 
dad, — agregó Andros. 

Hacia las doce meridiano, los dos jóvenes concluían 
su tocado. Cuando estuvieron prontos con sus «chalecos 
de corazón> y bien enguantados, subieron al autómata que 
les esperaba y se dirigieron al Club, prometiéndose vol- 
ver temprano, una vez satisfecha la curiosidad, que 
juzgaban natural teniendo en cuenta la polvareda levan- 
tada por las hojas diarias. Por fin llegaron. Ni un alma 
había aún en los salones. Solos, en un momento los reco- 
rrieron todos, lo mismo que sus adyacencias. Más de una 
vez Andros tuvo que detener á su amigo que, distraído^ 
se iba á llevar por delante un espejo ó á saltar un lago 
de vidrio por equivocación. Pero el tiempo trascurría 
y la concurrencia no aparecía, 

--¿Sabes, Filos, que estoy con dolor de cabeza? ¡Maldi- 
tos p*»rfumes ! 

— Lo mismo yo Es la falta de costumbre, — le con- 
testó sonriendo. 

— No es extraño que las damas sufran ciertas indispo- 
siciones. 

En aquel momento se detuvieron en el vestíbulo. La 
concurrencia comenzaba á llegar. ¡El reloj del Club mar- 
caba la una y media! Después se dejó oir por algunos ins- 



ÜN ÜL SÍGLO XXX. 21S 

tantes el ruido apagado de las ruedas de los autómatas 
y carruajes á la moda, el de las portezuelas al abrirse y 
cerrarse, el crugido del raso y de la seda de los vestidos, 
las voces de los concurrentes en todos los tonos y las 
algazara de los cocheros. Parecía que las personas se 
habían dado cita á una misma hora. ^„ Sería la impuesta 
por la moda? Los dos jóvenes sonrieron de aquella 
pregunta maliciosa. En un momento la amplia y tapi- 
zada escalera de caracol, al estilo del siglo XIX, la en- 
trada y el vestíbulo quedaron innundados de polvos, de 
olor á afeites y á carne humana recién lavada, fresca, 
perfumada y atrayente. Aquel era un desfile desenfre- 
nado de hermosura, de juventud, de vejez y de capitales 
llevados en los cabellos, en las gargantas^ en los pechos, 
en las cinturas, de piedras preciosas y metales de va- 
lor. 

— ¡Sea como fuere la mujer, á mí me encanta! — excla- 
mó Filos entusiasmado. 

— '\ Cuidado, Filos! Mira que el arte puede mucho. . . 
¡Las luces, las flores y los adornos suelen dorar la pildo- 
ra i Dime, ¿qué haces con la belleza del cuerpo, si yace 
el alma en la tumba de la vanidad y de lo superfino? 

— ¡Vamos, Andros! Déjate de moralizar en estos mo- 
mentos. Contentémonos con observar. . . ¡Si yo. . . hasta 
tocaría... si fuera permitido! ¿Y tú? 

— ¡Filos, eres un niño ! Usa de tus sentidos y cuida de 
pecar con el pensamiento. . . La imaginaciones traido- 
ra... Nada te sorprenda. 

—¿Nada? Cuan injusto eres. ¡Si estoy deslumhrado..! 

— No mires á la luz. . . que la del día trae la amarga 
realidad! 



2U EN EL SIGLO XXX. 



— ¿ Es decir que de noche todos los gatos son pardos? 

— Tú lo has dicho. Las miserias del alma las oculta una 
sonrisa. 

— Veo que sabes usar del sarcasmo mejor que yo. 

— No cuando escribes. 

— Eso es diferente, porque los sentidos están donde la 
mente quiere. 

— Pues haz como si en ello te encontraras. Observe- 
mos y nada más. 

— Pon cuidado que nos escuchan.. . á la derecha, — le 
dijo Filos casi al oído. 

Era un numeroso grupo de mosqueteros ó de socios 
del Club que hacían ostentación de no llevar los exigi- 
dos «chalecos de corazón» y de gastar fracs de color, en 
lugar del negro de etiqueta. Naturalmente esto llamaba 
la atención de las damas, principalmente, que no dejaban 
de condenar tal excentricidad en personas de posición 
y algunas de talento, periodistas, literatos, filósofos ó his- 
toriadores. Pero á ninguno le faltaba una rosa, el ramito 
usado, en el ojal de la solapa del frac. Situado el grupo 
en el vestíbulo de la escalera, complacido contemplaba 
desfilar la concurrencia, saludando á las relaciones y co- 
nocidos, criticando este tocado ó vestido sencillo, ponde- 
rando aquel escote exagerado ó riendo de los pliegues 
y arrugas del frac de un anciano que llevaba sus hijas — á 
merecer y colocar — al gran baile de beneficencia. Y los 
saludos nunca tenían fin. 

— ¿Cómo está don Manuel ? ¡ Siempre joven y elegante! 

— i Qué quiere usted, don Vicente. . ! 

— Adiós, Lucio. Te traigo recuerdos de Miguel. . . Siem- 
pre en viaje. 



EN EL SIGLO XXX. 215 

— Señora. . . Señorita. 

— Don Juan ('arlos, beso sus manos. Le felicito por 
sus conferencias. 

— Lo que le estimo, don Nicolás. 

— Y, Adolfo, ¿ ya pareció aquello ? 

— No, don Victorino. Creo que pronto. . . Que se divier- 
ta. Adiós. 

— Señor Ministro... ¿Cómo está General?... Señor 
Contra-almirante. 

— Lo espero en mi despacho mañana., . Es decir, luego. 

— ¿Resultó del acuerdo..? ¡Ja... ja... ja!.. ¡Com- 
prendo. . ! 

— Señoritas. . . Que pase un buen rato don Torcuato. 

— Adiós María Luisa. . , ¿Cómo está usted Lucrecia? 

— Don Rufino. . . Don Zenón. . . ¿Y cómo va el pleito 
de marras ? 

— Hemos recusado el juez. . . Pero lo ganaremos. Aquí 
está Rufino. 

— Señora. . . Don Cornelio. . . 

— ¿Le conoces? — dijo uno muy despacio. — Es la pan- 
talla de su mujer. . . 

— ¡Pero es diputado! Querido, todo tiene sus compensa- 
ciones en la vida. 

Y aquello era nunca acabar. El numer(>so grupo de 
mosqueteros conocía á todo el mundo. Hubieron con per- 
juicio de los guantes, fuertes apretones... de manos, 
apropósito de nada ó de cualquier cosa insignificante, lo 
mismo que palmadas y abrazos, porque el uno se casaba 
pronto y bien, ó porque el otro recién llegaVja de una larga 
y penosísima expedición científica al Polo; por un viru- 



216 EN EL SÍGLO XXX. 



lento artículo crítico, por un tomo de poesías originales 
ó traducidas, que estaban de moda, por un libro nuevo, 
por una notable novela; en fin, por esto y por lo de 
más allá. Las felicitaciones sinceras de admiración y de 
agradecimiento se prodigaron en gran cuantía. Varias ve- 
ces And ros, sonriendo maliciosamente miró á su amigo, 
al ver que dos enemigos en ideas, en artes y en ciencias, 
se estrechaban como si fueran hermanos que estuviesen 
de común acuerdo en sus ideales. 

Poco á poco la concurrencia dejó de llegar y solo 
uno que otro rezagado subía la escalera precipitada- 
mente. Entonces, los dos jóvenes abandonaron el ves- 
tíbulo. Cuándo enfrentaron á la primera puerta del salón 
de la izquierda, éste presentaba el cuadro más animador. 
El del frente, que daba al boulevard, y, principalmente, 
la espaciosa sala de los refrescos, de la derecha, ofre- 
cían á la mirada de los dos jóvenes el espectáculo más 
hermoso, sin comparación, original, en medio de la mú- 
sica, de las voces multiplicadas al infinito, del ruido de 
los platos y del chocar de los ciistales, rebosantes de 
espumosos vinos y de exquisitos licores. Aquello parecía 
la fiesta de la alegría y de la felicidad suprema, — por 
que todos los semblantes se animaban, todos los lalños 
se conti'aían para imprimir una sonrisa enloquecedora, 
que enardecía, que hacía soñar despierto, que alejaba los 
temores, daba brios, exaJtaba la imaginación y la mo- 
vía de lo conocido á lo desconocido. ¡Cómo se advertía 
que el hombre gustaba de la compañía hermosa y espi- 
ritual, lo mismo que de la luz, de la música, del vino 
delicado y del rico licor!... <Las Hijas de Mandinga», 
merecían un franco aplauso. 



EN EL SKILO XXX. 



I 



— ¡Qué gusto y qué magnificencia! ¿Verdad, Alberto? — 
dijo una niña. 

— La estética femenina en todo su apogeo, — la con- 
testó aquél. 

Y la pareja fuese á perder en el fondo del salón, 
donde se danzaba en aquel momento un furioso vals del si- 
glo XIX. Luego que Andros y Filos se hubieron refrescado, 
abandonaron la sala y se encaminaron á una de las ga- 
lerías en busca de un par de butacas donde descansar 
un instante. Después de mil vueltas y revueltas, idas y 
venidas, encontraron dos, medio ocultas entre un grupo 
de señoras y de caballeros, que se disponían á armar 
unos carabineros á la moderna. Sin embargo, sentados, 
desde allí podían perfectamente dominar gran parte de 
galería y del salón principal, de aquel hervidero de carne 
humana. Mudos durante algún tiempo, Filos se entrete- 
nía en mirarlos escotes ampliamente provocativos, las for- 
mas espléndidas dibujarse pronunciadamente en los ves- 
tidos, y, Andros, como distraído, oía la conversación de 
una linda dama madurita con un jovencito lampiño, de 
cara viciosa y de modales libres y desenvueltos, que te- 
nía á su lado. 

— ¿Y cree usted, Ángel, que este baile arrojará algún 
beneficio. . . ? 

— ¡Qué disparate, Laura! — la contestó. — La suscrición 
no ha alcanzado ni para pagar el adorno. Lo demás lo 
abonará el Club. 

— ¡Qué me cuenta usté 3! Es decir qne los benefi- 
ciados. . . 

— Somos los concurrentes. Nadie más. 

— ¿ Y «Las Hijas de Mandinga. . . ? 



ál8 EN EL SIGLO XXX. 



— ¿Qne harán? — interrumpió el jovencito, — las cuen- 
tas del gran Capitán. . . 

—¡Eso no es posible, amigo mío! — exclamó la dama 
admirada. 

— Como usted, Laura, lo oj'o. Pero á los dos, eso ¿qué 
nos importa? 

■ — Ángel, ¿por qué me mira usted así? ¡Me va á comer 
con los ojos! 

— Si ellos, Laura, solo existen por usted. , . ¡No me ne- 
gará que es usted divina! 

— ¿Volvemos? Mire que no le perdonaré.. ¡Si la juven- 
tud i^upiese! — exclamó suspirando. 

Andros tentado de la risa, sacó á su amigo de su con- 
templación; algo le murmuró al oído, porque en seguida 
ambos rompieron en una carcajada comprimida que no 
dejó de cortar á la enamorada pareja de la dama j' del 
jovencito. ¡Aquello era el colmo de lo sublime! Todos 
los amores románticos de la historia, quedaban eclipsa- 
dos por aquel de Laura y de Ángel; más aún, eran 
humo y pavesa comparados con el de sus v((CÍnos! ¡Pero 
qué cosa tan rica ! i Ni Dios, con su poder y todo, so- 
ñara uno semejante ! Y aquella divina pareja, pruden- 
temente dejó las Vjutacas y se perdió en el gran salón 
ó fué á buscar un nido mejor donde poner el hermoso 
huevo de su castísimo amor. En ese mismo instante 
concluían los carabineros . 

— Aquí tenemos butacas. Descansemos, Alejandro.— - 
dijo una de las danzantes. 

— Con que ¿me vas á dar esas flores de azahar que 
llevas en el seno? 



Eií EL SÍGLO XXX, 2Í9 



— ¡Nunca. ..! Tú siempre pides imposiblep, amigo míe. 
Si te oyera Eugenio ! 

— ¡Vamos, Margarita! Hay puntos suspensivos en tu 
negación. , . 

— ¿Cómo los has advertido? 

— ¿Es, por ventura, signo de esperanza? ¡No me hagas 
padecer! 

— Yo no te he diclio eso. . . Mira, lo pensaré ... Y ¿tú 
qué me darás?. 

— ¡Mi vida ! . . . Lo que quieras. Sólo de ello depende 
que hable á tus padres. 

— Tómalas, caprichoso...! Nó, mañana las recibirás 
en casa. 

— ¡Un siglo de espera! ¡Cuánto te amo, Margarita! 

--¡Silencio, Alejandro, nos están oyendo.. . ¡Qué ver- 
güenza! — exclamó, poniéndose encarnada hasta la niña 
de los ojos. 

Dejóse oir de nuevo la orquesta. Los dos novios se en- 
lazaron en un cariñoso abrazo, perdiéndose en los ver- 
tiginosos compases de un vals, en el final de la galería. 
Y otra vez las butacas se encontraron ocupadas. Cierta 
reserva misteriosa, el hondo temor de una sorpresa ines- 
perada, algo como una lucha interna, íntima, silenciada 
durante mucho tiempo, — subía al espejo de la cara de 
aquellos dos seres humanos atraídos por el poderoso 
imán de una simpatía profunda y criminal, por una de 
esas i)asiones de los sentidos donde el alma parece estar 
ausente, donde la conciencia del deber contraído ha 
muerto en un instante aleve y cobarde, y sólo existen 
dos cuerpos, dos dinamos movidos por un deseo brutal, 
arrojando una luz abrasadora por los focos de sus ojos. 



220 ÉÑ EL SIGLO XXX. 



Sin embargo, hacían esfuerzos sui)reinos por parecer 
tranquilos, como el que ha delinquido, á las miradas acu- 
sadoras. Pero el amplio y turgente seno de aquella 
espléndida mujer, el subido carmín de sus mejillas 
arrebatadoras, su misma inquietud incesante, demostraban 
claramente lo que estaba experimentado en lo más que- 
rido de su ser. ¡Qué combate salvaje el de su acompa- 
ñante por dishnular, por demostrar serenidad, casi 
indiferencia á los demás, los ojos húmedos y los labios 
secos, la voz apagada en su garganta anudada y presa 
su cuerpo todo de la fiebre ! 

— ¿Quiénes serán? — se preguntó Andros, mentalmente. 

La conversación que mantenían era en extremo ani- 
mada y baja. Casi sus cálidos alientos se confundían. 
Por otra parte, lo que hablaban no dejó por eso de llegar 
apenas á los ñnos tímpanos de Andros, aguzados por la 
curiosidad. En medio de la alegría y del murmullo ge- 
neral, de las notas de la orquesta que rodaban y rodaban 
por la atmósfera tibia y perfumada, aquellos dos amantes 
volvían á reanudar un antiguo amor, cortado tempo- 
ralmente por el impuesto matrimonio de la joven y por 
la ausencia del sugeto, amargado por aquel enlace mal- 
decido mil veces. 

Viejo prostituido y cínico, mariposa de placeres pa- 
sageros conseguidos á fuerza de traiciones y de oro, el 
marido de la dama jamás la tuvo miramiento alguno, ni 
respetó sus justificadas quejas y lágrimas de esposa, y 
se encogía de hombros ante las murmuraciones sociales. 
¡Cómo sería su temple moral que no le importaba un 
bledo que su mujer le sorprendiera con una de sus 
más íntimas amigas, á altas horas de la noche, abrazado 



EN EL SIGLO XXX. 221 



encima de un mueble de su gabinete de estudio ! La idea 
del divorcio, se la habían combatido á la joven las auto- 
ridades competentes. Era dar un escándalo más, que la 
sociedad entera condenaría. La posición del marido estaba 
antes que la separación ! 

— Pero ¿quién me obligará á no amarte? — exclamó la 
joven. 

— Aquí donde < ¡ muchos no podrían arrojar la primera 
piedra ! > 

Ella se le entregaba sin rodeos, al parecer sin escrú- 
pulo alguno... empujada hacia lo más horrible del 
abismo por los escándalos y los vicios de su marido. 
Temperamento el de la joven inclinada al crimen, éste 
al ñn cobraba proporciones enormes al lado del hombre 
á quien únicamente había amado. Su espléndidu natura- 
leza parecía entonces despertar de un sueño penoso, 
apareciendo en sus labios húmedos lo que llevaba oculto 
en lo más recóndito del corazón: ¡amor, amor inmenso ! 
Al mismo tiempo torrentes de odio, de ese odio de la 
mujer, indefinible en la plenitud de su vida y de su 
hermosura, de repulsión y de vergüenza, aparecían en 
su diminuta y sonrosada boca. Y unas veces sentía amor 
y otras odio. Pero aquella lucha entre la pasión y el 
martirio, el amante y el esposo, la hacían padecer hon- 
damente, no comprender lo que decía, y delirar ! 

— Elvira, mi único bien... ¡cuánto habrás sufrido ! 

— ¡Me he sentido agonizar pensando en el tiempo pasa- 
do ! ¿Recuerdas ? 

^¡ Sí, recordando he existido ! Tu imagen querida ha 
sido la que me ha salvado en mis horas de suprema 
y amarga duda. Y, sin embargo, nunca creí volverte á 



222 EN EL SIGLO XXX. 



ver. Pensé que amabas á ese hombre, que un dia fué 
uno lie mis mejores amigos. ¡Aún no he perdido la espe- 
ranza de ser feUz!...Pero tú no te sientes bien... Tu 
rostro lia empahdecido. .. ¿Qué tienes? 

— Es que él acaba de pasar por aquel salón,- — dijo 
la joven, apenas. 

— Debemos separarnos. ¿Cuándo nos volveremos á 
ver.. ? 

— Espera. .. 

— ¿ Dónde . . .? 

La dama arrojó á su oído algunas palabras que An- 
dros no pudo alcanzar. Después ambos se levantaron 
y se dirigieron al salón del frente, del que á poco volvió 
á salir el sugeto, ganar la galería de ia guardaropía, y, 
en seguida, abandonar el Club. Fué vano que Andros 
les buscase con la vista luego. ¿ Habrían desaparecido ? 
Filos se sonrió maliciosamente. Aquella escena de unos 
cuantos minutos, iba á tener sus consecuencias más 
tarde ó más temprano. Ya tendrían ciertos centros so- 
ciales deque ocuparse... ¡ Todo se sabe siempre! Yá 
veces la imaginación suple la falta, exista ó no el delito, 
haya ó no culpa. La murmuración no quiere equivocarse 
nunca. «Lo que vieron dicen todos y no mienten al de- 
cirlo... Y en ñn, porque los sentidos son parausados 
á tiempo, sin pensar en el vecino,» — como aseguralja 
un gran pensador de la antigüedad. 

— -Y bien. Filos; ¿no te amarga io que has visto y te 
he referido? — dijo Andros 

— i Desprecio y no otro sentimiento es lo que me 
despiertan ciertas cosas! Evita tú el sarcasmo, lo que 
sube á los labios y no se puede decir, cuando uno es 



EN EL SIGLO XXX. 223 



testiiío lie miserias semejantes y de enfermedades socia- 
les incurables. ¡Quién sabe lo que ha pasado, y está 
pasando actualmente entre el mar de carne humana 
que se affita en los salones! ¡Cuánto naufragio moral I 
Y, tú ¿qué opinas, Andros, — le preguntó el joven. 

— ¡Que no es oro todo lo que relumbra! Nada más, 
amigo mío. 

Y guardaron silencio mirándose fijaiuente. Todo lo 
que pensaron y se dijeron en aquella mirada, conocieiido 
los caracteres y sentimientos de ambos, no sería imagi- 
nable, ni nadie lo hubiera comprendido, ni mucho me- 
nos creído. Pero la presencia de una pareja, marido y 
mujer, de algunos años bien contados, vino á interrum- 
pir aquel diálogo de sus ojos. Hacía algún tiempo que 
andaban buscando asiento y recién lo habían encontrado. 
Suspiró la dama de (cansancio ó de aburrimiento al de- 
jarse caer en la butaca. Bostezó ella y en seguida él. 
Pensaron que los bailes duraban demasiado en contra 
de la liigiene, de la salud, si l>ien sus hijas se divertían y 
jiodían pescar algún buen partido. Esto se lo decían 
mentalmente. 

— ¡Nunca me he divertido tanto! — agregó la señora, 
conteniendo un bostezo, 

— Ni yo. ¡ Estoy encantado, deslumhrado ! — dijo el 
marido. 

Se sucedió una ligera pausa. El tipo de la vieja con 
sus cabellos canos cortados á la moda, con el reboque 
de su cara, liquidado enparchones, con sus vestidos ajus- 
tados y lo desencajado de sus ojitos verdes, despertó en 
Filos el deseo de reír á sus anchas; pero, Andros, le 
contuvo con un guiño. ¿Y el viejo? Si parecía estar 



224 EN EL SIGLO XXX. 

ahorcado con sus cuellos, ahogado con su frac, martirizado 
con sus pantalones y en un potro con sus zapatos de 
charol ! Sil) embargo, decía que jamás había estado más 
cómodo, ni á su gusto. ¡Cómo se divertía ella ! — y se le 
cerraban los ojitos. — ¡Estaba él deslumhrado! — y boste- 
zaba sin cesar viendo dormitar á su consorte. Llegó un 
momento, en fin, durante el cual se quedaron ambos 
dormidos. .. 

— Las cuatro y media, — dijo Andros, consultando su 
reloj.— ¿ Vamos? 

— Si, vamos á refrescarnos. La última vuelta,— le con- 
testó Filos. 

Y se sonrieron del grupo de sus vecinos, al ponerse de 
pie. Al entrar á la sala de los refrescos, Andros sintió 
dos golpecitos en el hombro. Dióse vuelta inmediatamente 
y se encontró frente á frente con el jovencito de marras, 
con aquel Angelito que hacía la corte á la madurita 
Laura. Le dijo que lo había andado buscando toda la 
noche para preguntarle si tenía monos en la cara. Que 
nadie tenía el derecho de burlarse de las personas dis- 
tinguidas, ni mucho menos de las señoras, y que espe- 
raba, por último, le diera una satisfacción en el campo 
del honor. Miróle fijamente Andros, mientras Filos se 
mordía la labios de risa, y después de asegurarle que 
sería un tonto si tal cosa hubiera creído, le saludó con 
una inclinación de cabeza. El jovencito plenamente sa- 
tisfecho balbuceó una escusa y se retiró. 

— ¡Pobre bellaco! — exclamó Filos, soltando una car- 
cajada. 

— Es un ejemplar de nuestra moderna juventud... — 
dijo Andros. 



ÉN KL SIOLO XXX. 22ó 

Y se internaron en la sala. Después, cuando se en- 
contraron en el boulevard luchando por encontrar el au- 
tómata, era j'a pleno dia. Entonces la desilusión de Filos 
fué completa. Los rostros de aquellas damas, pálidos ó 
amarillentos, los encajes ajados, los brillantes apagados, 
fatigadas y soñolientas confirmaron lo dicho por su 
amigo algunas horas antes. Había caído la venda de sus 
ojos y la realidad le parecía harto amarga! ¡Cuántas 
anémicas, qué número de cloróticas! Sin embargo, al- 
gunas las había nuiy hermosas; pero, en extremo, can- 
sadas, deseando reposo. ¡ Cómo el arte y la animación, 
las luces y las flores, transformaban los seres humanos ! 
Y mientras subían al autómata, le dijo á Andros: 

— ¡ Este edificio se derrumba ! No tardará mucho 
tiempo. 

Mientras se alejaban, la confusión de las voces y de los 
vehículos, las carreras de los unos, los gritos de los otros, 
el ruido de las partezuelas, el crugido de las sedas, y los 
bostezos, — todo, poi'o á poco, fué desapareciendo ante 
los claros ojos de la mañana, ante el despertar de la 
ciudad. Cuando llegaron á su domicilio, Andros le pre- 
guntó á su amigo si se había divertido, gozado, y si otra 
vez volvería á concurrir á algún nuevo baile de caridad, 
eterna ! 

— i Ni aún cuando me ofrecieran un seguro de vida! 

— ¡Con tal de no recibir más desilusiones! — acabó 
por decir Andros. 



15 



JORNADA XVI, 



HACIA las doce del día, Filos se despertó alarmado. 
Creía haber oído, entre el sueño, algo parecido á dos 
detonaciones. Se incorporíí en el lecho ininediatameiite, 
miró á su alrededor, contuv»; la respiración y aguzó el 
oído... Nada. Sólo la gran ciudad en su pleno movi- 
miento, le enviaba el colosal é incomparable estrépito 
de su febril actividad incesante. Sonrió entonces de su 
presunción. Había estado soñando algo que no acertaba 
á recordar. Preocup hIo i)or aquella idea, empezó á ves- 
tirse sin gran apuro. Mientras se lavaba fué poco á poco 
recordando — - en una continua asociación de ideas, de 
consecuencia en consecuencia — las sorpresas, los deslum- 
])ramientos y sensaciones que había experimentado du- 
rante el espléndido baile de beneñcencia de «El Progre- 
so». Todo desfiló en un momento por su imaginación. 
Pero lo que le tenía preocupado, no aparecía en su 
memoria, ó lo tenía tan presente que no lo veía. ¡Cosa 
extraña! Más de una vez se había detenido en ello, pero 
no lo cogió á tiempo. Se le escapaba de la mente, como 
una bolilla de mercurio se escurre de entre los dedos. 
— ¡Vamos! — se dijo. — Lo más claro y evidente suele 
ser á veces lo más oscuro. 



t 



228 ÉN EL Siglo xxx. 



Vohdó de nuevo á su revista mental é insistía dote- 
niéudose en aquello que le parecía más claro. ¿Sería 
esto. . ? Y la evidencia desaparecía. ¿Sería estotro. , ? Lo 
analizaba detenidamente y sacaba sus conclusiones... 
Pero nada. Volvía de nuevo á pensar. . . Peor que peor. 
¡Vanjos, que iba perdiendo la paciencia y ofuscándose- 
le la inteligencia ! En consecuencia trató de alejar aquel 
tenaz pensamiento y de distraei'se poniendo los cinco 
sentidos en su peinado. De pronto se olvidaba de éste, 
la maldita idea venía otra vez á su mente, y, retíexionan- 
do, se quedaba con la mano en el aire ó mirándose al 
espejo sin él mismo verse. Pero al apercibirse de ello, 
movía la cabeza con impaciencia, y, por últim.o, concluía 
por reírse de semejante terqnedad. Dejó pasar nn mo- 
mento. Después, cuando ya casi había terminado su pei- 
nado, se detuvo.. . De improviso su faz se iluminó ins- 
tantáneamente, escapósele el peine de la mano y dejóse 
caer en una silla riendo como un loco. Luego exclamó: 

—¿Será la fuga de la pareja, del baile. . ? ¡Eso es, no 
me cabe ahora la menor duda! ¡Caramba, que ha sido 
laborioso el parto del incidente. . ! 

Dos estruendos fuertes, secos, como descargas de ca- 
ñón, se dejaron oir en el espacio, justamente en aquel 
momento. ¡Casualidades increíbles! J^os dos estruendos 
anteriores á éstos habían sido los que le recordaran alar- 
mado. ¡Cómo sin quererlo so justiíicaban ciertas cosas! 
Pero ¿qué sería lo que motivarían las bombas? ¿La sali- 
da de un boletín anunciando lo mismo que él pensaba? 
Alguno de los diarios de la tarde había pescado el suce- 
so y lo comunicaba al público, quien debía conocer las 
más altas noticias sensacionales. «Faire tonjours mieux», 



EN EL SIGLO XX K. 229 



¿no era la bandera de los más listos, de los más interiori- 
zados en los aciontecimientos sociales? Eso debía ser. 
¿ Pero cuál de ellos hacía circular el suceso? En estos ca- 
sos ¿cuál era el más avisado, el mejor servido? Y agregó: 

— Ese boletín es de «El Vonvo de la Tarde». Apostaría 
mi cabeza, sin cuidado alguno. 

Para convencerse hundió el botón de la campanilla 
telefonográfica. En seguida, Parelia le manifestó que po- 
día hablar. Entonces, la preguntó si ya se había levan- 
tado Andros. Le contestó afirmativamente, agregando 
que le estaban esperando en la sala de comer. ¡Andros le 
aguardaba para comunicarle una sorpresa divina! Filos, 
que comprendió inmediatamente lo que deseaba decirle, — ■ 
segundos después se hallaba al lado de su amigo. En tanto 
hacían el modio día, entre un plato y otro, les refirió có- 
mo so había despertado, sus dudas y vacilaciones respec- 
to de una idea tenaz, su grito arquimédico, la comprensión 
de aquella idea y las dos descargas consecutivas. ¡ Pero 
qué casualidad ! Andros también había pensado en lo 
mismo, 5' no hesitó ni un segundo en creer que las des- 
cargas anunciaban nn boletín de «El Vonvo de la Tarde», 
registrando el suceso que, mejor que nadie, ellos conocían 
perfectamente. 

— Justamente, — dijo Parelia, — en el momento que me 
refería lo mismo. . . 

— Y tú me observabas que era imposible que se llegara 
á saber, — añadió Andros. 

— ¡Pero qué es lo que hoy no llega á conocer el públi- 
co! — repuso Filos. 

— Eso es cierto, — afirmó Parelia. — Ni los ajuares, ni los 
vestidos, ni los regalos, ni la belleza y hasta la inteligen- 



230 EN EL SIGLO XXX. 



cia de las novias. . . pudientes escapan á los ojos de los 
cronistas sociales, ni á todo el público en consecuencia. 

— ¡ Qué. . ¡^exclamó Filos. — La camisa, el corsé, los 
calzones, las enaguas, las medias, las sábanas, el valor y 
el monograma que han de usar las novias, lo más secreto 
y hasta lo más i)ueril, todo, ha llegado á ser material de 
información, de crónica de diario! ^, Y qué diré de los 
escándalos sociales. . ? 

— ¡Qué hul)iera dicho el pudor de las vírgenes socieda- 
des del siglo XIX, de semejantes reportajes! — afia^lió 
Andrés. — Y de este boletín ¿qué hubieran dicho. . ? 

Y le pasó á Filos la hoja impresa, que hacía algunos 
momentos que había mandado comprar. Seguramente 
más tarde «El Viejo Parche» lanzaría otro á la circula- 
ción, mejor informado y con más detalles. Pero «El Von- 
vo de la Tarde» le había ganado el tirón, demostrando 
su superioridad cronística y su buen servicio sobre aquel 
gallo cócora del periodismo fisiocratense en materias de 
informes y de ecos del día. Pero Filos, tiejó á un lado el 
boletín, y continuaron el almuerzo. Andros se preguntaba 
de qué medio se habrían vahdo para pescar aquel no- 
tición de 'padre y muy señor mío» — verdadera primicia 
para los desocupados, los curiosos y los centros de la 
crítica, del escarnio y la murmuración de buen tono. Ahí 
estaba la gran cuestión. Eecién cuando sirvieron el café, 
Filos comenzó la lectura del boletín, el cual guardaba 
una prudente reserva á propósito de los apellidos de 
los protagonistas del gran suceso. 

«Ella, decía el boletín, era una de las damas más distin- 
guidas y conocidas de nuestra sociedad, vendida por sus 
padres al oro y á la posición de un opulento funcionario 



EN KL SIGLO XXX. 231 



que desde un principio no supo valorar el tesoro que se 
le entregaba. Su hermosura y su educación, su talento y 
su espiritualidad, le habían conquistado á la dama uno 
délos puestos más salientes en los salones más aristocrá- 
ticos. Siempre atenta, amable y condescendiente, era el 
modelo que las unas copiaban y que las otras envidiaban. 

«Sus numerosas relaciones y amistades, la dintinguían y 
estimaban sinceramente. Desde hacía algún tiempo ve- 
nían notando en su semblante el velo de la tristeza }' 
la sombra de una melancolía profunda, que daba á sus 
ojos lánguidos una espresión dulcísima y encantadora. 
Muchas fueron las versiones que se prodigaron al respec- 
to. La que más prevaleció de todas, fué aquella de que el 
marido era quién tenía la culpa, — sujeto que, con sus 
desórdenes y vicios, se había liecho célebre desde épo- 
cas pasadas. Los bastidores y los camarines de algunos 
teatros «de rompe y raja>, muy en alto habían puesto de 
manifiesto toda su conducta anterior y posterior. La ac- 
tual era una orgía continuada. 

«Naturalmente, la dama con aquella conducta jamás in- 
terrumpida, padeció sobremanera, sufrió la más cruel 
decepción y llegó hasta ver comprometidos su hogar y 
su honor de esposa. Virgen, candorosa, arrojada brutal- 
mente á los brazos de un libertino consuetudinario que 
sólo había deseado poseer su espléndida belleza inmacu- 
lada, — la primera noche de bodas fué su primer hondo 
pes-ar, la desilusión más completa y la adversión más 
profunda hacia su marido, violento, impúdico, brutal. 
Lógica, pues, era aquella repulsión que ella sentía por el 
matrimonio, que consideraba como el lazo más funesto 
parala mujer. ¡Claro! Había sido herida en lo más deli- 



232 EN EL SIGLO XXX. 



cado de su pudor de esposa y en sii dignidad de mujer. 
Y, sin embargo, él, su marido, continuaba aquella vida 
infame, que toda la sociedad condenaba y repudiaba. Ella, 
callaba, evitaba su presencia, pero su carácter se iba 
haciendo cada vez inás reservado y meditabundo. 

«Sin embargo, uo había faltado, hasta entonces, á los 
más sagrados deberes de esposa y de dama, que le impo- 
nían la ley y la sociedad. De esto tenía su marido i)lena 
confianza. Pero, cuando la mujer, que había empezado 
á odiar se la empujaba violentamente al abismo, la caída 
era infalible, fatal. Ciega, delirante, presa de la desespe- 
ración, la simpatía del sabroso delito la hundía en lo más 
profundo, sin comprender ó sin valorar tal vez las funes- 
tas consecuencias que ocasionaba la consumación de sn 
gravísima falta. Caía allí donde desgraciadamente no 
alcanzaba la mano del perdón, ni mucho menos la con- 
sideración social, q.ue acusaba, pero que no alxsolvía. 

«Alguien había hecho correr la especie de que en sus 
rosados y sonrientes días de soltera — hasta poco tiempo 
antes de casarse con el opulento lilierlino — había man- 
tenido relaciones amorosas con un distinguido joven (jne 
la jurara hacerla su compañera querida. Pero, al res- 
pecto, nada se sabía de positivo, ni qué había sido del 
joven después del sonado y ruidoso casamiento de la her- 
mosa dama. Sus mismos padres ignoraban aquel amor, 
que jamás les revelara la joven. Lo positivo fué que ella 
se casó con el acaudalado calavera, que mai-tir vivió du- 
rante todo su matrimonio y que su acentuada melan- 
colía hizo pensar en muchas cosas, que no pasaban de 
suposiciones y rumores, de creencias vagas y díceres in- 
fundados. Nadie le había podido tachar algo, ni jamás la 



KN KL SKJLO XXX. 233 



sorprendieron fuera de aquello que era permitido y acos- 
tumbrado en sociedad. 

«Los más insistentes galanteos y las adulaciones más 
exageradas, las había sofocado al nacer con la más sana, 
altiva y severa sonrisa, evitando con delicadeza, dulzura 
y espiritualidad, las n^ás recias tiradas á fondo de los 
esgrimistas afamados del amor.. . pasajero é inmoral. Per- 
donaba estas y mnclias otras ofeusas galantes á los ami- 
gos más íntimos de su marido, los cuales habían concluí- 
do por estimarla de veras y por respetarla sinceramente. 
Era, decían, una mujer excepcional, y si hubiera tenido 
hijos haljría sido la madre más cariñosa y más ejemplar! 
Pero, cuando entabló su demanda de divorcio — hacía 
un año — sus parientes, los amigos de su consorte y los 
jueces mismos, la aconsejaron que desistiera; y, así lo 
hizo, por el honor de su marid»), por el suyo propio y por 
la moral social. Ella siguió mostrándose altiva, delicada 
y severa, pero.. . siempre meditabunda y melancólica. Pa- 
recía sentir la nostalgia de algo ó de alguien ! 

< ¿Quién era el marido ? Su historia la conocía todo el 
mundo, lo mismo que su origen y el de su fortuna. Se 
parecía á la de muchos otros de su misma estirpe elevada. 
Hijo de padres desconocidos — que él había hecho des- 
cender del tronco de una distinguidísima familia euro- 
pea antigua de pergaminos y de abolengos — se ignoraba 
dónde había pasado su infancia. No se sabía cierta- 
mente si era extranjero ó nacido en una de las confina- 
das provincias argentinas. Lo cierto era que un día apa- 
reció el tal advenedizo cursando los estudios prepara- 
torios en la escuela politécnica. De ésta pasó, nadie sa- 
bía cómo, á los cursos de ampliaci('>n de la Universidad 



I 



234 EN EL SIG: O XXX. 



y algunos años después á la Facultad de Derecho y Cien- 
cias Sociales. Desde un principio se había mostrado licen- 
cioso, altanero, retraído y poco comunicativo respecto 
á sus ideas íntimas. La envidia de toda fortuna legítima 
ó malamente conquistada, era una de las cualidades más 
salientes de su carácter. 

«A partir de aquí, que era lo línico que se ignoraba, 
la historia de su vida ulterior — ^á la que se refería el 
beletín — la conocía todo bicho vivienls. IMerced á inñuon- 
cias que él supo conquistar cometiendo mil bajezas, 
había conseguido graduarse, y que algunos diarios de 
entonces le dieran un bomhito á su tesis, basada en un 
tema antiquísimo y olvidado de puro viejo: ^La propie- 
dad es un robo». Y con ella causó el efecto que se había 
propuesto. Ignorante, pero astuto, tendió una grosera 
celada á la prensa, bajo el disfraz de una exagerada mo- 
destia, y su tesis fué discutida, criticada y comentada 
durante muchos días. Los diarios déla oposición siste- 
mada la censuró y condenó duramente, y los gubernistas 
creyendo que el tiro de aquéllos il)a dirigido á ellos, lo 
que ninguno había soñado — como tenían cola de ]>aja — 
comenzaron á defender la tesis y concluyeron por poner 
por los cuernos de la luna á su inteligente autor. 

«La pobre economía política tuvo que soportar mil 
malas interpretaciones, mil manoseos y mil vejámenes. 
Cuando la tempestad pasó y se olvidó la cuestión, el 
abogado se restregó las manos con íntima satisfacción, 
considerando su hábil fumada,., obra de genio! Desde 
entonces fué un jurisconsulto eminente, asediado, con- 
sultado, candidato para ésto, aquéllo j' lo de más allá, y 
sin tiempo para poder atender á su estudio y... á sus 



EN Eli SKILO XXX. 235 



queridas! Una de éstaf, viuda opulenta, sin hijos y casi 
sin parientes, dejó de 'xistir de pronto una noche, víc- 
tima de una afección iolenta al corazón, que certificó 
un médico... sin escrv pulos. La hondadosa señora, que 
le profesaba un amor entraña})]^, <!ejó al distinguido 
legista de heredero un versal de una fortuna de varios 
millones, fii se agregabí n los honorarios que había aho- 
rrado y el aumento de las propiechides con el andar de 
los años y 'de la especulación, resultaba su colosal for- 
tuna limpia, honrada y saneada, de la qre gozaba sin 
cuidados. 

'Dueño absoluto de aquellos caudales sin tener nada 
en qué pensar, arrastraba una vida disipada, libertina, 
de escándalo en escándalo. Sin embargo que la sociedad 
murmuraba y condenaba su vida inmoral, jamás le cerró 
las portadas de sus salones, ni mujer alguna evitó su 
presencia ó huyó sus galanteos de un refinado cinismo, 
ni censm-ó sus palabras, algunas veces desnudas; pero 
dichas con tal gracia, entonación y espiritualidad, que las 
damas concluían por perdonárselas sonriendo. ¡Era tan ori- 
ginal y táurico. .. ! El, en sus adentros, se mofaba de 
todas, considerando á la mujer como un nuieble. . , ¿ Ne- 
cesario? Sí, para ciertos momentos— como un autómata ó 
una palangana ! En la naturaleza, como en el arte, decía, 
todo era útil relativamente, nada imprescindible, excep- 
tuando el oro que todo lo conseguía dadas las circuns- 
tancias, que jamás faltaban. 

«Entre el crecido número de sus amigos, contaba con 
uno á quien muchísimo quería por su carácter sin doblez 
y firme, que le contradecía de continuo, mientras que los 
demás le aplaudían liasta sus mismos desatinos. Por 



2.3(i EN EL SIGLO XXX. 

eso le amaba y le confiaba sus más íntimos secretos, 
sin poder decir que su amigo hiciera lo mismo con él 
respecto de los suj-os propios. Era en vano querer pe- 
netrar en el corazón de aquel que, al lado del opulento 
abogado, parecía un niño. Y en efecto, el joven era 
mucho menor, pero más reservado á fuerza de haber 
recibido todos los días decepciones abrumadoras de los 
hombres. El abogado, hasta entonces, era el único quo 
le fuera fiel. Los demás habían sido mariposas al re- 
dedor de la luz... de su metálico. 

«Esto sucedía poco antes del casamiento del abogado. 
Lo único que no le reveló á su joven amigo. ¿Por qué 
guardó tal reserva el advenedizo aquel, como muchos, 
elevado á lo más alto por una zapallada de la ciega 
fortuna? Si algo supo el joven guardóse muy bien de 
decírselo: jamás cometía indiscreciones. ¿Deseaba el 
rico calavera darle una sorpresa? ¿Temía, acaso, que su 
joven amigo condenara el paso que iba á dar, conociendo 
el pésimo ideal que se había formado del matrimonio, 
de la mujer y del hogar? Probablemente, porque la 
conducta y las ideas del abogado eran la más palmaria 
expresión del pesimismo más desconsolador respecto de 
materias conyugales. Por educación, por principios v 
por temperamento era un ser inaccesible á las grandes 
y verdaderas pasiones, torpe y ciego para ver en el fondo 
de la mujer tesoros de ternura, de delicadeza y de idea- 
lismo. Era cobarde y material, como todo tipo degene- 
rado y corrompido, ante la verdad y la moral que 
hablaban á la conciencia y despreciaban á la carne ! 

«Después de un brevísimo noviazgo, el abogado se casó, 
obligado por los padres de la niña á causa de ciertas 



EN EL SIGLO XXX. 237 

ligerezas cometidas por él en la casa. ..La venta quedó 
efectnada. 4 Amaba él á la liermosa joven? ¡Qué sar- 
casmo ! Lo que codició fué su inagníñca belleza de rostro 
y de formas, que no pudo hacer suyas de otra manera. 
Ella cayó en sus brazos, fría como el mármol, inerte 
como la piedra, sin desplegar los labios, ni verter una 
lágrima sola. Le dio su cuerpo, pero le negó los teso- 
ros de su alma. Entonces, su marido despechado buscó 
el calor qne ella no le concedía en otras mujeres hipó- 
critas y relajadas, encenagándose hasta la raíz de los 
cabellos, rabio.so, hamVñento, brutal ! 

«¿Y su amigo más íntimo y querido? En vano le 
buscó. Había desaparecido el mismo día que le invitó 
á su enlace : la noche de sus bodas. Le dejó en mano de 
uno de los criados una tarjeta que leyó sin comprender. 
<ne perdido toda esperanza sobre la ti':!rra. Parto para no 
volver. Adiós». El abogado rompió la tarjet;i, }', al arro- 
jar los pedazos, pensó que su amigo se había vuelto 
loco. ¡Él solo quería reinar en su cortizón! i Celoso de 
su mujer! Verdaderamente, era un niño. Y no volvió á 
pensar más en él, mientras el tiempo transcurría pau- 
sadamente. Su mujer, entretanto, seguía siendo siem- 
pre la misma, fría, indiferente, melancólica y pensativa. 
El continuaba buscando las embriagueces de los place- 
res y los goces pasajeros. Después, vino entre ambos 
cónyujes una separación voluntaria. Más tarde ella le 
sorprendió en amores con una de sus amigas. De aquí 
había nacido la demanda de divorcio, que retirara des- 
pués. — «Pero el hombre, — observaba el boletín,— se has- 
tiaba de todo, más tarde ó más temprano, pero era para 
soportar la cruz de sus faltas.» 



238 BÑ EL SIGLO XXX. 



«Poco antes del día del gran baile de caridad de «El 
Progreso», el jurisconsulto comenzó á enamorarse per- 
didamente de su mujer. Demasiado tarde. Ella le evi- 
taba y salía de casa continuamente. Imposible era acom- 
pañarla. La mandó seguir. Sus pesquisas fueron inúti- 
les. El mismo se convirtió en policía, vigilándola y per- 
siguiéndola de mil maneras, pero sin obtener ningún 
resultado. Ella iba á visitar á sus amistades y relaciones, 
como evitando su nauseabunda presencia. Le huía, 
como á la idea de la muerte huyen los satisfechos de su 
suerte. Entonces aquel marido desairado, despreciado, se 
consideró ruin, pequeño, y sintió por la primera vez en 
su vida un vacío profundo en el corazón, mucho frío 
en el alma y un mundo de remordimientos empezó á 
roerle la conciencia. ¡Qué desesperación! Desde hiego, 
descuidó su tocado: por entre los cabellos que empezaron 
á desteñírsele, aparecieron las viejfs canas del libertino. 
Cogió el frasco de la tintura; pero, en seguida, le ai rojo 
con desprecio. ¡ Debía ser como lo quería la naturaleza ! 
Y después de tanto tiempo lloró silenciosamente en su 
aposento lágrimas de sangre, las primeras sinceras que 
vertía en su vida! 

«Pocos momentos antes del gran baile, se permitió lla- 
mar con timidez á la puerta de su consorte. En aquel 
momento no podía recibirle. . , Esperó. Poco después se 
le presentó hermosa como un ángel, envuelta en uiui 
nube de inmaculados encajes y cubierta de purísimos bri- 
llantes. Parecía la mujer de un ensueño, de una fantasía 
de Poe ó de un poema de Shelley. Preguntóle, muj' luego, 
qué la quería, qué deseaba, como á un extraño. El, sin ar- 
ticular palabra, cayó á sus plantas demandándola perdón ! 



EN EL SIGLO XXX. 239 



Lh dama le contempló un instante, no con lástima sino 
con desprecio. Después le indicó que se levantara. ¡Era 
ya tarde! Todo había concluido entre los dos. En otro 
tiempo, él la hubiera amenazado. . . En aquel momento 
suplicaba, humillado ante la voluntad y el carácter de 
aquella gran mujer. Fué inútil. Ella no cedió. Pero, ¿po- 
día acompañarla al Club? La dama luego de reflexionar 
un instante, le concedió aquel único favor». 

— Por tin va á concluir el romance, — dijo Filos, toman- 
do aliento. 
« —Continúa, amigo mío, — agregó Andros. 

— Pues, continúa diciendo el boletín... 

«¿Qué fué lo que pasó en el Club, durante lo más 
animado y espléndido del baile? Nuestro repórter lo pre- 
senció todo y fué testigo de oídas de lo demás. En uno 
de los momentos que el marido de la dama salía del sa- 
lón de la derecha para entrar en la sala de los refrescos, 
mi sujeto joven, alto, rubio, de ojos vivos, frente intelec- 
tual, velado el rostro por una sombra de tristeza profun- 
da, se le acercó á la dama y la pidió que le acompañara á 
danzar la pieza anunciada. Era un vals. La joven al verle 
ahogó un grito de sorpresa y varió de color. Después de 
pasada aquella inapercibida impresión, se colgó de su bra- 
zo, no sin antes mirar á su alrededor. No aparecía su 
marido. 

«Las dudosas sospechas de que aquellos dos seres se 
amaban con locura, quedaron plenamente constatadas. 
¡ Qué pasión, qué fuego, qué explicación tan animada se 
dieron y se revelaron ambos en un instante! Y ganando 
una de las galerías de la izquierda, fueron á ocupar dos 
sillones casualmente desocupados, al lado de dos jóvenes 



I 



24o EN EL SIGLO XxX. 



que había sido imposible preguntarles si algo habían es- 
cuchado. Allí estuvo la enamorada pareja bien poco tiem- 
]>o. ¿Qué se dijeron? No lo sabían. Después,- el marido 
cruzó el salón, ellos se levantaron, para en seguida desapa- 
recer del Chib. La orden dada al conductor del autómata 
del joven, fué rápida, en idioma extranjero, en ruso anti- 
guo, imposible de comprender. 

«Cuando los salones del Clul) quedaron desiertos, muy 
alto ya el sol, — un hombre con las facciones descompues- 
tas, pálido como un cadáver, con pasos vacilantes que 
parecían los de un borracho, descendía la escalera de ca- 
racol tapizada del Club. De pronto se detenía y accionaba, 
como siguiendo los giros de una idea penosa. Más bien 
parecía un desesperado que un ebrio. Por tin llegó á la 
puerta. El abogado, el marido burlado — que no era otro — 
llamó á su autómata, abrió la portezuela y dejándose caer 
entre los almohadones de seda, murmuró algunas pala- 
bras casi imperceptibles. ¡Su mejor amigo era quien le 
deshonraba! ¿Cuándo habría llegado? ¡ Y él que creye- 
ra. . ! i Ah, sí, aquel joven la amaba antes de casarse. . ! 
«¡ La culpa vindicaba la culpa!» En seguida el autóinata 
desapareció como un relámpago. Nada se pudo ver des - 
pues. Pero cuando llegó á su hotel, aseguraba el conduc- 
tor del vehículo que su señor había descendido como un 
loco, sin clac, los vestidos en desorden, y que luego se 
encerró en su aposento. 

«Momentos después concurría la policía. La detonación 
de un arma de fuego puso en movimiento á toda la 
servidumbre del suntuoso palacio. Cuando la autoridad 
penetró derribando la puerta, al aposento del abogado, el 
cuadro que se le ofreció á la vista fué horrible. (Y el bole- 



EN EL SIGLO XXX. 241 



tín hacía una descripción granea de la habitación, y cien- 
tífica, esplendida, de la herida, cuya bala haciéndole pe- 
dazos parte del cráneo había entrado por la parte tal y 
alojádose en la región cual). El marido se había suicida- 
do. ¿Y la amorosa pareja dónde estaría? El boletín con- 
cluía prometiendo mayores detalles en <EI Vonvo de la 
Tarde», 

— Y bien, Filos, ¿qué dices? ¿Qué te ha parecido el 
boletín.,, novela?— le pi-egiintó Andros. 

— Que empieza mal y acaba peor, como el suceso, 
Andros. 

— ¿ Y has comprendido la moral ? — le observó Parelia. 

— Sí, que los padres y los maridos mismos suelen tener 
la culpa de muchas sensibles desgracias, cuando no es 
la sociedad quien prepara el delito. No es el primer caso 
que sucede entre nosotros... — agregó. 

— Vicios de organización, — acabó por decir Andros- 



16 



JORNADA XVII. 



Alas cinco pasado meridiano, los dos amigos se encon- 
traban en el gabinete de estudio. Andros daba fin 
en aquel momento á la jornada XVI de la obra y Filos 
concluía de repasar los diarios de la tarde ocupados todos 
del suicidio y de la fuga, comentada y manoseada al in- 
finito. Pero, al respecto, éstos no adelantaban en nada á 
«El Vonvo de la Tarde». Sin embargo, uno de ellos, «La 
Camisa de la Justicia», segunda época de «La Trompeta de 
la Ley», traía en su primera página el retrato del ilustre 
muerto. Ocupaba las columnas de la redacción con una 
estensa y bien meditada necrología de las virtudes y pa- 
triotismo de tan conocido y benemérito personaje. Des- 
pués de tratar en ella del suicidio como de un crimen bár- 
baro de lesa moral, terminaba ensalzando la vida y la con- 
ducta del abogado. (Muerto el perro se acababa la rabia,) 
Entonces sus actos, sus vicios, sus accione^? y aun sus crí- 
menes, se miraban con una lente de color de rosa, aumen- 
tada cien veces más para elogiar. 

«El redactor babía sido amigo del finado, conoció su 
bello carácter, su generosidad y desprendimiento prover- 
biales entre sus íntimos, lo mismo que sus pecados que^ á 
la postre, no fueron tantos, ni tan espectables. ¿ Quién— 



244 EN EL SIGLO XXX. 



preguntaba el panegirista, — no tenía entre nosotros algo 
que confesar y de qué arrepentirse ? ¿ Quién no llevaba, 
los unos más, los otros menos, un poco de lodo deleznable 
en la conciencia, para ruborizarse ó cubrirse la cara con 
un pañuelo regala<lo por una meretriz decente ó por una 
querida, por la mujer de un amigo traicionado ó por la 
hija de un viejo degradado, por una madre, por un her- 
mano ó... por el sol, que también tenía sus bien visi- 
bles y constatadas manchas? ¡ Necios, hipócritas y cretinos 
á lo fraile del siglo XIX, eran aquellos que venían dra- 
goneando de puritanos en las filas del batallón de la moral! 
No hacía sino justicia, la bandera de su diario. 

«Peor que el finado había sido aquel célebre calavera 
que fuera el causante de la muerte de su mejor ami- 
go : fin trágico de un merodeador de fruta artística entre 
bastidores y bambalinas, que sellaron su tumba. Y, sin 
embargo, el espiritual calavera vivía honrado y respetado. 
1 Oh, poder de las debilidades y de las miserias humanas! 
¡Venir á tapar el cielo con un arnero! ¡Qué colmo señor, 
qué colmo! Cuando la sociedad se encogía de hombros 
al ver que un hombre viajaba con la mujer de otro, y 
condenaba las apariencias de otra que se estaba sacrifi- 
cando por un sagrado deber, haciendo que al fin come- 
tiera una falta que jamás soñara, — esa sociedad quedaba 
nivelada ó indentificada con las del siglo XIX, imitado- 
ras de lo malo extraño é indiferentes de lo bueno que 
les pertenecía. 

«¡Pobre Fulano (el muerto), ayer no más te sonreía la 
vida, eras estimado de todos, amigos y enemigos por tu 
talento descollante, por tu corazón, por tu franqueza, en 
fiUj por tu honradez y por tu temple de alma! Pero hoy 



ÍIÑ EL SIGLO XXX. 



la nada del sepulcro, e! frío de la muerte, en eterna co- 
munión con el gusano helado, han venido á que, «los cuer- 
vos que criastes con el calor de tu amistad y tu peculio 
generoso, te saquen los ojos..! » Y si alguno, añadía, se 
daba por aludido — el seductor, por ejemplo — él estaba 
pronto á darle una satisfacción sin límites (un apretón 
de manos, pues la chica lo merecía) en su casa ó en cual- 
quier campo. Aunque condenaba el duelo — porque nadie 
tenía derecho de hacerse justicia por su propia mano — se 
la daría donde mejor h; pareciese (en la Rotiserie Fisio- 
cratense) ó en cualquier parte. 

«Nobleza así lo obligaba y también lo obligaba la franca 
amistad y el reconocimiento que le debía al eminente doc- 
tor Fulano, por haber contribuido á la fundación de su 
popular diario «La Camisa de la Justicia». Por supuesto 
que su necrología tenía tan sólo por objeto el hacer públi- 
co su desinteresado agradecimiento hacia el malogrado 
amigo, que le estaba contemplando desde las alturas de la 
inmortalidad de los justos y de los seres queridos. Dios 
con su infinita bondad le haría justicia, como él se la hacía 
en este picaro y corrompido mundo, que empezaba á 
regenerar con «La Camisa de la Justicia». 

En seguida de la necrología aparecía una gruesa raya 
negra de diez y seis puntos tipográficos, después de ésta 
venía un aviso anunciando la eficacia del «Jarabe de la 
vida», el poder de unos polvos para matar pulgas, mos- 
quitos y chinches, y más abajo el artículo político de la 
Kedacción, sobre « la abstención activa del Partido Cró- 
nicoliberal, en las elecciones de diputados y senadores 
salientes, hechas por la unanimidad del Pueblo Soberano 
(en las antesalas del gran Congreso Argentino) . 



246 EN E¡L SIGLO XXX. 



— Di, Andros, — le preguntó el joven, — ¿ has leído esta 
sabrosa necrología. .'? 

— i La que publica «La Camisa de la Justicia»? -le con- 
testó. 

— Sí. ¿Qué te ha parecido? 

— Tú lo has dicho: una cosa sabrosísima. Lo de siem- 
pre. Si se trata de un genio, de un mártir de la vida, ni 
una sola palabra habría dicho, ni publicado sus virtudes, 
ni i)uesto de relieve los beneficios que hizo con su saber 
y sus sacrificios á la siempre ingrata humanidad. Pero 
como se trata del eminente doctor Fulano y de la filantró- 
pica matrona doña Mengana, la cosa cambia de aspecto. 
Y ciertos diarios, como ese, no tienen inconveniente 
alguno en romper el parche de sus bombos, quemando 
incienso no á la persona, al talento, á la virtud, sino á la 
posición, poi más que digan on contrario esos turifera- 
rios del periodismo. 

— ¡ Qué triste verdad !. . Pero veo que te he interrum- 
]^ido. 

• No, amigo mío, pues acabo de concluir la jornada 
XVI ... ¿De qué te asombras ? — añadió sonriendo. 

— De la rapidez con que escribes. Y, vamos, de que si 
seguimos así, bien pronto nuestro libro tocará á su fin. 

— En efecto, y logrado habremos nuestro objeto. Filos. 

— No es pedantería, pero creo que sí. Por lo menos, no 
mentimos. Diciendo la verdad sin rodeos, á nadie incluí- 
mos, ni excluimos á nadie. Todo el mundo es una agru- 
pación de muy distintas personas, que encarna creencias, 
hábitos, ideales, sentimientos y costumbres muy diversos, 
ya sea por la educación, la herencia ó el medio. Tiene 
muchas cabezas, muchos corazones, muchas almas, para 



EN EL SIGLO XXX 247 

pensar, sentir y ejecntar. Tú y yo somos órganos, partes 
(léese todo colosal. En él vivimos, por él existimos, es 
á él á quien nos dirigimos, y no á éste, á aquel, ni al de 
más allá. Considerar y apuntar sus males, que son los 
nuestros propios, ¿porqué lo hacemos? ¿Por capricho ó 
l^or maldad ? ¡ No, porque sentimos esos males y no les 
podemos poner remedio! Porque ciertas evoluciones en 
el orden social, no son manifestaciones halagüeñas, sino 
síntomas latentes de desorganización y degeneración. Por 
eso escribimos este libro, hijo legítimo de nuestros pro- 
])ios males. Nada más. Bien dijo el pensador al par que 
jioeta: 

« Con todos sus disfraces apai'ece 

« la social corrupción ; del egoísmo 

« bajo el manto fntal se oculta y crece, 

' su cólera le presta el fanatismo, 

• su risa la impiedad, su desenfreno 

- la auibición, su careta el patriotismo; 

« y esfinje pavorosa de oro y cieno, 

<■ semeja nuestro siglo mar profundo 

" que de monstruos y perlas está lleno ...» 

— ¡ Cuánta amarga verdad p(»nen de relieve esos ter- 
cetos ! Pero, amigo njío, — le observó Andros, — ¿crees iú 
que alguien — -disfrazándolas cosas como lo hacemos — 
no pretenda ponerse un sayo que ni le arrojamos, ni le 
viene bien, pues lo hemos cortado para todo el mundo, 
esa colosal agrupación de que hablabas hace poco ? 

— No, Andros, porque nadie se l&menta ó riñe por ver 
sus vicios y sus males pintados en cabeza agena. Todo el 
mundo, tenlo presente, se rie, se critica, llora y se mofa 
de sí mismo, — agregó Filos. 



248 EN EL SIGLO XXX. 



—Una mitad de la otra mitad. ¿No es eso? — ^ repuso 
Andros. 

— Sí. Por ejemplo: Este, que camina distraído, tropieza 
(el obstáculo no hace al caso), se resbala y cae de espaldas 
en el lodo. Pero, Aquél, que pasa por la acera de enfrente 
no se puede contener y suelta la más sonora carcajada. 
El enlodado se pone serio, rojo de ira y de vergüenza, se 
levanta y i>rosigue su camino. Pasado algún tiemjjo, 
Aquél, que soltó la carcajada, se hunde cierta mañana 
en un fangal., . Entonces, Este, que leve luchando en el 
pantano, se encoje de hombros y luego se desmaya de 
risa, l'crjura el enfangado... ¡Iniquidad, grita, inhumani- 
dad! Pero, nada. Le han devuelto la pel.ota. Aplica el 
ejemplo á miestro libro y saca la consecuencia. 

— ¡ ICn fin, allá v^eredes dijo Agrajes! — concluyó por 
exclamar Andn«s sentenciosamente. 

Los dos jóvenes se miraron dominados por la simpatía 
íntima de una misma idea, se mordieron los labios.... 
pero, al fin, sin poderse contenor estallaron en una 
franca carcajada que sonó en el gabinete — como salida 
de entre los cráneos, los fémures y las tibias de los es- 
tantes — sorda, hiriente, sarcástica y amarga, como la 
que llevaban en los labios de continuo Ju venal, Revalais, 
Voltaire y Cervantes. Esa risa espontánea mucho decía 
para ellos. Si la sociedad la liubiera oído, nada habría 
sacado en limpio, ni comprendido. Andros y Filos ver- 
tieron en ella un pensamiento asaz temerario, que no se 
atrevieron, solos como estaban, á manifestárselo. Lo 
sintieron en lo más secreto, pero no se lo comunicaron. 
Existen pensamientos con la intención del abismo: á su 
borde se experimentan vértigos ! 



Éíí EL SIGLO XXX 249 



— Basta. No volvamos á pecar con el pensamiento. .\Jr— 
indicó Andros. — Y dime, ¿ tients intenciones de escribir 
esta noche la jornada XVII? 

— Sí, porqne es necesario qne tú descanses, — le contes- 
tó Filos. 

— Perfectamente. Ahora, qnerido, vamos á ver á Pa- 
relia. 

En ese mismo momento tiiitinabuleó la campanilla del 
telefonógrafo. Cogió Filos el tubo central y preguntó 
quién llamaba. Era Parelia. Le contestó que un sujeto, 
al parecer muy distinguido, venía en busca de ellos, según 
le había dicho á Confianza, por asuntos particulares de 
alguna urgencia. En consecuencia, le había mandado 
hacer pasar á la salita baja. Allí les esperaba. Y teruiinó 
encareciéndoles que le despacharan bien pronto, pues se 
iba á servir la comida. No eran horas aquellas para en- 
tretenerse demasiado. Que así se haría, la respondió 
Filos. Inmediatamente descendieron. Cuando penetraron 
á la salita, el sujeto aquel que les aguardaba, se paseaba 
con las manos atrás pasando revista á los cuadros, bron- 
ces y objetos de arte que la adornaban. Pero en aquellas 
circunstancias, contemplaba con curiosidad una miniatura 
que representaba «La Libertad y el Progreso sorpiendi- 
dos perla Guerra Civil, la Peste y la Crisis». 

^Eso parece la República en el siglo XIX... — se 
decía el sujeto. 

Pero al notar la presencia délos dueños de casa, aban- 
donó la miniatura. Después de un saludo de brazos ver- 
ticales, acotupañado de una genuflexión especia], avanzó 
hacia ellos sonriendo, y les preguntó si tenía el alto 
lionor de hablar á los señores don Andros Cosmos y don 



250 EN EL SIGLO XXX. 



Filos Sofos. Al ser satisfecha su pregunta, volvióse á 
inclinar, aceptando el asiento que le ofrecía Andros. 
Pidió mil escusas por tener que distraer un momento á 
tan distinguidas y renombradas personas. Pe'-o era en 
interés mismo de la ciencia que venía á molestarles. 
Nuevos perdones y nuevas genuflexiones A todo esto, 
los dos jóvenes atentos y corteses esperaban el instante 
de que aquel desconocido explicara el motivo de su visita. 

Fué en vano. El sujeto aquel, comenzó por quemarles 
incienso á más no poder. Les dijo que conocía el alto 
puesto y el encumbrado rango que ambos ocupaban en 
las ciencias naturales y filosóficas, sus títulos de gloria 
conquistados en el vasto campo de la cosmografía, la 
meteorología, la antrojiología, la etnografía, la fisiología, 
la astronomía, lo mismo que en las ciencias sociológicas 
y en las artes en gen(!ral— todo, por haberlo oído á 
distinguidos sabios y literatos, y leído más de una vez en 
los diarios y revistas que, el pensamiento luimano en 
su espiral inmensa, hacía circular por todo el globo que 
habitábamos, de polo á polo. 

Continuó diciendo que él era franco, sincei o, con ks 
personas de talento y de alto renombre. Jamás le había 
quemado incienso ni al hijo del sol, porque no era perfu- 
mista, ni did^a bondjo á nadie porque no era músico. Se 
concretaba únicamente á aplaudir y á venerar, no á los 
falsos sacerdotes de la idea, sino á los benefactores de la 
humanidad, i La humanidad, que^ había dicho un filósofo 
del siglo XIX, era «el conjunto de seres reunidos en la 
superficie del globo terráqueo con un mismo fin: ¡la vida!» 
Pero otro filósofo del mismo tiempo, rebatió aquella sa- 
))ia teoría, diciendo que la humanidad era da pluralidad 



EN EL SIGLO XXX. 2S1 



de ingratos asociados para gozar y despreciar á las gran- 
des inteligencias, á los focos luminosos de la Inz eléctrica 
del genio, apreciando más que ésta la luz de gas de los 
tontosí. 

— -Pero yo no opino ni con el uno ni con el otro, — 
agregó. 

La humanidad era para él, cun conjunto de hombres 
y de mujeres», porque los primeros sin las segundas era 
un absurdo; pero, en colectividad, en mutuo consorcio, 
representaban la vida actual por la futura. Así, pues «la 
humanidad representaba la vida actual por l¿i futura 
dentro de los amplios límites del tiempo). Porque de 
que algunos hombres y mujeres fueran malos, no quería 
decir que todos tuvieran ese grandísimo defecto ó v'cio, 
que condenaba la lógica y la moral. Por eso era que él 
disentía con los dos filósofos del siglo XIX. Ahora bien, 
considerada la humanidad como él la comprendía, pro- 
bal)a su sinceridad y su bondad admirando y recordando 
los beneficios que ellos habían prestado á la causa común. 

— Le damos á usted las gracias. Pero, aún no nos ha 
dielio,el motivo. . . 

— Vea usted, sefíor And ros, sería incorrecto si yo no 
les quedase obligado por la espontánea acogida que us- 
tedes me han dispensado. Créame que no lo olvidnré 
nunca, porque todo recuerdo tiene el significado moral 
de la gratitud. Eso sí, más grato que yo, no encontrarán 
ustedes á nadie, ni buscándole con linterna. Pues, como 
iba diciendo. . . 

— El motivo que á usted le trae... — le interrumpió 
Filos, con impaciencia. 



252 EN EL SiGLÓ XXX. 



— Ah, jiistameiite, á eso iba, — continuó el sujeto sin 
inmutarse. 

— Felizmente el señor es condescendiente., . — agregó 
Andros, con sorna. 

— Es una de mis cualidades francas de carácter, señor 
Andros. 

Pues venía, — continuó^ sacando del bolsillo de su frac 
algunas tarjetas, — á comunicarles que en la misma 
acera del suntuoso palacio del señor Andros se babía 
establecido con un espléndido establecimiento de pelu- 
quería al estilo del siglo XIX. Todas las comodidades, 
perfumes, aguas de tocador, tinturas, polvos, pelo ])os- 
tizo, etc., etc., que se detallaba en la tarjeta que tenía 
el lionor de entregarles, escapaba á la verdad y á los 
límites vastísimos de la imaginación. En una palabra, 
aquello, á más del buen trato ameno é instructivo, era 
tan solo creíble pasando á visitar su salón «Al siglo 
XIX», Y concluyó preguntándoles, muy sumiso, si podría 
contar con su concurrencia. 

— Ruego á los señores, — añadió, poniéndose de pie, — 
quieran perdonar mi atrevimiento, porque en el siglo en 
que vivimos, secados por la competencia, cada cual se 
da bombo como puede... 

— Puede usted contar con nosotros, — le dijo Andros, 
sonriendo. 

— Porque la audacia suele ayudará liacer fortuna,— 
agregó Filos. 

— ¿Puedo retirarme? Pedro Tijera y Lengua está á 
las órdenes de ustedes. 

Y el peluquero leguleyo se retiró plenamente satisfe- 
clio, inclinándose y estirándose por repetidas veces. 



EN EL SIGLO XXX 2-3 



Quedáronse los dos jóvenes riendo á mandíbula batiente 
de tan original personaje. ¡Cómo se aguzaba el ingenio 
para hacer caer aquí ó allí á la gente: en esta tienda, la 
sin igual por la variedad y finura de su surtido, en aque- 
lla peluquería, la sin rival en Fisiócrata! En todas 
partes daban lo mejor, y el consumidor se llevaba ge- 
neralmente los clavos de dos ó tres estaciones anteriores. 
¡Pero siempre á la última moda! ¿Dónde estaba la 
competencia? ¿en la baratura y calidad de los artículos 
ó en el número de establecimientos sin precio fijo? Se- 
guramente en lo último. 

— Y en que todo el mundo pide rebaja, — agregó 
And ros. 

— Es la manera de comprar gato por liebre, — afirmó 
Filos. 

Y recordando el traje á la moda, el peinado, los ojillos 
vivísimos, las patillas y la cara aun sonrosada, los guan- 
tes, la barita y hasta el perfume del divertido peluquero, 
Andros y Filos ganaron el ascensor, descendieron de él 
y pur la galería central del edificio se encaminaron á la 
sala de comer. Parelia, sentada á la mesa con los dos 
niños, hacía largo rato que les esperaba con impaciencia. 
¡Por Dios! ¿quién era aquel caballero ó fastidioso, que 
tanto les había entretenido? Cuando se lo dijeron des- 
pués de narrarle la entrevista, no pudo contener la car- 
cajada. Hasta los pequeñuelos manifestaron su hilaridad, 
por inducción, golpeando sobre la mesa con sus maneci- 
tas, rompiendo una copa y dos platos. Momentos después 
cenaban tranquilamente. Eran las siete pasado meri- 
diano. 



JORNADA XVIII. 



QioKÍA per demás difícil, bajo el punto de vista moral, 
*^definir con propiedad lo que es una peluquería mon- 
tada á la última moda en nuestro siglo actual. Andros 
se sonrió ante aquella aseveración de su amigo. No obs- 
tante, en muchos puntos y consideraciones justamente 
opinaba como Filos. Naturalmente que, la fisonomía ma- 
terial de semejantes establecimientos, nada podía ofre- 
cerles, ni les ofrecía de particular. La elegancia, comodi- 
dad, dorados, cuadros, espejos y demás muebles relativos 
no les llamaba la atención, desde el momento que, con 
diferencias más ó menos notables, los unos se parecían á 
los otros. 

Filos pensaba que el sa](5n de peluquería, tenía en cir- 
cunstancias dadas más valor é inñuencia moral que cual- 
quiera de los más espléndidos cafés de la capital. Esto lo 
afirmalja, recordando y comparando la lengua y la tigera. 
Se podía decir que en los fugaces momentos de permanen- 
cia en una peluquería, mezclados los niños y los viejos, 
los jóvenes y los ancianos, la lengua funcionaba menos 
que en los cafés, pero más sobrosa y picante^ al compás 
de la tigera y teniendo el rostro, nuestro alter ego, frente 



256 EN EL SIGLO XXX. 



á frente. Ya fuera el diálogo iniciado por el parroquiano, 
por el oficial ó por el dueño de la ca.sa, la sin huesos no 
cesaba por parte délos últimos^ aunque el cliente guarda- 
ra la más prudente reserva. No importaba. Necesario era 
hablar de algo, de los rumores, de los díceres, de los 
acontecimientos del día siguiente, de los hechos á produ- 
cirse, de la moda y de las mujeres — de estas cosas prin- 
cipalmente. 

Centro suigéneris de todo lo bueno y de todo malo, el 
salón de peluquería, después de los clubs, opinaba Filos 
que era el sitio donde los ecos sociales, los sucesos de las 
artes y de las ciencias, las novedades políticas y teatrales, 
cobraban mayor desarrollo. La crisálida de un dicho suel- 
to, ligero, sin consecuencias ulteriores, discutido y comen- 
tado, podía llegar á ser la mariposa de un pensamiento 
atrevido, meritorio 5' aplicable á esto ó á aquello — y, con 
más generalidad, ser un áspid venenoso para la virtud do 
esta ó para el honor de aquel, para la independencia de 
Fulano, para los planes económicos del ministro Tal ó 
para las ambiciones del estadista Cual. 

Siempre la mayoría — apoj'ada por los dueiios y oficia- 
les del establecimiento, con vei'dadero entusiasmo — se 
conceptuaba con el suficiente alcance y poder intelectual 
para apreciar y sorprender intenciones, penetrar en lo 
más oscuro y enmarañado de una situación ó actitud po- 
lítica activoautonomista ó pasivoliberal (ó tartufogene- 
ral), para sondar la conciencia de Fulano (la tuviera ó no 
la tuviera), para adivinar, en fin, los pensamientos de 
este funcionario ó las vehementes aspiraciones de aquel 
periodista turiferario ó á todas luces imparcial, aunque 
aspirara á un ministerio en cualquier gobierno de hecho. 



EN EL SKJLO XXX. 257 



sucio, felón, de esos mismos «gobiernos que hacían del 
Tesoro una loina para los bolsillos particulares». Y al día 
siguiente lanzaban la idea de un meeting de indignación, 
r^ue los unos aprobaban y los otros censuraban. 

- La libertad de reunión, es constitucional, — decían los 
peluqueros. 

— Y la libertad de la lengua. , . es don de la constitu- 
ción del hombre, — agregaban algunos clientes. 

Por supuesto que los descubrimientos casi siempre te- 
nían su lado maligno y sus interpretaciones perversas. En 
política, todos eran ambiciosos vulgares, demagogos, sedi- 
ciosos, sofistas, amigos de la peor elección y no de la mejor 
revolución; en arte, todos genios ó nulidades patentadas; 
en ciencias, ninguno como el sabio mecánico Excéntrico, 
ni mejor que el astrónomo Parábola, ni más profun- 
do que el matemático Tangente, ni más notable que el 
fisiologista Neurosis, que el filósofo Materia, que el quí-.- 
mi<;ofísico Matrás Redondo; en fin, ni más inmortal que 
f'l sabio naturalista Galeopiteco. ¿Y qué era la sociedad, 
sus miembros? Los nombres que por aquellas lenguas 
pasaban, bien podían perder ogui speranza. Sin embargo, 
el lema ó mote de todos, era: 

— «¡Honny soit qui mal y pansel» 

A veces aquel perfumado ambiente tibio ó frío, según 
las estaciones, parecía gravitar sobre los cerebros de los 
unos, las lenguas de los otros, y, principalmente, sobre la 
charlatanería insolente de los peluqueros, que buscaban 
un significado mezquino á tal asesinato político que ellos 
condenaban ó aprobaban, criticando la libertad en 
algunas discusiones parlamentarias sobre educación co- 
mún, fiscalizando los actos más notables del gobierno, 

17 



I 



258 üN EL Siglo Xxx. 



ponderando las espléndida belleza de ciertas damas y 
señoritas, censurando las relaciones amorosas, públicas y 
notorias, de una pareja imaginaria, discutiendo enferme- 
dades, las de los clientes más jóvenes ó aconsejándoles 
específicos de efectos inmediatos, en fin, repitiendo y re- 
pitiendo siempre, lo oído á los mismos parroquianos 
aquel día ó aquella tarde, lo visto 6 lo leído en los diarios. 

¡ Cuántas veces la desventurada economía política tuvo 
en aquellos salones una cátedra improvisada! General- 
mente los iniciadores eran los dueños ú oficiales del esta- 
blecimiento — los dueños principalmente, como era natu- 
ral. El tema obligado ora la crisis y jos impuestos. Las 
palabras: robo, fraude, imposición y dictadura; las frases: 
atentado contra la propiedad, obstáculo á las industrias, 
ruina del comercio, desquicio social, guerra al progreso, 
muerte del bienestar común, estímulo para la baragane- 
ría, aliciente para el contrabando, origen de la vagancia, 
de los asilos y hospitales, traba para la introducción, pro- 
vecho para unos cuantos, en fin, esas palabras y osas 
frases eran las más usual'ís, las más aproi)iadas y las que 
jamás desaparecían de semejantes lenguas. ¡Pol^re cien- 
cia económica y política ! 

No era esto lo unís original y atrcA'ido del caso. ¡ Si 
hasta se aventuraban á citar autores, preceptos, axiomas, 
armonías y tratados los más vulgares y reputados! Y 
1 casualidades encantadoras! Todos á una condenaban los 
impuestos. El Estado conseguiría rentas de rail otras 
maneras para garantir la seguridad, la higiene, los alum- 
brados y los afirmados, pagaría materiales, empréstitos y 
funcionarios, embellecería las ciudades, educaría sus ha- 
bitantes, ia justicia sería igual, las relaciones de amistad 



tííí Éh SíáLÓ XXX. 259 

non el extranjero se solidificarían, el progreso sería nna 
verdad, la paz un hecho, la libertad nna prueba inequí- 
voca — -y todo, sin gravar, sin estafar al pueblo (era la 
palabra), con impuestos y contribuciones ruinosas, impo- 
sibles, bárbaras! Y aquí, si ios peluqueros eran europeos, 
venía aquella exclamación siempre la misma : 

— ¡En Francia, los impuestos son otra cosa!. . 

Y en Francia, para escándalo de la ciencia económica, 
aun existían los estancos ! Pero, con generalidad, la igno- 
rancia, la deuda ó la prudencia de los clientes, hacía que 
los peluqueros se envalentonaran, cobrasen bríos para 
lanzar á este ó aquel ministro de hacienda, al gobierno y 
hasta al Congreso, sus pullas y sus impertinencias soeces. 
Eran verdaderos alaridos de la inbecilidad más grotesca y 
asquerosa! Nadie tenía la culpa de ello, sino el público que 
daba oídas á semejantes necedades, por quedar bien en el 
establecimiento, porque los unos era deudoi'es, porque 
los otros esi>eraban que los sirvieran bien y porque los 
más no querían hacerse mala sangre discutiendo ó con- 
venciendo á tontos. Y, sin embargo, no faltaban pobres 
de espíritu (ricos de bolsico) ó ricos de inteligencia (po- 
bres de bolsillo), necios y goniosos que gastaran su tiem- 
po con los peluqueros, ha!. 'I.:- Ivj de lo que no sabían ó 
discutiendo temas donde el rubor y la vergüenza estaban 
ausentes. 

— -No me dirás, Andros, que exagero ahora, — dijo Filos. 

— Ciertamente que no^ — replicó Andros. — Pero dhue 
amigo, qué condenarías tú más, ¿ ¡as lenguas de esos infe- 
lices peluqueros, verdaderos papagayos que repiten sin 
conciencia lo que 03'en, ó las lenguas de la chismografía 
de los salones y de las alcobas? ¿ Cuál es peor, las conti- 



260 EN EL SIGLO XXX. 



nuas indiscreciones de la prensa, revelando al público lo 
que debiera i:)ernianecer en silencio, porque no todas las 
cosas son como las pintan, ó el papagayismo de los pelu- 
queros? Vamos, me ¡carece que la repuesta es sencilla. 

— Por ese lado, bien mirado, tienes razón. 

— Pues entonces, pongamos punto á la discusión. Has 
concluido la jornada XVII que estabas escribiendo cuan- 
do llegué ? . . . ¿Sí? ¡ Mejor que mejor ! . . 

— No comprendo la causado tu exclamación. 

— ¿La causa? i Pero hombre! ¿No quedamos en ir esta 
noche. . . 

— ¿A la peluquería «Al Siglo XIX^? 

— Sí. 

— Vamos, pues. Ya sabes que soy materia dispuesta. 
¿Qué hora es? 

— Las ocho. 

Que justamente daban en el gran reloj de la torre de la 
Casa de Justicia. Los dos jóvenes abandonaron el galiiuete 
de estudio, donde se encontraban, se despidieron de Parelia 
y de los niños que ya iban á acostarse, y en seguida, se 
encaminaron «Al Siglo XIX>. Al llegar á la puerta, se 
detuvieron un brevísimo instante. Ni los estantes, arma- 
zones, vidrieras, pisos, techos y adornos de la tienda, 
nada de eso les ofreció algo de particular, ni de extraño, 
ni mucho menos del siglo XIX. Todo era parecido, casi 
idéntico á lo que tenían visto en las demás peluquerías. 

Lo único que les llamó la atención, fué una gran araña 
de cristal con caireles en profusión, que pendía del techo, 
compuesto de pequeñísimos espejos. La luz de la araña, 
amarillenta, sucia, ei a de gas. ¡Qué contraste ofrecía al 
lado de los focos eléctricos de los salones inmediatos ! 



EN EL 8r(íL0 XXX 261 



Pero aqiu'Ua arafía era el lujo del establecimiento, por 
lo ridicula y por el costo del combustible que ardía en 
sus picos. ¿De dónde lo traían y cómo? Ni el dueño, ni 
los oficiales querían decirlo, ni nadie se empeñaba mucho 
por saberlo. 

En seguida penetraron á la tienda. Se dirigían al salón 
de la derecha, cuando les detuvo una hermosísima joven 
rosada como una manzana del paraíso antiguo, de cabe- 
llos rubios, ojos azules grandes y rasgados, de labios 
finoSj húmedos, gordita ¡espléndidamente gordita ! y sen- 
cillamente vestida con muchísima gracia. Desde su 
pequeño mostrador de caoba que dominaba toda la tienda 
sentada en una banqueta de asiento giratorio, parecía un 
ángel regalón de la soñuloray poética mitología cristia- 
na. La joven sonriendo, les indicó el salón de la izquierda, 
pues el otro era el de las señoras, después de entregarle á 
cada uno su número de turno correspondiente. Pero, 
Filos, sin poderse contener, la apretó dulcemente los 
dedos finos y blanquísimos de su diminuta mano, fijan- 
do sus ojos penetrantes en los ojos vivísimos de la joven. 
Retiró ella su manecita suavemente con coquetería y 
bajó al mismo tiempo los ojos tímidamente. . . 

— ¡ Qué criatura tan linda ! — balbuceó Filos en los oídos 
de su amigo. 

— ¡Sí! Trampa para cazar tontos. Nada más. Vamos, — - 
le contestó Andros despacio, al entrar al salón. 

Pero la joven siguió con la vista á Filos. Se había pues- 
to, la pobrecita, encarnada. .. no, roja como una granada! 
Su levantado pecho pareció agitarse levertente, presa de 
una sensación agradable, infinitaujonte suave. Volvieron 
sus párpados á entornarse en circunstancias que sus 



2(i2 EN EL SIGLO XXX. 



labios dejaban escapar un suspiro tan suave, que apenas 
hubiera empañado la superficie de un límpido cristal de 
roca. Y abandonando sa pequeño mostrador, fué, de 
puntillas, á mirar al salón de los caballeros, por los in- 
tersticios y claros de los estantes. Hizo um jesto de 
impaciencia, hiriendo el suelo con el pie. ¡No podía ver! 
¿ Dónde se habría sentado ? Pero, muy á su pesar, se 
vio obligada á retirarse á su puesto, pues llegaban nuevos 
clientes. Los uiás asiduos «Al siglo XIX>, inmediatamente 
notaron el cambio de la joven, su seriedad, su indiferencia 
y su frialdad. Y acabaron por pensar que estaría indis- 
puesta, ella, la más sonriente y atenta délas criaturas. ..! 

Entretanto, el dueño del establecimiento charlando 
hasta por los codos (¡que es mucho charlar!) explicaba 
á los dos amigos la maquinaria de sus lavatorios, de sus 
navajas y cepillos para limpiar la cabeza, en forma de 
sombreros, les participaba las ventajas que ofrecía su 
salón oval, de techo cóncavo, los espejos enterizos, los 
sillones de resorte, los pisos de goma elástica y sobre- 
todo la artística combinación de Ifs luces, que él había 
descubierto por una casualidad. Desde luego, los cuadros 
alternados con los espejos, era de un gusto refinado. Se 
lo había así aconsejado un sabio higienista, poeta y 
pintor, filósofo y escultor al mismo tiempo. En cuanto á 
la salita de espera, con su bien repleta biblioteca de 
libros, diarios, periódicos y revistas de todo lo más esco- 
gido y trivial, el color suave de las tapicerías y la 
colocación simétrico-científica de los muebles, se reco- 
mendaba por sí sola. 

Sin cesar de charlar, el amigo Pedro Tigera y Lengua 
pasó en seguida a mostrarles sus talleres interiores. 



EN líL SIGLO XXX. 263 



donde confeccionaba pelucas, postizos, rulos, cabelleras, 
casquetes, barbas, enterizos, perfumes, esencias, aceites, 
potnadas, tintuias, afeites, coloretes, polvos, todo lo más 
liigiénico y necesario para la elegancia, el embellecimiento 
3' el aseo de la economía personal; en ñn, todo aquello 
imprescindible para bacer papel en el gran mundo de 
los más aristocráticos centros y salones. Si aquello que 
tenían á la vista era bien reducido, no obstante esperaba 
darle más amplitud con el tiempo, si su suerte le prote- 
gía — si le protegían sus distinguidos, bondadosos é inte- 
ligentes clientes, mejor dicho. 

— ¿ Y esta niaquinita qué destino tiene? — • le preguntó 
And ros. 

— Es un invento mío. Se llama «La Tigera». Es para 
cortar las uñas agíidas, — le contestó. — Como es un secreto, 
permítame usted, señor Andros, guardar silencio á su 
respecto. Más tarde cuando se lo explique, será usted uno 
de los primeros que la tendrá. Se lo prometo. ¡ Palabra 
de honor! Es imposible, — agregó,— que usted se imagine 
los beneficios (jue mi aparato va á producir á la huma- 
nidad. ¡Seguramente que no es nada que pueda inmor- 
talizarme; pero, sí, algo bien útil por cierto ! Algo, en fin, 
que recuerde que nuestro Ministerio de peluqueros, no es 
tan insigni ficante como parece á primera vista,- - acabó 
por decir sonriendo. 

Después les condujo al salón destinado á las señoras. 
Desde los cortinajes, hasta los forros de los muebles, todo 
era de un color punzó suav'e y de un amarillo claro. 
Los marcos de los cuadros, de los espejos, las maderas 
de les sillones tapizados de seda, se mostraban lujosa- 
mente dorados, resi^landecientes, como para despertar 



264 líN EL SIGLO XXX 



sensaciones, dulces conmociones nerviosas, antojos ó de- 
seos... Una magnífica fuente de alabastro manaba agua 
continuamente, que iba á caer en nna pileta llena de 
pececillos de mil colores. Este salón era octógono y su 
techo lucía un magnífico fresco, representando la apo- 
teosis de la mujer contemporánea en el (úelo maguífieo 
de la elegancia y de la moda. Díjoles Tigera y Lengua, 
que la idea, el motivo, el sujeto, en una palabra, era 
suyo, sacada de un sueño que había tenido siendo oficial, 
hacía mucho tiempo. 

— No es creible, lo que agrada á las señoras, — con- 
tinuó. 

— Por cierto, — dijo Andros, maquinalmente. 

En cuanto á los lavatorios de mármol rosado, lo mismo 
que los demás utensilios, eran espléndidos según la opi- 
nión de todas ellas, i Si las daba ganas de comérselos á 
besos! Pero los peinadores de seda con eucajes blancos, 
eran lo más codiciados. En fin, los caloríferos para 
confortar la temperatura en los días crudos del invierno, 
los frigoríferos destinados á mantener un ambiente agra- 
dable en el verano y hasta los periódicos .y revistas de la 
moda, hacían de aquel salón servido por oficialas y diri- 
gidiis por una experimentada maestra, nn punto de 
reunión todos los días hasta las ocho pasado meridiano de 
lo más elegante y escogido de la aristocracia fisiocratensc. 
Tigera y Lengua conocía perfectamente donde les apre- 
taba el zapatito á las damas, y, en con.secuenc-ia, trataba 
de satisfacer hasta sus más insignificantes caprichos y ba- 
nalidades. Su finada esposa, le iiabía dado muchas lee 
clones provechosas á este respecto, que él seguía 
agregándoles algo de su cosecha. 



EN KL SIGT-O XXX. 265 



— Las mujore.s son como los niños. Cualquier zoncera 
las alborota. Para tenerlas contentas, se hace necesario el 
y>rod¡garlas zonceras todos los días, l)ajo el rótulo de «úl- 
timas novedades>. ¿No ve usted, señor Andrés, cómo 
gastan el cabello ahora? Pues más tarde lo usarán tan 
largo, que lo llevarán arrastrando. Basta que una empie- 
ce para que las demás hagan otro tanto. Lo que es la 
moda actual nos perjudica por un lado, sin bien por otro 
nos es provechosa. Pero, si ustedes gustan, pasemos á la 
tienda. Creo que pronto les llegará su turno, — añadió fran- 
(lueándoles el paso. 

Descondierin una pequeña gradería de mármol, y los 
dos amigos se encontraron de nuevo en la tienda. La 
hermosa joven que, en ese momento, hacía algunas ano- 
taciones en un libro, levantó su cabecita rubia, sus ojos 
encontraron los de Filos, dejó caer la pluma de la mano 
y se puso colorada como una amapola. Veloz pasó este 
detalle como un relámpago. Cuando so acercaron al pe- 
queño mostrador, la joven para disimular su confusión 
simuló hacer una suma. Después que Andros satisfizo su 
curiosidad respecto de qué medios se valía para conse- 
guir el gas que quemaba la araña, medió una ligera pausa. 
Luego le preguntó, mientras Filos miraba los artículos de 
las vidrieras, si aquella linda joven era pariente ó un 
empleado del establecimiento. 

— Es hija raía, señor Andros, — le comestó. — Mi cajero 
de confianza, — agregó sonriendo. 

Y (continuó dicióndole que tema además un hijo que ya 
cursaba en la facultad de Derecho y Ciencias Sociales. 
Bien i)ronto sería abogado, que era toda su ambición y 
su sueño dorado. Así lo esperaba, pues el joven era mte- 



260 EN EL SIGLO XXX. 

liiínute y aventajado. Siempre- liabía sacado las mejores 
clasificaciones. Pero el joven tenía una manía: no quería 
que él fuera peluquero. ¡ El padre de un doctor ! i Qué 
vergüenza! Sin embargo, disimulaba los i'eproches de su 
hijo, pues esperaba dejarle alguna fortuna — un pervenir 
segui'o. Hoy que nos encaminábamos á Va pluiocracia, 
poco importaljan los antecedentes de los hombres, con tal 
de tener dinero. Un puñado de oro podía cubrir una lacra 
moral. Por eso no le hacía caso y seguía trabajando día 
y noche. 

— -¿Acaso no cumplo con un d(djer? — dijo sonriendo. 

— Y sagrado, amigo mío, — le contestó Andros, impre- 
sionado. 

— Tiene usted un buen corazón, — agregó Filos, conmo- 
vido. 

— Mi exterior, señor Filos, es de peluquero, que no son 
siempre muy buenas piezas ; pero, mi fondo, es de 
padre. Si acaso tengo muchos defectos, es por ellos. ¡Les 
amo tanto!.. Pero yo les estoy entreteniendo con mi 
jharla... ¡Mesón ustedes tan simpáticos .. ! ¿Verdad, 
Angélica? — afiadiij volviéndose hacíala bella joven, con 
marcada intención. 

— Sí, pa])á... — !e contestó tímidamente su hija, sin 
k'vantar los ojos. 

En seguida los dos jóvenes y el peluquero penetraron al 
salón. Pocos momentos después Andros y Filos perfec- 
tamente arreglados y peinados los cabellos, volvían á la 
tienda. Fué inútil, el peluquero no quiso recibir el valor 
de su trabajo. Más, se mostró ofendido. ¿Qué significaba 
semejante demostración? Andros se confundía y Filos 
guardaba silencio. Los dos se mostraban conmovidos. Al 



EN EL SIGLO XXX 2fi7 



salir tendieron nna mano franca al padre y á la bija, que 
más confundida y conmovida que ios dos amigos, se puso 
do pie respetuosamente. Prometieron volver al siguiente 
día, no como clientes, sino como amigos. 

— Si la amistad de un peluquero no les es desdoro- 
sa... — agregó el padre. 

— Pues como amigos vendremos, — le respondió 
Filos. 

— Hasta mañana, — acabó por decir Andros. 

Y acompañados del padre y de la bija basta la puerta, 
abandonaron la tienda. Cuando llegaron al botel, Andros 
le refirió á Parelia lo ocurrido. Y, ¡ob perspicacia de 
mnjer! Ella les dijo, mientras Filos se ponía muy grave, 
la causa de aquella manifestación abierta de simpatía. 
No la quedaba sombra de duda, esa joven bermosísiaia 
amaba á Filos. Tal vez bacía algún tiempo. De otra mane- 
ra ¿cómo se justificaba la presencia del peluquero en 
su casa el día anterior y después los ofrecimientos, la 
espontaneidad, la solicitud del sujeto, en fin, todo, sino 
de aquella manera? 

—¡Pero eso es imposible, Parelia!— exclamó Andros. 
-¿Y por qué? ¿No tiene acaso alma y corazón esa 
joven? ¿No es mujer, en una palabra? Abora que ese 
amor sea un tanto extraño por la condición de las per- 
sonas y que Filos lo recbace, eso es diferente. 

— ¿Cuál sería tu opinión en este caso? —le preguntó 
And '-os á su consorte. 

— La misma que nos va á dar el tiempo, — le respon- 
dió ella. 

— Yo mismo no sé qué decir, — agregó Filos, pensa- 
tivo. — Demos tiempo al tieu)po. Tú, Andro!^^ sabes lo que 



2fiS EN EL SmLO XXX. 



opino resi>('cto del amor. Jamás he pensado en castas, 
personas, distinción, ni posiíúón. No admito enlace algu- 
no sino media ese sentimiento supremo. ¡Amor..! 
1 amorl^exclamó conmovido. — ¿Por qué no he de poder 
amar? ¿No me ofrecen u.stedes el cuadro más santo, linás 
divino del matrimonio? Siendo us+edes casi mis her- 
manos ¿por qué libremente no he de expresarme así ? 
Vamos, no sería justo. Entretanto, demos tiempo al 
tiempo, que él nos traerá la sentencia. 

— Eso se llama pensar con el alma y el corazón ! — excla- 
mó Parelia. 

— -Porque soy libro y no me ajusto á convenciona- 
lidades ridiculas que sólo estilan hoy los que llevan el 
alma en el bolsillo y el corazón en la cartera, y por- 
que mis creencias no miran y juzgan á la mujer por 
los vestidos, sino por el fondo. Donde hay sentimien- 
tos puros y francos, allí estaré j'O siempre. ¿Será esto 
extraño, lo admita ó no la sociedad? Poco me importa. 
Hasta aquí, la sociedad sólo me ha despertado la más 
soberana indiferencia. Nada más. ¡No, amigos míos, no 
todo lo que aparece es metal de buena ley, ni todos los 
que se muestran felices, lo son ! Los vínculos sagrados no 
los hace la sociedad, sino la armonía de los sentimientos ; 
los hechos por aquélla llevan el sello de la convencionali- 
dad, no el sello del cariño. i.-\sí son ellos! — agregó, jto- 
niéndose de pie. — No dirás tú, que exagero ahora. 

— Son defectos de organización, — le contestó Andros. — 
¿Pero te retiras? 

— Sí, Andros. Deseo escribir todo lo que nos ha pasado 
esta noche, anhelo hacerlo, mejor dicho. Piensen des- 
pués lo que quieran de la jornada XVIII, poco me impor- 



EN EL SIGLO XXX. 269 



ta, que el asunto me atrae, me hace sentir antea de 
trasportarlo al papel. Pon^-amos punto final. 

— Hasta mañana, Filos, —le dijeron Parelia y Andros, 
despidiéndose conmovidos. 



JORNADA XIX. 



AL día siguiente Filos se levantó preocupado. Algo 
pensaba que le tenía inquieto. Una idea fija se le ha- 
bía grabado entre ceja y ceja; desde la noche anterior. 
¿Cómo le vino aquella idea? Él mismo no se daba cuenta 
de ello, ni lo recordaba. Pero sí estaba seguro que fué du- 
rante la escritura, micntias hacía el retrato de la hermosa 
joven de cabellos rubios como el oro y de ojos azules como 
e! cielo de la primavera. A! pedirle á la imaginación la viva 
y clara imagen de Angélica para trasportarla al papel, re- 
cordaba que se había quedado extasiado, viéndola her- 
mosísima en el espejo de su alma. Después se había 
estremecido. ¿Por qué? Iba á descubrirlo cuando invo- 
luntariamente siguió escribiendo. Entonces la causa del 
estremecimiento desapareció temporalmente. Pero al lle- 
gar al final de la jornada, pensando en la joven y en su 
padre, un rayo de luz penetró en su cerebro agitado. 

Allá, en lo más lejano y nebuloso de su memoria, 
creyó contemplar repentinamente, como iluminados por 
aquel rayo, dos rostros vagamente parecidos.. . ¡No, im- 
posible!... Su imaginación soñaba y su memoria le trai- 
cionaba. Y, sin embargo, aquellos dos rostros, pensaba 



272 EN EL SIGLO XXX. 



recordando, sí, eran los suyos: el de Angélica muy niña 
y el de su padre más joven. En rna palabra, Filos creyó 
haber conocido al padre y á la hija. ¿Pero dónde, cuándo 
y en qué época de su vida ? Vano fué que le pidiera 
datos á la memoria. Esta solía ser muy regalona y aun 
tirana para con él, que solícito ó apurado se los pedía. A 
veces le concedía tan poco, la muy mimada, que se parecía 
á los ofrecimientos de un ministro dados á un extraño, á 
un desconocido, envueltos en el ruego de: — «Tenga usted 
paciencia y espere. . . > 

— Tendré paciencia y esperaré,— se dijo entonces Filos, 
al acostarse. 

Pero no pudo dormir. La idea de aquel recuerdo no se lo 
separaba ni un momento. Agitado, nervioso, contrariado, 
mejor dicho, buscó un narcótico en los artículos de cier- 
tos diarios viejos. ¡ Hasta leyó uno por uno los avisos, los 
remates y los edictos judiciales! Pero nada. Desesperado, 
si vale la palabra, se bajó del lecho y sacó un tomo de 
la biblioteca: cLa historia de Rosa>, en griego. Después 
de hartarse de aquella sabrosísima lectura, no pudiendo 
conciliar el sueño, lo arrojó encima del velador. ¡Y la 
idea que no le abandonaba ! Pero bebió, en seguida, unas 
gotas de bromuro de potasio, en dilución, y leyendo el 
«Origen de la decadencia de las razas>, se fué quedando 
dormido insensiblemente. Aquella noche soñó con la her- 
mosa joven de cabellos rubios y ojos azules. Daban las 
diez de la mañana cuando se despertó. 

— Es un fenómeno de la imaginación, — dijo al levan- 
tarse. — ¿ Qué otra cosa puede ser? ¡Vamos! Que la simpa- 
tía me hace ver visiones. Sin embargo, ¿qué tendría de 
extraño que fuera cierto? Nada, seguramente. Pero hay 



EN EL SIGLO XXX. 273 



algo que no me explico y que el tiempo y los hechos lo 
resolverán. Creo descubrir una historia en la vida del 
padre. ¿Pero qué historia? He aquí lo que me preocupa. 
¡Angélica...! ¡Angélica! ¿cuándo te he conocido? ¿Por 
qué creo reconocerte? — agregó conmovido. — ¿ La amaré 
}^o, acaso? ¿No deseo volverla á ver? ¡Oh, sí! ¿No estoy 
sintiendo lo que jamás he sentido, pensando en ella? ¡Si 
es tan bella y tan candorosa! ¿Por qué yo no he de amar, 
cuando todo ama en la naturaleza? ¿Por qué esa ley de la 
vida armónica, no ha de llegar hasta mí, diciéndome: — 
«Ama tú también, que eres parte de ese gran Todo?» 

Aquel mismo anhelo que sólo se experimentaba verda- 
deramente una vez en la existencia, le estaba dando la 
respuesta. Pero quería engañarse á si mismo, interrogán- 
dose, sin contestarse. ¿Por qué el hombre, á veces, no se 
confesaba ciertos sentimientos que le dominaban, que no 
podía pasarse sin ellos? Porque había momentos en que 
la duda era agradable — esa duda que afirolaba, que no ne- 
gaba, que por estar en nosotros la juzgábamos increíble, 
que se sentía, pero que no se explicaba. Así pensaba 
Filos, recordando la angelical carita de la joven. ¿Si ella 
])ensaría en él? Y apoyada su frente en la palma de la 
mano, sentado en su cómodo sillón de brazos dejó vagar 
el pensamiento al azar, como soñando en un jjorvenir de 
cariño y de esperanzas. 

Así, justamente en aquella posición, extasiado y extra- 
ño alo que pasaba á su alrededor, le sorprendió Andros 
momentos después. Ni siquiera se había apercibido déla 
presencia de su amigo. Entonces éste, cariñosamente, 
empezó á bromearle, i Verdaderamente, nunca lo hubiera 
pensado, ni jamás creído ! El más amargo y sarcástico de 

18 



274 EN EL SWLO XXX. 



los horaVjres, reducido á aquel extremo, cambiado tan 
pronto, en unas pocas horas! Si más bien parecíale 
cuento — y cuento fantástico — que realidad en carne y 
huesos! Ante la gravedad forzada con que Filos recibía 
sus palabras, se sonreía palmeándole afectuosamente. 
¿ Acaso tenía ello nada de extraño, ni de inverosímil? No 
por cierto. Si algún día á cada cual le debía llegar su San 
Martín, como decían los antiguos. Lógico era, pues, 
que á él también le llegara el suyo. Y sentándose á su 
lado, continuó preguntándole cómo había pasado la 
noche y qué había hecho para poder conciliar el sueño. 
Se lo pedía seriamente . . ! ¿ Por qué le miraba sonriendo? 
¡ Vaya ! No era franco con él. 

— ¡Pues bien, sí, he dormido como una piedra. .. ! — 
le contestó rápidamente. 

— ¡Falso, falsísimo!. .. jNo te creía tan bribón...! ¿Y 
sabes por qué, buena pieza? Porque los enamorados no 
duermen, — rennso Andros, chanceándose cariñosaniente. 
Bien es cierto (pie hay casos especiales... Pero... ¿no 
ves, angelito, que te hablo por experiencia...? Mira, 
Filo.s, Parelia misma pensnLa poco ha como yo. «Vé por 
él, — me dijo.— Estoy segura que se halla en estos mo- 
mentos sentado y despierto soñando con ella.' Llego, 
miro y te encuentro como Parelia se lo imaginaba. .! 

— Sí, amigo mío, confieso que lo he pasn lo desvelado y 
que me siento presa de una inquietud iuv'xplicable. El 
por qué, más tarde lo sabrás. Además, bien sabes el efec- 
to que pueden producir ciertas conmociones morales en 
los seres de mi temperamento y de mis creencias. Así 
mismo, conoces y comprendes mis inclinaciones ¡lor la 
belleza y la pureza, en mi extraña mezcla de filósofo y 



EN EL SIGLO XXX. 275 



de poeta panteísta. Sean ó nó funestas las consecuencias 
de mis creencias y de mis inclinaciones, cuestión es 
ella bastante compleja para resolverla en el presente. 
Veremos en el porvenir, que fe tengo en el tiempo y en 
mis acciones. Por otra parte, no vacilo en asegurarte que 
la misma fuerza que domina á esa mujer, me impulsa 
hacia ella simpáticamente. 

— Te comprendo, Filos. Por eso es que soy tan feiiz 
en mi hogar, por eso una anñstad tan fraternal nos liga. 
Esa ley sujjrema que está en nosotros y fuera de nosotros, 
es una, repartida en la naturaleza toda: en el hombre, en 
el animal, en la planta y en la piedra. ¿Qué es lo que no 
permea «el alma universal?» Y ¿quién sino el hombre 
mismo — lo más perfecto de ese colosal conjunto armóni- 
co — es el que ha desconocido su fuerza real, buscando 
una quimera para sustituirla? ¿Por qué nuestra raza decae 
física y moralmente ? ¿ Por qué las especies pierden su- 
cesivamente la fisonomía de sus antepasados? Abandona 
las causas abstractas y analiza las concretas. Porque no 
conciben la idea del amor, (i) i Con cuánta razón decías 
anoche que hoy el alma se lleva en el bolsillo 5' el corazón 
en la cartera! — Hizo una ligera pausa, y luego continuó: 

— Así, pues, ¿cómo no ha de existir el imperio de la apa- 
riencia, de la mentira, de la decadencia, si todos los mo- 
vimientos, las acciones, lo intelectual, lo moral y lo 
material del hombre marcha al compás del metal, y con 
el <lujo que — como ha dicho sabiamente un pensador 



(1) El altruismo íntimo, sincero, base de la familia, necesario y 
universal, según Augusto Comte. « Catecismo Positivista», tomo II, 
Diálogo Octavo, páginas 109 y 128. 



27fi EN EL SIGLO XXX. 



del siglo XVIII — es efecto de las riquezas ó las hace 
necesarias y corrompe á la vez al rico y al pobi'e, á ano 
por la posesión y á otro por la codicia; vende la patria á 
la molicie, á la vanidad y quita al Estado todos sus ciu- 
dadanos para hacerles esclavos unos de otros y todos de 
la opinión?» (^). 

• — Y, sin embargo, — continuó Filos, — algunos creen 
amar, cuando lo que aman en puridad es el dinero! Forma, 
desarrolla, mejor dicho, sociedades con semejantes 
sentimientos y tendrás patente el hermafrodismo moral, 
el histerismo latente y la decadencia de nuestras razas. 
Pero anda tú á decírselos, y tendrás por toda contestación 
sensata «alaridos brutales de indignación» ó te tratarán 
despreciativamente de envidioso, de miserable visionario, 
y aquí recibirás una bocanada de improperios, allí son- 
risas de un desdén abrumador y más allá de lástima, 
desprendida del pus de las lacras pestilentes y nausea- 
bundas. Que existen excepciones bien nobles y nota- 
bles, no cabe la menor duda. Pero ¿cuántas son? Y las 
«pasablemente honestas», como decía el poeta, ¿qué nú- 
mero representan? Ahora convendi'ás, Andros, que no 
es tan exagerada la amargura que pende de mis labios, 
ni mi desencanto tan sin motivo, analizando francamente 
y sin rodeos, los dos solos, sus causas. 

— Si á veces he solido observar tus ideas, bien habrás 
comprendido mis razones. Es, amigo mío, que en la ac- 
tualidad no se j)uede escribir como pensamos. Ciertas 
verdades, convendrás tú también en ello, son á los vicios 



(1) Juan Jacobo Rousseau. — «Del contrato social», capítulo IV 
«De la Democracia», páginas 101 y siguiente. 



EN líL SIGLO XXX. 277 



lo que la sangre es á algunas bestias: sólo cansan ataques 
y emljestidas. Y la lengua es un arma que, esgrimida 
por despecho, alcanza á herir no de frente — eso sería 
muy digno — smo por la espalda y sin sentirlo. Es por 
eso que he preferido que la acción de nuestro libro se 
desarrolle en el si.nlo XIX y no en el actual. Pero ya 
hemos hablado de este asunto. Continuemos, pues, 
con el que te preocupa. 

— ¡ Lo que es la asociación de las ideas ! ¡Dónde nos 
había conducido insensiblemente! Como te iba dicien- 
do, — prosiguió Filos, después de una ligera pausa. — No 
me cabe la menor duda que Angélica me ama. ¿De qué lo 
infiero? Vas á saberlo más tarde. Decirte lo que yo siento 
por ella, es innecesario. Además, no peco en anticiparte 
el resultado que tendrá este cariño naciente. ¿Crees tií que 
la formación de un hogar, á semejanza del tuyo, me 
sentaría tan mal? — agregó sonriendo plácidamente. 

— Eso era lo que esperaba de ti. ¡Qué buen corazón 
tienes ! 

— ¡Vamos! No me adules, salamero!. .. Eso, no te sen- 
taría bien, Andros. 

— ¿Piensas devolverme las broma.s? No creo convenien- 
te las represalias. Pero lo que sí estimo más que prudente, 
necesario, es que pasemos ahora mismo al comedor á 
hacer el medio día. Parelia nos estará esperando. Ade- 
más, — agregó Andros, golpeándose el estómago, — porque 
me siento desfallecer de hambre! 

— Vamos allá, — acabó por decir Filos. 

Después de hacer el medio día, que por lo animado del 
tema de la conversación, la sobre-mesa duró más de lo 
regular, los dos amigos salieron á recorrer un rato los 



278 EN EL SIGLO XXX. 



boulevares. El día se mostraba espléndido, agradable, 
animador. El movimiento incesante de la gran ciudad, 
ofrecía un golpe de vista magnífico. Todos los rostros, sin 
distinción, parecían por igual, sonrientes, tranquilos, 
felices, al llenar sus dueños el cumplimiento de sus res- 
pectivos deberes y tareas. Los oblicuos y tibios rayos de 
aquel hermosísimo sol, que aparecía como incrustado en 
el cielo limpio y sereno, se repartían por las galerías, 
los boulevares y las avenidas cuajadas de gente, dorando 
los altos edificios, desprendiendo mil luminares de los 
cristales y alegrando, vivificando y activando la enorme 
masa humana que rebullía por todas partes. 

En medio de aquel universal concierto, frescas brisas 
llegaban de los campos de cuando en cuando, prodigando 
sus caricias de terciopelo y moviendo con su leve soplo 
en las bocas de las empinadas chimeneas, ios centenares 
de penachos de humo — ¡esas lenguas negras que pare- 
cían hablar quedo, muy quedo, entr^ ellas, el idioma 
edificante de la labor humana. A veces una de aquellas 
elevadas chimeneas, semejaba á la distancia destacándose 
en el fondo azul claro del cielo, el índice colosal de un 
gigante, entregando á las juguetonas brisas la franja 
oscura de un gallardete finísimo. 

Y allá, en el fecundo vientre de aquellas fábricas, de 
todos aquellos monstruos del progreso, los hom])res y 
las máquinas dejaban oir el sordo fragor de la sin igual 
digestión del trabajo, que fortifica los cuerpos, vigoriza 
los espíritus, levanta la condición humana y acerca las 
razas al porvenir de su siempre anhelado perfecciona- 
miento. Mientras aquellos hombres sudaban moviendo 
la complicada maquinaria del progreso, ¡cuántos seres 



EN EL SIGLO XXX. 279 

enf-^rniizos dormirían á esas horas el sueño de las borra- 
ciieías de buen tono, ó, reponiendo las fuerzas perdidas 
en una noche de sarao, roncarían sin pensar en lo futuro, 
que ensancha el cerebro, desabotarga las facultades inte- 
li'cti,aU'S y crea ese temor inexplicable en el alma que 
prepara al hombre para la lucha, para la idea, para la 
inmoitalidad! 

No pensar, no trabajar, fastidiarse estudiando y vivir 
en la molicie, que era hija déla opulencia, mal compren 
dida; tener todos los días por iguales, vegetar de placer 
(MI placer; buscar la novedad en el amor, en el cariño 
y en la amistad; agotar los sentinn'entos en la ninguna 
noción del tiempo que vuela, y, por último, temer la muer- 
te que aun estaba lejana — ¿qué consecuencia arrojaba 
terriblemente abrumadora? El tipo fisiológico de una raza 
en decadencia. Bajo este punto, bien inirado, las clases 
intermedias de las sociedades contemporáneas, — pensaba 
Filos, — conservaban mejor el tipo de su especie, bien 
entendido cuando la codicia y la imitación de las ele- 
vadas, no las descentralizaba. Porque entonces las con- 
secuencias solían ser funestas. 

— Por regla genera', ningún hombre de talento se ha 
mecido en cuiía de oro, ni genio alguno se pronunció 
en la opulencia. Su cuna, — continuó Audros, fué siempre 
modesta, y si tuvo fortuna fué en la imaginación en medio 
de la miseria ó la soñó en el hambre. Las excepciones 
no ha' en la regla, es necesario convencerse una vez más. 
Ahora, pregunto: ¿ha decaído al través de los siglos 
la raza de los iiombres de talento? ¿Ha degenerado la raza 
de los genios? Nunca. Si se corrompen, entonces la vena 
divina se agota. Aparece la bestia, no la raza inmortal. 



280 EN EL SÍGLO XXX. 

Por eso la ley del estudio y la del trabajo, — agregó, 
contemplando los araVjescos del humo de una fábrice de 
papel,— propenden á multiplicar el pan del alma, u?ien- 
tras que la ley de la opulencia, como todas las leyes 
tiránicas, guía á la aparente libertad de unos cuanlos y 
á la sumisión mezquina de los más, que la necesidad 
nunca tuvo libre alvedrío, ni opinión en asuntos conten- 
ciosos. De la ley del estudio y del trabajo, nace la gran 
noción del porvenir: la no menos grande batalla de la 
vida. ¿Quiénes son los que no luchan? Dos entidades 
encontradas: el opulento, donde la decadencia so mani- 
fiesta, y el ancian<i de la clase baja que ha perdido 
las esperanzas en el violento empuje de la desgracia, 
donde la decadencia se acentúa. 

— Y el opulento y el anciano sin la noción del porve- 
nir, — continuó Filos, — ¿qué beneíicios ofrecen moral- 
mente á la raza á que pertenecen? Las artes, las ciencias, la 
sociedad y la patria ¿q^é adelanto, qué idea nueva, qué 
chispazos, qué luz intelectual, qué sacrificios y qué 
heroísmo les deben, ni qué pueden esperar de ellos? 
¡Nada...! No, algo: la helada indiferencia de parte del 
uno y el estímulo á lo supérfluo, á la vanidad, ala men- 
tira, de parte del otro. ¿Hallas ó no en ellos, Andros, el 
origen de muchos de nuestros males? Y el tipo de la 
mujer ¡qué amarga fisonomía nos ofrece en semejante 
medio! ¡Así serán sus hijos! ¡Qué caracteres ricos para 
una raza, como la nuestra, novelera por hábito é ¡mita- 
dora por tendencia, ligera 3' conservadora por herencia! 
¡Conservadora de lo perjudicial, entendámonos!. . . Pero, 
¿qué miras con tanta insistencia, amigo mío? 

— Eso. ¡Qué cosa más divina! Observa, allí, á la derecha. 



ÉN ÉL SIGLO XXX. 281 



Y, Andros, le indicó un cartelóu fijado en el gran 
kiosco-aviisador de la esquina. Filos, desde luego, no 
pudo contener una mueca de disgusto. Al lado de un 
reclame de corsés mecánicos para las damas y de b;>jo do 
nn bombo del «Consultorio médico-p-ai/iiito de las en- 
fermedades de los riñones, de la vejiga y órganos genita- 
les», vio el anuncio de una medicina para la anemia y la 
clorosis. A la izquierda de otro del Dr. E.specífico pro- 
metiendo curar las «Enfermedades Secretas» por medio 
del oro y de la plata («Cápsulas argentum-anrum») — pe- 
gado entre una licitación de libros morales para escuela 
y de un remate del Banco de las Hipotecas — se bailaba el 
cartelón que le indicaba Andros. Intercalado en el 
texto del cartelón se veía un cliclié que representaba lo 
que se quería decir en el título: «El Arte de bacer fortuna», 
con este apéndice curioso: «No más miseria». — Novela fi- 
losófico-social-tendenciosa, por don Ventura Desesperado, 
y editada por la reputada tienda de «La moda elegante». 
Nota: «Fijarse bien en el índice-catálogo del espléndido 
surtido de la estación. Se reparte gratis á domicilio». 

— ¿ Qué te parece esa mezcla sui-generis? — le preguntó 
Andros. 

• — ¡Moralísima, sobre todo! — le contestó Filos sarcás- 
ticamente. 

— Pues esa misma mezcla, peor á veces, ¿no la traen 
también los diarios que andan de mano en mano? ¡Qué 
instrucción edificante para los jóvenes y las jóvenes. . . ! 

— Esos son ejemplos patentes de la fortaleza de nues- 
tra raza. ¡Como si las llagas se pudieran cubrir con sedas! 
Vamos de aquí, que esto me bace daño, — agregó Filos, 
atravesando la boca-calle. — Me repugna, en una palabra. 



282 ÉÑ SL StGLO XXX. 

Pero al llegar á la esquina de la galería «De la Victoria», 
los dos jóvenes tuvieron que deter.erse, pues la pública 
vía se encontraba completamente obstruida. ¡Cómo se 
agrupaban los desocupados, los curiosos, los ricentes, en 
fin! ¡Ciué gritena, qué confusión y qué angolina de mil de- 
monios! La policía sudaba por mantener el orden, acallar 
las palal)rotas y silenciar las obscenidades y las burla.s del 
populadlo miserable y soez. Las puertas de las tien<las 
y almacenes, las ventanas y balcones de las casas se veían 
llenos de gente. Pero ¿qué pasaba, qué ocurría, qué 
sucedía? Todos á una se preguntaban. Las bileras de 
tramvías, de autómatas y de todo género de vehículos y 
rodados, eran interminables. Se perdían allá, á la distan- 
cia. En vano los policianos se enronquecían asegurando 
que nada había. ¡Pues, no señor! Cada uno quería cer- 
ciorarse por sus propios ojos, empujándose y i)isoteándose 
brutalmente. 

La causa de semejante tumulto había sido una paliza 
que un loco le propinara á un jovenzuelo, de una de 
las familias más distinguidas, por haberle pisado uno de 
los perros que amparaba. ¡ Pisar un perro (la ima 
gen de la fidelidad) con intenciones malignas ! i Eso era 
inhumano ! — gritaba el demente, mientras el jovenzuelo 
volvía del desmayo que le causara la soberana paliza, y, 
como miembro de la «Sociedad Protectora de los Ani- 
males», mandaba prender al alienado .y conducirle :d 
Hotel de Policía. Nada más. Por íin, después de algún 
tiempo, la vía quedó espedita, se hizo el tián&ito y volvió 
la tranquilidad á los espíritus, cuando todos se inteiio- 
rizaron de lo que había acontecido. 

— Yo me imaginaba algún crimen, — exclamó Andros. 



EN EL SIGLO XXX: 283 

—Y yo un meeting de indignación libero popular, — ■■ 
agregó Filos. 

Siguieron por la avenida del cGeneral Nitro» Después de 
algunas cuadras penetraron á una confitería, compraron 
bombones para los niños, y, en seguida, continuaron el 
paseo por el bonlevardde «Las Flores». Al doblar el án- 
gulo del pasaje de «Las Libertades», Andros detuvo á su 
amigo. En el kiosco pudo leer Filos una convocatoria del 
partido crónico-liberal al Pueblo Soberano de la Capital, 
para que concurriese en masa á los comicios á votar 
por la lista (ó menú) de diputados y senadores al Con- 
greso, el 1." del próximo mes. Pero al llegar al final del 
cartel. Filos no pudo contener una carcajada. Seguía 
á la convocatoria, este letrero ó seudo-bomb^j en letras 
gordas: — «¡Cuidado con las falsificaciones!» Y más abajo, 
este otro: *Sebo de Sábalo. Cura radical de los dolores de 
cabeza. Exíjase el nombre del fabricante sobre la cápsula 
verde>. 

— La medicina aconsejando á la política. , . ¡ Qué adver- 
tencia! — exclamó Andros. 

— ¡ Qué casualidades tan monas! — subrayó Filos. 

— ¡Capaces de embriagar el más consuetudinario ni- 
trista! — agregó Andros. 

Y conversando alegremente de las prodigiosas antino- 
mias que ofrecían los avisos, los redames y los bombos 
de los kioscos, los dos amigos llegaron á casa, pasadas 
las cinco de la tarde. Evalinda y Adaniiro que jugaban 
en el jardín del frente del edificio,. vigilados por el criado 
Prudencio, al ver entrar á su padre y á Filos corrieron 
alborozados á su encuentro.— ¡Papá! . . . ¡Papá! . . . ¡Filos!. . . 
¡Filos!. .. — Y el contento y la alegría de aquellos dos án- 



284 EN EL SIGLO XXX. 



geles, parecía no tener límites. Al ir Evalinda á abrazarse 
de las rodillas de su padre, tropezó y cayó. Pero, como si 
tal cosa, se levantó riendo, }' más fuerte le abrazó. 

Aquí llovieron las caricias y los beso.s. ¡Qué sonoros! 
¡qué conmovedores!. .. Parecían los limpios gorjeos de 
las tiernas avecillas al despuntar una mañana de prima- 
vera en el paraíso con que sueñan las rosadas imagi- 
naciones de los niños. Andros oprimía contra su pecho, 
íntimamente enternecido, á aquellos dos vastagos que 
amaba, que idolatraba tanto ! Filos, con los ojos luímedos 
y latiéndole el corazón, participaba gozando de semejante 
escena, sonriendo plácidamente y pensando... ¡fiO que 
]jensaba, cómo expi-esarlo ! ¡ Lo que puede un cuadro de 
felicidad en nuestros sentimientos! Filos contemplaba la 
imagen de Angélica en su alma, más hermosa, más can- 
dorosa! ¿Por qué él también no había de poder oprimir 
contra su corazón á algún ser, como aquellos? 

— ¿Y estos dulces, papá? — le preguntó Evalinda. 

— Son para ustedes, para los dos, hija mía, — la dijo An- 
dros, besando su casta frente. 

— ¡Qué cartucho tan grande! — exclamó Adamiro, 
abriendo tamaños ojos. 

— Mejor, así no se nos acabarán nunca los bombones, — 
agregó graciosamente la niña. 

— ¿Cómo va, Prudencio? — le preguntó Andros al 
criado. 

— Bien, señor, gracias, — le contestó, inclinándose con el 
mayor respeto. 

Y precedidos de los niños y del criado vigilante, los dos 
jóvenes ganaron las galerías de la casa. La animación de 



EN EL SIGLO XXX. 28Ó 



los peqneñnelos contrastaba con la dulce melancolía de 
Filos. Silencioso caminaba al lado de su amigo, mientras 
éste no apartaba un momento su¿ ojos de los niños, que 
tomados de la manecita continuaban hablando de los 
dulces, regalándose y haciendo sonar la lengua de gusto 
contra el paladar, antes aún de probarlos. Después de 
ascender al primer piso y al llegar á la sala de comer, 
recién entonces Andros se apercibió del mutismo de 
Filos. Creyó adivinar la causa. ¡No habían pasado por 
casa de ellnl Y le reconvino por no haberlo hecho. Como 
iban tan entretenidos con la conversación de las antino- 
mias, él ni se había fijado, ni acordado. Y confesó de 
plano su debilidad. ¿ Se la perdonaba? Pero Filos tenía 
la culpa. 

— Te engañas. Hemos pasado, la he visto en la ventana 
y me ha saludado, ¡de qué manera, Andros! Adiviné que 
deseaba no faltase esta noche. Pero tú en aquel mo- 
mento mirabas no sé dónde. Por eso te perdistes el 
saludo más encantador que haya recibido yo en mi 
vida, — le contestó Filos sonriendo. 

— ¿Y por eso tienes tanto pesar y pones esa cara de 
melancolía cr(Snica ? 

— No, amigo mío. Es porque p1 verte abrazar á tus 
hijos... 

— ¡ Picaro! ¿Me tenías envidia? — le interrumpió Andros 
cariñosamente. 

— Y pensaba, al mismo tiempo, que se iban á parecer á 
los míos. ¡Tan hermosos son! — continuó Filos, sin po- 
derse contener. 

— ¿Con qué esas tenemos? Me complazco en recono- 



EN EL SIGLO XXX. 



certe dotes para padre de familia, ¡y buenas! ¿entiendes? — 
Dejemos alioi'a esto y entremos, que allí veo á Parelia 
batallando con los niños y con el cartucho, — concluyó 
por decir Andros penetrando al comedor con su amigo. 



JORNADA XX. 



Cox qué traiK"i expansión, que no pudo reprimir á 
pesar suyo, les recibió Angélica aquella noche! Filos 
se mostraba encantado y Andrés gozaba viendo gozar 
á su amigo. Pero ya no fué en la tienda sino en un 
saloncito sencillamente amueblado, tapizado y colgado, 
donde hasta entonces sólo había penetrado la familia de 
la hermosa joven. Era un verdadero nido íntimo, fami- 
liar, centro de afectos puros y medio de esperanzas é 
ilusiones para el porvenir. Allí, el padre de Angélica 
se exhibía sin la máscara del peluquero, que imitaba á 
las mil maravillas obligado por su desgraciada suerte. 
Entonces aparecía tal cual era él en su fondo abierto, 
franco, cariñoso, y en su exterior simpático y respetuoso 
como el mejor. 

Bastante sorpresa — ■ que no dejó de complacer á los 
circunstantes — cansó á Andros aquel cambio, al parecer 
un tanto brusco, que le presentaba al hombre, al verdadero 
padre de familia, al amigo afectuoso, distinguido y suma- 
mente culto. ¡Qué educación tan esmerada la suya! ¡Qué 
modales tan acordes, libres y sin afectación! Filos sonreía, 
á veces, sin articular palabra. Creía satisfecha gran parte 



288 EN EL SIGLO XXX. 



de su inquietud. Aquel liombre guardaba en lo más ín- 
timo de su ser una historia que iba á conocer más tarde 
ó más temprano. Entretanto, xlndros, que observaba y 
analizaba el carácter y el temperamento del sujeto, des- 
cubría á cada momento una cualidad, un rasgo, una mani- 
festación, una inclinación saliente, y, sobre todo, una 
esiKintaneidad y una sencillez bien halagadoras, que 
concluyeron por disipar todo temor. Nació en él la con- 
íianza y el joven terminó por estimarle y por felicitarse 
de liaberle conocido. 

Cualquiera que, una hora después, les hubiera visto, 
les creyera antiguos amigos. ¡Tan sinceros se mostraban 
los unos, como sencillos y cariñosos los otros! iCómo se 
revelaba la armonía simpática que equilibraba sus ca- 
racteres y sus temperamentos, sin gastar el precioso 
tiempo en cumplidos forzados, en necias convencionali- 
dades, en tontos fingimientos, en galanterías farsáicas 
ó en ridiculas apariencias! Todos sus corazones estaban 
allí en descubierto y sus almas se manifestaban en los 
ojos, en los labios, en las ideas y en los sentimientiis. 

Se trataban llanamente como si toda la vida se hubieran 
conocido. Las i)alabras aleteaban en los labios, lo mismo 
que las sonrisas, sin hesitación alguna, corrientes, claras, 
apenas meditadas y con toda la armonía^ la esponta- 
neidad y la pureza imaginables. El diálogo no decaía, 
ni faltaban los temas. La animación y el calor no baja- 
ban de temperatura, ni disminuían los chistes y la hila- 
ridad general, ni reprimían una sonora carcajada, una 
exclamación, una respuesta inmediata, porque los epi- 
gramas, las historias y las ocurrencias del padre abun- 
daban á cada momento, alegres, chispeantes, áticas. 



líN EL SIGLO XXX. 2g9 



Sin sa))er cómo, ni porqué motivo llegaron á hablar de 
la mujer. Entonces el padre de Angélica, que tenía la 
jialabra, se arrellanó en su butaca, cruzó la pierna y con 
t(ino de cómica gravedad, que más influyó á despertar 
el interés y la hilaridad, les aseguró que la mujer fué 
formada de la cola del zorro, por una casualidad, según 
lo afirmaba una revista científica. ¿No querían creerlo? 
¿Y por qué? ¡Pero si eso era un disparate! Tenía razón 
Angélica. ¡No era posible, ni verosímil, siquiera! ¡Qué 
ocurrencia! ¡Qué mal se acordaba ó qué mal iiabría leído! 
Y las explosiones de risa, las exclamaciones, las dudas 
y los — « ¡ cómo ¡¡odia ser ello! > — se sucedían, se inte- 
rrumpían sin cesar, y más insensiblemente les vinculaba, 
les atraía y les reunía á todos sin pensar en el tiempo 
que pasaba. 

—No es cuento, amigos míos, — protestó él. — Yo lo he 
leído y me acuerdo perfectamente. . . 

r.a luz del pequeño foco central, clara, limpia y argen- 
tada, presentalla sus animados y sonrosados rostros 
más hermosos, más llenos de vida y de ensueños castísi- 
mos. Parecía un cuadro imaginado por la felicidad, que 
huye horrorizada de los brazos del hambre y la miseria. La 
atmósfera confortable del saloncito algo tenía de em- 
briagador para ellos. Sus labios la respiraban con ese 
íntimo deseo que anima el espíritu tranquilo y puro en 
los órgancs más delicados de la economía humana, para 
bendecir la vida. jSe ensanchaba tan bien el pecho aspi- 
rando aquel andñente de felicidad! En el fondo de sus 
ideas, de sus manifestaciones y de la misma hilaridad 
se adivinaban los unos á los otros lo que pensaban, lo 
que sentían, sus ilusiones y sus esperanzas. A veces pare- 

19 



2(10 riX EL SÍGLO XXX. 



cían iiifios contándose con entnsiasnio historias prodigio- 
sas, para ellos, al rededor del hogar en las heladas noches 
de Jnlio— esas qneridas noches de la infancia qne todos 
recuerdan conmovidos, i Cómo gozaba el padre de Angé- 
lica ante el efecto que sns palabras producían! No se acor- 
dalia de la concurrencia que llenaba su establecimiento, 
no oía el rumor de las voces confnndiilas, de las carca- 
jadas brutales, de las conversaciones de sus oficiales, ni 
de este concurrente descontento, del otro que le extra- 
ñaba, ni de aquel que 1<' esperaba para satisfacer el pago 
de una pe(iueña cuenta atrasadísima. Todo su pensa- 
miento, sn alma toda, se encontraban allí, en el saloncito 
privado. Ser padre, era su profesi(')n actual y no había 
ya clientes, sino amigos queridos. 

— Pnes, sí, — continuó, — la mujer fué formada de la 
cola del zorro. 

— Si tan segin'o estás, — le observó Angélica, — pruéba- 
nos lo que dices. 

—La observación es justa, señor don Pedro, — agregó 
Filos. 

— Se hace forzosamente necesaria una explicación, — 
afirmó Andros. 

— ¡Pero si á ello iba! — repuso don Pedro. — ¿Por qué 
me interrumpen? 

— iSi no interrumpirte, papá, es imposible! — exclamó 
riendo la joven. 

— Sin embargo, haremos ¡o ))OsibIe... — agregó Filos, 
haciéndola una señal significativa. 

- Continúo, pues,- -dijo entonces don Pedro, afectando 
siempre gravedad cómica. 

Después de ima pintoresca y breve descripción del Pa- 



EN KL SKJLO XXX. 2Jl 



ruíso terrenal — «esc jardín drliciosi.) (kuidi; Dios puso á 
Adáni» — y on se.unida do liacorlcs v] retrato del primer 
hombre inmaculado, i)rosij;uió tranqui lamente su luirra- 
(•i(')n. <? Oormía el hombre — ¡roñando con lo que le tenía 
prometido el Autocét'alo de la < 'reación — una heimosí- 
.>^ima mañana de eslío, suspirando y estremeciéndose de 
cuando en cuando. .. A su alrededor la naturaleza virgen, 
e.<nl)erante y fértil, vestía sus espléndidas galas de ver- 
dura, las tiernns avectillas mezclaban su misterioso 
idioma al elocuente lenguaje de aquel concierto. Las 
juguetonas y perfumadas brisas agitaban blandamente 
las frondas de los árboles, rizaban las corrientes cristali- 
nas, haciendo inclinar las coloreadas frentes de las flores 
acuáticas sobre el transparente espejo de la linfa jMira. 
VA panorama general de semejante nuuisiiai divina, 
])arecía más bien el de un sueño extraordinario narrado 
poruña imagina(;¡i')n morbosa, que rc^al y verdadaro... 
¡.\sí lo creían los antiguos proiíagadores y los frenéticos 
amantes de la poética mitología i-risliana ! 

— Y la mujer ¿ dí'mde estal)a? — le interrumpió Angé- 
lica mal¡c¡(jsaniente. 

■ — i 8i recién empiezo! — le ol)servó su padre, moviendo 
la cabeza. — Continúo. 

íPnes bien, en lo más profundo delsueño del hombre 
y on medio de la alegría del Paraíso, Dios lo sorprendió 
y se sonrió do la plácida sonrisa que acariciaba los 
entreabiertos labios de Adám. Estuvo contemplando 
largo rato su cuerpo tendido en la alfombra de las yerbe- 
cillas. ¡Cuan bella le pareció su obra y cuan iterfecta! 
El Ángel que le acompañaba, á una respetuosa distancia, 
seguía con el alma y con los ojos los movimientos del Cria- 



292 EN EL SIGLO XtX. 



dor. Aigo esperaba. Después, Dios se decidió é extraerle 
á Adáin una de las costillas del lado del corazón, la más 
])('qneña y la más fina. Y así lo llevó á efecto ayudado 
por el An,<i:el, eumenos de un ndnuto y sin que el lioudjre 
experimentara la más mínima sensación. 

— De aquí, — dijo el Eterno, - formaremos á la mujer. 

— ¡Sí, Padre, y será mu}' bella! — exclamó el Ángel. 

«Y dejando á un lado la costilla, comenzó á cerrar la 
herida do Adáni de tal manera que no se conocía la 
lesión, ni la falta del cartílago, cuyo periostio empezó á 
crear la nueva costilla desde aquel momento. Inme- 
diatamente fué Dios á formar á la mujer; pero, ¡cuál no 
sería íui asombro, al encontrarse sin la costilla! Miró al 
Ángel — más confundido y atónito éste que un niño al 
contemplarse por primera vez en un espejo. — ¿Dónde 
estaba la costilla? L]n vano la buscó el Eterno á su alre- 
dedor. l*ero su faz se ilumin(') de pronto, púsose de pie y 
mir(') á Ja «listancia. El sol aparecía en aquel momento 
detrás de una uiontaña, sonrosando el horizonte y las nu- 
becillas que viajaban ])or el transparente 3' azuladt) cielo. 

— \'é por la costilla, — le dijo al Ángel. — 8e la lleva 
robada aqiu'l zorro. 

«Efectivamente, un astuto zorro, atraído poi ei tibio 
olor del hue.so recién extraído, se había acercado cuida- 
dosamente durante la rápida cicatrización de la herida, 
sin (¡ne le sintieran, ni advirtieran su perversa presen- 
cia. En un descuido ilel Eterno y del Ángel, se había alza- 
do con ¡a sal)rosa costilla, j'cndo á poner los pies en 
polvorosa. Vai co jsecuencia, sin piérdida de tiempo,— do- 
minando Dios su indignaeión, — mandó al Ángel (jue le 
persiguiera y le secuestrara aquello que no era un res 



EN EL SIGLO XXX. 293 



HulUus..! Naturalmente, el Aiiijcel se lanzó con todo el 
poder de sus alas detrás del ]adr('>n. Pero el 11U13' bri- 
]>ñn del zorro emprendió, sin soltar la presa, una caiTera 
vertiííinosa liaeia su cueva, hecha en una roca de la mon- 
taña vecina. El asombro de los demás animales, princi- 
l>almente el de la familia del gallo, se convirti(') en curiosi- 
dad. Algunos protestaron de aquella persecución atentato- 
ria y sin razón. Los demás, simulando iirudencia, calla- 
ban y observaban. 

«Describiendo curvas, quebradas y rectas que hacían 
desesi)erar al Ángel, huía el zorro — huía siempre. Parecía 
una centella que se arrastraba ])or la tierra. Sin end:)argo 
de ello, el Ángel ganaba terreno. De nada le valía al 
zorro su instinto dañino, ni su astucia de político del siglo 
XIX. Por fin el muy picaro descubrió su cueva. ¡Qué ale- 
gría ! Estaba salvado, porque allí nadie podía penetrar. . I 
Hizo un esfuerzo violento, y saltando lagos, atropellando 
semejantes y {)isoteando tiernas y hermosas flores, se di- 
rigió rectamente á su cueva, fatigado y casi rendido. 

«Ya sólo le faltaban unos pasos... ¡Oh, gloria!.. 
Llegó, apoyó las patas y de un brinco se internó en su 
guarida... ¡No le habían alcanzado!., Pero en aquel 
mismo instante experimentó en el tronco de la cola el más 
agudo y espantoso dolor... i Le habían dado caza..! 
¡ Ay, infelice.. ! Sin embargo, era necesario no ceder. 
Entonces, desde adentro el zorro batalló y tiró desespera- 
damente sin soltar la costilla, y hacía mil esfuerzos inúti- 
les por desasirse de la mano que le aferraba por la cola. . ! 
De pronto, después de tanto tirar y tirar, rodó el ilesven- 
turado y fué á dar con el hocico contra una de las húme- 
das paredes de la cueva, sin aliento ya y casi desfallecí- 



294 EN EL SKil O XXX. 



do por los punzantes dolores. Así, en aquel estado, oyó 
nn juramento de raljia celestial Era del Ángel que se 
había quedado con su cola en la mano — pero sin la 
costilla! 

— En la cueva ¿quién penetra? — dijo el Ángel. — Es 
honda como el infierno ! 

«Triste, compungido y lloroso so dirigió á donde estaba 
Dios, que le esperaba con la costilla y no con la cola del 
maldito zorro. ¿Qué le iría á decir al Padre ?. . ¡Cómo 
temía el pobrecillo su augusta cólera! Por fin llegó. . . 
¡El Padre lo sabía todo! i Qué grave se le mostró el 
Eterno! Pero al verle llorar como un niño, sin consuelo, 
á lágrima tendida, se conmovió, le prodigó algunas 
caricias y le calmó cotiiplelamente. i Eso no era nada! 
Y sonriendo le tomó la cola del zorro, que al fin y al 
cabo, como obra suya, no era tan mala y repugnante. El 
Ángel se la alargó sin mirarla, la cabeza dada vuelta y 
avergonzado... Medió una ligera pausa. Después, Dios 
encogiéndose de hombros, como respondiendo á una pre 
gunta mental, se dispuso á formar á la mujer. 

— ¡De la cola del zorro! — le preguntó el Ángel atónito. 

— 8í, vale tanto como la costill-i... — le c(jntestó 
sonriendo el Criador. 

«Tendió en seguida la cola al lado del hombre... Momen- 
tos después la mujer estal)a formada, espléndida como 
ninguna, hermosa y pura como la imaginación de su Autor 
mismo. Desapareció luego seguido del Ángel, dejando 
cum]ili<lo lo que le tenía prometido á Adám tiempo bacía. 
Algo nuevo, extraño, prodigioso, pareció agitarse más 
tarde en el seno de la Creación. Una sacudida infinita- 
mente dulce recorrió todo el universal concierto, como 



EN EL SIGLO XXX, 29.> 



lili estremecimiento nervioso de felicidad suprema, que 
animó lo existente en el Paraíso — bello, agradable, encan- 
tador hasta entonces, pero frío, sin fuego, sin sensibili 
dad, sin el amor que nacía, sin el alma de la Creación, 
(pie ahora palpitaba por do quiera al apare(!er la mujer » 

— iPnes todo eso parece cuento..! — dijo Angélica pica- 
rescamente, j)or no pregnntarle otra cosa. 

— Nada de eso, — agregó don Pedro riendo. — La revista 
lo daba como cierto é histórico. . . Yo creo, sin embargo, 
que esa mujer era. . . la Política de los antiguos! 

Las doce dieron y aún conversaban y disentían ale- 
gremente el asunto. Pero cuando el reloj marcó la media, 
los dos amigos se retiraron para volver al siguiente día. 
Así ¡lasaron varias noches. La amistad y el afecto más y 
más les estrechaba. Después fueron invitados á comer. 
Andros concurrió una vez y las demás Filos. Natural- 
mente conocieron á Lloracio, el hijo de la casa, el futuro 
abogado: un joven de buen fondo, pero muy empapado 
en ciertas ideas dominantes. Era bastante parecido á su 
hermamx. Sus ojos de un verde claro desjiedían rayos 
vivísimos de inteligencia. Sus cabellos castaños, su na- 
ciente barba, su nariz fina y su boca pequeña adornada 
de blanquísimos dientes, daban á su rostro simpático una 
varonil hermosura. Desde un principio se hizo amigo de 
los dos jóvenes, cuya distinción y saber le entusiasma- 
ron. 

Pasaron dos meses, durante los cuales Angélica y Filos 
tuvieron más de una ocasión de encontrarse solos. Enton- 
ces el amor más puro apareció en sus labios, envuelto 
en palabras de un fuego abrasador. Desde entonces se 
comprendían con un gesto, se adivinaban con una mira- 



2% EN EL SIGLO XXX. 



(la y se satisfacían con nna sonrisa. El primer beso que 
la (lió Filos, fué estampado con la sagrada promesa de (pie 
sería su esposa, y nacido de lo más puro de su alma (jue 
cifralKi en aquel enlace toda la satisfacción de su felici- 
dad, tanto tiempo acariciada y soñada. Ella, Angélica, 
que le venía amando desde hacía seis meses en silencio, 
espiando su pasada á la tarde por la puerta del estableci- 
miento, casi declarándosele sin poderlo reprimir, — no tenía 
más voluntad, ni más esperanza que Filos, el joven del 
palacio vecino, como le apellidaba. ¡He hul)iera muerto de 
pena si su padre no hubiera ido á casa de Andros con un 
pretexto fútil, inventado, audaz, para que concurriera al 
establecimiento. . ! 

— ¿Recuerdas la noche que te conocí, alma mía? — solía 
decirla Filos. 

— ¡Olí, desde entonces comencé á ser dichosa.. ! ¡Te 
amaba. . . i te amaba tanto. . ! 

Cuando llegó el otoño, Filos, conforme ya con la volun- 
tad de su familia, solicitó conmovido la mano de Angéli- 
ca^ que su pa:lre le concedió abrazándole y llorando 
como un niño. Filos entonces pudo conocer la historia 
de su futuro padre político. Horacio— que al año siguiente 
se graduaba, felicitado por sus maestros y sus condisítípu- 
los — nocabía en sí de gozo. Y mayor fué su contentocuan- 
do su padre le comunicó que vendía á cuatro de sus un- 
ciales el cstaljlecimiento, y se retiraba satisfecho á la vida 
del hogar tranquilo, que era su sueño dorado de tantos 
años. Esto sucedía un sábado por la tarde. Esa misma 
noche Andros terminaba las jornadas XIX 5' XX del 
libro, que leyó al día siguiente á Filos y á Parelia, la ma- 
drina de la próxima boda. 



EN EL SIGLO XXX 297 

— Vas á hacer una pareja encantadora cun mi querido 
viejo — exclamó Filos. 

— ¡Feliz anciano, venturoso padre el tuyo! — murmuró 
Parelia enternecida. 



JORNADA XXI. 



Ex los primeros días de Julio, «El Siglo XIX» jiasó á 
manos do sus nuevos dueños que — ¡la mar y ol océa- 
no! — ofrecieron de comodidades y de mejoras «al i)úl)lico 
en general y á sus fovorecedores en particular . Mucho 
hablaron y niurninraron de aquel casamiento impropio, 
ridículo, desigual y casi, casi inmoral. ¡Ese señor Filos 
debía jjadecer de perturbaciones cerebrales, cuando tal 
enlace se permitía (-ontraer en las mismas barbas de una 
sociedad elevada y culta, orgullosa de sus tradiciones y 
de sus costumbres ! 

Seguramente la muchacha no podía ser más espléndida 
ni más apetitosa, ni más bcstiahiiente VmdR; pero no para 
casarse con ella. Tenía condiciones suficientes para ser 
la querida de un hombre. Para llegar al rango de esposa 
carecía de las principales, porque el ideal de la esi)0sa no 
estaba tan sólo en el palmito, sino en las inclinaciones y 
en los sentimientos del alma. En fin, cada cual hacía lo que 
le parecía mejo'', ganando los unos y perdiendo los otros. 
Los beneficiados eran Angélica, naturalmente, su padre 
y el indjécil del hermano. Los perjudicados eran Filos 
y su distinguida familia (que los murmuradores no 
conocían ni de vista.) 



300 EN EL SIGLO XXX. 



— -¡Ya veremos las cousecaencias! — exclamaron al- 
gunos parroquianos. 

Los clientes finueninos se hacían mil aspavientos, 
cruces y señ:iles, criticaban y ridiculizal)an á más no 
poder — siempre en favor de la moral social. ¡Qué suerte 
la de esa insignificante criatura! ¡Qué elección tan sin 
gusto y degradada la del^jfíwo del novio! Verdaderamente, 
era una lástima que se perdiese un joven como Filos, 
de peso y de i)esos, según tenían bien entendido. ¡Eran 
incomprensibles, así, incomi)rensible,s, ciertos seres neuró- 
patas! Casarse con una pelucjuera l^ella, sí, jiero de una 
belleza tosca, sin gracia, fría, sin alma, (;omo una estatua 
de mármol, era demasiado relajamiento — i dem;i.siado 
cinismo! ¿Y la fidelidad cómo marcharía? ¡Ah, loque 
era por eso ningiuia respondía, ni pondría las manos en 
el fuego! Y los nuevos dueños y los oficiales afilaban la 
lengua, haciéndolas coro sin miramientos de ninguna 
especie. De aquella manera estaban bien con todo el 
mundo, se hacían simpáticos, ganaban y nada perdían. 
¡Conocían perfectamente el oficio! 

— De modo que el casamiento es el jueves? — dijeron 
sonriendo varios clientes. 

— De la entrante semana, justamente, — agregaron los 
peluqueros. 

— La estación les es propicia. .. — murmuraron algunos. 

— ¡Como que se "duerme tan bien acompañado..! — 
exclamaron los jóvenes. 

— ¡ Y con mujer linda y gordita. . . vu el invierno . . . ah! 

— ¡Delicioso!. .. ¡delicioso! — repitieron brutalmente los 
demás, imaginándoselo. 

Entretanto, en uno de los departamentos de la planta 



líÑ EL SIGLO XXX. 301 



baja del extraño edificio pentagonal de Andros, los mue- 
bleros, los tapiceros y los pintores trabajaban hacía días sin 
cesar, confortando y decorando la manción <le los novios: 
su nido de felicidad, como Filos le decía A su prometida 
por la noche, cnando pasaba á visitarla en su casita de 
la calle de «La Paz». Recién el lunes de la semana anhela- 
da quedó terminado todo con plena satisfacción deFilos. 

Andros, que por nada accetlii') ni (¡uiso separarse 
de su casi hermano — lo mismo que Parelia, loca de 
alegría porque iba atener una hermana — invitó á comer 
aquella tarde á don Pedro y á su familia, para festejar 
dignamente el acontecimiento. Angélica, su padre y su 
hermano cuando visitaron el departamento pronto ya 
para habitarlo, lo encontraron magnífico, digno del gusto 
de Filos, aunque untantito lujoso, opinaba don Pedro en 
tono de cariñosa reconvención. Horacio no se cansaba 
de ponderar su estudio y su aposento. ¡Qué cosa tan 
linda y á la última moda! Don Pedro Gozabas, que era 
su aiiollido, contemplaba á sus hijos, la casa, todo, son- 
riendo, íiitimamento feliz. Angélica le decnr á Parcha 
al oído, que aquello parecía un paraíso. .! Y al encontrar- 
se con los ojos de su prometido, guardaba silencio, el 
rubor teñía sus mejillas, y en su alma sentía los rayos 
de ternura de esos ojos tranquilos, amorosos. ¡Cómo se 
idolatraban los dos ! 

Después de unacomi'ialo más alegre y familiar, pasa- 
ron á la antesala, iluminada ya por el foco central de 
luz eléctrica, que se espejaba en las altas paredes mar- 
molizadas. Allí les esperal)a ardiendo el hogar y allí 
tomarían el café. Entonces Parcha, que no se separaba 
un instante de Angélica, comenzó á enseñarle y á expli- 



302 KN EL SIGLO XXM. 



(•arle el origen y lo que representiiban los bronces en 
Kiis (•f)luinn:is de pehiclie; las porcelanas y los paisajes 
(le los jarrones; el asunto de los cuadros y el motivo de 
las miniaturas; en nna palal)ra, todo lo (pK» embellecía 
la antesala, del más relina<Io gusto y en su sitio res()ec- 
tivo. Esto las entretenía mncbísimo. Angélica la escu- 
chaba signiendíj hasta sus más insignificantes movimien- 
tos, asondirada ó riendo como una chiiiuiihi. Y al oído 
se decían sus impresiones ó se comunicaban la pura esté- 
tica de sus sentimientos artísticos. 

Cuando enfrenraban á algún espejo, se contemplaban 
pjicarescamente un instante ó se corregían, la una á la 
otra, sus rulitos deshcciios. Después, Parelia, por el cris- 
tal miraba á su consorte y Angélica á su prcjuietido, que 
las sonreía desde su asiento, y, en seguida, concluían ellas 
por abrazarse y prodigarse sonoros besos en sus frescas 
y sonrosadas mejillas. Adamiio y Evalinda, saita])an y 
palmoicnban alboro/,a<los, y, i)or espíritu de imitación, el 
uno se arrojaba en i)raz')s del otro, besándose estrepito- 
samente, un tanto contrallados ]ior no. j)odei"se vei' en el 
espejo, á pesar de ponerse en puntillas, de brincar}' «de 
hacerse los grandes». 

— Vamos, Adamiro, no te subas á las sillas, — le decía 
su padre. 

— ¡.Si están los espejos tan altos! — gritaba el i)equo- 
ñuelo saltamlo. 

— Mañana los bajaremos, — les piometía I'arelia. 

— ¿De vei'dad?. . ¿Y si se romjjen? — ¡treginitalia la niña 
poniendo carita seria. 

-^ Los compondrá el \idriei'a, — re[)lical>a Adamiro sen- 
tenciosamente. 



EN EL ÉIGLO XXX. á03 



En aquel momento trajeron el café. Las do.s jóvenes 
se llegaron donde Prudencio lo volcaba. Evalinda por 
mirar cómo caía en las tacitas, se afirmó en el borde del 
velador; .se levantó en la punta de los zapatitos; pero no 
tuvo tiempo para retirarse y una de eüas rodó. Feliz- 
mente el líquido ni la tocó. Después del susto y de l.is 
burlas de Adamiro, de la mano de su mamá y de Angélica, 
se acercaron al grupo formado al rededor de la cliime- 
nea ñor don Pedro, Filos, Andros y Horacio, qne se 
entretenía hojeando una lujosa obra de antropología, 
cuyas páginas sonrosaban las espléndidas llamaradas del 
hogar chisporroteante. Los dos niños sentados en la al- 
fombra corea del guarda-fuego, contestaban ó hacían 
preguntas afterca de las cosas extrañas que descubrían 
en las llamas: un mundo de gigantes, de caras, de solda- 
dos, de peligros y de lesiones de dolorosas quemaduras, 
que ya ellos creían experimentar, estremeciéndose. De 
pronto, como cayese un tizón envuelto en una nube de 
humo, Adamiro fué á recogerlo con las tenazas, pero su 
padre le contuvo. Se iba á hacer daño. . . Los niños de- 
bían quedarse quietitos. 

— ¿Decía usted, señor Gozalias? — agregó Andros, vol- 
viendo á su asiento. 

En seguida los pequeñuelos fueron á jugar á las visitas. 
Las damas se arrellanaron en el sofá de la derecha y 
los demás continuaron su diálogo interrumpido, á propó- 
sito de la ruina que ocasionaba en política la idolatría por 
ciertos jefes de partido, no sólo á los individuos en gene- 
ral, sino especialmente al país. Para hablar más claro: 
ahí estaban las divisiones sociales, los odios, los ren- 
cores, las animadversiones, la oposición terca, sistemada 



304 EÑ EL Siglo xxx. 

de los unos y la vergonzosa tartufería de los otros, el 
olvido y la miseria de los leales y el reinado de los 
falsos, de los dilapidadores y de los plutócratas. 

¿No veíamos todos el entronizannento del reaccioua- 
rismo y la lucha sorda, tenaz del demagogo, la riqueza 
del oficialismo, de las inñuencias, del situacionismo por 
la fuerza, que tiraba la piedi-a escondiendo cobardemente 
la mano? ¿Quién no advertía la codicia de los caídos, las 
ambiciones acrecentadas en las vigilias y la intransigencia 
interesada? ¿Eran acaso buenos los que satisfacían su sed 
de uro metiendo la mano liasta el codo en las minaK 
populares y los envidiosos de líneas marcadas, de cara 
angulosa, de mirada honda, hiriente, de ojos saltados de 
las cuencas, que miraban de soslayo los talegos, sin poder 
alcanzar uno — uno solo?... Y á pesar de semejante 
situación insostenible, el país avanzaba de progreso en 
progreso. ¡Extraña contradicción, ])or cierto! 

'■ Y á todo esto ¿cuál es la actitud del Soberano. . .? — 
observo Filos. 

— ¿Del pueblo, del dueíio de los caudales? — agregó 
Andros, acalcando la frase. 

— Infelizmente, es pasiva. Teme ])oner remedio al 
mal. .. — lepuso don Pedro. 

— Para que unos cuantos ambiciosos se abroguen sus 
derechos y prerrogativas I 

— -Amigo Andros, así estamos. Ha mucho tiempo que 
no existe entre nosotros la sinceridad en política, — con- 
cluyó por decir Gozalias. 

¡Cuan feliz no se sentiría el país si se procediese sin 
la falsía y la felonía, (jue ciertos hombres llevaban de 
continuo en los labios, minados hasta los huesos por el 



EN líL SKiLO XXX. 305 



fagedenismo de sus vicios repelentes y crapulosos, sin 
noción álgnnadc moral pública y privada — sin ahna, ni 
corazón para sentir las zozobras y los vértigos del mal, ni 
la apacible tranquilidail del bien jiara la comunidad. 
Entonces el desprecio popular no caería sobre ellos en 
vida, ni el lodo del olvido iria más tarde á cubrir sus 
tumbas ruinosas, á dar vida á una flora de pensamientos 
enfenuos, que arrugaba la lluvia de oro de los tibios 
rayos solares ó secaba el álito de los cierzos, ni la memo- 
ría de sus hijos se mancharía al evocar un recuerdo (lue 
les contristaba y les causaba vértigos. ¿Por qué no eran 
medianamente sinceros? ¡Y, sin embargo, los más corrom- 
pidos aspiraban á la gloria y los más sediciosos á la in- 
mortalidad ! 

— ¡Oh, existen hombres funestos! — murmuró Gozalias 
pensativo. 

Verdaderos gérmenes de nuestra corrupción social, pa- 
recían gusanos votados á la superficie por fuerzas miste- 
riosas y fatales, para la demostración sintomatológica de 
las enfermedades (jue dominaban á una gran parte de las 
colectividades humanas, predispuestas ai histerismo! 
Sobre sus mejillas descoloridas, por donde la anemia se 
paseaba libremente, esos hombres debían recibir sin com- 
pasión los fustasos de sus contemporáneos, para que la 
posteridad condolida y amargada no leyese en las pági- 
nas negras de nuestra historia, la indiferencia por la auto- 
cracia de la mentira ó la sicofanta violación de los princi- 
})io8 morales, ni se imaginase una época de hambre 
vestida de frac, ni una sociedad de vicñosos advenedizos — 
esos colosos que las circunstancias elevaban y el cinismo 
perpetuaba en el centro mismo de la purulenta llaga! 

20 



306 EN EL SIGLO XXX. 

— ¡Vamos, papá, no exageres tanto ! . . — se atrevió á ob- 
servarle Horacio, sonriendo. 

— Hijo mío, — le dijo, — hay algo qne no encontrarás 
en tus libros de legislación, de jurisprudencia y de cien- 
cias sociales — que mal hojeé en mis primeros años — algo 
que enseña á conocer las cosas y los hombres; algo, en fin, 
que sintetiza todos los tratados y las teorías, y que regula 
las acciones y los ideales humanos. Kse algo es la expe- 
riencia ! 

— Perfectamente, — agregó el joven. — Pero no es tan 
malo el león como le pintas. 

— Horacio, de muy distinta manera pensarás si hubie- 
ras visto lo que tengo visto y llevo experimentado. Son 
los años y las desilusiones unos maestros ijue jamás en- 
gañan al dictarnos sus lecciones y consejos en su cáte- 
dra, desde su alto poderío moral. ¡«Res, non verba!» — 
exclamó moviendo la cabeza, en un arranque de profun- 
do escepticismo que hizo estremecer á Filos y á Andros 
de satisfacción. 

^(?omprendo, «verba volaut», — afirmó Horacio, vol- 
viéndole el latin. 

— ¿No es verdad, amigos míos? — continuó Gozalias. 

—¡Cuántas veces hemos pensado como usted, señor don 
Pedro! — le contestó Andros. 

— ¡Ojalá no existieran los motivos! — replicó Filos. 

Se sucedió una ligera pausa. En el amplio sofá de la 
derecha, Angélica y Parelia continuaban I atando de co- 
sas íntimas, que las hacía enrojecer y reír de felicidatl. 
Fornial)an planes ó castillos tapizados de doradas ilusio- 
nes ó habitados por hermosas esperanzas. A veces encan- 
tadas se interrumpían para mirar el grupo de la chime- 



EN EL SIGLO XXX. 307 



nea ó para observar los juegos de los niños, que iban y 
venían cargados de juguetes y de chucheiías. 

¡Qué ricuras!. . ¡Parecían hormiguitas! Y contemplan- 
do el contento y la alegría de los pequeñuelos, descendían 
á mil puerilidades, basta confundirse con ellos. ¡Se sentían 
tan bien pareciéndose á los niños! Entonces se olvida- 
ban de todo para fantasear con aquel hacinamiento ex- 
traño yrfidículo de ferrocarriles tirados por soldad! tos, de 
muñecas despatarradas. ó abierta.? de brazos boca-abajo, 
las ropillas en desorden, como si hubieran estado revol- 
cándose en la alfombra; de barcos navegando en camitas; 
de pájaros de papel cabalgando en gatos y de minúsculos 
mobiliarios, tumbadas y revueltas Jas distintas piezas en 
una cabana de pastorcitos y de animales domésticos, los 
unos sin cabeza, los otros sin patas y los arbolitos sin 
sus hojas pintadas de verde — todo lo que Adamiro y Eva- 
linda iban colocando aquí y allí, en los distintos dibujos 
y medallones del rizado tapiz, riendo y jndnioteando de 
sus inocentes ocurrencias. 

— No, la pastora sobre la cocina. . , ¿ Dónde pondremos 
los chanchitos? — -agregaba la niña. 

— -¿ Y los carneritos?. . Acá, con los patos y ios árboles. 
Los líurros con los pavos reales, son muy buenos ami- 
gos, — • aseguraba el niño. — Por aquí liaremos jjasar el 
ferrocarril, donde viene la familia de la ciudad. . . ¡Saca 
esas vacas de la vía. . ! ¡Pero arregla tú la casa, el mo- 
biliario. . ! Deja, vas á hacer una l)ar)>aridad. . . ¡No estás 
metiendo las gallinas y los cerdos en la sala..! ¡Linda 
quedaría la alfombra.. ! 

— Entonces las escondemos debajo de las camitas. . . 
! por los ladrones ! 



.sos KN EL SIGLO XXX. 



— E.spera. Lo liaré yo. Mientras, tú armas el corral, les 
(las (k' foraer á los pollos y después matas nn pavo, el 
más gordo, para retralar el apetito de los patrones que 
vienen en el tren. . . Tiende desjuiés la cuna para el bebe 
que la .«-'cñora lia comprado en la ciudad... Pero, Eva- 
linda, ¿qué estás liaciendo. . ? i Burra ! ¡Te lias sentado en- 
cima de mis barcos!.. ¡ Ay, cómo los has aplastado!. , 
iQuita..! ¡quita..! — gritaba empujándola. . 

— ¡Ay, animal... que me has metido nn dedo en el 
ojo! — gemía Evalinda. 

— Sé buena, no te enojes y continuemos jugando, — con- 
cluía por decir Adamiro, acariciándola con mimo. 

8e daban un beso de paz, se sonreían, y, no sin antes 
dejar de dirigir una mirada á su mamá, proseguían. Ta- 
relia y Angélica, seguían sus movimientos conmovidas, 
.•ecordando sus entretenimientos de la infancia. Cualquie- 
ra de aquellas pequeneces — una muñeca, nn ár))ol, un 
ave — les traía á la memoria relaciones, lugares, afecciones 
y personas queridas, (pie distintamente veían en el fondo 
del alma y en un rinconcito de la memoria. Viajaban al 
través de los tnlet'illos del tiempo, ya visitando aquellos 
sitios que más impre.siones habían dejado en sus espíri- 
tus en la niñez, ya ¡¡aseando de lamanecita ])or los jardi- 
nes cogiendo hermosas ñoreSj que destilaban las cristali- 
nas lágrimas del rocío ó cazando doradas mariposas, 
vueltas polvo entre sus rosados dedos, ya vistiendo sus 
nniñecas habladoras ó sus bebes de fina jiorcelana, al 
volver del colegio en las perfumadas y sonrientes tardes 
del eslío. 

i Cuántas veces creyeron escuchar claramente, suspen- 
sas en su éxtasis, la dulce voz de la idolatrada madre ó 



ÍIN EL SIGLO XXX. 3Ü'J 



l:i del amado padre, narrándoles en invierno — en torno 
de las rojas llamaradas del liogar — c-nentos íantásticos 
de gigantes y de monstruos prodigiosos, fáliulas n ujkMo- 
gos divertidísimos. ¿Y las reprimendas, las penitencias 
eon la eara vuelta á la pared en nn ángulo tlel comedor? 
^- La alegría y las sorpresas en los cnmple-años, las deela- 
maeiones en la mesa y los brindis por papá ó mamá? ¿Los 
eoustipados cogidos en los días qne llovía jiiedi'as, que se 
li(|nidal)an helando sus boqnitas? Todo lo rememoraban, 
internnnpiéudose la una á la otra, como dos criaturas 
mal criacias. Cada exj)los¡(')n de Parolia la contestaba 
Angélica con una exclamación. Parecían dominadas |)or 
una fuerza extraña y misteriosa quo las hacía arrancar 
del libro de la memoria las páginas más gratas, (jneridas 
y dolorosas para confiárselas mutua y francamente, i Con 
qué velocidad transcurrían los años y se sucedían las 
desgracias ! 

— jPobre madi'e mía! — mnrmnn't apenas Angélica. 

— ¡Descansen en i)az mis idolatrados padres! — balbu- 
ce(') P.irelia enternecida. 

Pero arrastradas insensiblemente ]ior la sucesión de 
las ideas — de lo agradable á lo penoso, de la infancia á la 
jiubertad y del pasado al presente — v'olvieron á pensar 
en el porvenir. ¡El porvenir! T^ejana nebulosa que imagi- 
naban descubrir con el pensamiento y penetrar en sus 
arcanos con el cariño. ¡Qué cuadro tan divino de linterna 
mágica les ofrecía! En consecuen(ña, desaparecieron los 
juguetes, las ocurrencias de los niños, los contrastes y los 
recruerdos, como el hermoso panorama de una jinesta de 
sol primaviíral se borra paulatinamente al descender los 
tuiñdos crespones de la noche. Y de aquella vertiginosa 



3l0 EN EL SÍGLO XXX*. 



receñida imaginativa, quedábales precipitada en el fondo 
de sos almas nna grata sensación, dulce y suave, cual 
la caricia de la v'iltima granizada de rayos de oro de aquel 
mismo sol en los encages flotantes de las nubes vaga- 
bundas en el horizonte, como las indecisas y degradadas 
tintas de una acuarela gigante, colosal. 

— 8í, — continuó don Pedro, — mis desilusiones se las 
debo á mi partido. 

— ¡Era nitrista de pura sangre, furiosol — exclamó Hora- 
cio giñando el ojo. 

— ]Mas ya pasaron aquellos febriles entusiasmos que 
entonces me arruinaron. 

Después de la violenta sacudida de Setiemltre, con la 
cual la base n:oral del partido contemporáneo más popular 
se desmoronó para siempre, tuvo él, don Pedro, que aban- 
donar su provincia natal perseguido y calumniado, amar 
gado }' lleno de deudas. La boca voraz de la revolu- 
ción- -á pesar de ser la más justa y desgraciada — no 
respetó su fortuna, que i)oco á potto faé cayendo en el 
profundo vientre del monstruo, como las hojas en el 
otoño secas, amarillas y encogidas, rodaban sin estrépito 
al fondo del negro abismo impelidas por el viento. 

La revolución pudo haber triunfado; pero los eleiTientos 
morales y materiales con que contaba, eran demasiado 
heterogéneos. Minados por la ambición más sórdida y la 
indolencia más criminal se aplastaron á la mitad de la 
jornada. ¡Todo se había perdido! Cundió la descon lianza 
y el espíritu decayó. Hubieron gritos de desesperación, 
lágrimas de cocodrilo y estertores de rabia. Ante la san- 
gre vertida iiuitilmente, apareció la ruina social, la sepa- 
ración de los más avarientos, y, más allá, amenazador, se 



EN EL SIGLO XXX. 311 

(lil)njó el fantasma del reaecionario sacudiendo la bande- 
ra de la victoria. 

En aquel desgarrador momento pareció levantarse del 
confín del horizonte una bruma espesa, par<lusca, á ma- 
nera de un ave colosal que batiera sus alas pesadamente 
en la región prodigiosa de los sueños. Se hubiera diolio 
que era una sombra de profunda tristeza velando el fon- 
do azulado de aquel transparente cielo primaveral. Algo 
como el latido de un corazón enfermo sacudió las cordi- 
lleras. El cóndor audaz hundió Su escrutadora pupila en 
el espacio, con. o si hubiera querido leer en el libro del 
infinito, oscurecido á lo lejos, los arcanos del porvenir. 
Un vago clamoreo llevaron los átomos del aire, en tanto 
que la pesada bruma desaparecía, el horizonte se lim- 
piaba y se exhibía en las alturas un sol de (íoljre, de torva 
f;iz, lanzando rayos rogizos, como la sangre las víctimas 
(pie agusanaban. 

Cuando la noche arrastró sus negros tules por los 
campos, cada estrella pareció una lágrima vertida por 
ojos invisibles, misteriosos. Semejaron los céfiros sollozos 
denconsoladores, y viudas enlutadas y llorosas los árboles 
seculares. La imponente calma que imperaba por do quie- 
ra, recordaba al silencio majestuoso de las ciudades 
muertas. Y allí, en las sombras, se dibujaba mejor el fan- 
tasma del reaccionario, sus labios contraídos por una 
sonrisa funesta. «¡Vie victis!» A partir de aquí, el Pueblo 
Soberano fué tan sólo una voz del diccionario constitucio- 
nal y un espantajo de los declamadores de relumbrón 
para esconder miras privadas y ambiciones ilimitadas. 

— Dicen que así se hacían las revoluciones en el siglo 
XIX, — agregó irónicamente don Pedro. 



S12 líN EL SlaLO XX>:. 



— La disculpa cabe para aquellos tiempos de organiza- 
ción política y social, — repuso Andros. 

— Y no para los actuales, — dijo Filos. — Median algunos 
siglos de diferencia. 

— ¡Pues es claro!— replicó Horacio gravemente. 

— Y hien, — jirosiguió Gozalias, — dejemos aliora la revo- 
luci(')n. Contini'u. con lo que me rpsi)ecta. 

Felizmente del naufragio algo pudo salvar. Entonces 
se estableció de peluquero. ¿Quemas podía bacer? Eni 
f()rzf)SO trabajar en cualquier cosa. Las primeras tentati- 
vas le resultaron infructuosas. ¡Suerte funesta! No enten- 
día el oíicio. . . Tuvo intenciones varias veces de abando- 
narlo. Sin embargo, ])ersistió. Le fué mejor. Aguzó el 
ingenio, y, al cabo de algún tiempo, 9I estal)lecimionto 
inarclial)a viento en poi)a. De progreso en progreso, 
pasaron diez años, al cabo de los cuales pudo con sus 
econtiinías adquirir en i>úblico remate la casa que existía 
al lado de su |)eluquer¡a, después la (\ne Iiab¡ta])a en 
aquellos momentos en la calle de «La Paz», y, ])or últi 
mo, la finca de «Fvl Siglo XIX», noml)re arbitrario, sin 
motivo alguno, ni relación; pero que llami') mucbo la 
ateni'ión. ¿Porqué lo babía apellidado así? Una ocurren- 
cia j)ara llamar público. Nada más. 

— Justamente boy bace once años de su inaugura- 
ción, — añadií') sonriendo. 

-Créame usted, señor Gozalias, — !e dijo Filos, — su 
bistoria me la babía imaginado. 

— ¡Ob, como la mía bay mucbas ! Contrastes reparados 
por medio del trabajo, de la constancia, — repuso él. — Pe- 
ro ¡cuántos sinsabores y zozobras be tenido que soportar 
para salir á la orilla! Cuando llegué á Fisiócrata, éste y 



t2N EL STGT.O XXX. SVÁ 



aquélla — é indicó á sus hijos — eran bien peiiueñitos. Vivía 
entonces mi esposa. ¡Pobre Consuelo! Aquí nadie me 
conocía, ó aparentaron algunos no reconocerme en la 
desgracia. Fácil me fué, pues, cambiar de nombre : una 
tontera, ahora lo comprendo. Yo trabajaoa día y nociio 
sin cesar, paradlos, cuando la nmerte vino á arrebatarles 
lo más querido y necesario — ¡mi idolatrada compañera, mi 
estímulo, el consuelo de mis penas ! Solo, luché y eduqué 
á mis hijos, como lo exigían la familia y nuestro origen, 
i Pensaba en el porvenir ! Hasta que ha llegado el día 
que tanto soñara. Bien comprenden ustedes lo que hf^ 
hecho — ¡lo que haría mil vectes si fuera necesario! Angé 
lica amaba.., — y se interrumpió visiblemente conmo- 
vido. 

— i Qiié alma grande, qué sano corazíju ! — exclamó Filos 
sin poderse contener. 

En el fondo se estremecía de felicidad. Aquel padre 
que se había sacrificado por su credo político, luchado en 
la indigencia y conseguido una posición desahogada, aun- 
que modesta, para sus hijos; aquel padre que le abría 
el pecho para que leyera en su corazón sus sentimiento.s 
y afecciones, le seducía, le enorgullecía y le encantaba! 
Amlros impresionado contemplaba en silencio el fuego 
del hogar, en cuyas llamarailas le parecía estar viendo 
una á una las penas y amarguras de tan noble padre, que 
hal)ía juzgado al principio, antes de conocerle, tan lige- 
ramente. Horacio, que se había levantado, hablaba con 
Angélica y Parelia en aquellos momentos de un nuevo 
libro que pronto iba á aparecer, según lo anunciaba uno 
de los diarios de aipiella tarde. Adamiro y Evalinda, que 
se haitían estado divirtiendo poniéndole colas á un gran 



314 EN EL SIGLO XXX. 



gato negro para verle dar vueltas vertiginosas, desespe- 
rado — ahora se disponían á jugar tá los enfermos». 

— Tú serás el médico, yo la mamá de la niña, — le decía 
á Adamiro. 

— Bueno. Pero tienes tú que ir á buscarme, — le contes- 
taba él, ganando la sala vecina. 

Evalinda, dejaba acostada y tapada hasta el cuello 
una muñeca en su camita, y se lanzaba á la calle en bus.^a 
del doctor. — ¡Oh, su hijita se moría! ¡Qué desgracia.. ! 
i qué desgracia! — Por fin llegaba á la casa del médico y 
golpeaba.— ¿ Estaba el señor doctor? — Sí, señora. ¿ Qué se 
le ofrecía? — Venga usted señor, pronto, pronto! — Un mo- 
mento, señora. Iba aponerse el sombrero. — Y volvía con 
él de la manecita. Adamiro con el clac y el bastón de su 
papá, se acercaba á la muñeca, le hacía una caricia, tomá- 
bale el pulso, le mandaba echar la lengua y le golpcab:' 
el estómago.— ¡cMamá. .! ¡mamá!» -gritaba la muñeca. 
Después, él meneaba la cabeza, simulaba escribir uní 
receta y se la entregaba á la señora, garantiéndole la cura. 
J.e dolía á la niña un poco la barriga: síntoma de un be- 
nigno sarampión, que pasaría con la medicina que le de- 
jaba recetada. 

— Déle buenos bifes y sáqncla á pasear para que se 
distraiga, — agregaba. 

— Y la medicina ¿cada hora. .? 

— Cada hora. Adiós, señora. ]\hiñana le pasaré la cuenta. 

—Que usted lo pase bien, doctor; memorias á la familia 
y un beso al bebe,— le contestaba. 

De pronto se hizo el silencio en la habitación, interrum- 
pido tan sólo por el chisporroteo de la chimenea, por el 
viento que suavemente hacía crugir las celosías de las 



lilN ÉL SÍGLO XXX. 3l5 



puertas y ventanas del (.'difieio y por la dulce y argentina 
vucecila de los dos niños. Pero este silencio fué breve, 
casi instantáneo. Volvió, en seguida, la animación y los 
diálogos se reanudaron. Se hablaba ahora del futuro, de 
la próxima llegada de la familia de Filos, que don Pedro 
conocía, de los preparativos, en íln, de tan deseado jueves: 
el día más feliz y risueño para todos ellos. 

La temperatura del salón templada por el fuego del 
hogar, el suave color crema de los cortinajes, el tercio- 
pelo tornasolado de Jos muebles dorados, las llamaradas 
do la lumbre que, por entre las rendijas de la portada, 
teñían las paredes de la gran sala vecina, las estatuas, 
las porcelanas, los cuadros, los espejos, hasta la alfom- 
bra de fondo blanco con grandes medallones y dibujos 
de flores— todo parecía animado p(»- el contento y la 
<licha de aquellos seres, identificado todo con lo que ellos 
experimentaban en el fondo de sus almas francas, sencillas 
y expansivas. Y allá, en el espacio, veíase al ti-avés de los 
cristales la noche nuís oscura, destacándose en el fondo 
negro las rutilantes estrellas, simulando millones de ojos 
suspendidos de la bóveda colosal, mirándose cariñosos, 
sonrientes, amoro.sos, los unos á los otros. Algunas flores 
de la estación repartidas en los grandes y preciosos jarro- 
nes, embalsamaban aquel tibio ambiente, dulcísimo, 
como el de un aposento de novios. 

— ¡Cuan felices vamos á ser, amada mía! — dijo Filos 
á su prometida. 

Cerca el uno d(d o'ro, se abrasaban con el aliento. En 
un momento que los demás seguían conversando sin 
cuidarse de ellos, Filos im]irinii(') un beso furtivo en la 
diminuta mano de la joven. Sonrió ella plácidamente, de- 



316 EN EL SIGLO XX2Í. 



jándole Iiaeer. A estar solos, se hubieran besa<lo en los la- 
bios. Las me^ílllas de ella, eomo dos manzanas <lel paraíso, 
se habían teñido del color sonrosado más eneantadm-, y 
su levantado seno de virgen se ag¡ta])a dulcemente á im- 
pulsos de las sensaciones que estaba experimentando. 
Pero en aquel instante, Adamiro y Evalinda, sonriendo 
y palmeteando se encontraban á su lado. ¡No les habían 
sentido! Filos sentó en sus rodillas al varoncito y Angé- 
lica á la inujercita. ¡Qué ojos ]>onían y qué caritas tan 
])icarescas! De pronto Evalinda le presentó su minúscula 
mano á su hermanito, diciéndole muy scia: 

— Dame uno, á mí también. . . No tengas miedo. . . No 
te voy á hacer nada. 

— Si. . . nuí vas á pegar en la boca, — le contestó frun- 
ciéndola el ])equeñnelo. 

— ¿Cómo ésta no lo ha hecho con aqiiél? — agregó 
Evalinda, indicando á Angélica y á Filos. 

Adamiro se encogió de hombros. No quiso ceder, 
i Favo! Miráronse, en consecuencia, los dos amantes rien- 
do de aquella inesperada sorpresa, festejando la ocurren- 
cia de la niña, que seguía (hciendo que Adamiro era un 
tonto, porque no se prestaba á besarle la mano. Por lo 
mismo, no iba á jugar más con éi. Se lo tenía bien mere- 
cido. Además, le iba á cíjutar á su mamá que, á la muñeca 
grande, le había pintado vigotes con tizne de la chimenea. 
¿No era verdad que las muñecas se lo pasaban perfecrta- 
i'iente sin eso? Ah, tambiéii había (juerido acostar un 
ciu^nchito en la cainita celeste y asar un soldado en la 
cocinita. ¡Pobrcí-ito, le habría quemado el. .! ¡ Qué ver- 
güenza! Eso no hacían los niños buenos v lindos, como 



EN EL SIGLO XXX. 317 



él! Y después, poco á po(;o, insensibleiiiente, se fueron 
queilando dormidos cu las faldas de los dos novios. 

— i Angélica, si fueran nuestros,. ! — exclamó Filos be- 
^ando al niñii. 

— ¡ Ali.. ! — murmuró ella, Ijajando los ojos y acarician- 
do los rulitos de lívaliuda. 

Sería bien bello, ¡¡ensaba en el fondo. Así [)asaron un 
rato. Los dos parecían soñar. La campanilla del reloj, que 
daba las once, les sacó de aquel éxtasis dulcísimo. Don 
Pedro y Horacio se aprontaban para ¡■etirarse. Acostaron 
á los niños en el sofá y se acercaron á los demás. í^a 
mirada de acpiella despedida, el mismo Filos nc la hubie- 
ra podido definir, ni expresar. Se comprendían sin articu- 
lar palabra, tal era la armonía que equilibraba sus tem- 
peramentos .y caracteres. ¡ Qué rápido transcurría el 
tiempo! ¡Las horas les parecían minutos! Por fin, Pare- 
lia y Andros después de acom¡)añarles hasta la puerta, 
volvieron á la antesala. Don Pedro sólo consintió en que 
Filos se molestase, siguiendo con ellos hasta su casa, 
i Andros se pertenecía á su consorte, y, además, la noche 
estaba tan fría,.! — había dicho Angélica. Sonrió aquél 
cariñosamente, despidiéndose hasta el día siguiente. 

Quedaron, pues, solos. Después de acostar á los niños, 
Andros y Parelia se mostraron complacidos del afecto 
íntimo que les manifestaba la familia de Gozabas. Ha- 
blaron laigo del carácter y del fondo de Angélica que, 
para Parelia era la criatura más bondadosa y comiilacien- 
te. Don Pedro era un padre como había pocos, templa- 
do en la hicha, en las ])enas, de sentimient(.)S elevados y 
duraderos, y de una inteligencia clara y perspicaz. An- 
dros no ae cansaba de ponderarle, refiriéndole la historia 



318 EN Eli SIGLO XXX. 



de sns desgracias. ¿ Y Horacio ? ¡ Pobrecillo ! aunque un 
tanto ligero, no carecía de buenas dotes morales. Arre- 
batado á veces, franco como los de su edad y superficial 
como otros, se hacía estimar por su dulzura, en medio 
de sus sueños y de sus aspiraciones. No les cabía la 
menor duda que Filos iba á ser completamente feliz con 
tal mujer, con tal suegro y con tal cufiado. 

— Y siéndolo Filos, ¿ cómo no liemos de gozar noso- 
tros? — exclamó Parelia. 

— Así quisiera la felicidad para los hombres, — agregó 
Andros convencido. 

— Pero he aquí Filos. ¡Qué tardanza, c;aballero! — le 
dijo la joven bromeándolc. 

Daban en aciuel momento las doce. Venía Filos sonro- 
sado por el aire helado (pie soplaba en las calles. Sacóse 
el sobretodo, arrastró una butaca, y, al lado de sus (pie- 
ridos amigos, comenzó á calentarse las manos en el ho- 
gar. ¡Hacía un frío casi polar! Felizmente la chimenea 
ardía que da un encanto. Seguramente estaban hablan- 
do de él, cuando llegó. . . ¡Por supuesto! ¿No era el asun- 
to de la orden del día? Pues en congreso íntimo, habían 
sancionado la minuta de su felicidad! En seguida habla- 
ron de la llegada de su familia. Filos creía que ésta es- 
taría entre ellos el martes por la noche ó el miércoles por 
la mañana. Su cufiado habí:) quedado en telefonografiar- 
le el día y la hora en que desembarcarían en la estación 
del Sur. Por lo demás, todo lo tenían ya preparado. 

— Punto y aparte. ¿Has leído los diarios de la tarde? — 
le preguntó Andros. 

— ¿A qué viene este exabrupto? — le contestó Filos. 



EN EL SIGLO XXX 319 

— Responde, sin preocuparte de !a locución, — le obser- 
vó sonriendo. 

— No. ¿Crees tú qne estoy como para ocuparme de 
diarios? — repuso el joven palmeándole. 

— Pues, entonces, lee ese suelto, — añadió Andros, pre- 
sentándole un diario. 

Filos después de leer el título del suelto, rairó asom- 
brado á su amigo. Pero éste le hizo una señal para que 
continuase. Parelia, que ya estaba en el secreto de An- 
dros, sonrió picarescamente. Como era una sorpresa que 
su marido le venía preparando á Filos desde hacía algunos 
días, guardó la reserva que su marido le encargara. Varias 
veces Filos le había preguntado á su amigo si el libro 
tacaba á su fin. Aun no, porque con los preparativos del 
casamiento^ había tenido que retardar un poquillo la con- 
clusión. Podía, sin embargo, estar tranquilo. Sólo faltaba 
una jornada, la última. Y (romo algo esperaba para escri- 
birla. . . Filos sonreía imaginando lo que él deseaba. De 
esta manera mantuvo al joven algún tiempo. Pero el mo- 
mento había llegado. La prensa anunciaba ya la aparición 
del libro «En el siglo XIX». Era bien lógico y justo, 
que le supiera. Así pensaba Andros, mientras Filos con- 
cluía de leer el suelto. 

— i Ah, bribón ! — exclamó dejando el diario. — ¿ ('on que 
es cosa hecha, amigo mío ? 

— Completamente. ¿No lo esperabas? Pues bien, el 
jueves aparece, — agregó Andros. 

—¡El jueves! ¿Sabes que no vuelvo en mí, del asom- 
bro?.. — murmuró Filos. 

— No puedes imaginarte <iodo lo qne he hecho para que 
viera la luz en dicho día, — continuó Andros. — Pero estoy 



320 EN líL SI(?LO XXX. 



seguro de que vas á quedar satisfecho, porque me he es- 
merado en la correetón, en hi eleccción del formato, de lus 
caracteres y del papel. Puedes creerme que a^í lo he 
llevado acabo con verdadero entusiasmo y cariño, l.o que 
sí l'.e sentido es que mi labor haya concluido tan pronto: 
desearía comenzar de nuevo. . . ¿De qué te ries. . ? 

— i Hasta le he ayudado yo, atendiéndole, cuando corre- 
L,n'a las pruebas! — le aseguró riendo Parelia. 

— Oh, lo creo, lo creo ! Pero dime ¿cómo termina nues- 
tro libro? — le preguntó Filos con curiosidad. 

— De la manera más natural y sencilla, — le contesto 
Andros. Vas á saberlo. 

'Jim una alegre y familiar comida de festejo, con la llega- 
da de la familia del novio y con el casamiento del filósofo. 
Ivste seguiría siendo el hermano del hombre)^ vivienoc 
en el extraño edilicio pentagonal que justamente se ele- 
vaba en la avenida de «El Pasado», en ese pequeño cosmos 
de la sinceridad y del amor, que había sido el patrimonio 
de la criatura humana, al nacer. El porvenir aun con- 
tinuaría siendo un misterio, mientras el houibre lucha- 
ra contr.i el hombre, en las sociedades donde la mentira 
degeneraba los tipos morales y fisiológicos. La hora de la 
sinceridad y de la verdad, no había sonado todavía. 

La nueva familia, formada con los preciosos elemen- 
tos de la verdad, del amor y del derecho, se encargaría 
de realizar, de hacer carne, los ideales del hondire moral, 
y Ids principios ¡turos y benefactores <lel filósofo. La 
uuidad de la sociedad individual, consolidada por aque- 
llos ideales y por aquellos '^ricipios, llegaría á realizar 
la verdadera ^;a?ífocr«cía de la familia nacional futura. — 
Así concluía el libro. ¿Le agradaba este final, al parecer 



EN EL SIGLO XXX. 321 

un tanto exagerado — pero real á todas luces? Por única 
contestación Filos abrazó á su amigo conmovido y tendió 
una mano á Parelia, enternecida. Daba la ima en aquel 
momento. Fisiócrata dormía profundamente. 



FIN. 



21 



ÍNDICE. 

Pág. 



DEDICATORIA. .. 
DOS PALAliRAS. 
PERSONAJES 



JORNADA PRIMERA 

SUMARIO. — El edificio pentagonal.— Alegoría del mundo. — 
Topografía. — Geografí.T.— Odisea original.— Viajo del espí- 
ritu.— La naturaleza. — La armonía. — Leibnitz. — Alucina- 
ción.— Superstición. — Fábulas.— El mundo real y el imagi- 
nario. — El Hombre. — Andros. — Ente raro, soñador do 
utopías, misántropo. — Ideal polít'co y social. — Equilibrio. 
— Buenos Aries. — Gabinete de Andros. — Mueblaje— Museo. 
— Diferencias antropológicas —El cráneo del siglo XIX y el 
del XXX. — Retrato de Andros. — Origen, educación y casa- 
miento.— Alegoría geográfica.— El cuarto pentágono. — Amé- 
rica. — Leyenda. — Creación. — Adam y Eva.— Filos. — Su 
retrato. — El torno neumático. — El plan de un libro — Refle- 
.\iones. — El asiento mecánico. — Argumento, crítica y sátira. 
— ¡Resulta! — Silencio y éxtasis do Andros. — Título de la 
obra: «Er, .sigf.o xix». — Vespucio. — Colón. — La idea de An' 
dros. — Despedida. — Amanecer 



324 ÍNDICE. 



JORNADA II. 

Pág. 



SUMARIO. — Filos. — Máquina de escribir.— Inquietud. — Ksto- 
rilidad. — Estado síquico. — Desesperación. — Impotencia in- 
telectual.— Causas.— Sarcasmo. — Las ideas, forma, fondo, 
fluidos. —Filos se interrumpe. — Vuelve á la tarea. — Deja 
la máíiuina. — Se pone á leer. — Deja ésta. — ^Ira. — Cuadros. 
— Contemplación. — El aposento. — Mueblaje. — ¡Eureka! — 
Fenómeno simpático. — Los padres de Filos. — Inspiración. 
— Feliz.— Escribe vertiginosamente. — Concluye la jornada 
primera y empieza la segunda. — Andros. — iEl mismo demo- 
nio! — E.xclauíación.— Parelia enferma.— No es nada. — Va 
Filos en busca del doctor Espes. — El aposento de Parelia 
— Ella.— Mueblaje. — Historia del casamiento.— Reflexiones. 
— Don Severo.— Por telefonógrafo. — Tratamiento profilácti- 
co. — El doctor Esi)es. — Ignatia amara. — Belladona. — Su- 
perstición. — Reiioso de Parelia. — El medio día. — Después. 
— Filos continúa escribiendo. — A las seis. — Parelia restable- 
cida. — Los hijos de Andros. — Adamiro y Evalinda.— Iro- 
nía infantil. — Figuras de papel. — Crepúsculo.— Medias 
tintas.— Fin do la jornada II. — Cuadro familiar 21 



JORNADA III. 

SUMARIO. — Fisiócrata — Tuenos Aires ó Buenos Aries. — 
Opinión del doctor don Modesto Buenas Fuentes. — Sancho 
García — El arqueólogo E.xcmo. señor d(<ctor don Fructuo- 
so Ai)ariencias.— Su opinión. — Crítica. — Sátira —Los aires 
buenos — Citas. — Apéndices. — Es Buenos Aries — Por qué. — 
Clíiua. — Atmósfera. — Inmigraciones.— La hacienda. — Pasio- 
nes. — Consecuencia. — Er-or de imprenta. — Equivocación de 
Buenas Fuentes. — Ace(>taeión. — Aplausos. — Nombramien- 
to. — Etimología.— ¡ (Jénio ! — i Buenas Fuentes loco! — Refle- 
-xiones. — Topografía de Fisiócrata. — Avenidas y bouleva- 
res— El censo. — Población.— Los extranjeros. — Trastornos 



ÍNDICE. 32-. 

Pág. 

en la legislación nacional. — Municipio.— Gobierno Comu- 
nal. — ^Cuarteles. — Prefecturas y Sub -Prefecturas. — Concejo 
General. — Gobcrnad<>r Municipal. — Pinzas j- paseos.— I,,! 
avenida de 'El Pasado- y la de «El Porvenir». — Plaza de 
■Los Monumentos" — Comercio. — Arles — Industrins. — Al- 
macenes, tiendas, bazares, etc. — Monumentos. — Concurren- 
cia. — Luz. — Adoquinados. — Lujo, — Filos. — .\ndros.— Refle- 
-xiones.— Fenómeno celeste.— Tarde, crepúsculo y noche. — 
«¡Fiat lu.'i!». — Dudas. — La jornada [IF.— Continuación. — 
Opinión de Filos y de Andros. — Causticidad. — Conclusión. .33 



JORNADA IV. 

SUMARIO. — Parelia.— Negativa de ir al teatro. —Por qué.— 
Opinión de la prensa sobre la ópera del maest'o Sopera. — 
Sátira.— VA autómata. — Farra. — Parelia |)reíiere quedarse 
cosiendo y con sis hijos — Vánse Andros y Filos. — Oficina 
de Warrans. — La avenida de «El Porvenir». — Movimien- 
to.— Concurrencia. — La juventud. — Las niñas y las tien- 
das. — Guasadas y cuchufletas. — Los gomosos. — Incidentes. 
— Peripecias de Filos. — Arte nacional.— Escultura. — Co- 
mentarios. — El boulevard de «El Progreso».— Confusión. — 
Público.— Grupos y tumultos.— Causas.— Los dulcamaras. — 
• El Cornudo-. — Escenas y comentarios. — Modestia. — Sabi- 
duría.— Charlatanismo.— Literatura.— Historia. — Periodis- 
mo. — Poesía.— Al fin Andros y Filos prosiguen su canii- 
u". — Aniversario. —Vcspucio del Sur 45 



JORNADA V. 

Sü.MARIO. — El teatro de «La Primavera-. — Suspensión. — 
«Ifamlet», óper.a bufix. — La concurrencia — Lucha. — Acto 
primero — Música. — Aplausos. — Comentarios.— Incidentes. 



326 ÍNDICE. 

Pág, 

Entre acto. — Crítica. — Murmuración. — Aspavientos— Chis- 
mografía. — Acto segundo.— Decoraciones. — Sátira. — Len- 
guaje orillero. — Exclamaciones. — Suiíresiones. — Observacio- 
nes de Andros y de Filos.— Públicü delirante. — Elogios y 
]ionderaciones. — Progreso. — Comentarios. — Comedia. — Las 
\ecinasde Andros y de Filos. — iPobres originales! — Alber- 
to Cerebrochatü.— Diálogo curioso. — El señor Picodeoro.— 
Flora y Blanca. — Escena cómica. — Chismes.— ¡ Qué siglo! — 
¡ Imbécil ! — (ialeoterías. ñ7 

JORNADA VI. 

SUMARIO. — Acto tercero. — Escena délos sepultureros.— He- 
flexiones de Ilamlet. — Idea peregrina.— Comentarios de 
Andros y de Filos. — El acompañamiento. — Peripecias. — 
Ironías. — Acto cuarto. — Mise en scene.—¡ Venganza!. — Dúo 
de amor.— Los pájaros de su Magestad.— m Ya se fué!» — 
El asalto. — Peripecias. — Ideas del coro. — Muertes. — For- 
timbras.— Tableau. — .\poteosis. — Fin de la ópera bufa — 
Salida de la concurrencia. —Escenas. — Cosas cómicas. — An- 
dros y Filos. — Llegada. — Parelia.— El vestidito. — Fin de 
Us jornadas IV, V y VI 85 

JORNADA VII. 

SUMARIO. — Principio. — Diálogo de Andros y Filos.— Conse- 
jos y observaciones.— El sentimiento de la maternidad.— 
Inclinaciones é ideales. — El sentimiento de la patria.— 
El siglo XIX. — ¿Niños ú hombres? — Filosofía. — Hermafro- 
dismo. — Renegad )S.— Tipos fisiológicos — Decadencia. — De- 
jeneracicm. — Historia de José. — Principio de una raza en 
decadencia. — Consecuencias — Razones.— Refle.viones — ¡De 
recuerdo!- Adamiro. — Los diarirs de la tarde. — Filos. — Lec- 
tura, — Crónica ligera, — Clielié. — Pedido. - Gerigonza. — Ci>n- 

z^ ferencia. — Resolución de Andros y de Filos 105 



ÍNDICE. 327 



JOKNADA VIII. 

Pág. 



SUMAIUO. — La Academia do «La Mutua Aduiiración». — 
El Excmo. señiir doetor Vonvo. — Fundación de La Acade- 
mia. — Dificultades. — Triunfo. — El centro de los sabios y 
de los genios. — «El Vonvo de la Tarde». — Tiraje de 500.000 
ejcmpl.ires.— «El (íran Papel déla Mañana •. — Paralelo. — 
Indolencia linfática. — El fundador de «El Gran Papel».— 
El historiailor patrio. — Retrato al correr de la pluma. — 
Fiedaetores. — Educación. — ^Instruccióu.— Asilos — .Sátira — 
El «.'^alón de las C(mfereucÍ!is». — Engaño. — Descripción.— 
Retratos. — Estatua-'. — Monumentos. — Otros salones. — Sesio- 
nes públicas.— Prohibiciones.— Excepciones.— Iluminación. 
— Curiosidad. — Comienzo. — El Himno Nacional. — i Qué fas- 
tidio!— El poeta Cándido Debarro y el filósofo Granito de 
Adoquín. — «Todo es .Materia». — «Ecuaciones Rítmicas». — 
Sinfonía. — Luis Manoligcra.— Breves palabras alusivas al 
acto por el Presidente déla Academia 121 



JORNADA IX. 

MaRI t. — -ensación. — Disgusto. — Olvido. — Curiosidad.— 
El académico Excnio. señor doctor don Patricio Cama- 
león. — Retrato. — Periodismo. — Los cronistas del siglo XIX 
y los del XXX. — El Anticuario doctor don Andrés Pape- 
lotes.— Génesis. — Crítica.— Sátira.— KI Excmo. señor don 
Inocencio Hurtado de Reojo. — .Sus opiniones. — Citas. — Re- 
vistas, noticias y crónicas.- - Reportages.— Paralelos. — La 
herencia. — Enfermedades sociales. — Parangón.— Distingo. 
— Aplausos. — El periodismo sensacional. — Periodistas nota- 
bles, — Crónica de cronista. — Manei'a de hacer reportages. — 
Disculpa. — He dichi. — Felicitaciones. — Manifestación. — 
Palabras do Adoquín y Debarro 133 



328 ÍNDICE. 



JORNADA X. 

Pág. 



KUMAllIO. — El aoadémiio Exeino. señor doctor don Dióge- 
nes Ciinieles.— Su retrato — Su conferencia >iobre la mujer. 
—Exordio — Fisiología — Cirugía. — La primera mujer. — Si 
lencio prudente. — Su papel en el drama de la existencia. — 
Moral. — A quien se debe la mujer. — El hogar. — IJl gran 
mundo — Fenómenos. — Comparaciones. — / plausos. —Pensa- 
mientos íntim'>s. — Cinismo.— La mujer del siglo XLK y la 
del XXX. — Educación — Costumbres. — Ideales. — Lis hijas 
luujeres. — Los varones. — Cita de Alberdi. — Organización.— 
Tipos fisiológicos — El amor. — Molesli.as. — Pichones de co- 
codrilo. — Método. — Amas y escuela,". — Scntiraieutus — Va- 
nidail. — La inteligencia de la mujer. — Ideas religiosas.— 
La Naturaleza. — Reflexiones, — Li Iglesia y el Estado. — 
Observaciones. — El demonio-suegra — 'Buenas Noches». — 
Felicitiiciíaies. — Manifestación.— La sociedad de la «Propia 
Beneficencia». — Comentarios 147 



JORNADA XI. 

SUMARIO. — Siguen las felicitaciones. — El Kxemo señor doc- 
tor don Narciso Chingado. — Su aislamiento voluntario. — 
Desilusiones. — Esperanzas perdidas á la Presidencia. — Có- 
mo liabía ocupado sa tiempo. — Estudios — Su ¡tresencia. — 
Efecto.— Indiferencia pública.. — Retrato. — Cohete .-.hinga- 
do.— Cr>nfcreneia sobre la moda. — Impresión favorable. — 
Aplausos. --La moda, institución libre.— Constitucional. — 
Administrativa. — Política. — La moda de la imposición. — 
En el Pueblo Soberano. — La moda de las revoluciones. — 
La del siglo XIX y la del XXX. — La protectora de la 
mujer. —El ideal contemporáneo. — Los advenedizos. — La 
moda es el barómetro de la cultura. — Protectora de las 
rentas y de las entradas del país, — De los alquileres, de la 
propiedad, del trabajo, de las huelgas. — El ideal del per- 



ÍNDICE. 329 

Pág. 

feccionamiento. — El antifaz de carne. — Aplausos y comen- 
tarios. — Aforismo de Nitro. — La moda en las ciencias, en 
las industrias y en el arte. — Talentos y genios. — Reflexio- 
nes. — Sátira fina _ 159 

JORNADA XII. 

SUMARIO. — Incidente. — Tumulto. — Desesperación.— Horror. 
—Incendio. — ¡Fuego!— La Academia. — Descripción del pá- 
nico. — Esf lerzos inútiles para contener á la concurrencia. 
— Accidentes. — Andros y Filos se ponen en salvo. — Caos. — 
(jritos. — Ayes. — Desmayos. — ¡ Resolución ! — El gobernador 
Excmo. señor d(m Madeja y Araña. — Fuera del salón.— 
En la calle -Behetría. — ¡Sálvese quién pueda!. — Los bom- 
beros. — l^as aguas corrientes. — ¡ Siempre falta agua!. — Pa- 
norama del incendio.— Como éste se apaga. — Calma.— Or- 
den.— Andros y Filos, camino de su casa — Boletín. — Pare- 
lia.— Los niñitos.— Noticias falsas. — La fábrica ile «Poliso- 
nes y pantorrillas postizas». — Reflexiones. — Al día siguien- 
te. — Paseo. — Conclusión 173 



JORNADA XIII. 

SUMARIO. — Paseo. — El "Gran BosTue».— La tarde. — Las ave- 
nidas — Filos moralizando —La concurrencia.— Autómatas. 
— Carruages. — Velocípedos. — Jardines. — Fuentes. — .'"'altos 
de agua. — Estatuas — Donaciones — Monumento de Zar- 
Miento. — Miradas. — Cuchicheos. — Crítica.- Lengua y tijera. 
— Exclamación de Amlros. — Loí niños. — Diálogo. — Inciden- 
te de Adamiro. — iíepúbliea reaccionaria. — Charla. — El di- 
putado Liberto. — Ideas. — Liberalismo. — Murmuración. — La 
libertad. — Derecho de conquista — La propiedad es un ro- 
bo. — ¡ Pobres mujeres! — De vuelta. — Conversación —Citan- 
do a Edgardo Quinet. — El corso. — Comentarios — Fin de la 
jornada XIII _ 183 



330 índice. 



JORNADA XIV. 

Pág. 



SUMARIO. — Al díii siguiente. — Pareli.i. — Lecciones mater- 
nales.— Iileas— Interrupción— Vibitns.—Cií tica. —El gabi- 
nete de Parelia. — Cauíplidos. — Diálogo.— Ventura. — Virgi- 
nia Honduras. — Opinión de Parelia.— ¿Humanidad? — La 
caridad. — Suserieión para un baile de beneficencia. — Pare- 
lia contribuye. — Palabras de Ventura. — Despedida. — Cum- 
plidos. — Murmuración — Parelia vuelve á su tarea. — Andros 
y Filos.— Adamiro. -Quién era Ventura. — «Las Hijas de 
Mandinga».— Resolución de Andros y de Filos.— Á comer. 
—Después. — Fin de la jornada XIV 197 

JORNADA XV. 

SU.'>L\RIO. — La noche del jueves — Preparativos en "Kl Pro- 
greso» para el gran baile de caridad. — El adorno. — Los 
salones. — El ambigú. — Apreciaciones. — Los diarios y el 
sarao.— Andros y Filos camino del Club.— Observaciones. 
La concurrencia — Diálogo.— Mosqueteros. — En el vestíbu- 
lo. — Felicitaciones, apretones de manos y saludos. — Aspec- 
to interior del Club. — Pareja divertida. — Reflexiones.- Los 
carabineros. — Novios — Mutis.- Amantes. — Diálogo íntimo. 
— Curiosidad. — Ella, él y el amante.— Desaparición de El- 
vira y de éste último. — Padres que se duermen, mientras 
bailan sus hijas. — Escena cómic:i. — Incid3nte de Andros — 
Eje\nplnr de nuestra juventud. — Salida del Club.— Madru- 
gada. — Pregunta de Andros y contestación de Filos 210 



JORNADA XVI. 

t^UMARIO. — El ilespertar de Filos. — Parto laborioso.— Tena- 
cidad. — Detonaciones. — Coincidencias.— ¡Al fin! — El boletín 
do «El Vonvo de la Tarde». — i Casualidad! — Andros, 
Filos y Parelia. — Conversación á propósito de la fuga de la 



ÍNDICE. 331 

Pág. 

pareja del Club. — Almuerzo. — Comentarios. — Ironías.— Sá- 
tira de Filos.— Opinión de Andros— Historia de la dama 
y del caballero seductor.— Quién era ella.— Su retrato fí.si- 
co y moral. — El marido. — El amante.— Escena iVe los cón- 
yuges antes de ir al Club.— Lo que pasó en éste. — Ubser- 
vación del bolentín — Filosofía — Sospechas. — La verdad. — 
Desimés del bailo — El marido. — Su estado.— Detonación. — 
; uicidio. — Comentario de Andros y de Filos 227 

JORNADA XVIT. 

SUMARIO. — Los diarios de la tarde. — El suicidio y la fuga. 
— «La Camisa de la Justicia». — Necrología del ilustre doc- 
tor Fulano.— Párrafos sabrosos. — Nobleza obliga. — De.-pués 
de líi, necrología. — Sátira. — Verdad amarga. — «Todo el 
mundo».— Opinión de Filos. — Observaciones de Andros. — 
Tercotcs. — Moraleja. — Ejemplo de Filos. — Una visita curio- 
sa.— Un sugeto üriginal. — Ineien.so. — Filosofía curiosa.— 
Inquietud de Andros. — Filos impaciente. — Un peluquero. — 
Don Pedro Tijera y Lengua. — Bombo.— ¡ Cómo se aguza el 
ingenio ! — Clavos. — Competencia comercia!. — Gato por lie- 
bre. — El traje del peluquero. — E.xclamaoión de Parelia. — 
Hilaridad. — Contagio. — Cena. — Las siete pasado meridiano. 243 

JORNADA XVIII. 

SUMARIO. — La peluquería en el siglo actual. — Fisonomía 
moral y material. — Parangón. — La lengua y la tijera. — 
Los clientes, los dueños y los oficiales. — Opiniones políti- 
cas, soci.ales, científicas y literarias. — Palabras y frases 
usuales.— La crisis. — Los impuestos. — El gobierno.— Sabios 
improvisados — Ironías de Filos. — «Al siglo XIX». — Su pro- 
pietario.— La tienda, los salones y los talleres.— Una joven 
que impresiona á Filos. — Respuesta de Andros — l'na araña 



3á2 Índice 



Pág 



de gas. — Maquinarias. — «La tijera» para cortar las uñas 
(igudan. — Cuadros, pinturas y muebles. — El ¡iluuibrado. — 
Las mujeres, según el peluquero — Los hijos de éste. — 
Futuro abogado. — Refle.xioneí. — Simpatías. — De vuelta.— 
Perspicacia de mujer. — Filos ainado por Angélica. — Sus 
ideas respecto del amor y del matrimonio. — Punto final 255 

JORNADA XIX. 

SUMARIO. — Feí'óuieno de la imaginación y de la memoria. 
— Paciencia y esjierar.— Insomnio. — Diarios tr/fy'í.ír. — «La his- 
toria de Rosa», en griego. — Emociones de Filos— ¡ Angéli- 
ca! . . i Angélica! — El amor. — Éxtasis. — .Sorpresa. — Andros. 
—Asombro de éste. — Bromas. —Confesión. — Conmociones 
morales. — Consecuencias. —Sim|iatía.— La ley del amor.— 
Kl alma universal.- Una cita de Comtc. — Filosofía. — El 
lujo. — Rousseau. — ílerinafrodismo. — HisterisTno. — Observa- 
ciones. — Filos enamorado. — Después del iLedio día. — Pa- 
seo. — Los boulevares.— El trabajo— El progreso. -Paralelos. 
— Contrastes. — El hombre de talento. — El genio. — La ley 
del estudio y la de la labor — El opulento y el anciano de 
la clase baja. — Sátira. — Avisos. — Reclames. — Ejeii.plos. — 
Llagas y sedas.— Gritería, confusión y angolina. — Un de- 
mente y sus perros. — Consecuencias. — La policía. — La ave- 
nida (jcneral Nitro. — Convocatoria política.- La medicina 
aconsejando. — Casual idailes. — De vuelta. — Adaiuiro y Eva- 
linda.— Cuadro. — Melancolía de Filos. — Diálogo-— El cartu- 
cho. — Conclusión 271 

JORNADA XX. 

SUMAliIO. — E.xpansión de An.iíélica, — El ánimo de Andris 
y do Filos — El saloncito íntimo de don Pedro — .Sorpresa. 
— Agrado —Satisfacción de Filos — Siinpaiía. — Atracción. 
— Gozalias.— Su carácter, su temperamento y su educación. 



índice. :í33 

PáfT. 

—Chistes. — La uinjer. — La cola del zorro. — Historia cómica. 
— Felicidad .v alegría. — Armonía de ideas y de sentimien- 
tos.— Interrupciones. — Sigue la historia del zorro. — Descrip- 
ción del Paráis 1.— Dios — El Ángel. — Adam. — La costi- 
lla del hombre. — Fonnacióii de la mujer. — Dios y el 
Ángel desaparecen. — E.xtremecimicnto universaL— El alma 
de la creación. — El amor. — Conclusión.— Observaciones de 
An,^'élica. — Don Pedro cree que esa mujer es la Política.— 
Sigue la discusión — Las doce.— Consecuencias —Visitas. — 
Dos meses después — Angélica y Filos enamorados. — El pri- 
mer beso. — Recuerdos. — Juramentos. — En el otoño. — Hora- 
cio. '—Las jornadas XIX y XX. — P.arelia madrina. — Excla- 
maciones. — Felicidad 287 



JORNADA XXI. 

SUMARIO. —Venta de «El siglo XIX». — Los dueños. - Pro- 
mesas. — Murmuraciones apropósito del enlace de Filos. — 
Los clientes femeninos. — ."-'us opiniones. — Lo que jiasaba 
entretanto en el departamento de la planta baja del edi- 
ficio pentagonal. — Una comida de festejo. — Después de 
éíita.— Escenas en la antesala. — El café.— Política. — Pasio- 
nes. — Tartufería. - Reaccionarismo. — Influencias. — El ofi- 
cialismo. — Los caldos. —Reflexiones. — El Soberano.— Ideas 
de don Pedro. — Hombres funestos. — Gusanos. — Filosofía. — 
Cinismo. — Llaga purulenta. — Diálogo. — La experiencia. — 
Latines. — Pausa. — Angélica y Parelia. — Los niños. — Sus 
juegos. — Recuerdos — Exclamaciones.— Nitrista puro. — ües- 
iluciones. — La sacudida do Setiembre. — La revolución. — 
Por qué fracasó.— Consecuencias. — Ruina social.— El fan- 
tasma del reaccionario.— Cuadro. — Historia de Gozalias. — 
Alma grande. — Impresiones de Filos y de Andros. — Hora- 
cio.— El juego de «los enfermos». — Después. — silencio. — 
Vuelve la animación. — Preparativos- — La temperatura del 
salón. — Descripción.- Un beso furtivo. — Sorpresa. — Diálo- 



331 índice. 

Pág. 

go. — Despedida.— Vánse don Pedro y su familia acompa- 
ñados de Filos. — Refle.xiones de Andros y Parelia. — Ijuena 
impresión — Vuelve Filos.— Frío polar.— La familia de Fi- 
los es esperada el martes ó el miércoles. — Tido prepara- 
do liara la boda.— Punto yaparte. — La aparición del libro 
"En k\. síor.o xix>.— Ciinio termina éste. — La nueva fami- 
lia.- El hombro y el lilúsoí'o.- Un abrazo fraternal. --Fin. '¿'M 



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